Estambuleando dejandose llevar


(viene de Estambuleando)

El ritmo de vida en Istanbul no se vió afectado al inicio del año nuevo, pero al menos permitió comenzar a recorrer la ciudad sin la vorágine y la urgencia de la noche vieja.

Los días subsiguientes de la visita se desarrollaron con la rutina de un viajante, de un turista con ansias de conocer la ciudad, de descubrir sus puntos de interés, con la adicción que genera encontrarse con atractivos a cada paso.

Comparto el itinerario del recorrido por la histórica capital del Imperio Otomano y una cuota del relato personal a la espera de que les pueda ser útil para disfrutar de una maravillosa capital.

La búsqueda de referencias

Recorrer una ciudad tan grande no es cosa trivial, y contando con tanta diversidad para captar la atención del visitante, abunda material en internet para alimentar el viaje virtual.

La Maga había sido la encargada de revisar cuanta información encontrase sobre la ciudad, revisando blogs, videos y referencias en línea, recopilando información y almacenando hitos en el mapa que hasta el día de hoy tengo marcados en mi vista personal de Google Maps.

La información en internet abunda y como siempre no es necesariamente precisa, pero es imposible de digerir el contenido que ofrece una ciudad tan exquisita como esta, por lo que se hace aún más difícil filtrar.

Para un viajero casual, no queda opción más que limitar el número de alternativas a disfrutar porque desde el vamos, es muy difícil abarcarlo todo. Istanbul es el mejor ejemplo, contábamos con más días de lo habitual en una de las escapadas que solemos hacer, pero aún así sabíamos que alcanzaría.

Conclusión, revisamos material, marcamos sitios y sabíamos a cuáles y qué cosas eran obligatorias en nuestro imaginario, pero a su vez no armamos una lista por día, improvisamos el recorrido, y en algunas cosas dilatamos la elección hasta el último momento.

Medios de transporte

Lo primero que que hay que plantearse a la hora de salir a recorrer la ciudad es cómo manejar los traslados, ya que si bien el transporte es muy abundante, uno siempre le teme a montarse en el que no toca.

Piensen que en Istanbul la oferta es muy variada, existen: buses, metro, tren, tranvía, ferries y funiculares.

Lo más relevante es conseguir una tarjeta de transporte llamada IstanbulkartNes, la dueña de casa donde nos alojábamos, nos había dejado preparada una y nos salvó.

La tarjeta es pre paga como una Oyster, o una SUBE, y tiene algunos descuentos por viajes combinados, o descuentos por viaje dentro de un lapso de tiempo. Los pasajes cuestan a razón de 50 céntimos de euro y no los tuvimos muy en cuenta a la hora de subir y bajar, a esos costos, cuando hacía falta nos metíamos igual.

Esta tarjeta sirve para todos los medios de transporte y en ellos hay rigurosos controles de seguridad, incluso detectores de metales (que nadie controla) pero si vigilan que nadie se sale el pago de los billetes, hasta en las estaciones de tram hay molinetes y custodia.

Vestigios genoveses

El primero de Enero, pleno invierno del hemisferio norte, el año amanecía con un brillante sol que invitaba a salir de casa, y amanecimos decididos a hacerlo. Temerosos de cada paso, observando cada detalle alrededor, después de todo era la primera mañana en la gran ciudad.

Los genoveses se esforzaron por instalar una colonia en la zona griega de la ciudad allá por el siglo XIII con la intención de convertirlo en epicentro de sus transacciones comerciales. Con el tiempo aquí terminaba el famoso Orient Express, y la zona abundaba en hoteles de lujo donde las personalidades se alojaban y florecía la burguesía. Un sitio donde las tertulias se hacían notar al ritmo del vaivén de los conflictos mundiales.

El primer hito del mapa: la Torre de Gálata, la construcción más alta de la antigua colonia genovesa de la ciudad de Constantinopla, y de los puntos más emblemáticos, una postal clásica del skyline que se vislumbra en el horizonte del Cuerno de Oro y desde la otra orilla asiática.
Foto: Christian Koehn (fragwürdig)
La Torre ya no es la misma que la original, se imaginarán que con tantas idas y venidas, fué destruida en una de las tantísimas cruzadas.

Para llegar elegimos el metro, un servicio muy moderno con estaciones que datan de los últimos diez años como mucho, una red extendida y servicios en esplendor reflejando el poderío que vuelve a recobrar Turquía apenas 100 años después del desmembramiento del imperio.

Şişhane era la estación destino y lo siguiente fue caminar. Para un primero de enero, las calles estaban repletas de gente, un ritmo habitual invadía la ciudad, definitivamente no era festivo.

