El milagro de Ammán

Amán es la capital de Jordania, se ubica más al norte que Petra, coquetea con la frontera caliente de Siria por lo que en eterna y cruenta guerra civil, la zona norte de Jordania se ha poblad de campamentos de refugiados.

Como dije en anteriores relatos de esta serie, el recorrido jordano elegido sería de sur a norte, y la capital sería mi último destino, aunque las sorpresas del camino hicieron que pudiera incluso ir levemente más al norte aún.

La partida de Wadi Musa en mini bus fué mucho más organizada que mi anterior experiencia en Aqaba. Los muy amables jordanos que llevaban el humilde hotel, se tomaron la molestia de acordar con el conductor del minibus que nos avise la hora de partida y eso agilizó mucho las cosas. Apenas pasadas las 9:30 en un contexto lluvioso y tras una noche de grados bajo cero en pleno desierto, me senté en ese pequeño minibus conducido por un señor de turbante rojo y blanco, bigotes y anteojos redondos negros, promediando unos 55 o más años, sus arrugas reflejaban las batallas de la realidad jordana, y el motor del pobre minibus también, que se quejaba de las pronunciadas subidas para salir del valle.

El periplo se tomó dos horas y media, con una parada en un puestito digno de Camino Negro o Camino de Cintura, donde los pasajeros aprovecharon a evacuar todo lo necesario y reponer energías con un obligado café turco. Entre el pasaje, apenas pude distinguir una persona occidental, una mujer italiana que resultó ser una doctora que tenía un congreso en la capital, pero se había atrevido a hacer el trayecto sola.

Al aproximarnos a la ciudad, el contexto era muy conurbano bonaerense, nada que extrañar, nada que me extrañe tampoco. Sinceramente me sentía como en cualquier partido de los aledaños porteños. La parada yacía unos 8 kilómetros del centro neurálgico, digno de una ciudad de 5 millones de habitantes. Para superar estas distancias, aunamos fuerzas con la italiana y regateamos precios de taxis. Logramos rebajar de 6JD a 4JD hasta el hotel de la convención, el lugar sin dudas más caro de toda la ciudad, alrededor de las embajadas y contaba con custodia oficial militar. Sinceramente no sabía si sentirme más o menos seguro saliendo de ahí, por lo pronto, mi apariencia denotaba que yo no me alojaba en ese sitio. Pasamos un rato tratando de ubicarnos en la ciudad mirando mapas en el lobby, el saludo de rigor, y emprendí mi regreso a mi realidad, de a pié caminando los dos kilómetros a través de la ciudad que me separaban del hostel, y al momento en que me perdí, recurrí a la ayuda de dos hispanoprlantes que el destino hizo cruzarme, dos chilenos, en misión solidaria educativa, que muy amablemente me guiaron en la dirección correcta.

Al entrar a un hostel uno pasa página, y, siempre y cuando el ambiente lo permita, y la gente presente la recepción adecuada, comienza el diálogo y el intercambio de experiencias. Aquí por suerte no fué la excepción ya que, no llegué ni a acomodarme, que inmediatamente escucho hablar castellano, y allí una argentina, Francesca, de Belgrano que vive Milán hace más de 10 años, charlando a viva voz de sus experiencias de mundo con un chileno, Juan José, que decidió dejar todo para permitirse un año de conocer el mundo.

La noche cayó pronto, muy pronto, es lo que tiene estar tan al este. Pegué una recorrida por la ciudad, un centro comercial al aire libre digno del Once por el tipo de locales, en un cóctel con mercadillos repletos de consumidores de última hora previo al viernes dia santo. Llegué a contemplar con luz natural el Anfiteatro Romano de la Plaza Hachemita, el corazón de la ciudad, y compartir charla con Mohammed, el curtido cuidador de uno de los recintos cerrados del predio, quién me contó de su vida, sus 5 hijos, y con el que intercambié opiniones sobre la decisión de Trump tomada un día antes de reconocer Jerusalen como capital de Israel, lo que convirtió repentinamente la zona en un hervidero. Sus palabras fueron de calma y precaución, coincidió en que era un loco que tenía que meterse con sus cosas en lugar de molestar en otra parte del mundo, y me recomendó recorrer la ciudad tranquilo solamente evitar la zona de la Mezquita Grand Husseini, ya que al día siguiente, tras la oración del mediodía habría manifestaciones.

