Mostrando las entradas con la etiqueta origenes. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta origenes. Mostrar todas las entradas
El duro momento de las despedidas llegó, pero fué progresivo y se realizó en tres etapas, ya nos habíamos despedido de parte del grupo en el pequeño poblado de Ternopil, ahora nos enfrentábamos a la despedida en Sokal de la familia local.

El mar de lágrimas que hacía un esfuerzo por contener, escondida en una ventana estaba Vanessa, que se quedó con Vasilij, su padre, el hombre duro que también estaba haciendo un esfuerzo por no dejar entreveer su tristeza, un tipo siempre sonriente y trabajador, centrado, muy correcto, mantuvo su postura y quedó detrás de esa puerta blindada del piso. Yo comencé a descender las escaleras y volví corriendo a darle un nuevo abrazo a esa hermosa niña que se emociona cada vez que tiene oportunidad de verme, tragué las lagrimas y las convertí en una sonrisa, ya desde abajo, ella se asomaba por una ventana saludando y nosotros nos fundíamos en un abrazo ya plagados de lagrimones con su madre, Galina, la otra enorme partícipe de que todo esto pasara. Es un deja vu de hace cuatro años, la misma dolorosa despedida, como todas, en el mismo parque con el condimento añadido de la madre que me parió a los sollozos y un coche nuevo para cruzar la frontera.
Hito de frontera entre Polonia y Ucrania
La Cortina de Hierro se cayó en 1990 junto a la Unión Soviética. En aquel año, Ucrania, como tantos otros países satélites del híbrido soviético ganaron su independencia. Hoy, casi 30 años más tarde, la cortina parece ahí vigente, cual el Muro de Game of Thrones, dando una impresión que todo lo que está detrás es peligroso y salvaje, acrecentando la brecha y cercenando oportunidades. Entrar en la UE es un periplo que muchos ucranianos hacen a diario ya sea por necesidad o por negocio, o por simplemente el hecho de que tienen familia de un lado y del otro.

Detrás del "Muro"

Dejamos atrás los pozos de la carretera y emprendimos camino hacia el moderno paso de Угринів (Uhryniv) atravesando los campos verdes sembrados en el llano, deslumbrados por el brillo de las cópulas de las iglesias ortodoxas a lo lejos que como un lucero reflejan el rayo cálido del sol señalando el horizonte. Al costado del camino cruzamos un grupo de VAN con mucha gente haciendo movimientos sospechosos de una a otra, son contrabandistas, nos marca el arribo a la frontera.

El contrabando es un modo de vida en la zona cercana a la frontera, la diferencia de precio entre un "lado del muro" y el otro es brutal, un paquete de 20 cigarrillos puede costar unos 4 o 5 euros en Ucrania mientras del otro lado, o en España, un atado sencillo cuesta entre 4 y 5 euros. Lo mismo ocurre con el alcohol y tantas otras cosas que pasan a diario de un lado a otro. Hubo tiempos mejores para los audaces, cuando en la frontera no existían controles digitalizados, ni perros, ni radares, hoy la tecnología apela al ingenio, pero aún así, cuanta casona se vea del lado ucraniano con más de un coche, es un indicador de negocios sospechosos en la frontera por parte de sus dueños.

Esta es el mismo puesto fronterizo que años atrás, en plena escalada militar en el este del país, tuve que cruzar en mi regreso donde apenas tardamos 30 minutos como mucho, y la pregunta en el breve interrogatorio se centraba en saber si yo era un terrorista o no. Esta vez, el clima es mucho más calmo, mediodía, brilla el sol pero sopla el viento, hay cola de coches, aunque se supone que será algo rápido, poco a poco la gente se acumula frente a una ventanilla, la única que parece atender. Detrás de ellas no se ve nada, es el hermetismo con el que se manejan estas cosas, pareciera ser que algo va mal y no lo sabes.

Tras despachar algunas personas se estanca el movimiento. Silencio. Los minutos corren, ya llevamos más tiempo que mi vez anterior en este cruce. Repentinamente abren la ventana, hablan con Roman, nuestro conductor y con Halina, la prima, una breve explicación: no encuentran registro de nuestra entrada en el país, es decir que en el sistema informatizado, no encuentran nuestro ingreso por el aeropuerto de Borispil en Kiev hace una semana. Ahí veo todo claro, comprendo por qué el negocio del contrabando, aún tiene campo para triunfar, con sistemas así.

Sigue la espera y al rato, la ventana de nuevo, llaman a Roman, ahora el debate es si España es un Reino o una República, ya que no logran cruzar lo que dice mi pasaporte con lo que ven en el sistema. 

Más de una hora, un periplo interesante y digno de una clase de geografía, está claro para mi que en este remoto paraje no suelen lidiar con pasaportes "tan extraños" a diario y es comprensible cierta aprehensión, pero no quita lo indigno de que nuestro ingreso al país haya sido en apenas 5 minutos, mientras que la salida se haya demorado más de una hora, y no porque hayan revisado el coche demasiado, sino por papeles nuestros, los mismos que en Borispil pasaron sin demasiada revisión.
Superado el acto burocrático de cruce de frontera, estamos ya del otro lado del muro, y la sensación es un poco la misma que la vez pasada, se nota en infraestructura que la Unión Europea hace mella en estos temas. El paisaje cambia un poco, muy poco, esto es Polonia, antes donde estábamos, fué Polonia alguna vez. Cruzamos pequeños poblados desperdigados y seguimos por caminos internos hasta un descanso en Zwierzyniec, un pequeño y pintoresco pueblo en medio del parque natural bi-nacional de Roztocze, es un área protegida muy diversa de flora, fauna y geológica que cruza fronteras hoy y se adentra en Ucrania. Esta pequeña villa es un lugar turístico, cruzamos oleadas de niños y grupos, autobuses, es una zona boscosa, con lagos y su río, hay camping, y tiene una fábrica de cervezas tradicional en la región, que dió vida al pueblo. Hicimos las veces de paseo "los tíos" y esta vez sentía que me llevaban como a Vanessa, nos invitaron helado de una heladería muy tradicional del sitio, rico, pero como siempre, falta variedad de sabores, y cuando paseando por el parque nos encontramos con un chiringuito que vendría sopas del estilo militar, decidieron invitarnos también a eso. No hace falta decir que a a estas alturas mi estómago estaba en modo a punto de estallar, y comer dulce para luego salado y cervezas varias, era una bomba de tiempo...

