Estambuleando del otro lado

Teníamos decidido pasar del otro lado del Bósforo para saborear el lado asiático antes de partir, y lo dejamos para disfrutar por completo en nuestra última jornada completa. 

Cruzando el charco

La mejor manera de cruzar el Bósforo es optar por acercarse a alguna de las terminales de Ferries que salen de manera permanente y depositan a sus pasajeros en la otra orilla.

Desde el lado europeo existen al menos cuatro terminales con diferentes muelles donde abordarlos: Kabataş, BeşiktaşKaraköy y Eminonu İskelesi.

Los destinos son muy variados, puede haber destinaciones en lo profundo del Bósforo, las Islas Príncipe y otros cruceros de paseo, pero o que refiere a destinaciones de pasajeros habituales en la margen opuesta encontramos Üsküdar y Kadıköy

Lo mejor de cruzar en ferry es que, por un lado el pasaje cuesta lo mismo que cualquier transporte, y a su vez uno tiene un poco del sabor de la experiencia local, los barcos son enormes y tal vez algunos algo vetustos, pero van y vienen incesantemente, dentro cuentan con calefacción y un bar donde abastecerse de café o té caliente junto a otros menesteres.

Los viajes entre los destinos mencionados no duran más allá de 20 minutos, en general son cruces rápidos y en mi experiencia, la cantidad de ferries hace que los cruces sean bastante amenos si la marea no complica las cosas.

En nuestro caso aprovechamos esos minutos para redactar unas postales que queríamos enviar a nuestras familias por el nuevo año, desde el lado asiático, cosa que hicimos ni bien tocamos tierra en la oficina de correo que existe justo al frente de la terminal de ferries.

Kadiköy el bohemio

Seleccionamos para arribar el distrito de Kadiköy, como todo Istambul es una barriada ampliamente poblada que en los últimos años ha cobrado preponderancia siendo uno de los más bohemios y culturalmente pujantes, sin dejar de lado sus raíces turcas, se nota una gran influencia de arquitectura por ejemplo, occidental y rasgos de occidente en sus calles.

Moderno como pocos y en constante renovación, lo primero que llama la atención al arribar al puerto es la enorme y hermosa estación de trenes de Haydarpasa, cabecera del tren que conectaba la región de Anatolya y a la capital del imperio con importantes ciudades llegando incluso hasta Badgad o la mismísima Medina. El edificio fue un símbolo de Istanbul apareciendo en repetidas postales. Se encuentra desde hace años en renovación, tras un grave incendio ocurrido en 2010 y debido a la importante re estructuración ferroviaria que se está dando producto de la inauguración del túnel del Marmaray, el tren más profundo del mundo que permite atravesar el Bósforo en minutos.

A partir de allí, al descender, la impronta es colorida y abruma a los ojos, es una zona mucho más moderna, occidental, me atrevo a decir que la arquitectura no distaba para nada de muchas ciudades alemanes que visitamos.

Encontramos rápidamente la oficina de correos y nos adentramos a la aventura de interactuar con el sistema de turnos y pedir que nos envíen las cartas (finalmente llegaron! no como todas aquellas que envie desde Ucrania, Estonia y Polonia en mi primer gran viaje).

En seguida decidimos perdernos entre los tranvías de colores, mix de coches antiguos y modernos, un fiel reflejo de la actividad en esta barriada, donde casas antiguas habitadas por alemanes, franceses, armenios y griegos de la vieja Constantinopla se convierten en refugio de bohemios que buscan darle modernidad sin salir de su apariencia tradicional.

La zona comercial diverge del tradicional mercadillo de la ciudad vieja, aquí los locales están delimitados, se nota la mano de la modernidad, el toque de orden accidental que contrasta con lo tradicional. Entre medio de las callejuelas nos perdimos en una de ellas donde abundaban los cafés, casi eran la exclusividad de la misma, y las librerías. Entre tantos cafés, encontramos con gatos tratados también de manera ilustre, hasta ellos son incluso más bohemios de este lado.