Si bien lo primero que llama la atención de la ciudad en el skyline son sus mezquitas, lo siguiente son los desniveles geográficos que se salvan con transporte público como funiculares, o simples escaleras que el transeúnte ejercita al subir, entre medio, uno se cruza no solo casas sino negocios en los descansos y los habitantes más preciados de la ciudad: gatos!

En esta primera escalera encontramos la primer cucha casera, con nombre, foto y descripción de su dueño. Istanbul no es una ciudad cat friendly, los gatos son dueños de la ciudad, y este hecho merece un apartado (ver La ciudad de los gatos más abajo)

En la torre existía una fila de más de 100 metros para ingresar, esta era una de esas cosas que no teníamos decidido y sobre la marcha, la escena forzó a decantar por la negativa, pasamos de largo y simplemente nos perdimos en las callejuelas en descenso hacia la costa.
Callejones decorados, casas coloridas, arquitectura de clara influencia occidental, artistas callejeros ofreciendo sus trabajos tanto como los puestos ofreciendo todo tipo de recuerdos, sumados a recintos de comida cautivan al visitante, en lo que puede considerarse la parte menos tradicional de la ciudad si se quiere.

Así descendimos al nivel del mar, y nos abalanzamos al Cuerno de Oro atravesándolo por el Puente de Galata que comunica Karaköy con Eminönü, la ciudad vieja. Es uno de los más famosos porque es el más antiguo y el que se ubica más al extremo de la desembocadura, pero en el siglo XXI es uno más de los que en pocos metros comunica ambas margenes.

Puente en dos niveles, el inferior, peatonal, con variedad de restaurantes con el ojo puesto en el turista y abundancia de pescadores y vendedores a nivel de calle por donde también cruza el tranvía. Tiene vista directa a las mezquitas más emblemáticas y al álgido ir y venir de ferries y barcazas que transitan incesantemente las aguas de un extremo al otro del Bósforo.

El laberinto de la ciudad vieja

Al cruzar el puente, dimos nuestros primeros pasos en el laberinto de la ciudad vieja.
Lo primero que uno observa son los barcos amontonados a la margen derecha, y a la izquierda la Mezquita Nueva (Yeni Cami) que se alza aún con refacciones y sobre su explanada se expande hacia el interior del barrio antiguo, el llamado Bazar de las Especies (o Egipcio).

Abierto día y noche, este es uno de los más antiguos y de los más grandes bazares techados de la ciudad. Luce en perfecto estado de renovación, sus colores son estridentes, techos abovedados en perfecto amarillo y ribetes rojos que hacen juego con las especies y las famosas delicias turcas que se venden en su interior. Me atrevo a decir que mucho está pensando para el turismo.
Callejuelas, pasadizos, mercados, mercadillos, negocios, bazares, carretas, carros, vendedores y sobre todo, mucha gente, es la mejor manera de describir el paisaje. Es un gran mercado al aire libre, con un incesante ir y venir de de personas y mercancías.
La gente camina, las filas se arman uno se acomoda y avanza, tratando de salir como puede en algún punto de interés. Las calles estrechas no dejan mucho margen de maniobra en algunos sectores.

Al salir del Bazar de las Especias sin rumbo fijo lo primero que nos detuvo fué un local donde decena de personas se agolpaban a retirar bolsas de café, y ahí recordamos el famoso "café turco" que optamos por traernos una bolsa que aún nos acompaña cada tanto alguna tarde. 

Al frente una pastissería donde también la gente se entretenía comiendo con los ojos y comprando más de lo que podía comer realmente, esta vez la dejamos pasar, hicimos fuerza para seguir avanzando en otro sentido e ir en busca de algunos portales y secretos, un techo misterioso que jamás encontramos, pero adentrándonos más en el zoco las callejuelas se notaban mucho más vacías pero a su vez mejoradas.
Hicimos una escala para comer un buen Kebap cuando picaba el hambre, y les aseguro que dista mucho de lo que se come en las calles de España e incluso de los que se comen en Alemania, son suaves y no tan repletos de condimentos, cuestan mucho menos y dan ganas de seguir comiendo en lugar de dejar una sensación de saciedad que revienta. La Maga que no se sentía nada bien, venía con unos ataques de tos que luego nos jugarían mala pasada, fue fiel a acompañarlo con un te, yo en cambio, elegí optar por el Ayran, un yogurt de oveja cortado que ayuda mucho a la digestión aunque su sabor cuesta de encontrar.

Gran Bazar

El afamado bazar de Istambul, el que le da honor a la frase "Mercado Turco" es un espacio techado de 45.000 metros cuadrados con más de 50 calles en su interior, repleta de tiendas que se ha convertido en uno de los centros de atracción y pese a eso sigue cumpliendo un rol de mercado habitual en la ciudad, habiendo sido el centro económico del Imperio Otomano.

