En la Contxa de San Sebastián

Un nuevo amanecer soleado, frío como pocos con el mar resoplando y las olas sacudiendo a las espaldas, pero brillante, luminoso, de esos que de sentarnos al sol abrigados hacen que no se soporte por mucho rato.

Hubo tiempo de pasear por la rambla de punta a punta ida y vuelta, visitar el palacete de Karlos Arguiñano nuevamente de día, y recalar en la estación, donde el Esukotren de las 11am nos llevaría finalmente a Donostia, o San Sebastián, como el lector prefiera nombrarlo en euskera o en castellano.

Esta vez sólo cuestión de una hora nos separaba de la estación Amara, a orillas del río Urumea que se retuerce por la ciudad para luego perderse en las montañas.

Una vez más la misma sensación de bienestar se observa a los alrededores, obras de infraestructura que complementan las ya vistas en el camino, nuevas estaciones de metro y una ciudad con un estilo típicamente francés sin tanto edificio moderno como observamos en Bilbao, un poco más de estilos reflejan la gloriosa época de principios y mediados de siglo pasado. Una ciudad paqueta, que coquetea entre el mar y la montaña.
 Digna de ser hogar el Festival Internacional de Cine.

Su población en la metrópoli no llega a los 200 mil habitantes, pero a simple vista de un citadino de paseo, sus servicios dan a basto para mucho más. En la urbe se disfruta de un paseo costero que está dividido en tres, desde el extremo más occidental bajo la ladera del monte Igueldo encontramos la Playa de Ondarreta, en el centro, geográfico y de todas las miradas, está la famosa Playa de la Concha y del otro lado de la desembocadura del río, en la parte más oriental, o por decir hacia el norte, la Playa de la Zurriola. Las dos primeras con vistas a la Isla de Santa Clara, un montículo de estratos cual flysch en vertical, que se eleva a la vista en medio de la bahía, cuenta con un faro y algunas edificaciones, y es factible de acceder con un bote o por qué no, nadando, incluso en estas épocas de aguas transparentes y heladas, había gente practicando este tan completo deporte.

Tuvimos la suficiente luz de día y la suerte de que las nubes que se fueran acumulando aguantaran lo suficiente para recorrer ambas bahías y la línea costera de punta a punta, por consejo de nuestra histríonica y muy amable anfitriona, que nos alojaba en una habitación de su basto piso familiar en el barrio de Intxaurrondo a pasitos de la misma estación de metro, una de las más profundas de Europa.

En la ciudad el casco viejo, relativamente pequeño se encuentra al abrigo del Monte Urgull, que se erije como un protector de la ciudad, de los vientos del norte y como punto estratégico de defensa, con vista de 360 grados, donde se puede uno perder en inmensidad de pasillos entre las arboledas, pasar entre baterías de combate de un extremo al otro de la península y desembocar en el Castilo o Fuerte de la Mota en su cima,  en cuyo interior hay un museo de historia que merece la pena visitar con tiempo. En él se explica las viscicitudes de la ciudad a lo largo de la historia, entre ellas, las diversas destrucciones sufridas por ser una posición militar y comercial estratégica, y el tesón de los donostiarras por reconstruirla y no dejarla abandonada a la deriva.

Desde luego, se corona la visita al monte y su fuerte, con la hermosa vista de la ciudad y la bahía.


El casco viejo se extiende desde el monte, que también aloja al puerto, hoy reconvertido en un estacionamiento de coquetos veleritos, limitando al otro extremo con el río y hacia el ensanche de la ciudad se podría decir que finaliza con el boulevard Zumardia. En él hoy se contemplan callejones típicos con bares, pintxos y locales de recuerdos en busca de turistas, así como también no menos de tres iglesias de relevancia, destacando la de Santa María,  la de San Vicente y el museo de San Telmo.