Perderse del otro lado

Nos perdimos, entre calles y callejuelas, dejamos libre la imaginación y el mapa, desconfiamos de las distancias, creiamos que todo era más sencillo, y a la hora de partir descendimos nuevamente hasta las profundidades con la intención de acceder al edificio de Haydarpasa, y encontrarnos con un edifico completamente en obras, mientras en mi imaginario aún podríamos coger algún tren que nos alejase hacia el interior para profundizar más la búsqueda.

Debimos seguir camino entre las obras, no solos, vimos que la gente lo hacía y si la gente lo hace, no temimos nada, queríamos seguir descubriendo, pero eso implicó perderse entre edificios públicos tras la obra, pasa por edificios militares e incluso un hospital, hasta desembocar en la famosa estación de Marmaray que no identificamos qué era, y decidimos irnos al metro con la ilusión de que fuera el metro el que nos llevase hacia Üsküdar, la otra terminal de ferries desde la que pensabamos volver.

Como si no fuera poco, tomamos el metro en dirección opuesta, hasta que comprendimos que ocurría, debimos regresar, no solo eso, recargar la tarjeta de transporte, subir al tren rápido que cruza el Bósforo pero no cruzarlo, bajar en las profundidades, en la última estación del lado asiático y salir respirar una vez mas.

Silueta europea

Ya en Üsküdar el día se nos puso negro, comenzaba a soplar un viento tremendo que nos arrastraba y costaba resistir a la orilla del agua, una orilla que le faltaban barandas, lo cual le daba cierta originalidad pero peligro.

Con hambre y frío, aguantamos lo que pudimos, lo suficiente para ver como las gaviotas resistían el viento casi flotando en posición estática y se agolpaban a comer de la mano de los curiosos fotógrafos de la costa.

Las fotografías que todos querían no solo eran de las gaviotas, sino también de la pequeña Isla con la Torre de la Doncella perdida en medio de las aguas del canal, contrastaban con la voluptuosa figura de las enormes mezquitas de la ciudad vieja, adueñándose del skyline sobre el sector izquierdo de la imagen, mientras que la Torre de la Galata era el primer edificio de altura que se abría paso desplazando la vista hacia la derecha hasta toparse con los enormes rascacielos.

Sin dudas una postal muy europea, que reflejaba a la perfección el contraste de la ciudad capital del mundo en algún momento: lo viejo, lo nuevo, lo tradicional y lo moderno.

El último regreso

Decidimos comer, tarde, tardísimo, nos sentamos en un restaurant humilde con vistas al agua y comimos unos platos de arroz que acompañamos con te, lo más sencillo y a la vez tradicional.

Se había hecho tarde al punto de anochecer, las luces de los rascacielos se comenzaban a encender, la postal cambiaba notablemente, el ir y venir de la gente que regresaba de sus trabajos de la otra margen fluía de manera incansable, casi sin darnos cuenta vimos como cayó la noche y los ferries se adueñaban de la circulación escupiendo pasajeros y devorando una camada de nuevos. Entre ellos, cuando ya la oscuridad y la lluvia se habian hecho dueños del ambiente, nos dejamos devorar y desembarcamos en Eminonu, esta vez, el viaje no fué tan placentero, no pudimos disfrutar del exterior, el frío lo impedía.

Antes de despedirnos hicimos una parada estratégica en Ali Usta a comprar dulces que traeríamos a casa e iríamos comiendo poco a poco a lo largo de la semana siguiente.

Casi inconscientemente, algo nos detenía y no nos dejaba regresar, al tomar el tranvía de regreso, debimos descender para chequear alguna que otra cosa pendiente en el distrito antiguo de Sultanahmet, y finalmente hacer el camino largo a casa, optando por un trasbordo que nos dejara caminar un poco más por una zona no turística.

En casa nos esperaba Nes, que nos había invitado a cenar en su casa con su pareja, pero lamentablemente su padre tuvo un incidente cardiovascular por el que debió ser hospitalizado y nos privó de la ocasión, por suerte, se recuperó y no pasó a mayores.

Esa noche, nos despedimos de Istanbul con la baklava y un te en casa, estábamos más que hechos, el frío azotaba con fuerza, la fuerza que no teníamos nosotros ya para seguir por la noche dando vueltas.

Y vaya que azotaba el frío que a la mañana siguiente abandonamos la ciudad con agua nieve cayendo. Istanbul nos despidió con el clima que nos había recibido Turquía en Capadoccia.