Tras varias intervenciones debido a los desastres sufridos por los incendios y terremotos, el mercado fué transicionando de mercaderías artesanales producidas por manos de los turcos a dar paso a mercancías de importación de varios países de Europa y Asia. 
Para el visitante es una enorme estructura que no dista demasiado de lo que hay en el exterior, cientos de tiendas ofreciendo mercancías que atraen a foráneas miradas. En las callejuelas se pueden ver desde lámparas coloridas, hasta cueros y todo tipo de adornos. También abunda el té y las delicias, mientras que en la sección más interior se venden joyas y algunas antigüedades tan variadas que hasta encontramos un camafeo con la cara de Adolf Hitler.

Antes mencionaba que la ciudad vieja es un mundo de gente pues, en el Gran Bazar se concentran todos a la vez, las cifras citan entre 200 y 400 mil visitantes diarios. Nosotros no tuvimos ese caos, supongo por ser un semi festivo, pero el sitio está abierto todos los dias y si cierra es por cuestiones de seguridad por los atentados que sufriera Istambul en los últimos años.

Si vas con tiempo, y sobre todo espacio, sin lugar a dudas en el Gran Bazar encontrarás el suficiente atractivo para querer llevarte todo, y como en todo país árabe, tienes que poner en práctica primero tu nivel de inglés, pero sobre todo, tu entrenamiento a la hora de regatear! Ten en cuenta que corres con desventaja, para los turcos, es un deporte nacional.

La shisha

Promediaba ya la tarde, y nos quedamos sin plan, por eso comenzamos a buscar un lugar donde disfrutar de la famosa Shisha, también conocido popularmente también como Narguile o Hookah, ni mas ni menos que la famosa pipa de agua.

Hay sitios comerciales casi en todas las calles donde disfrutar de estos vicios, y bares de mala muerte repletos de hombres (no nos olvidemos que estamos en una cultura patriarcal) donde si te atreves a entrar lo consumes. Nosotros teníamos marcado un punto en el mapa, un pasadizo escondido detrás de una mezquita, un cementerio y la salida del Gran Bazar.

Buscábamos el Anadolu Nargile Çorlulu Ali Paşa Medresesi un tradicional bar de narguile en el cual hay que juntar algo de coraje para meterse por el simple hecho que dista bastante de lo que uno está acostumbrado, y para qué vinimos a este lado del mundo sino para hacer cosas diferentes y aprender después de todo.
  
Nos abrimos paso a través de la pesada cortina de plástico que hacía fuerza para evitar que el humo escapase a la acera, y entramos en la cueva, una sala con asientos en las paredes y pequeñas mesitas, grupos de personas rodeando enormes Shishas, aromas de variados tabacos y un mozo entre medio pasando ofreciendo café, y especialmente agua (Su) copaban el horizonte. Algunos turistas por allí perdidos, habría unas 50 o 60 personas en esta sala, el sitio es realmente enorme. Nos hicimos un hueco y a esperar las sorpresas por venir.

Pedimos un narguile y agua, nos trajeron esa enorme pipa de agua con los carbones preparados, una pinza para acomodarlos y un señor que cada tanto pasaba a reponer y recoger las brazas medio apagadas. El esquema funciona de maravilla.

Dado que el narguile se comparte, tanto como el mate, lo que hacen es ofrecer boquillas plásticas para que cada persona que participe del evento social, no se queje de compartirla, como ocurre con la bombilla que tanto escozor le da a los extranjeros cuando han de ver el mate.

Y como siempre que estás lejos y no sabes como se mueven las cosas, lo primero que haces es imitar. Se me hacía difícil, con una práctica nula a la hora de fumar, fui bastante torpe y gracioso en mis intentos hasta que más o menos le tomé la mano.

Una interesante experiencia, que me cuesta encontrarle el sabor, seguramente es un buen argumento de reunión social, en lugar de reunirse a tomar mate hacerlo alrededor de un humo, lo comprendo por ese paralelismo, si me dicen, prefiero un buen mate con bizcochos para charlas infinitas.
El día eterno se hizo oscuro, y con la adrenalina de querer seguir descubriendo ya en las venas, hubo que ser consicentes del esfuerzo de un largo día, comenzaba a llover y aún faltaba darnos la oportunidad de una cena "digna" para recibir el año que no nos habíamos podido permitir debido al caos de la noche anterior.

Volvimos para Şişli y metimos en una Pehlivan, una rotisserie donde nos caía la baba por cada plato que aparecía delante de nuestros ojos. Compramos por demás, nos llenamos a reventar y pagamos muy poco. Los beneficios de Turquía, en comparación con los elevados precios europeos: ropa y comida de excelente calidad a muy bajo costo.

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