Empaparse en Leipzig

Casi sin darme cuenta, se gestó el regreso alguna vez tan esperado a Alemania. Si, ya se que no es la primera vez que vuelvo, pero esta ocasión era como aquella primera vez, hace ya más de seis años, cuando todo comenzó. Esta vez era regresar por un motivo laboral, un deseo que durante los años de impass en Argentina me hizo renegar largas horas, e imaginarme realidades y posibles alternatuvas para lograrlo.

Este viaje tenía la particularidad de depositarme en tierras del este, en la desaparecida Deutsche Demokratische Republik (República Democrática de Alemania), la que había quedado "detrás de la cortina de hierro". Para ser francos, había recorrido territorio de la DDR en mis visitas a Berlín, pero nunca había tenido oportunidad de pasar días en alguna de sus otras ciudades. Sólo recuerdo un trayecto en tren, en el que fuimos desde la capital hacia Praga, transitando obligatoriamente por Sajonia y tengo el vivo recuerdo de pasar por Dresden, de algún modo lamentándome de no poder bajarme allí, también tengo el registro de la belleza del paisaje a lo largo del trayecto, uno de los más destacados, donde más allá del clásico verde de las pasturas y los árboles, las montañas, riscos a la vera de los ríos le daban un valor agregado.

Un lunes por la tarde, ya noche en el este de Alemania, llegamos con mi colega Oriol, compañeros obligados de viaje, a la ciudad de Leipzig, hogar del equipo revelación de la Bundesliga, RB Leipzig, ojo! no confundirse que la RB no es de Reb Bull, empresa que lo creó y sponsoriza, sino de la sigla RasenBallsport (sic).


La noche fué un común denominador en los recorridos por la ciudad, por lo que frecuentamos bares y recorrimos barrios alejados de manera que nos motivó incluso a redactar una guía para los futuros compañeros de oficina que les toque visitar la ciudad.

Otro común denominador de la visita, la lluvia. De lunes a viernes no falaron escenarios diarios de lluvia, aunque también hubo instancias de claros cielos puramente celestes que rápidamente se veían cubiertos, ocultos por una orda de nubes grises y una cortina de agua, por momentos muy delgada  por momentos imposible de resistir. La humedad brotaba en las paredes y desde el sueldo, es algo natural en un ambiente en el cual mire donde se mire los parques rebozan de verde, en esta temporada, mechados con el matiz marrón, amarillo y colorado del otoño.

Para contextualizar, Leipzig es la capital del Estadio Federado de Sajonia, cuenta con poco más de medio millón de habitantes repartidos entre vastos espacios verdes. Cuenta con una amplia tradición de imprentas, es la ciudad natal del padre de la tipografía moderna Jan Tschihold y habitó sus últimos días y en ella yacen sus restos el compositor Johan Sebastian Bach, en la Tomaskirche. Durante la Segunda Guerra estuvo en el centro de mira de la RAF. Y en la época de la reunificación alemana, fué el epicentro de las llamadas Montagsdemo nstrationen (manifestaciones de los lunes) que enfrentaron al régimen pujando por la reunificación.


En el día a día no dejamos de mantener la rutina laboral, después de todo a eso fuimos, entre 5 y 10 minutos separaban el sencillo hotel ubicado a espaldas del Alter Johannisfriedhof del Graphisches Viertel (distrito de las gráficas), donde se ubicaban las casas de imprentas clásicas a principios de siglo pasado y casualmente nuetras oficinas se encontraban en la Reclam-Karree, un bloque de una manzana de una clásica imprenta alemana llamada Reclam Verlag, creadores de la Biblioteca Universal Reclam, una serie de pequeños libros amarillos como se los conocía, que ponía al alcance del público común a precios accesibles, clásicos de la literatura alemana. Hoy en ese edifico típico también se encuentran oficinas de y sets de filmación de UFA, una productora de series televisivas, una de ellas muy conocida llamada SOKO Leipzig que se emite por ZDF, y que a diario nos cruzabamos con los actores y el set de filmación en la calle.

Luego de abandonar la oficina, la vida en el hotel no prometía mucho, las conexiones a internet, aunque no lo crean en el primer mundo, eran muy malas, no podíamos acceder a Netflix, y navegar se convertía en un martirio, por lo que aprovechabamos apenas para buscar a duras penas qué hacer o donde ir, y emprendíamos camino a ello, sin ser amedrentados por la lluvia. Así es que hemos recorrido la ciudad de punta a punta, en su zona céntrica por el Altstadt, la zona universitaria y el Marktplatz, también nos hicimos la travesía hacia el distrito de Lindenau, por la Karl-Heine Straße, se podría decir un distrito muy berlinés con bares repletos de humo, paredes pintadas y un ambiente bastante bohemio, pero donde sin dudas estaba el que consideramos el mejor bareto donde beber buena cerveza, porque claro, después de todo a qué salíamos sino a disfrutar de las mejores cervezas del mundo, era el Substanz a escasos 500 metros del hotel en el distrito de Reudnitz, el cual lamentablemente por el clima lluvioso no nos permitió disfrutar de su biergarten, pero que a gusto se estaba dentro bebiendo esa maravillosa Augustiner.