Tras el paseo y la distracción, un breve trayecto de media hora nos depositó en el viejo y querido Biłgoraj, la pequeña ciudad donde Roman y Halina residen y a la cual yo regresaba desde aquel primer viaje. Sencillo, humilde, básico y afectivo, tiene menos habitantes que Sokal pero está "del otro lado del muro" donde todo está más ordenado y le da otro aspecto, es la triste realidad. Allí hicimos poco, relajarnos del viaje y reponer energías, algunas compras y un breve párrafo para la visita a la madre de Roman: la mujer tiene 95 años y es una luz, entramos en su casa y lamento no haber tenido una cámara de fotos conmigo para captar esa escena de la anciana con su pañuelo sentada frente a la ventana donde penetraba el sol naranja del atardecer, con un libro en sus manos y otros tantos sobre la mesa. Nos presentaron y ella misma dijo "a ti te conozco, tu estuviste aquí hace unos años", y es una gran verdad, compartí con ella un café en mi visita anterior, apenas 15 minutos tal vez, pero ella me recordaba y sabía que venía de Argentina y compartimos una grata charla entre ruso, polaco improvisado con ella y mi madre.

Los preparativos estaban hechos ya, una cena de honor por la visita, y la despedida, un descanso merecido con el amanecer tempranero en estas latitudes que mantienen el uso horario de la Euorpa más occidental y fuerzan a que estando tan al este la luz comience a colarse por todas las ventanas a partir de las 4:30am en Mayo! Hubo tiempo de un desayuno potente, las cartas e improvisadas escrituras en polaco, abrazos, besos y una despedida más, la tercera, la última.

Abandonamos Biłgoraj en una de las tantas Sprinter que brinda servicios de traslados a lo largo y ancho de los paises del este, en Polonia es una modalidad arraigada que sustituye la ausencia de servicios públicos de calidad y ferrocarriles que aún no riegan con sus arrivos infrecuentes los pueblitos del interior. Esperaban unas 5hs de viaje hacia la Capital.

Cruzando el muro y la triple despedida

sábado, 11 de agosto de 2018
El duro momento de las despedidas llegó, pero fué progresivo y se realizó en tres etapas, ya nos habíamos despedido de parte del grupo en ...
Antes de seguir leyendo, he de decir que este es un relato de una vivencia personal, familiar, creo que como anécdota de viaje tiene poco valor para los que buscan aventuras en Ucrania, pero es parte de mi último viaje a estas tierras y he decidido comentarlo, porque merece la pena recordarse aún cuando muchos detalles queden fuera del texto, aspiro a acercarlo a los que no pudieron estar allí con nosotros.

Superado el nerviosismo del primer día, las diferencias idiomáticas se hicieron al un lado con la ayuda de la magia de la tecnología, del idioma universal de gestos y del rescate de los más profundos recuerdos del polaco de la mente de la madre que me parió que solía hablar en este idioma con sus padres allá lejos y hace tiempo, nos esperaba el día D como quién diría, o tal vez otro día D más de todos los que tuvimos, el primero acaba de concluir.
Amanecimos en Sokal (Сокаль) y los preparativos, entre momentos de silencio donde se hacía tal vez complicado entender el detalle de lo que estábamos por hacer, solo tenía algo en claro, lo que tendríamos por delante era tal vez el momento más emotivo de la aventura.
Montamos el coche Chery de Vasilij, el mismo en el que me habían llevado y traído años atrás, y comenzamos a esquivar pozos y cráteres de la carretera. Por si no lo dije aún, es una de las características principales de los caminos en Ucrania, una "denominación de origen" si quieren. Entre zigzag dejamos atrás los edificios y adentramos en el prado hasta llegar a la vecina villa de Ilkovichy (Ільковичі), una pequeña villa a las afueras de la ciudad, rodeada de campos fértiles regados por las aguas del rio Bug, donde los vecinos recorren sus callejuelas en idas y vueltas a los plantíos, y donde las gallinas, ganzos y perros son transeúntes testigos de lo que acontece.
Nada nuevo para mi, estuve en este sitio hace 4 años, solo que con menos audiencia: descendimos al frente de la casita de la бабa (abuela) Stefania y el malón de gente salió a recibirnos, entre llantos, manos alzadas y sonrisas, un cóctel emotivo sin precedentes.

Parecía que todos querían ser testigos del cruce de mundos, los de allí abajo, tan lejanos, desde literalmente el culo del mundo, Argentina una tierra prometida a mediados del siglo XX donde fué a parar Ксенія, esa que en El Palomar todos conocían por Elena, pero que siempre para nosotros los nietos argentinos era la abuela Ale, un lío de nombres solo posible gracias a la magia de la trasliteración y el humor de los empleados del Hotel de Inmigrantes donde se recibían a todos los paisanos que buscaban un futuro promisorio en el sur del mundo, la tierra fértil de Perón y Evita, esa que se pateaba el suelo y florecía la fortuna frente a una devastada Europa de post guerra.
   
Al encuentro se habían citado de todas las latitudes, nadie quiso perdérselo, vinieron primas desde Kramatorsk, el otro extremo de Ucrania, desde la profundidad de la zonas de conflicto separatista pro Ruso, les importó poco y aprovecharon para juntarse y visitar a la parentela con la excusa de la visita de la prima argentina. Vino Halina y Roman desde Bilgoraj, Polonia, dos viejos conocidos para mi. Por supuesto se sumó toda la parentela de Sokal con Andrej, Tania y su pequeño David, su hermano Ostav con su pareja, todos reunidos en el salón de la que personita que teniamos en común: Stefania, esa viejita petisita, arrugada, vestida tan sencillamente con su pañuelo cubriendo su cabello y con una energía envidiable a sus 80 y largos años.

