Lviv Óblast, tierra madre (II)

Debido a la cantidad de información incorporada, el domingo se hizo gratamente extenso, y tras el pic nic en la finca de los padres de Vasilij, regresamos al departamento en Sokal donde nos esperaba la cena. Allí comenzó la zaga de los "маленький напій?" (malenʹkyy napiy?) lo que traducido sería algo así como "¿un pequeño trago?". En este caso, maridamos los sabores de la comida con uno tras otro shot de ron.

El día siguiente era laboral, por la mañana los integrantes de la familia con responsabilidades partieron y los que contábamos con una agenda más relajada, desayunamos con más tiempo y nos fuimos en recorrida de la ciudad.

Sokal es una ciudad humilde, pequeña, con unos 20 mil habitantes atravesada por el Rio Bug, que supo tener un tiempo mejor, como gran número de ciudades en la Ucrania profunda. Contaba con una industria química gigante que daba empleo a la mitad del pueblo pero ya no existe y sus ruinas hacen parecer más a los vestigios de Chernobyl y al de una película de terror. Las casas son bajas, con techos a dos aguas, con exteriores sencillos, rodeadas por plantas, algunas un poco más elaboradas, de mayor altura y mejores terminaciones, pero en general es una ciudad que guarda las líneas. Desde luego hay bloque de edificios soviéticos como aquel donde me estaba alojando, en los que imagino la gran diversidad de estados de los departamentos dependerá enteramente de los dueños. En mi caso, era excelente.
Comparada a las otras ciudades del país, desde luego que es mucho más olvidada, y está a la vista la ausencia de mantenimiento en muchos aspectos, que van desde el asfaltado hasta en los edificios públicos y en los crecidos pastizales en muchos sectores. Es parte del panorama, la gente lo acepta como propio del lugar y es indiferente. Como todos, el ser humano se acostumbra y amolda a vivir como sea y donde pueda. Aún con toda esa humildad y sencillez a cuestas, la ciudad estaba viva, permanentemente tenía movimiento y para mi grata sorpresa, el concepto de siesta no estaba presente en una ciudad tan pequeña en el interior del país. El negocio de muebles que llevaban adelante mi prima y su marido, cito en pleno centro frente a la estatua de Taras Schevschenko (aquí se pueden ver imágenes en vivo), abría a las temprano por la mañana y cortaba sólo una hora para almorzar al mediodía.
Luego del almuerzo nos trasladaríamos unos kilómetros hacia un pequeño pueblo vecino, donde nos esperaba la hermana de mi abuela, por ende, mi tía abuela, Stefannia, quien en su dialecto y con su sordera a cuestas estaba muy feliz y se le notaba en la cara. Ella contó lo muy agradecida que estaba a mi abuela ya que la había cuidado mucho tiempo al ser ella la más pequeña. Su piel arrugadita daba fe del paso de los años, los ojos claros y llorosos no podían ocultar su emoción pese a la distancia idiomática. Mas chiquita, con otro look más arraigado al lugar, en su mirada estaba la mirada de mi abuela. Me aferré a ese cuerpito encorvado y magullado por los años pero con una fortaleza increíble y nos fundimos en un abrazo.

El árbol familiar se siguió dibujando al momento de visitar el cementerio del lugar, allí yacía tumba de mi bisabuela, Anastasjia, quién murió en 1984. Me enteré que la tumba de mi bisabuelo Alexander estaba en Tarnopil, una ciudad a unos kilómetros de Lviv. También confirmé que la abuela nació en un pequeñísimo pueblo de esta misma provincia, llamado Duliby

El cementerio estaba en medio de un campo y desde luego, maltrecho, sobre todo los pastizales. Allí es donde afloró toda la energía de esa viejecita, que mostrando una entereza gigante, se puso con sus manos a limpiar la tumba de su madre, para que podamos dedicarle unas oraciones.

En este momento tuvo lugar un pequeño choque cultural, más que nada por mi forma de ser. Me preguntaron qué se hacía en Argentina cuando se visitaba a los difuntos, si es que se oraba de alguna manera en particular. Intenté explicarles de que si se hacía, pero que yo particularmente no, que yo tenía mi manera. Y desde luego que lo respetaron pero les parecía muy extraño.

Después de llegar a las raíces más lejanas donde podía llegar a calar en este viaje, visitamos también la tumba de otros familiares. La del marido de Stefania y de uno de sus hijos, Orest. Para mi no fué problema, consideraba esta experiencia parte del viaje, pese a que ellos me pidieron disculpas por llevarme de cementerio en cementerio, y explicaron que para ellos era una alegría que estuviera ahí y "que querían que ellos me vieran, porque ellos seguían estando ahí".

Este día también floreció la bifurcación del plan original, ya que ante la satisfacción evidente, y mutua, por mi estancia en estos pagos, me propusieron quedarme directamente en Sokal,  y me proponían llevarme a Lviv de paseo un día. Por lo que en lugar de viajar desde allí a Cracovia, me invitaban a visitar el pequeño pueblito donde vivía Halinka en Polonia, llamado Bilgoraj, como escala previa en mi trayecto a Cracovia. Desde luego que acepté la propuesta, estaba encantado de poder seguir compartiendo con ellos más días, solo surgió el problema de que ya teníamso comprado un pasaje de tren, el que yo no había pagado y había costado mucho dinero, pero me tranquilizaron diciéndome que era posible devolverlo, pero nunca me quedará claro cuánto dinero le retuvieron por esa operación.