Nuestra visita coincidió con los últimos días de Oktoberfest, que no deja de ser una fiesta tradicional cuya versión masiva y popularmente conocida es la que se hace en München, pero que se extiende a lo largo del país en diferentes versiones, allí fué que nos dirigimos ya que de casuailidad encontramos que había un capítulo en esta ciudad. Apenas una carpa bastó para adentrarnos en ese inframundo de la cultura alemana popular, y ver cientos de personas vestidas de tiroleses parados saltando arriba de las mesas, esto ya lo viví pero es gracioso revisitarlo cada tanto, ya que nos recuerda el lado B de esa cultura formal y el concepto de estructura que tenemos de los alemanes, cae al quinto infierno cuando vemos que quedan a merced de su kriptonita: la cerveza. Y no pudimos más que rendirnos a semejante invitación y beber, aunque no les llegamos ni a los talones, comenzamos de a poco y rápidamente nos arrepentimos apelando luego a los clásicos y gigantes Maß.

El fin de semana hubo un intento de escaparle a la lluvia cuando el sábado, el que me atrevería a decir fué uno de los peores días en cuanto al clima, decidimos evadirnos rumbo a Dresden (ya dedicaré un relato sólo para ello), pero no logramos dejar atrás esas nubes que nos persiguieron hasta la noche, una de las más frías.


Para nuestra suerte el domingo fué algo mejor, me atrevo a decir que fué el único día en el cual el sol se hizo presente y si bien hubo momentos de duda a media mañana, se podría considerar un día soleado. Aprovechamos para evadir los escasos servicios del hotel y recorrimos el monumento más grande de Europa, el Völkerschlachtdenkmal (Monumento a la Batalla de las Naciones), una bestia imponente de piedra que conmemora una de las derrotas más épicas de Napoleón en la Batalla de Leipzig.

Atravesando el parque nos sambullimos en la Gran Barrera de Coral en una muestra fotográfica de 360 grados del artista austríaco Asisi ubicada en un viejo tanque de gas conocida como Panometer.


Siendo domingo, el entonces tercer equipo de la Bundesliga (hoy cuando escribo ya puntero con tres de ventaja sobre el mítico Bayern München) disputaba un partido frente al Werder Bremen y fuimos al estadio construído allá lejos por los soviéticos en 1956, renovado para la Copa del Mundo de 2006, donde incluso Argentina disputó su partido de 8vos de final frente a México, y renombrado, Red Bull Arena, con la ilusión de tal vez conseguir una entrada a precio accesible para ver el match, ya que habiéndolo chequeado semanas antes, estaban agotadas.

Masivamente la gente se acercaba al estadio, había clima de fiesta, muchos puestos de bebida y salchichas en las calles, los transportes abarrotados y también una explosión de revendedores de entradas que a nosotros no se nos acercaban. Nos ubicamos en la cola de las boleterías, especulando con el precio, tratanto de comprender lo que decían, a cuánto se revendían, temiendo cuánto es lo que nos cobrarían hasta que llegamos a la taquilla, temerosos enfrentamos la realidad de que sólo quedaban las más caras, nos miramos, decidimos que si bien era interesante ir a verlos, no era la idea pagar esa cantidad, y abandonamos el terreno, rumbo a un bar donde poder ver el partido y percatarnos que en el estadio tenía muchos huecos vacíos. Posteriormente nos enteramos que la empresa dueña del equipo (perdón, patrocinante) reparte entre sponsors de la ciudad que a su vez los reparten entre sus empleados y clientes y ya sabemos, la afinidad de la gente de estas tierras frías sólo se hace visible en muchos casos cuando se disputan partidos de relevancia.

No es de extrañar, después de todo este nuevo producto revolucionario de la industria alemana patrocinada por los austríacos hace apenas 5 años no existía, y su surgimiento se debió a la compra de una plaza del tradicional Markrastädt y a fuerza de millones llegaron a la pimera categoría.

Estas dos semanas permitieron volver a estar en contacto con el idioma y revivir lo mucho que me gusta, lo curioso que resulta que me sienta tanto más suelto ahora que no lo uso casi nunca a su momento en donde por momentos me avergonzaba de hablarlo y pronunciarlo mal. También sirvió para revirir ese intrínseco deseo de volver, de estar allí, pero toparme con la dura crudeza del clima otoñal casi invernal. Está claro que el ser humano es un bicho de costumbre, pero hay que tener estómago para soportar esos eternos días grises, la lluvia durante semanas completas y la nieve posterior. También está claro que no hay frío sino ropa inadecuada, pero nunca viene mal una visita en invierno para poner en el freezer literalmente la idea de emigrar.

Cabe decir que de no haber sido por la afinidad y coincidencias que tuvimos a la hora de convivir con mi colega de viaje, esto hubiera sido diferente. Haber ido solo hubiese servido, y eso me hubiese dado mucho tiempo de pensar, tal vez demasiado. Pero con Oriol, con el aporte de la mala internet del hotel, no nos permitimos ni eso, y pese a las constantes protestas de quien escribe respecto a lo mal que comíamos y lo mucho que se bebía, puedo decir que me alegro de haber coincidido.

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