Eramos todos tan diferentes y tan similares a la vez, nos fundimos en abrazos, nos llenaron de besos, no podían creer que estemos allí, nos tocaban para ver si eramos reales, nos volvían a abrazar y no dejaban de citar frases de emoción que dificilmente pueda recordar, aquí no valía demasiado el polaco, el inglés estaba de adorno y mis años de alemán sirvieron para comunicarme apenas con la bella Vanesa que a sus 11 años es la que más idiomas en común conmigo tiene. En el este de Ucrania es o bien ucraniano o ruso, pero no fue impedimento, no faltaron motivos de diversión y silencios tratando de procesar información y esfuerzos para hacernos entender, transmitir las emociones acompañadas de gestos.
Como en toda reunión familiar, las señales de afecto abundan, pero también las comidas y particularmente en los países del este siempre vienen regadas de variedad de opciones de bebida de alta graduación alcohólica. A diferencia de los occidentales, en estos lados, en la mesa siempre hay bebidas de alta graduación, y se acompaña de bocados de alimento, lo cual hace que el ritmo de beber sea pausado, y se extienda durante largas horas lo cual hace que el efecto termine siendo un poco menos brutal sobre el organismo y me atrevo a decir que el hígado lo agradece de algún modo. Mientras que por occidente lo que hacemos es beber con una copita de vino y pegárnosla fuerte al salir con un cóctel o tomando un "chupito" tras otro sin comida de por medio, desde luego la reacción en el segundo caso es mucho más violenta al organismo. Vamos, que tomamos bebidas de alta graduación cuando lo que buscamos es literalmente alcoholizarnos...

Me había desacostumbrado a esto y es casi imposible seguir el ritmo a Roman que cada quince minutos o menos consigue una excusa válida para brindar, pero mantuve mi paso, pude resistir, flaqueando en algunos brindis estirando el pequeño vasito lo más que pudiera.

La jornada se extendió hasta altas horas de la tarde, entramos de día y nos fumos de noche, pasaron por allí repetidos platos y manjares, brindis tras brindis acompañados de cantos típicos a los cuales debimos responder con alguna canción argentina que entonamos con mucha deficiencia, pero a estas alturas qué importaba, nadie nos entendía, ellos solo querían oír el castellano, que los sonaba tan particular, tan diferente, y mucho más afable que el inglés según nos decían.

Este cóctel fué maserando una idea algo alocada entre los participantes, y que no teníamos en mente los visitantes: a alguien se le ocurrió proponer de visitar a la familia de la provincia de al lado, lo que surgió como una idea loca se terminó tomando en serio y a los pocos se materializó en un viaje relámpago a las profundidades de Тернопіль (Ternopil) a visitar "el origen".
   

Más fotos AQUI y también AQUI
La aventura comienza, otra vez un aeropuerto, y, como tantas veces, las insoportables demoras, insoportables porque nadie te las explica. En la sala reina el silencio que se interrumpe muy cada tanto con un aviso, somos pocos los que estamos en este sector, la impaciencia comienza a apoderarse, no quiero llegar de noche, no quiero perder la conexión.

Noto mi impaciencia algo más inquieta que lo normal, y miro a mi lado, este no es un viaje más, es el motivo de mi nerviosismo. Estoy en la sala de espera de El Prat con la madre que me parió, y no es para despedirnos sino para salir de viaje juntos, un viaje que mi imaginario ideó unos años atrás como quimera,  logra materializarse.
Nos sentamos en la aerolínea extraña, una completamente nueva, Ukraine International, y nos abrazamos. Estamos despegando rumbo a las tierras lejanas del Este europeo, en un periplo sin precedentes para visitar a la familia ucraniana, la familia que yo ya tengo la suerte de haber visitado, la familia de mi madre, que ella estaba por conocer.

Llegamos a Kiev, pero no teníamos tiempo de nada, ni siquiera de entender el idioma, vimos que todos corrían, no era para menos, llegamos demorados y casi todos tenían conexiones que parece ser no iban a esperarnos. Alguna pregunta para ubicarnos al personal de seguridad, y otra vez la impaciencia del ingreso a un país, la espera que se me hizo interminable aunque no deben haber sido más de 15 minutos y luego el comentario sorprendido del personal de migraciones ante la visita desde tan lejanos horizontes.

Finalmente, llegamos! Pero aún faltaba un vuelo. La conexión a Lviv, ese Lviv o Lvov del que me hablaba mi madre cuando era niño sin saber concretamente si era allí o Tarnpol, Tarnopil, todas las ciudades se tergiversan a la distancia y con los años. Mientras tanto, un arcoiris nos daba la bienvenida y nos indicaba el camino hacia la tierra prometida.
El arribo a Lviv (Leópolis) fué nocturno, si hubiese estado solo me arriesgaba a salir andando, tomar el tranvía y seguir adelante como siempre, pero estando con una madre al lado, hay que privarse de algunas aventuras y tirar por lo sano. Esta vez coordiné con la dueña del piso donde nos alojaríamos, que me prometió esperarme y allí estaba, con su amiga, dos señoras ucranianas que pese a haber prometido hablar inglés, solo contaba con un cuadro con traducciones al inglés, y mi escaso ruso con el escaso polaco de mi madre, y simplemente la confianza, ayudaron a comunicar hasta que maravillosamente mi escaso ruso permitió detectar que su colega mencionaba que hablaba alemán y contestarle que yo también podía hablar alemán, y problema solucionado: en ucrania, comunicándonos en alemán para recibir las indicaciones!

El alojamiento tampoco fué azaroso, estaba especialmente seleccionado, dediqué mi tiempo, después de todo viajaba con mi madre, por si aún no lo había dicho.

Una casa en el centro histórico de Lviv, del siglo XVI con algunas renovaciones, básicamente, un departamento en una sala de arte enmarcado en el centro turístico por excelencia de la ciudad.

Llovía y era de noche, pero el hambre se hacía sentir, después de todo, el último bocado lo habíamos probado apenas pasado el mediodía esperando el avión en su retraso. Salimos, dimos vueltas, la gente como siempre en estos lugares, elegantísima, chicas arregladas como para una fiesta de gala, los muchachos no se quedaban atrás, se notaba mucho lo extranjeros que eramos. Buscamos en un sitio y en otro, eran casi las 23 y todos tenían sus cocinas cerradas, claro, horario europeo. Por suerte frente a casa casi resignados encontramos un sitio con cocina georgiana donde pudimos comer y brindar por la ocasión, a un precio sumamente accesible al turista occidental. Si, Ucrania es de lo más barato que he ido y la relación calidad precio de las comidas es fascinante, por una cena para dos personas, con bebida en un lugar clásicamente turístico, apenas pagamos 10 euros.
Antes de buscar redención en el descanso, intenté mostrarle algo de lo que recordaba a mi madre, pero la ciudad en si es muy oscura de noche, aún tiene eso de los años 50. Recordar que Lviv es una ciudad prácticamente occidental ya que formó parte del imperio austrohúngaro y ciertamente su apariencia es occidental, calles empedradas, tranvías, farolas y tranquilamente si no fuera por la visible falta de mantenimiento de edificios que le da un encanto tradicional, podríamos decir que estamos en Austria.

