Linares, tierra padre

Me aproximaba al final de ese recorrido planteado años atrás y que comenzó hace largos meses. Estaba a punto de cumplimentar la última escala de ese proyecto, la escala para la cual no tuve fecha ni tiempo exacto, simplemente sabía que siendo paciente llegaría.

Nos fuimos internando un poco más en la península, alejándonos de las costas, de las montañas y entrando poco a poco en extensos y ondulados terrenos donde el horizonte se perdía entre los olivares. El aroma penetrante del olivo hizo que más de una vez me sobresalte preocupado por tan fuerte aroma casi desconocido, a mi mente le costó tiempo procesar de qué se trataba. El suelo se veía más árido a los costados de las rutas, pero aún así el rojizo suelo contrastaba con el fuerte verde de las plantaciones.

Atento al destino, el autobús gira a la derecha y se dispone a ingresar por las calles de Linares. La sencillez se vislumbra a las afueras, construcciones simples, algunas carentes de terminación, otras edificaciones de antaño con dos y tres plantas, se notan vestigios de un pasado mucho mejor. El horario de la sagrada siesta no ayuda a que el panorama exterior sea muy activo, desde luego, no es una capital, pero desde un rincón de este pueblo nació mi abuelo paterno y eso era suficiente motivo para para visitarlo.

Nunca tuve muchas referencias del pueblo, ni mucha oportunidad de indagar sobre el tema. Mi abuelo paterno fue el primero que perdí cuando apenas tenía 6 años, demasiado poco tiempo como para aprender a disfrutarlo. Es duro decirlo, pero mi memoria a veces también me engaña, con el paso de los años me hace cada vez más complejo recordarlo, aunque tengo algunas imágenes o situaciones puntuales que siempre están presentes al hablar de él. Recuerdo que luego de sus caminatas siempre (o tal vez lo hizo solo una vez y en mi memoria se grabó como algo que ocurría siempre) traía chocolatines, de esas tabletitas pequeñitas con algún dibujito en el envoltorio, se desenfundaban y los rodeaba papel aluminizado. También traía algún que otro alfajor de esos gigantes que apenas me cabían en una mano de la fábrica de Dielo(Fantoche). Lo recuerdo en la terraza de su casa, mi casa, sentados en el banquito del sol, con un pullover tejido por mi abuela, medio marrón, medio anaranjado.

Llegamos al hotel, todo parecía más lejano en los mapas pero la verdad es que en el pueblo, como todo pueblo, todo estaba cerca. Apenas giramos unas calles y encontramos la tristemente célebre Plaza de Toros de Linares, donde en 1946 muriera el IV Califa del Toreo, Manolete. En ella también hay leyendas familiares, se sabe que el padre de mi abuelo trabajó en su construcción, y hay una versión, que puede ser producto del hábil lengua andaluza para ensalzar historias y relatos o bien puede ser tan sencillamente veraz, dependerá de cada uno aceptarla, se dice que mi abuelo intentó torear aquí mismo y recibió tal regaño de parte de su padre que nunca más se atrevió. Yo quiero creerla.

Tapas en el chiringuito ubicado frente a la plaza, luego mas tapas en el bar de la peña taurina interior al recinto de toros. Ahí es donde me aflojé y me atreví a preguntar si había referencias de la plaza, si se podía visitar. Fue la persona que atendía quién me dió una vaga referencia, típica de pueblo, de dónde encontrar un señor que escribe un libro sobre la historia del toreo en la plaza, y así fué como por la tarde noche nos aventuramos a encontrar esa pequeña zapatería en vías de cerrar por "jubilación del dueño" y encontrarnos con José, un señor en sus 70's muy aferrado a la historia y tradición taurina, que es una fuente de sabiduría sobre la historia del lugar.
Casi sin darnos cuenta, fue nuestro guía turístico y referente en Linares. Nos contó que la plaza tiene ya 150 años y que sufrió reformas, que fué en esa etapa donde mi bisabuelo debe haber trabajado. Nos enteramos hasta que uno de los dueños de la plaza es descendiente de Napoleón Bonaaparte. En ese ratito en su local, corrió a sus archivos en búsqueda de referencias de toreros argentinos, nos aseguro con toda firmeza que en los años 50 hubo uno toreando en Linares, y se comprometió a buscar el afiche y enviármelo, también aseguró buscarme datos de los orígenes de la familia, y el detalle no menos importante: se ofreció a llevarnos a conocer la plaza al día siguiente a lo cual aceptamos sin dudar un instante.