Con este mensaje en la cabeza, y con el nerviosismo que me generaba la realidad que un tipo poderoso del otro lado del mundo se le ocurría generar aquí, me senté en el inevitable Hashem para cenar uno de sus menús de hummus, pan de pita, ensalada, patatas fritas, te y alguna otra variante mas que ya no recuerdo. Es un recinto famoso, concurrido, sencillo, muy accesible pero con mucha volatilidad: no conocí a nadie en esos días que haya pagado lo mismo por el mismo menú!


De regreso al hostel improvisé el plan para el día siguiente y me sumé a la invitación a una escapada algo más al norte de mis planes originales, y así evitar la tensión de la ciudad. 

La visita a Jerash

Con un Uber nos fuimos a Jerash, la vieja Decápolis, una de las ciudades romanas más grandes y mejor conservadas de Medio Oriente. Un predio gigantesco con ruinas por donde se los mire, una ciudad para invertir medio día y algo más, que se harían bastante pesados con un sol radiante , ya que no hay forma de refugiarse.
Mientras recorríamos las ruinas, los anfiteatros, el laberinto de columnas llegó el momento de la oración del mediodía y posteriormente la gente salió a las calles a manifestarse, lo pude observar desde la lejanía dentro del recinto histórico. Un grupo reducido de gente caminando por las calles en señal de protesta pacífica contra las medidas tomadas por el presidente Trump. Mientras esto ocurría aquí, en la capital, la manifestación era multitudinaria, y en algunas regiones de Palestina se registraban incidentes.
La aventura por Jerash llegó a su final y debimos emprender el regreso a la ciudad, y fué allí donde el plan no resultó tal vez como lo esperábamos. Era imposible conseguir servicio de Uber ni nada que se le parezca, y como por si no quedó claro en mis anteriores relatos, el servicio de buses y transporte en general es totalmente informal. Así fué como alrededor de las 15:30 nos ubicamos en una parada de autobús donde teníamos la información que desde allí se iba a Amán, y esperamos....y cada 3 minutos se nos acercaba un coche a ofrecer llevarnos, cuando no era un coche era un transeúnte que nos podía recomendar un amigo, hubo hasta quién llegó a llamar un amigo que hablara inglés para convencernos de que era el modo normal de viajar, otros pararon a la policía para que nos diera algo de confianza al intentar explicarnos que era normal viajar así, la manera más sencilla de hacerlo. Pero nosotros estábamos empecinados en esperar el bus, y por suerte una señora iraquí que esperaba ahí mismo nos dijo en un claro inglés que faltaba media hora para que pase, por lo que seguimos firmes con el plan. Y seguimos esperando, desestimando las constantes invitaciones de cada coche por llevarnos.

Una hora pasó y el bus no llegó, la mujer nos pidió disculpas con clara consternación, ya que ella también lo necesitaba, y dado que el sol comenzaba a caer, decidimos ya montarnos en el coche que mejor apariencia nos genere. Por suerte ella subió con nosotros y nos garantizó el viaje, nos dió las indicaciones necesarias para llegar a destino, y nos transmitió cierta confianza. Definitivamente, esto se convertiría en la primera vez que de algún modo, hice dedo para viajar.
El coche no nos dejaba en el centro sino que en las afueras, en un estilo de Camino de Cintura, en una zona alejada donde deberíamos tomar otro bus, teníamos referencias del mismo pero poco más. El coche paró mal en la calle y ante los bocinazos debimos descender a las apuradas, un agradecimiento y salir disparados a tomar el bus, que resultó no ser el correcto. En ese momento, Francesca se da cuenta que no tiene el teléfono, nuestra única conexión a internet, la ultima esperanza de llamar a un Uber se esfumaba. Mientras entraba en una crisis naturalmente nerviosa, y su amiga trataba de ayudarla a calmarse, yo me centré en encontrar el camino al hostel, hablando con el chofer, un hombre mayor de rasgos marcados, mostrándole en el GPS dónde teníamos que ir, el hombre tuvo el atino de preguntarme en ruso si yo hablaba ruso, y cuando le dije que mas o menos (prefería ruso a árabe, sin dudas) comenzó a hablarme en un perfecto inglés, se puso la situación al hombro, consiguió alguien en la parada que fuera a donde nosotros fueramos y nos indicó que siguiéramos a ese hombre de turbante, cuando él suba al bus, nosotros debíamos subir. Se quedó con nosotros de todos modos hasta que nos fuimos, y el pequeño bus urbano nos depositó a escasos metros de la Plaza Hachemita, el centro de la ciudad.