El hecho es que de noche no se veía mucho y el frío azotaba, con mi madre al lado no me atrevía a deambular por las calles oscuras y optamos por lo sano, descansar para hacer algo durante la mañana siguiente, cosa que hicimos tras el desayuno.
El panorama de la ciudad cambia rotundamente, salimos y había oleadas de turistas, especialmente niños que los llevaban de aquí para allá, Lviv tiene historia y es demasiado relevante para el ucraniano, es casi el bastión del orgullo ucraniano, recordar que estamos en el oeste del país, más cerca de Polonia que de las ordas rusas que generan estragos en el inestable este.

Por las callejuelas no circulan coches casi, dejan paso a los trencitos de niños y alumnos que van guiados por docentes y guías para visitar las estructuras históricas que pasaron de mano en mano a lo largo de los siglos: imperio, Polonia, Nazis, Socialismo, Rusia, y la independencia. Debajo de la ciudad está repleto de pasadizos, catacumbas, hay fuertes y hasta un hospital. No por nada la gente ofrece visitas guiadas, es un ir y venir de gente.
Poco a poco iba recordando algunas de los lugares que había visitado en mi primera ocasión, y trataba de atar cabos. Llevé a mi madre a uno de estos lugares, iglesias y ferias, todo esto en apenas unas 3 horas. El tiempo apremiaba: la familia nos venía a buscar!
Se acercan las 12 del mediodía. Ya en el departamento con todo empacado, recibo un mensaje en el teléfono, una foto de la puerta de la casa. Allí estaba Galina, como 4 años atrás, había venido a buscarme a Lviv. Salimos atolondrados a la puerta, justo llega la dueña del piso a recoger las llaves, hay confusión, no logro explicarle que son mi familia aunque ella sabía que venían a buscarnos. Detrás de ella está Galina y Vasilij, salgo, y otra vez nos fundimos en un abrazo que comprime 4 años de espera, aunque esta vez cedo pronto, el eje de la visita era otro, no me tocaba a mi sino a mi madre ser la homenajeada.

Entre todo el malentendido, la señora nos invita a pasar, no se como hablarle, pero obviamente, Vasilij entiende todo, que alivio, ellos se entienden, pero nosotros no! Aquí comienza otro viaje y otro desafío: entendernos con la familia, con quienes sí tenemos muchas, pero muchas ganas de hablar.
Entre risas cómplices y bromas, hicimos lo posible entre nuestro precario ruso y polaco con su precario inglés, esta vez no teníamos una intermediaria que nos tradujera, solo la magia de Google que estaba ayudando a cruzar fronteras y unir distancias. Desde luego no faltaron los malos entendidos, como por ejemplo cuando nos ofrecieron visitar una serie de catacumbas y nosotros entendimos cualquier otra cosa y terminaron descartando la idea porque ellos entendieron que ya habíamos ido...pero son cosas mínimas que pueden superarse.

Lo que siguió fué ponerse a punto, y emprender el camino hacia el viejo y concido Sokal, el hogar donde nos acojen, para encontrarse a la hermosa Vanessa y preparar motores y el reforzar el corazón para las emociones fuertes por venir.

Cómo llegar

  • Avión: desde la mayoría de los aeropuertos occidentales se está casi obligado a hacer escala en Kiev, UAI es la aerolínea típica que opera todas las rutas en el país, pero también llegan a Lviv otras desde otros orígenes. Por el momento (2018) y pese a la relevancia de la ciudad, aún no se ha llegado a un acuerdo para conectar líneas de bajo costo pese al esfuerzo en el tema.
  • Tren: es factible llegar tanto desde Polonia, donde existe un tren internacional que conecta Kiev con Krakow. O bien desde la capital Kiev en las opciones Intercity o tren común. Se pueden consultar los horarios y precios en Укрзалізниця
  • Bus: una de las maneras más baratas es arribar desde el oeste con autobuses que cruzan la frontera desde Polonia por ejemplo, y se saltan las colas de turista o transportista común. De hecho es una de las mejores opciones, aunque de las que insume su tiempo por las distancias y la ausencia de carreteras de múltiples carriles.
  • Combinada: después de mi última experiencia puramente en avión, si tu destino es principalmente Lviv, creo que la mejor opción es llegar a Krakow aprovechando alguna opción de aerolíneas de Bajo Costo y tomar un autobús o bien el tren nocturno hacia Lviv.

Qué ver en Lviv

  • Su centro histórico es considerado Patrimonio de la Humanidad y desde luego merece la pena recorrerlo. Siempre en estos casos, es recomendable contar con alguna ayuda local, ya sea para las indicaciones, como sobre todo para la historia.
  • Está compuesto por un conjunto de menos de 10 manzanas donde se concentran decenas de iglesias y edificaciones con relevancia histórica, rodeando la clásica Plaza del Mercado.
  • Paseo de la Ópera lindero al casco histórico 
  • Catedral de San Jorge
  • Subir al Високий замок para contemplar las vistas de la ciudad desde una mayor altura
  • Museo ГОЛОВНА ubicado en un parque en las afueras de la ciudad, agrupa una serie de viviendas típicas de la región rescatadas de diferentes sitios de Ucrania. Permite contemplar la arquitectura y modo de vida de los ucranianos hasta principios del siglo XX, también alberga iglesias y es una típica atracción donde encontrarás alumnos de colegio ya que siempre los llevan a presentarles la historia.
  • Al menos ingresar a uno de los restaurantes más curiosos del mundo: Krivka que funciona en un búnker y para ingresar hay que decir la contraseña, te reciben con un shot de vodka y podrás comer comida típica servida como en tiempos del ejército, situado en un ambiente de resistencia a los rusos de mediados de siglo pasado.
  • Visitar el Museo Arsenal y deleitarse comiendo con las manos en el Restaurant Ribs que se encuentra debajo.
  • Como siempre digo, comer todo lo que parezca curioso y no privarse de nada. Hay muchos restaurantes de comida georgiana totalmente recomendables. Siempre hay que degustar la comida local. 
Todas las fotos AQUI y más de la serie AQUI

Aterrizamos en Lviv

sábado, 14 de julio de 2018
La aventura comienza, otra vez un aeropuerto, y, como tantas veces, las insoportables demoras, insoportables porque nadie te las explica. ...
El desarraigo me llenó del coraje necesario para enfrentar esta escapada a conocer "mi barrio" en la distante Suiza.

