Pamukkale, la montaña de algodón

Erase una vez, en siglos pasados, donde los imperios dominaban la tierra, sus culturas se esparcían a lo largo y ancho del mundo conocido, a fuerza de sangre y fuego. 

En búsqueda de gloria y materiales preciosos tal vez, los imperios dejaron huella, y la península de Anatolia está repleta de vestigios de ancestrales ciudades, templos y metrópolis, ruinas que hoy son visitadas por decenas de miles de curiosos que deambulan entre columnas derruidas, custodiadas decenas de gatos, esos felinos que sigilosos se entremezclan con la gente buscando una caricia, algo de comer, pero que se dice conforman la reencarnación de los viejos espíritus habitantes de la ciudad que nunca abandonaron su lugar.

De las decenas, tal vez centenas, de ruinas milenarias que existen en la península y a lo largo y ancho de Turquía, para mantener corto el relato, me centraré en la visita a la pequeña villa llamada Pamukkale, conocida popularmente en occidente como Castillo de Algodón, y en tiempos inmemoriales, conformaba la metrópolis de Hierápolis.

La llegada

Si vienen siguiendo el entrecortado hilo que relata mi periplo por Turquía (y digo entrecortado porque me estoy demorando una eternidad en redactar los pormenores de la aventura), sabrán que esta es una escala intermedia en el viaje, el origen y punto inicial de la aventura ha sido la región de Capadocia, desde la cual el medio de transporte elegido, y único disponible para este traslado es el autobús.

Como cito en mi post introductorio titulado Delicias Turcas, el país cuenta con una red de autobuses muy extendida y servicios a toda hora. 

En la pequeña terminal de Göreme averiguamos algunas alternativas, y optamos por la que nos parecía la mejor opción ya que ofrecía una vianda, una diferencia que a priori cualquiera hubiera no dudado en descartar.

Los buses eran todos nocturnos, se calculaban entre 9 y 11 horas de viaje que asumimos durmiendo, ya que se esperaba un viaje tranquilo en un bus que supusimos en una formación de 1 - 2 (un asiento de un lado, dos del otro), lo que en Argentina se traduce como coche-cama vamos.

A la hora señalada y al cierre de un día invernal pero de pleno sol, el frío azotaba, cabe destacar que la terminal de Göreme es al aire libre, por lo que gran cantidad de pasajeros se apretaba buscando cobijo en la pequeña oficina de la empresa de nombre homónimo que el destino: Pamukkale Turizm.

El viaje fue épico, pero en el sentido que se trató de un traslado de varias horas, unas 8 o 9, el autobús circuló la mayor parte del tiempo por territorios cubiertos de nieve, increíblemente la carretera estaba limpia, pero habiendo viajado en el último asiento, los movimientos del autobús eran bastante bruscos, digamos que el conductor o bien era muy avezado, o le gustaban los deportes extremos, la sensación era que viajábamos en modo turbo, bajo condiciones ambientales bastante desfavorables.

Intenté cerrar los ojos y descansar lo más que pude, pero se hizo bastante duro, bastante nervioso estaba de no ver nada alrededor y sentir que el señor conductor estaba emperrado en superar camiones en plena carretera de montaña, con nieve y en caminos de apenas mano única. No faltaron los frenazos, y los sacudones, en realidad nunca pasó a mayores, pero desde lejos y arriba del motor, en nuestra imaginación el bus viajó bastante por encima de las velocidades permitidas.

Hay que destacar otro detalle de los viajes en bus, como en la mayoría de los sitios donde me ha tocado hacelo en Europa, los buses son lejos de ser cómodos como los de Argentina, si bien tienen comodidades extras como puede ser televisión en cada asiento y muchas veces internet, algo tan básico como el baño no existe, por ello se para en pueblos intermedios para tal fin, donde desde luego, se cobra. Hice un breve cálculo de uno de estos paradores, en Turquía, donde el cambio es bastante favorable, en apenas una hora, la gente de ese baño se alzó con unos 100 euros sin dudas! 

El destino final del autobús sería la portuaria ciudad de Izmir en la costa del Mar Egeo, Pamukkale queda de camino, aunque ni siquiera de camino, es un desvío, ya que como ciudad no cuenta con infraestructura, es una pequeña villa turística
con un fantástico legado, pero los autobuses no circulan a través de ella en su ruta principal.


En nuestro viaje, alrededor de las 5:30 AM nos despertó el ayudante en el autobús y nos indicó, junto a otros pasajeros que debíamos descender, tomar el equipaje y subir a unas Sprinter que en medio de la ruta nos estaban esperando, sinceramente la escena era digna de un secuestro, pero como todos parecían tranquilos, hice algunas preguntas como pude al conductor, y seguimos adelante, solo hacía mucho frío, para variar.