Allí recurrimos a la garita de la policía para intentar denunciar la pérdida, o que nos indiquen alguna opción, en la desesperación, fué la alternativa más acercada que se me ocurrió, y fué allí donde comenzó a gestarse el milagro de Amán.

Los policías llamaron desde su teléfono al whatsapp del celular perdido y allí lo atendió el conductor del vehículo, sorprendido porque no sabía que estaba en el asiento trasero. Al atender explicó la situación y dijo que él ya estaba de regreso en su pueblo, pero que lo podía llevar si le pagaban el viaje. Acordaron un precio y en poco menos de dos horas, que sirvieron para de algún modo bajar el nerviosismo comiendo unos dulces en Al Shahel Al Akhdar, una de las confiterías más tradicionales de la ciudad mientras nos abrigábamos del frío y hacíamos tiempo.

Tras un día agitado y con el regreso a la tierra prometida al día siguiente, no había mucha alternativa de cena, apenas atiné a volver al hostel, darme un baño reparador y tomar un café en la calle previo revisar las noticias para chequear el estado de situación en Palestina, las noticias eran terribles, todos los seres queridos preocupados por mi bienestar, mientras que la información que me llegaba de primera mano desde Jerusalen era de tranquilidad.
Luego de charlar con muchos personajes en ese lobby, algunos venían viajando hace meses, otros viven en el hostel porque decidieron aprender árabe y se quedaron en la ciudad, otros ayudaban en campos de refugiados, el caso más curioso era un italiano que lucia de vientitantos y debió mostrarnos su pasaporte para que creamos que tenia 42, un caso de vampirismo en el desierto, decidí descansar en mi plan original, al día siguiente, iría a la frontera por Palestina para regresar a tierra prometida y poder tomar mi vuelo. 

Cruce a Palestina y salida de Israel

Quise evitar a toda costa que el relato se extendiera tanto, pero fue una estadía corta con mucho contenido que creo valioso compartir.

Había acordado el regreso a Jerusalen con Juan José, el chileno y un inglés compañero eventual de viaje suyo, por lo que emprendimos viaje por Uber hacia el paso del King Housein Bridge. Casi 45 minutos de viaje por rutas en dudoso estado que desembocaron en el valle del río Jordán, y ante un control policial en el cual erróneamente el taxista nos presentó como estadounidenses y la cosa parecía complicarse, todo siguió su curso y llegamos a la frontera, donde otra vez las idas y vueltas de rigor parecían ponerle una tensión innecesaria a la situación, producto puro de la confusión.

El cruce estaba casi vacío, pero los alrededores estaba repletos de gente. Entramos sin más y apenas unos controles de rutina del equipaje, pero hubimos todos, de pagar 10JD de tasa de salida, independientemente de por qué paso se haya entrado, saliendo por aquí, se paga, y luego otro pago de un tributo en el cual se abona el traslado de unos 5 kilómetros a través del desierto y cruzando el río, por la "tierra sin hombres" hasta el puesto fronterizo de Palestina, custodiado celosamente por Israel, algo de por más, paradógico, es un puesto fronterizo israelí de facto en Cisjordania.

Allí los controles fueron algo más exhaustivos: 
  • Primer filtro de cara y pasaporte
  • Pasar el equipaje por detector de metales
  • Segundo filtro de cara, pasaporte y detalles del pasaporte
  • Recoger el equipaje del otro lado y preguntas aleatorias de un personal de civil que se aproximó a mi para preguntarme sobre mi visita a Israel
  • Control de pasaporte y emisión del visado, con las preguntas de rigor. (Lo cómico de este caso es que la persona que me atendió era una mujer de Lomas de Zamora)
  • Libertad
Pero parcial, ya que el chileno y yo pasamos pero el inglés se quedó dos horas adentro, aunque con acceso a internet, curioso, ya que se dieron cuenta que había estado en el Líbano, país fronterizo y enemigo acérrimo de Israel.