Contaba con unos pocos días, y el destino no después de todo tan accesible, las conexiones son buenas, tiene aeropuerto, trenes, pero no es un destino turístico muy aclamado, y los costos de visitar un país como Suiza no son bajos, pero me permití saciar el deseo de conocer Lugano, sin pensarlo demasiado, después de todo, este es el momento, mañana, no sabemos qué ocurrirá y no quise dejar pasar esta nueva oportunidad.

Aprovechando la cercanía del Cantón Ticino con Milán (ya haré mi relato de esa parte del viaje) hice base de operaciones en Italia. El verano meteorológico estalló ese fin de semana, con temperaturas que llegaron a los 34 grados, muy poco recomendable para recorrer ciudades en plan de turismo, pero no había marcha atrás. Allí me enfrentaba en soledad al ardiente asfalto, desandando locales comerciales de marcas de reconocido renombre y el glamour estridente de la gente que por más que el calor los derrita no se permiten salir de los cánones establecidos por la caprichosa moda.

Lo primero que me encargué de hacer fué de descifrar las máquinas expendedoras de pasajes de tren y navegar cuantos horarios de trenes hubiese para la mañana siguiente descubrir ese Lugano entre montañas.

La excursión comenzó muy temprano, apenas un desayuno rápido y tomar unas fotos en la plaza del Duomo deshabitada, a tan tempranas horas, apenas si las palomas visitaban el lugar. 

Minutos superadas las 8 de la mañana, desde Milano Centrale partía el tren regional TiLo (Ticino Lombardía), con destino final Bellinzona, dentro de "la parte italiana" de Suiza.

Apenas en una hora de trayecto, el tren atravesó montañas y se abrió paso a zonas de lagos con vistas de película. Ante cada parada, los anuncios expresados en tres idiomas, italiano, alemán e inglés, avisaron la llegada a ciudades tales como Monza, Como, Chiasso, entre otras más pequeñas, hasta llegar finalmente "al barrio" que cuenta con dos estaciones, por un lado la estación Lugano-Paradiso seguida de la propiamente dicha Estación de Lugano.

Es curioso por qué nuestro barrio toma este nombre, ya que ni siquiera el fundador de Lugano (el barrio porteño) es originario de Lugano (Suiza). José Francisco Soldati nacio en el Ticino pero en otra ciudad. La evolución del barrio fué tremenda, considerando que apenas cuenta poco más de 100 años, y si bien el presente es algo turbio, la historia del barrio es gigante y merece la pena repasarla.

A razón de esta tan peculiar similitud de nombres, hace unos meses el diario Clarín sacó una muy interesante nota que merece la pena leer.

A grandes rasgos me atrevería a decir que la estación de trenes es lo más parecido que tienen esta ciudad con la que me vió crecer. Pese a que en la de Suiza, circulan trenes de diferente porte, de larga distancia y actualmente esta en obra para construir un túnel, algo poco probable en la humilde estación del barrio del sur porteño.

La versión suiza del barrio tiene muy poco que ver con la versión porteña. Creo que no alcanzan las magnitudes para representar la distancia que separa mi terruño (del cual reniego por su constante desmejora) de la ciudad que le dió origen a su nombre. Esta distancia no es no solo física, en todas dimensiones diferente.

Rodeada de montañas se erige esta pequeña ciudad, en desnivel, a orillas del Lago de similar nombre, con unas vistas dignas de postales. Imagino un paisaje nevado en invierno, con las cumbres cubiertas de blanco y el peligro de circular por escaleras y calles en desnivel heladas. El barrio en su versión suiza tiene atractivo turístico y se explota esa riqueza.

Descendí por las callejuelas entre petit hoteles y el mercado, me abrí paso a la plaza de la Piazza della Reforma, centro de referencia con el ayuntamiento, donde se pueden ver algunos edificios muy elegantes que son sedes de clásicos bancos suizos, y barcitos que le dieron una rememoranza hogareña al lugar, casualmene se llaman Bar Argentino, Tango y Vanini.


Me detuve a disfrutar de un café en la plaza, contemplando cómo la sombra iba perdiendo terreno en la batalla con el sol que se hacía con las alturas entre las montañas. La bruma en el aire hacía algo difusa la vista a la distancia pero claramente se podían observar las montañas y las casonas en los picos de los cerros alrededor de la ciudad. 

Día de mercado, día de compras y día excepcional para el turismo, el calor hizo mella hasta entre las montañas, con el paso de las horas, la temperatura fué subiendo y en busca del refugio encontré un arbolado parque a orillas del lago, con una playa en sus extremos que la gente no dudaba en aprovechar. Yacían al sol en pleno medio dia con sus cuerpos que encandilaban de lo blancos (yo no era la excepción), pero por más que lo intenten, la gente de estas tierras no se quita el blanco ni viviendo un año en el caribe. El rojo tomate les gana por escándalo.


Opté por refrescarme en las aguas cristalinas y no tan frías del lago, no dudé demasiado en dejar mis pocos pertrechos a un costado, y desandar camino hasta que el agua apenas pasadas las rodillas comenzaba a salpicar las bermudas, lamenté en ese momento no tener un traje de baño para la ocasión, ya que con gusto me hubiese tirado de cabeza.

Luego de incorporar la ración de sol suficiente para que mi cuerpo me pidiera esconderme un rato a la sombra, almuerzo de frutas y siesta en las tumbonas (reposeras) dispuestas por la administración del parque para la ocasión, el viento y el verde césped ayudaban a superar las temperaturas, pero el clima era ciertamente agobiante.


Aún cuando el sol calentaba el asfalto con rabia me dispuse a recorrer las callejuelas y tener la vista opuesta de la bahía. En el camino atravesé la costanera e inconscientemente la mente traza paralelismos con lo conocido. Comenzando por que jamás me imaginé tocar las aguas de nuestro Lago Lugano, y que la única costanera que tenemos cerca es la del Riachuelo, que paradógicamente la recorrí en su trayecto que va desde un extremo del Autódromo al otro, y desde luego no vale la pena visitarla.


