Berlin, du bist so wunderbar

Culminadas las responsabilidades laborales, el libre albedrío nos orientó con rumbo a la capital alemana. Seis años de mi última visita, y digo visita, porque la escala en Tegel en mi regreso de la expedición del Este no cuenta como haber estado en Berlin.

Promediando la tarde emprendimos la retirada, sigilosamente bajo la lluvia ubicamos el vehículo del alquiler que del que podíamos sacar provecho para el traslado, hicimos una escala por provisiones en el Netto de mitad de cuadra y nos mezclamos en el stau (embotellamiento) clásico de hora punta.

El tiempo apremiaba, teníamos hora límite para dejar el vehículo en la capital, y según los cálculos en tiempo real del GPS, estaríamos con media hora de margen, que rápidamente se vieron afectados por los embotellamientos en las carreteras, las obras y los pequeños caminos alternativos por los que debimos desviarnos. De poco sirvieron los 180 Km/h a los que se desplazaba el bólido en la Autobahn para descontar tiempo, una vez que penetramos en el ring de Berlín, todo se volvió lento.

Para aumentar la dosis de adrenalina, a la llegada nos topamos con cortes de calles y desvíos interminables dentro de la ciudad, la ausencia de la agencia en Ostbahnhof donde nos habían indicado que podíamos dejar el coche, y el traslado a toda velocidad con la Fernsehturm de testigo cual escena de La Supremacía de Bourne o de Corre Lola Corre hacia Alexanderplatz, para luego subir 5 plantas por una diminuta rampa en forma de rulo, que nos hizo incluso perdernos y debimos subir en contramano por la rampa de salida. Todo para entregar el vehículo a tiempo.

Tanto tiempo y era todo tan familiar. Recuerdo cuando Tincho en aquel 2010 me decía "te va a romper la cabeza" la ciudad, tanto esto como cuando llegamos por primera vez y nos bajamos en una estación de U-Bahn y le dije "esto está sucio" en comparación a la sureña y de algún modo, acartonada, Stuttgart. Pero claro que está sucio Berlín, y lo bien que le queda ese desorden tan peculiar.
Aunque había algo distinto y era que nunca había pisado sus calles en otoño, ni me había empantanado en sus alfombras de hojas amarillas, donde se podía hasta encontrar una persona durmiendo debajo de ellas, sin uno divisar qué era lo que se estaba pisando.

Así fue como nos dirigimos al polo nocturno casi por excelencia, la Warschauer Straße, el lugar masivo, ese lugar abandonado, pero recuperado con estilo propio berlinés: todo a medio derruir, repleto de colores y contrastes, gente por doquier, bebiendo en las calles y con una amplia gama de ambientes donde ingresar, ya sea a comer, tomar algo o bailar. Oferta de drogas en las calles como nunca me había ocurrido, y ese espíritu bohemio que tantos sitios del mundo buscan imitar.

Nos limitamos a pasear, beber algunas Agustiner o incluso degustar una Wulle Bier con la que me topé en una de las heladeras de uno de esos badulaques pakistanies que nos abastecen dia y noche de alcohol a los deambulantes. La caminata pese al viento se extendió más allá del Spree, cruzamos el puente de Oberbaum y seguimos hacia el centro de la bohemia berlinesa, Kreuzberg, donde topamos con una escena surrealista de chicas tiradas en el suelo de borrachas que estaban, gente por donde quiera que se mire, y por supuesto, kebaps, alcohol y muchos colores, en todos lados, colores que se asomaban en la oscuridad de las calles, cuando apenas un rayo de luz dejaba entrever alguna figura.

Al día siguiente nos esperaba el desayuno clásico a base de enormes vasos de café sin sabor acompasados por un bretzel de tamaño a la par, que adquirimos en la estación de S-Bahn mientras nos dirigíamos hacia la Puerta de Brandeburgo, el punto de partida de los cientos de tours guiados por la ciudad, que tal y como me pasara años atrás, terminase siendo yo el que actuó de guía una vez más, optando por abandonar la manada debido la gran cantidad de gente que nos hacía dudar de la calidad de la experiencia.