Más allá del boulevard, ya se extiende la cuadrícula de calles entre las que se contempla el esplendor de cada edificación con un nuevo centro geográfico en la plaza Guipúzcoa y con la particularidad de la República Argentina Kalea a orillas del río con una plazoleta dedicado a nuestro país, y pocos metros más abajo uno se cruza con la San Martín Kalea, por la que se acceded a la explanada de la Catedral del Buen Pastor.

En aquel día de tanto caminar, finalmente La noche ganó la pulseada, aunque no fué la única a nuestro pesar, el sol finalmente perdió su batalla y las nubes que suelen apoderarse de los cielos en el Mar del Norte fueron ganando su terreno, por la noche el cielo ya no lucía estrellado, y nubes grises que amenazaban permanentemente se apoderaron de la escena, oscuras, cargadas de frío, que calaba los huesos en cada ráfaga. Nos vimos forzados a improvisar un plan para cenar, que por decisión propia nos alejaría del centro.

Marchamos como quien dice, al barrio nuevamente, allí abundaban también los bares, como en todo barrio, y los precios dejaban de ser un exabrupto turístico para pasar a ser amables para los locales.

Hubo lugar para el famoso txuletón, luego de una degustación de vinos a la que fuimos sometidos solamente por dar la charla con una mesera que resultó ser uruguaya, coronamos la noche con una monstruosa pieza de carne de 1Kg la cual debidamente dimos las instrucciones de cocción: no la queríamos cruda, ni roja, y el entendimiento rioplatense se hizo eco. Disfrutamos como pocas veces de una cena que costó digerir por la naturaleza del alimento y no por el contexto o por el doloroso precio que a veces uno se ve sometido por sólo ser turista.

La ubicación de la ciudad tan cercana a la frontera con Francia, por donde también se extiende el llamado País Vasco, convierte a Donistia en la Capital de la llamada Eurociudad Bayona San Sebastian, lo que genera en esta comarca internacional una simbiosis y conectividad de tal manera que incluso el Aeropuerto se halla a orillas del río Bidasoa, límite con Francia, lindante con Irún, e incluso nos recomendaron visitar la Playa de Hondarribia, a la cual se accede en autobús urbano desde el mismo centro, aquel que también deposita a los viajeros en el aeropuerto. El clima y los cortos tiempos no ayudaron a que extendamos nuestra visita por esas latitudes, preferimos concentrarnos en la parte histórica de la ciudad ante la amenza de lluvia del último día.


Los cortos días de expedicicón vasca no darían tiempo a mucho más, tampoco a mucho menos, tuvimos la suerte de conocer dos capitales, y paisajes de ensueño, degustar su comida y de su acento peculiar, de aprender el idioma ni hablar (ver párrafo aparte). Quedarán pendiente visitar Vitoria, así como el lado Francés por su costa en Biarritz y Bayona (algo más caros dicen...). Nos queda una sensación fantástica de la aventura, y una vez más agradecidos por tanto sol en estos dias de recorrido, que se cortaron con un amenazante último día, el cual se coronó con una despedida a base de lágrimas desde el cielo: fué solo arribar al andén para que comience una copiosa lluvia que nos acompañaría todo el trayecto descendente hasta Barcelona.

El Idioma: ha sido curioso llegar hasta el final de esta saga sin hacer demasiada mención al lenguaje del país. El Euskera es el idioma co oficial del País Vasco / Esukadi y tiene la particularidad de ser la única lengua hablada en el área occidental del continente que no tiene orígen indo europeo y no tiene origen en ninguna otra lengua conocida.

Para el extranjero, y en lo personal desde luego, nos resultó sumamente compleja de pronunciar y de leer pese a no tener simbologías extrañas ni letras ocultas.

Es digno de estudio la antología de su origen, sobre el cual se tienen hipótesis, pero ninguna conclusión que lo confirme.

Por todo lo dicho y lo vivido, no queda más que decir:E
skerrik Asko Donosti




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