Tampoco veremos Bulgari, ni Prada ni mucho menos Luis Vuitton en nuestro Lugano, aunque tal vez si veremos Ferrari o Lamborghini o Maseratti, en su fugaz y obligado paso camino al aeropuerto. Probablemente si veamos al "tano" de la verdulería apuntando en la libreta y a las señoras comprando. La tanada la tenemos aunque seamos "gallegos".


Las comparaciones son odiosas, mejor las dejo de lado, en este lado del mundo seguramente no de miedo caminar por las calles de noche, es más probable es que un pajarito te robe una miga del desayuno que estas tomando a que alguien te asalte, pero acá los chorizos son de guante blanco y se esconden en los bancos, no se que es peor a esta altura (para ejemplo sobra un botón, ver Fifa Gate).

Pero definitivamente mi Lugano tiene algo inigualable, reniegue o no de su presente, de su lejanía o de su letargo, Lugano es mi origen, no hay nada que cambie eso, ni motivo por el cual cambiarlo. Lugano es mi historia, mis raíces y sobre todo mi familia. Y eso, no hay montañas ni lagos que me lo vayan a quitar.

Ingresé a una caseta de turismo con el fin de conseguir unos mapas, aunque ya fueran inútiles a esta altura, serían un grato recuerdo. Charlando con la empleada le comentaba de mis orígenes, del barrio, y a mi sorpresa ella me dijo que estaba al tanto de su existencia, que tenía una amiga uruguaya que vivía en la ciudad que le había contado de "nosotros". Misión cumplida, dejé constancia de un Luganense nacido y cricado (bueno, técnicamente nacido no...) en Lugano.


Los nubarrones se fueron agolpando entre los picos de las montañas, estaba pronosticado lluvia, y la humedad y pesadez del aire se hacía notar. El sol fué perdiendo su poder con las oscuras nubes, y unas gotas comenzaron a caer. Decidí no demorar hasta el siguiente y último tren, porque a esas alturas tendría que pasarlo cobijado de la lluvia, y no tenía sentido. Ultimas fotos de la hermosa ciudad, y una sonrisa eterna por una nueva misión cumplida. Nada mas gratificante que lograr lo que uno se propone!



Las fotos en otro formato pueden verse AQUI

Villa Lugano

miércoles, 24 de junio de 2015
El desarraigo me llenó del coraje necesario para enfrentar esta escapada a conocer "mi barrio" en la distante Suiza. Cont...
¿Qué tiene que ver Logroño con mis orígenes? Absolutamente nada. No soy consciente de ningún parentezco procedente de la zona de La Rioja y nadie de la familia ha vivido alguna vez en esta ciudad.

Pero paradógicamente Logroño tiene mucho, muchísimo que ver con mi vida y con la de mi familia. En Logroño nací, allí dí mis primeros pasos, allí alcé por primera vez la bandera del Deportivo, y fué en Logroño donde me crié, donde aprendí a andar en patines, donde jugaba a la pelota y donde tenía que salir corriendo cuando metíamos un pelotazo de más.

Logroño y yo, muy pocas veces nos separamos, salvo esos momentos, esas pausas donde yo me alejé de él. Día a día parte de mi vida transucrrió allí, y durante los últimos años, mi vida entera se desarrolló en Logroño. Allí crecí, fuí madurando, tuve muchas vivencias y experiencias, y debo decir que también teníamos una relación algo tensa con el bullicio vecinal y lo difícil que era trasladarse desde y hacia Logroño, lo que hace que muchas veces haya renegado de él. 
En Logroño, el pequeño y remoto Pasaje Logroño, entre Larrazabal y Oliden en un rincón de Villa Lugano, es donde nací, donde me crié y donde viví tantos años.

Como parangón se puede decir que la ciudad de Logroño, capital de La Rioja en España, es también un rincón algo remoto. Constituye la capital provincial más pequeña del país con tan solo 150 mil habitantes, y arribar a ella también es algo complejo. Como contrapartida, dista un poco más de Málaga que lo que dista en Buenos Aires.

Pero me empeciné en visitarla, después de todo Logroño es mi vida.

Los pasajes y horarios no eran muy felices, 484kms me separan de ella, y las opciones eran remotas: tren, autobús o conseguir algún buen samaritano que haga este viaje habitualmente.
La opción final fué despertar con el sol, subir a un tren y en 4 horas arribar a la capital riojana, para desentrañar sus coloridas calles repletas de ventanales con estilo francés, desenmascarar su barrio antiguo y perderme en sus callejuelas para salir al paseo del río Ebro que la atraviesa, y acomodarme como se podía en un albergue de peregrinos.

La ciudad nació a orillas del Ebro, y su crecimiento comercial se dio al ser atravesada por el Camino de Santiago que la cruza por de la Rúa Vieja, motivo por el cual desde luego, la expresión del catolicismo esta presente con numerosas iglesias y construcciones eclesiásticas, que van desde la Iglesia de Santiago, de paso obligado para los peregrinos, como la mucho más antigua Concatedral de Santa María de la Redonda en plena Plaza del Mercado que data del siglo XV, o bien la Iglesia de San Bartolomé o la de Santa María de Palacio entre otras.

Soportó valientemente con escasos recursos y mucho ingenio el asedio y bloque francés en el año 1521, resistiendo y expulsando con pura estrategia al enemigo celebrándose hasta el día de hoy dicho acontecimiento.

Como sello de ciudad española, por supuesto que cuenta con sus sitios de copas y tapas por excelencia, haciendo abuso del excelente vino que se produce en la región, lugar de procedencia desde luego del Rioja, uno de los vinos característicos de España.
La calle del Laurel se colma de gente, sus pequeños bares parecieran no dar a basto. Durante el mediodía del sábado hasta altas horas de la tarde, los transeúntes dan rienda suelta al ritual de tapa vino y pincho hasta el cansancio. Situación que se repite a posteriori, cuando ya cae el sol y se extiende hasta muy entrada la madrugada.

Otro ritual que tiene lugar en la ciudad es el de las despedidas de soltero. Grupos de hombres y mujeres salen a festejar la condena al matrimonio como si fuera el último día en la tierra, y se pierden en vasos de alcohol hasta olvidarse de su propios nombres. Graciosa es la escena el domingo por la mañana, cuando los vestigios de la dura noche se vislumbran en rostros con deslucido maquillaje de las damas, y las ojeras bien tapadas de con gafas de sol de los caballeros.