De ahí en más, unos 10 kilómetros más tarde nos depositaron en una agencia de turismo en el corazón de Pamukkale, apenas serían las 6 AM, aún de noche, con poco para hacer, más que esperar la salida del sol, nos dedicamos a dormir en el lugar, junto a otros pasajeros, buscando el abrigo de una estufa, viendo como los operadores intentaban vender cuanto servicio existiera, cabe destacar, siempre de manera amable.

Montaña de azufre

El nombre de la ciudad significa Castillo de Algodón, y aquello que le da ese nombre es una montaña que se alza como por arte de magia en medio del prado, completamente blanca, como si estuviera nevada, pero de ella se emanan vapores, aguas termales.

El blanco es del azufre que contienen las aguas que brotan y cubren las laderas, durante años se acumularon cantidades y cantidades, cubriendo cual glacé la montaña.

Por encima de ella se alzaría lo que fuera Hierápolis, una urbe que data de antes de cristo, conformó un gran centro médico por, como ya dije sus aguas termales explotadas por el Imperio Seléucida y pasó desde luego a manos Romanas, como todo en el mundo conocido.

La montaña es el corazón de Pamukkale, y si bien se visita todo el año, en invierno no deja de ser temporada baja, las alternativas se reducen notablemente.

Apenas el sol se dejó ver, nos atrevimos a romper el aislamiento de la agencia donde estabamos descansando, fuimos de los primeros en huir, en romper la barrera de esa puerta que nos abrigaba del frío. Mochila en la espalda, nos dirigimos a contemplar el monte que centra las postales de la ciudad, y lo que se nos presentó fué no solo la montaña blanca, la cual después de ver tanta nieve creíamos que tendríamos que enfrentarla una vez más, sino que también el espectáculo de globos que se elevaban desde detrás de tan magnífico sitio natural.
Costó hallar un sitio donde desayunar, las opciones eran abundantes comparado a la cantidad de casas que existen en el lugar, pero estaban todas cerradas, invierno no es el fuerte. Nos metimos donde una señora se hallaba limpiando la acera, y no dejaba de llamarnos, le dimos el gusto, no pedimos nada del otro mundo, pero se encargaron de atendernos bien, eramos los primeros clientes del día, probablemente uno de los pocos también que atenderían. Fué curioso ver como el hijo de la familia salió corriendo en búsqueda de huevos en el pueblo, para prepararnos el desayuno. Es que el corazón de Turquía es amable, es humilde y da gusto, dentro de su improvisación, se desvivieron por hacernos sentir cómodos, pusieron su única estufa para nosotros y nos invitaban a quedarnos cerca de ella.

Con algo más de fuerza, decidimos emprender la subida, la montaña blanca nos esperaba. Pamukkale forma parte de una de las tantas áreas protegidas, es un museo natural y arqueológico, por lo que hay que pagar entrada, para lo cual el esquema de tarjetas de museo turcos también aplican, y en este caso el de la región del Egeo que acota el alcance y el precio desde luego.

Al frente, la montaña. En la espalda, la mochila. Por todos lados, agua que a priori estaba caliente, y un cartel de que no se podía subir con calzado para no dañar la capa de azufre del suelo.

Comenzamos a ascender, con los zapatos puestos hasta que el agua, que no dejaba de ser una capa muy fina y era canalizada en su mayoría por un canal lateral, comenzaba a ser molesta. Decidí sacarme los zapatos y seguir a pié limpio, pero esa capa de azufre, dura, estaba tan helada con el clima que el agua caliente que brotaba a estos niveles apenas se sentía caliente, todo lo contrario, en algunos sectores descendía muy fría, e incluso estaba congelada en otros.

Un gran desafío subir por esta ladera, fué realmente difícil, primero por el riesgo de resbalones, luego porque el frío dañaba los pies.

Pero lo conseguimos y al llegar a la cima nos encontramos con las hordas de turistas chinos, otra vez, como podría ser? Pues más tarde aprenderíamos que existe otro ingreso por la parte posterior de la vieja ciudad en ruinas donde se accede con vehículo, y por allí es donde los turistas llegan en manadas.

Las ruinas y los baños

En la parte superior de la montaña, donde los chinos, digo turistas se amontonaban, el paisaje cambia notablemente, el agua brota caliente, aún no se logra enfriar, hay donde sentarse, y desde las alturas las vistas son diferentes, no solo se contempla el paisaje, sino que se contemplan ya las ruinas de la histórica Hierápolis como se esparcen por las colinas alrededor.