La visita a Lviv fué una secuencia de eventos divertidos. Mi prima y su marido se tomaron el día franco, cerraron el local y se dedicaron a pasear conmigo y nuestra intérprete que también formó parte del grupo.
Primero hicimos escala en el Lviv Arena, donde alardeando con mi camiseta del subcampeón del mundo, con un poco de charla (y unos "mangos para el café", cosa que parece muy común en estos tierras) logramos que nos dejaran pasar al campo de juego donde se disputó la Euro 2012 y donde este año, debido a los incidentes en el este del país, el Shaktar Donetsk hará las veces de local, tanto en la liga como en la Champions League. Tuve oportunidad de dejar un escudo del Deportivo Español que me prometieron sería depositado en el museo del Estadio...cosa que me encargaré de corroborar en mi próxima visita.

De allí recorrimos el centro de esta hermosa ciudad, por primera vez me subí(eron) a un mateo para dar una vuelta a la ciudad. Bastante más cruel que en Palermo a decir verdad, ya que el pobre tenía que caminar por calles empedradas. Tomamos algo en el bar Kryyivka que funciona en un sótano y está ambientado como un búnker de la resistencia anti soviética, con vestigios de armas, trajes, vodkas, contraseñas y gritos amenazantes que formaban parte del día a día del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA).

En la planta alta del mismo edifico existe un restauran también muy particular, ya que se ingresa por un departamento muy pequeño donde nos recibe una persona en bata, y nos dice que nos va a preparar unas papas y unos huevos revueltos para comer con el café....luego de esa escena cómica nos invita a esperar en una pequeña sala detrás de una cortina que termina siendo el restauran real, conformado por un piso decorado a la época de los años '20. 

Pedimos unas ensaladas César para los 4 y apenas unas bebidas para amenizar la tarde y llevar algo al buche. Aquí se llevó a cabo "un macabro plan" donde me hicieron creer que todo había costado alrededor de 120€ y no les alcanzaba el dinero para pagar, esto, combinado con mi poco entendimiento del idioma y su complicidad con el mozo, al cual incluso lo llamé y le quise pagar con mi tarjeta, pero el tipo me la devolvió diciéndome que no era válida, juro que lograron que me indigne, primero con él por que sentía que ni siquiera había probado, e indignado pensando que era un problema del banco y de las trabas en Argentina. Les ofrecí el poco efectivo que tenía encima,  pero  ellos no lo aceptaban. Vasilij se estaba poniendo colorado, yo creía que era de la vergüenza, pero era de la risa...
Todo terminó en una escena en la cual me dice el mozo "aceptamos bajarle el precio si Ud. canta el himno de su país a viva voz" y como me sentía tán incómodo por haberlos hecho incurrir en semejante gasto por el solo hecho de haberme querido llevar de paseo, desde luego acepté, con tal de ayudar estaba dispuesto a lo que sea, me puse a cantar con la mano al pecho y todo, hasta que en un momento me cortaron, pagaron la cuenta real que era muchísimo menos dinero y salimos del lugar, donde todos se mataban de risa y yo seguía temblando de los nervios hasta que unos diez minutos después logré comprender que era una joda...

En frío si lo analizo era muy claro, pero en ese momento y con la dificultad idiomática, yo sólo quería ayudar ¿Cómo me puedo olvidar de Lviv después de esa escena? Ya el nombre del restaurant era ridículo: "El restaurante más caro de Galitzia".

Al día siguiente, Roman y Halinka se fueron para su pueblo, con la promesa de volvernos a ver en unos días ya en tierra polaca. Andrij nos llevó de paseo por las afueras de la ciudad, visitamos una de las dos prisiones de máxima seguridad que existe en Ucrania, y a decir verdad los que estarán adentro serán peligrosos pero la seguridad parecía mínima. También quisimos ver el lugar donde su padre (el fallecido Orest) se dedicaba a sacaba langostas del río, pero no pudimos ingresar por no tener la ropa adecuada para caminar entre las plantas que de solo rozarnos la piel generarían irritación, la llaman "La venganza de Stalin", por lo que nuestro plan alternativo espontaneo fué meternos entre las ruinas de la planta química que supo dar vida a la región, caminar entre su esqueleto, viendo como sus restos eran demolidos poco a poco, tras procesos de remate, pieza por pieza, incluso hasta los marcos de las ventanas.
La última cena estuvo a cargo de Galina, quién tomó muy al pié de la letra eso que le dije que en Argentina se comía mucha carne, y preparó pollo con papas al horno, y una enorme pieza de cerdo como segundo plato, a lo cual hubo que sumarle unas langostas que trajo Andrij para darnos el gusto, todo esto acompañado por unos маленький напій que hicieron la velada aún alegre, para olvidarnos un poco de que sería la despedida, y concentrarnos en el momento.

La mañana siguiente, la última, sería lluviosa. El primer día que veía llover en tierra madre, era el día de mi despedida. No fueron las únicas gotas que calleron. Llegó el momento de la despedida. No faltaron las lágrimas y las sensaciones encontradas. Estaba triste por saber que terminaba esta etapa del viaje, pero con la satisfacción de haber logrado un objetivo de máxima.

Dejé que mi mochila viaje solitaria en la parte trasera de la Ford Transit. Bajo el cielo gris y lluvioso fuimos desandando camino entre campos y caminos vecinales hasta llegar a la frontera. 3 horas de viaje por desconocidas rutas polacas nos separaban del próximo destino agregado a Orígenes.