Cuando ya teníamos decidido irnos sin él, apareció a último momento a punto de abordar el Sherut, taxi compartido, único medio de transporte posible desde la frontera en Shabat.

Atravesamos territorios palestinos sin inconveniente alguno, en el recorrido no pasamos por Jerico ni Ramallah ya que el taxi se diriía directo a Jerusalen, allí nos bajamos en la Puerta de Damasco, el centro de todas las protestas los dias previos, solo observamos la presencia de medios de comunicación, poco más, lo que nos dió ánimos de comer unos falafels tranquilos al sol y luego de la despedida, hacer las veces de guía turísico para Juan José en la Ciudad Sagrada.

Luego de varias vueltas, y shawarma de por medio, extensas charlas y hacer especialmente tiempo, me pude despedir de Neto que me invitó nuevamente una cena típica previo a mi partida, y por la 1am emprender mi salida hacia el Aeropuerto en Tel Aviv.

Nunca tuve tanta precaución respecto a la antelación en el horario de arribo al aeropuerto. Mi vuelo partí a las 5:30AM, y a las 230AM estaba haciendo fila para un primer control rutinario, donde una empleada de seguridad me hizo un interrogatorio sobre mi estadía, ingreso y egreso de Israel, sobre mi estadía en Jordanía, los motivos de mi viaje, las razones si las había, cuántos conocidos tenía en cada país, y como si no fuera poco, revisar mi pasaporte y preguntarme sobre mi estadía año y medio antes en Marruecos, sobre con quienes había ido y a quienes conocía allí. Llegó un momento donde no podía contener mi risa, y por suerte no se lo tomaron a mal, me dejaron continuar hacia la cola en el proceso de check-in.

Luego llegó otra pesado paso por un control hiper exhaustivo de equipaje, donde cada pasajero debía desmontar prácticamente todo su equipaje y algunas piezas eran sometidos a escaneos especiales, habré demorado alrededor de una hora en superarlo para felizmente poder sentarme a beber un café tratando de contener el sueño tras el día más largo en años.

Finalmente, el viaje fué efímero en mi imaginario, solo recuerdo sentarme y trasbordar en alguna parte de Turquía, viaje desplomado, la mejor manera sin dudas de que un viaje se haga corto, pero vaya dolor de cuello que genera eso!

Mis Sugerencias

- De camino desde Petra, si se circula en coche, es muy recomendable desviarse y visitar el castillo templario de Al Karak.

- Es una ciudad enorme con puntos estratégicos de encanto, son escasos los días que uno necesita para ver los puntos de referencia, desde luego sin ahondar en los detalles y las experiencias alternativas, de mayor contacto con la vida local, que requieren sin dudas más dedicación.

- Visitar el complejo de la Plaza Hachemita y la Ciudadela de Aman, si pueden aprovechen a visitar la Mezquita del Rey Abdalá I y el Palacio Umayad

- Las ruinas de Jerash son enormes, merecen la pena, especialmente por ser ruinas romanas tan lejanas de donde estamos acostumbrados a verlas. Se puede extender la visita un poco más al norte al Castillo Templario de Aljun.

- Moverse en la ciudad con Uber o Careem son la mejor opción. El transporte público existe, es muy barato, pero es impredecible como ya lo expliqué en el relato.

- Es un buen punto para hacer base e ir a Madaba, el Monte Nebo y el Mar Negro por ejemplo.

- Para los amantes del ferrocarril (hola!) existe un servicio de tren turístico de irregular circulación, que comunica la ciudad con la ciudad vecina de Zarqa, por unas vias que comunicaban con Damasco y tristemente están desactivadas.

- Como siempre digo, prueben todas las comidas que les den curiosidad. Ya les recomendé Al Shahel Al Akdar, también visiten Habibah, son dos de los lugares donde verán filas de gente esperando por comprar.



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