Días de sol. Casi verano en plena primavera. Floración de los árboles que regaron todas las calles con el desprendimiento de sus semillas voladoras que decoraban un paisaje ciertamente no apto para alérgicos. La siesta fué obligatoria, en ambas jornadas en uno de los parques a orillas del río, el más alejado, fué el de mi preferencia, donde había menos ruido y menos gente. El mismo banco. Casi la misma duración. Es esta maldición que cargo conmigo la de no poder extender las siestas más de 20 minutos.

Logroño también tiene una historia deportiva que me toca la fibra, y es la de su desaparecido Deportivo Logroñes, un equipo que supo militar en primera división española hasta el año 1997, y luego de sucesivos descensos y pérdidas de categoría por problemas económicos, desapareció.

De esa desaparición y del amor de sus allegados, nacieron dos instituciones que casualmente reflejan las diferencias entre las personalidades que llevaban sus riendas. Por un lado se creó la Sociedad Deportiva Logroñés, y por el otro lado la Unión Deportiva Logroñés. Ambas compiten en la liga española, llegaron a compartir división el año pasado en Segunda B, pero la SDL se dice que es "del pueblo" y la UDL es la del empresario millonario que lava dinero, por eso se mantuvo en Segunda B, y la SDL descendió.
A nivel dirigencial no se pueden poner de acuerdo. Estuvieron en tratativas para reunificarse el último verano, pero no hubo caso. El que tiene el bolsillo más grande es quién quiere tener las riendas de todo, como de costumbre y los socios de la SDL no quieren perder el control y ver amenazado su club.

Sin saber estos detalles, mi intención fué quedarme a ver el cierre de la clasificación de la Unión Deportiva Logroñés al playoff de ascenso, lo cual tuvo lugar el domingo por la tarde en el Estadio Las Gaunas, donde ambos equipos hacen de local, lugar al que pude acceder acreditando mi identidad como socio del Deportivo Español de Buenos Aires.

El resultado fué un 2 a 1 para el local y los festejos de la afición por el histórico logro deportivo.
Lo curioso de la situación es que los propios aficionados me explicaban de la diferenciación de los dos equipos, y dejaban en claro en sus palabras que la distinción se hace a nivel dirigencial, ya que la pasión que ambos conjuntos, UDL y SDL representan, es la misma, es la del mítico Deportivo Logroñés, a tal punto que en medo de los festejos la propia gente se puso a cantar el himno del desaparecido club.

Mi deseo de presenciar este partido me condicionó a que la vuelta debiera realizarla de madrugada. Quedaban varias horas aún para que el autobús desandara el camino de regreso, quedó tiempo para alguna tapa más, disfrutar de algún Rioja en la Calle del Laurel y de un exquisito helado de paseo por las calles céntricas, previo a recoger mi mochila y quedar en la espera del largo camino directo al trabajo.

Una locura. Una más de esas que lo llenan a uno y que luego de hacerlas, no hay cansancio físico que le quiten la satisfacción de haber conocido el lugar que dió nombre a esa calle donde transcurre mi vida.

Las fotos en otro formato AQUI

Pasaje Logroño

domingo, 17 de mayo de 2015
¿Qué tiene que ver Logroño con mis orígenes? Absolutamente nada. No soy consciente de ningún parentezco procedente de la z...
Me aproximaba al final de ese recorrido planteado años atrás y que comenzó hace largos meses. Estaba a punto de cumplimentar la última escala de ese proyecto, la escala para la cual no tuve fecha ni tiempo exacto, simplemente sabía que siendo paciente llegaría.

Nos fuimos internando un poco más en la península, alejándonos de las costas, de las montañas y entrando poco a poco en extensos y ondulados terrenos donde el horizonte se perdía entre los olivares. El aroma penetrante del olivo hizo que más de una vez me sobresalte preocupado por tan fuerte aroma casi desconocido, a mi mente le costó tiempo procesar de qué se trataba. El suelo se veía más árido a los costados de las rutas, pero aún así el rojizo suelo contrastaba con el fuerte verde de las plantaciones.

Atento al destino, el autobús gira a la derecha y se dispone a ingresar por las calles de Linares. La sencillez se vislumbra a las afueras, construcciones simples, algunas carentes de terminación, otras edificaciones de antaño con dos y tres plantas, se notan vestigios de un pasado mucho mejor. El horario de la sagrada siesta no ayuda a que el panorama exterior sea muy activo, desde luego, no es una capital, pero desde un rincón de este pueblo nació mi abuelo paterno y eso era suficiente motivo para para visitarlo.

Nunca tuve muchas referencias del pueblo, ni mucha oportunidad de indagar sobre el tema. Mi abuelo paterno fue el primero que perdí cuando apenas tenía 6 años, demasiado poco tiempo como para aprender a disfrutarlo. Es duro decirlo, pero mi memoria a veces también me engaña, con el paso de los años me hace cada vez más complejo recordarlo, aunque tengo algunas imágenes o situaciones puntuales que siempre están presentes al hablar de él. Recuerdo que luego de sus caminatas siempre (o tal vez lo hizo solo una vez y en mi memoria se grabó como algo que ocurría siempre) traía chocolatines, de esas tabletitas pequeñitas con algún dibujito en el envoltorio, se desenfundaban y los rodeaba papel aluminizado. También traía algún que otro alfajor de esos gigantes que apenas me cabían en una mano de la fábrica de Dielo(Fantoche). Lo recuerdo en la terraza de su casa, mi casa, sentados en el banquito del sol, con un pullover tejido por mi abuela, medio marrón, medio anaranjado.

Llegamos al hotel, todo parecía más lejano en los mapas pero la verdad es que en el pueblo, como todo pueblo, todo estaba cerca. Apenas giramos unas calles y encontramos la tristemente célebre Plaza de Toros de Linares, donde en 1946 muriera el IV Califa del Toreo, Manolete. En ella también hay leyendas familiares, se sabe que el padre de mi abuelo trabajó en su construcción, y hay una versión, que puede ser producto del hábil lengua andaluza para ensalzar historias y relatos o bien puede ser tan sencillamente veraz, dependerá de cada uno aceptarla, se dice que mi abuelo intentó torear aquí mismo y recibió tal regaño de parte de su padre que nunca más se atrevió. Yo quiero creerla.