Lo primero que uno hace es cegarse con la belleza de lo que ahora si se deja disfrutar desde otra perspectiva, el bendito Castillo de Algodón porque el que escalamos se ilumina con el sol que ya está en plenitud, los vapores emanan de las aguas y dan un ambiente totalmente fuera de lugar para el visitante.

Desde el terreno elevado, de repente cobra dimensión lo enorme magnitud del complejo, las aguas termales no solo brotan en una sección visible, sino que se escapan y deslizan por todo alrededor, la montaña de algodón tiene un frente, pero en las partes menos visibles sigue emanando manantiales de agua.

Al alejarse apenas de las laderas blancas, se embebe uno ya en lo que fueron las ruinas de los enormes baños curativos de antaño, monumentos de civilizaciones milenarias.

Hacia la izquierda quedan los restos de la ciudadela, y en la ladera de la montaña al frente, que sigue elevándose, el enorme anfiteatro, destaca por su estupendo estado, aún se mantienen las graderías cual estadio, desde las cuales aún se destaca mejor la vista del valle en el que estamos metidos.

En el centro, existe un complejo muy preparado para recibir al visitante, los viejos piletones son aggiornados a la modernidad y explotados para los visitantes, que cuentan con gran cantidad de taquillas donde depositar sus pertenencias y disfrutar de aguas termales en un entorno único, rodeado de un contexto histórico sin igual, en lo que se podría considerar el Spa de los Antiguos.

Opciones para el visitante

Semejante contexto no deja lugar a dudas que este sitio se merece visitar, pero como tanto en Turquía, tiene una atracción sin igual para los visitantes de todas latitudes, y los turcos lo saben explotar a la perfección.

Es un lugar muy pequeño y singular, si bien cuenta con hoteles y albergues donde pernoctar, que cubren las necesidades básicas del visitante, la mayoría de la gente viene a pasar unas horas y abandona el sitio dejándolo en silencio. Fuimos parte de ese de estos últimos, no teníamos plan de quedarnos, pero en la fugaz estancia, pudimos contemplarlo desde el silencio matinal hasta el casi abandono de las muchedumbres que se alejaban con sus cámaras cargadas de fotos.

Las agencias intentan ofrecer de todo, como ya mencioné anteriormente, los paseos en globo parece que no son exclusividad de Capadoccia, pero también ofrecen vuelos en parapente, paramotor, excursiones en bote por los ríos de la zona, experiencias. Vamos que si de Pamukkale solo vivieran, no alcanzaría para la oferta turística que existe.

El atractivo del sitio es innegable, tanto por paisaje como por historia, los simples curiosos ya se sentirán atraídos por el Castillo de Algodón y se conformarán con unas fotos. Los más atrevidos intentarán llegar a la cima por el camino más difícil, los amantes de la historia se perderán en las ruinas, y los que no tienen miedo al frío y se llevaron un bañador, podrán pasar el día completo en las aguas termales reparando el cuerpo.

En mi opinión hay para todos. Yo partí conforme con los momentos que aquí pasé, enriquecido y agotado también.

La partida

Arribar fuera de temporada, sin paseo turístico contratado es complejo pero no imposible, opciones hay, pero el ir y venir de agencias es incesante.

La salida también fue bastante atípica, ya que no contábamos con servicio regular, debíamos o bien de algún modo llegar a la capital más cercana, Denizli, a unos escasos kilómetros, o optar por lo que nos ofrecían agencias, que aprovechan y cuelan algún viajante en sus Sprinters y los trasladan.

Desde la ciudad, Denizli, existen servicios de tren con destino a Izmir por ejemplo, por precios muy accesibles pero horarios algo reducidos. También se hacía complicado de cuadrar simado a lo difícil que era conseguir un transporte público hasta la capital.

Por horarios, tuvimos que optar por esto último, tras descender la colina de Hierápolis por su parte posterior, buscamos las alternativas que existían, por horarios seleccionamos una, las energías ya no eran demasiadas, pasamos un dia entero recorriendo casi sin dormir. Optamos por comer algo en una de las casas de la pequeña villa, que contaba con un asador a leña para prearar sus propia masa de durum.

Alrededor de las 16:30 nos montamos a una Sprinter, que luego nos dejó en un parking, donde intercambiamos pasajeros con otra Sprinter, la cual finalmente, tras 3 horas de conducción temeraria y a pura adrenalina nos dejó en nuestro siguiente destino, Selcuk.
     

Todas las fotos AQUI