Al fondo, entre las columnas de la memorable puerta ya podía divisar, como su figura resaltaba al sol de ese frío pero tan claro día. Ella, el centro de la escena, el corazón del Love Parade original, aquella que no había podido disfrutar porque estaba en obras de remodelación en mis anteriores viajes, estaba desnuda ya, espléndida y radiante, la Siegessäule y yo, por primera vez nos vimos las caras.



De allí volvimos a desandar camino a través del Tiergarten hacia Postdamer Platz, y detenernos en cada huella del muro, en cada mural con escenas y explicaciones de la horrorosa historia que aquí se gestó y como se trazó el mundo moderno, aquí mismo que corolamos en la muestra denominada Topografía del Terror.

Tras tanta atrocidad en la retina, se hace muy dificil de procesar, hubo tiempo para relajarse y entrar en la parte más dinámica por así decirle de la jornada, con una visita al super turístico Check Point Charlie, un infaltable del que nos despedimos comiendo un currywürst a metros para reponer energías. 

Luego el tiempo de los recuerdos, las quejas por el dolor de piernas de la caminata, el regreso por el memorial de las víctimas judías del holocausto, y el descenso por Unter den Linden hacia la Humboldt Universität, para desembocar en Alexanderplatz y tener el atisbo de averiguar el costo de subir a la torre de televisión y contemplar la vista, idea de la cual pronto desistimos al ver el precio y la cantidad de gente esperando.
Berlín es un mundo, y eramos conscientes que en dos días no lo recorreríamos todo, ya estabamos agotados, decidimos ir a descansar unas horas, reponer energías necesarias para poder seguir de noche, donde nos esperaba una cena un poco más robusta, y la suerte o sorpresa de coincidir en la ciudad con otro colega de trabajo, en una visita familiar a unos escasos minutos de donde nos encontrábamos, que terminó en los tres, Oriol, Jose y yo bebiendo birras hasta altas horas, primero en la calle, luego alternando en diferentes baretos, todos ellos repletos de fumadores. Perdí la cuenta de los litros de cerveza bebidos, pero la noche se hizo amena y el impacto el día posterior fué prácticamente nulo considerando la cantidad ingerida.

La mañana siguiente me halló madrugador, impaciente, desperté con la pareja de colegas de cuarto que se iban ya y no dejaron más que unos cuantos papeles como rastro de su estadía, acomodé mis trastos y decidí salir a caminar por las calles menores, era un barrio, un domingo, con sol, con panaderías y cafeterías abiertas, lejano de aquellos domingos tristes de todo cerrado que tengo grabados en la memoria de mis días por Schwabenland.

Cuando mi colega decidió abandonar el abrigo del pijama, nos embarcamos en una nueva caminata hacia el stadtmitte, quería descubrir que había sido de aquel viejo y querido sitio, la desaparecida Kunsthaus Tacheles, para toparme con la realidad del boom inmobiliario que afecta a la capital del imperio alemán, una de las ciudades capitales más empobrecidas de occidente, también una de las más pobladas, y de las más cosmopolitas, no podía escapar a la especulación inomibiliaria. A decir verdad, ese fué el gran cambio que noté, una ciudad en movimiento, ocupando espacios vacíos que habían quedado tras la caida del muro.
Hubo un descanso frente al emblemático Reichtag, tirados en el césped contemplando turistas y observando algún que otro protestante, que reclamaba el regreso de Rusia al poder en Berlín, curiosidades del mundo "occidental".

La despedida fué falafel mediante, nada tan tradicional como una buena comida arabe en pleno Alemania, desde luego (?) y llegar con lo justo al aeropuerto, como no podía ser de otro modo.


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