Tapas en el chiringuito ubicado frente a la plaza, luego mas tapas en el bar de la peña taurina interior al recinto de toros. Ahí es donde me aflojé y me atreví a preguntar si había referencias de la plaza, si se podía visitar. Fue la persona que atendía quién me dió una vaga referencia, típica de pueblo, de dónde encontrar un señor que escribe un libro sobre la historia del toreo en la plaza, y así fué como por la tarde noche nos aventuramos a encontrar esa pequeña zapatería en vías de cerrar por "jubilación del dueño" y encontrarnos con José, un señor en sus 70's muy aferrado a la historia y tradición taurina, que es una fuente de sabiduría sobre la historia del lugar.
Casi sin darnos cuenta, fue nuestro guía turístico y referente en Linares. Nos contó que la plaza tiene ya 150 años y que sufrió reformas, que fué en esa etapa donde mi bisabuelo debe haber trabajado. Nos enteramos hasta que uno de los dueños de la plaza es descendiente de Napoleón Bonaaparte. En ese ratito en su local, corrió a sus archivos en búsqueda de referencias de toreros argentinos, nos aseguro con toda firmeza que en los años 50 hubo uno toreando en Linares, y se comprometió a buscar el afiche y enviármelo, también aseguró buscarme datos de los orígenes de la familia, y el detalle no menos importante: se ofreció a llevarnos a conocer la plaza al día siguiente a lo cual aceptamos sin dudar un instante.

Esa misma tarde, habíamos recorrido las entrañas céntricas del pueblo, recorriendo una calle tras otra, y nos perdimos en el barrio antiguo de calles circulares a la caza de la referencia que teníamos de la casa. El barrio, de casas antiguas y caserones renovados, a la vuelta de la plaza y de la iglesia, de callejuelas estrechas, escondía, según mis referencias, en una esquina de la calle Cambroneras una casa que ya estaba derruida hacía muchos años, pero que contaba con una higuera enorme. Era mi ilusión encontrarla, pero al llegar al lugar nos topamos con un panorama totalmente diferente. Ya no quedaba casa en pié, solo los vestigios de un techo a dos aguas que se podía dilucidar al fondo, y lamentablemente no había higuera. Vaya uno a saber cuál es la historia detrás de esta modificación que hizo que se repararan paredes y se agregara un portón enorme en un barrio de los más relevantes del lugar. Me apenó no poder entrar, tenía esperanzas de trepar una de esas paredes añejas y meterme al terreno, pero las paredes estaban más elevadas de lo imaginado y no hubo caso, tuve que resignarme a mirar desde afuera y consultar a una vecina que medio a regañadientes me confesó que alguien estaba haciendo esas refacciones a pedido del ayuntamiento.

Linares creció con la minería, había canteras de piedra por los alrededores y minas de plomo, fue tal su relevancia que contó con delegaciones extranjeras de países como Alemania, Inglaterra, Italia y Francia. El auge de la minería trajo aparejado un crecimiento abrupto de la ciudad, llegó a contar con servicios de tranvías y con dos estaciones de ferrocarril (hoy apenas tiene una a unos 20kms compartida con un pueblo vecino), este apogeo nació condenado al olvido como todo aquello que crece con la minería. Cuando paulatinamente se deja de usar plomo, las minas se fueron cerrando, los servicios acortando y la ciudad se fué apagando.

Hay quienes hoy en día rezan por una reactivación minera, de parte de inversiones mexicanas y procedentes de latitudes que en otros momentos de esplendor no se hubiesen imaginado. De todos modos apuesta también al turismo, y tiene ciertos atractivos que merecen la pena dedicarle tiempo, pero escapaban a mi objetivo en este viaje: a unos pocos kilómetros están las ruinas de Cástulo, una importante ciudad Ibera que data desde el III milenio a.C. (ver más aquí

La Plaza de Toros también tuvo su apogeo en pleno momento de gloria de la ciudad, contando con hasta 30 corridas anuales. Hoy apenas si se exceden los dedos de una mano para contarlas.

La rica historia taurina de la ciudad ronda en el mito de la muerte de Manolete. Llegamos a conocer a la hija del médico que lo atendió en la plaza, incluso hay polémica sobre si la transfusión de sangre que recibió en la enfermería fué lo que lo condenó o bien era necesaria. Hay altares, murales, memoriales, estatuas y bares dedicados a su figura. El mundo taurino es merece la pena indagar, porque evidentemente no es algo tan sencillo como decir "meten toros para matarlos" en la corrida, que es la parte condenable de la práctica.

No hubo tiempo para mucho más, lo recorrimos de punta a punta y de lado a lado, como siempre queda pendiente los alrededores del casco urbano, que suelen ser tanto o más ricos que los propios cascos urbanos. Descubrimos el campo de fútbol de Linarejos, hicimos honor a la siesta en la Glorieta América al final del Paseo de la Vírgen, donde alguna vez se situaron las vías del tren de Madrid, y contemplamos la puesta de sol al final de la Avenida de Andalucía, cuando se escondía por detrás de la Plaza Mineros.

Entrada la noche, en la plaza del ayuntamiento subimos al último autobús que nos dejaría en la lejana estación de tren, teníamos dos horas por delante, y otras tantas de ferrocarril de regreso a la Ciudad Condal. Solo correteaban unos gatos por los andenes, y alguna que otra locomotora descansaba silenciosa contra el final de vía. 
El Tren Hotel de Renfe se estaciona, llega con adelanto, tuvimos que apresurarnos para subir. A pocos minutos del inicio del día siguiente, Orígenes llega a su fin, aunque algo en mi interior me dice que habrá algunos apéndices de estas crónicas.

Con la satisfacción de haber cumplido cada estancia del itinerario, con serenidad de haber sabido esperar para actuar a tiempo, y con sobre todo la satisfacción de haber cumplido, de haber llenado ese casillero, de haber honrado de alguna manera a aquellos que tuvieron que dejar todo por irse a tierras tan lejanas y desconocidas, por temor, siguiendo promesas de un futuro mejor.

Gracias. A ellos que ya no están, y a los que hoy están y me ayudaron directa o indirectamente. 


O pueden ver las fotos en otro formato aquí

Linares, tierra padre

domingo, 19 de abril de 2015
Me aproximaba al final de ese recorrido planteado años atrás y que comenzó hace largos meses. Estaba a punto de cumplimentar la última e...