Ciudad de los gatos

Si en mis anteriores relatos comentaba la abundancia de gatos que existe en las calles de Turquía, claramente Istanbul es la capital de los gatos.

Los hay por todos lados y de todos los colores y tamaños, y lo mejor aún es que se encuentran en estado maravilloso, por más que sean gatos de la calle, la gente los cuida, y no me refiero a que simplemente le dan de comer, los vecinos cuidan a los gatos, los abrigan, los alimentan, los medican si hace falta y sobre todo, los bautizan.

Hemos cruzado senderos con cuchas para gatos con la foto del "dueño", su nombre y su historia en un breve relato.

El origen de tanta variedad felina dicen, se debe al constante ir y venir de barcos a lo largo de los años. En ellos, decían, venían los felinos para espantar a las ratas que siempre abundan en los puertos y barcos, algunos pasajeros felinos eligieron quedarse en la ciudad, muchos de ellos de razas originarias de sitios muy distantes, y eso genera la mesticidad que existe actualmente.

Sea mito o sea verdad, lo que no encuentra explicación sencilla es la devoción de los habitantes de la ciudad por estos vecinos de 4 patas.

A tal punto que existe un documental retratando esta verdadera fantasía felina disponible en internet llamado Kedi

Lo que quedó en el tintero

Palacio Topkapi tuvimos que elegir y optamos por ir a la Hagia Sophia, y analizando en retrospectiva creo que fué un error, no porque no valga la pena visitar un sitio tan históricamente relevante como la iglesia mezquita de Istambul, sino porque ya tenía una experiencia previa de este tipo de intervención en la Mezquita de Córdoba que creo es sencillamente insuperable.

En cambio el Palacio nos hubiera permitido palpar otro tipo de datos culturales del Imperio.

Islas de los Príncipes no lo tuvimos en cuenta siquiera porque implicaba invertir el día completo, y el tiempo es oro, no descarto que sea un paseo interesante, pero lo que se vislumbra es mucho nivel arquitectónico de lujo occidental. Creo que con un paseo más amplio en tiempo, este es un lugar donde merece la pena invertir tiempo, ese bien preciado que no teníamos.

Avenida Istiklal es la avenida más relevante del centro de la ciudad, emblemática por la cantidad e tiendas y de transeúntes, con su pintorezco tranvía que la recorre de punta a punta, estuvo fuera de nuestro radar ya que ver tiendas distaba del plan, y si teníamos que lidiar con tumultos, pues mejor hacerlo en la parte vieja donde había más riqueza cultural e histórica.

Cruceros por el Bósforo es una opción para aquellos que tienen ganas de tener una vista más amplia de los palacetes y de la vista sobre la costa. No son costosos, pero la calidad varía, y depende los gustos y ambiciones del viajante. Nosotros elegimos no hacerlo, porque consideramos que cruzando en ferry nos bastaba. Como alternativa, existen ferries que cruzan hacia diferentes puntos de las costas, con horarios regulares que pueden servir de ayuda para tener una vista de las hermosas margenes del canal.

Visitar palacetes y museos que desde luego abundan, muchos palacios son privados, otros tienen visitas guiadas. Desde luego que ambas opciones son para un grupo de gente que les interesa este tipo de recorridos cerrados, yo siempre prefiero ir al aire libre.

Cementerio de Eyüp no tanto porque el cementerio en si tenga ilustres enterrados, o porque sienta una atracción inexplicable por visitarlos, sino porque sigue siendo una gema en el recóndito barrio de Estambul algo alejado del típico centro tradicional, hay que llegar en autobus, tomar un teleférico y existen encantadoras vistas del Cuerno de Oro desde el famoso café Pierre Loti.

Y desde luego, echamos de meno tiempo para invertir en el margen asiático.

Definitivamente, Istanbul es una de las ciudades que sin duda volveré a visitar porque tiene mucho para dar, me ha quedado mucho por recorrer y personalmente por una incipiente problema capilar que los turcos saben resolver con una muy buena relación costo-calidad.

Al margen de la broma, la ciudad es fascinante, merece mi atención plena y me quedé con ganas de visitar más lugares, comer más comida, dulces turcos y de acariciar más gatos!

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