Esa misma tarde, habíamos recorrido las entrañas céntricas del pueblo, recorriendo una calle tras otra, y nos perdimos en el barrio antiguo de calles circulares a la caza de la referencia que teníamos de la casa. El barrio, de casas antiguas y caserones renovados, a la vuelta de la plaza y de la iglesia, de callejuelas estrechas, escondía, según mis referencias, en una esquina de la calle Cambroneras una casa que ya estaba derruida hacía muchos años, pero que contaba con una higuera enorme. Era mi ilusión encontrarla, pero al llegar al lugar nos topamos con un panorama totalmente diferente. Ya no quedaba casa en pié, solo los vestigios de un techo a dos aguas que se podía dilucidar al fondo, y lamentablemente no había higuera. Vaya uno a saber cuál es la historia detrás de esta modificación que hizo que se repararan paredes y se agregara un portón enorme en un barrio de los más relevantes del lugar. Me apenó no poder entrar, tenía esperanzas de trepar una de esas paredes añejas y meterme al terreno, pero las paredes estaban más elevadas de lo imaginado y no hubo caso, tuve que resignarme a mirar desde afuera y consultar a una vecina que medio a regañadientes me confesó que alguien estaba haciendo esas refacciones a pedido del ayuntamiento.

Linares creció con la minería, había canteras de piedra por los alrededores y minas de plomo, fue tal su relevancia que contó con delegaciones extranjeras de países como Alemania, Inglaterra, Italia y Francia. El auge de la minería trajo aparejado un crecimiento abrupto de la ciudad, llegó a contar con servicios de tranvías y con dos estaciones de ferrocarril (hoy apenas tiene una a unos 20kms compartida con un pueblo vecino), este apogeo nació condenado al olvido como todo aquello que crece con la minería. Cuando paulatinamente se deja de usar plomo, las minas se fueron cerrando, los servicios acortando y la ciudad se fué apagando.

Hay quienes hoy en día rezan por una reactivación minera, de parte de inversiones mexicanas y procedentes de latitudes que en otros momentos de esplendor no se hubiesen imaginado. De todos modos apuesta también al turismo, y tiene ciertos atractivos que merecen la pena dedicarle tiempo, pero escapaban a mi objetivo en este viaje: a unos pocos kilómetros están las ruinas de Cástulo, una importante ciudad Ibera que data desde el III milenio a.C. (ver más aquí

La Plaza de Toros también tuvo su apogeo en pleno momento de gloria de la ciudad, contando con hasta 30 corridas anuales. Hoy apenas si se exceden los dedos de una mano para contarlas.

La rica historia taurina de la ciudad ronda en el mito de la muerte de Manolete. Llegamos a conocer a la hija del médico que lo atendió en la plaza, incluso hay polémica sobre si la transfusión de sangre que recibió en la enfermería fué lo que lo condenó o bien era necesaria. Hay altares, murales, memoriales, estatuas y bares dedicados a su figura. El mundo taurino es merece la pena indagar, porque evidentemente no es algo tan sencillo como decir "meten toros para matarlos" en la corrida, que es la parte condenable de la práctica.

No hubo tiempo para mucho más, lo recorrimos de punta a punta y de lado a lado, como siempre queda pendiente los alrededores del casco urbano, que suelen ser tanto o más ricos que los propios cascos urbanos. Descubrimos el campo de fútbol de Linarejos, hicimos honor a la siesta en la Glorieta América al final del Paseo de la Vírgen, donde alguna vez se situaron las vías del tren de Madrid, y contemplamos la puesta de sol al final de la Avenida de Andalucía, cuando se escondía por detrás de la Plaza Mineros.

Entrada la noche, en la plaza del ayuntamiento subimos al último autobús que nos dejaría en la lejana estación de tren, teníamos dos horas por delante, y otras tantas de ferrocarril de regreso a la Ciudad Condal. Solo correteaban unos gatos por los andenes, y alguna que otra locomotora descansaba silenciosa contra el final de vía. 
El Tren Hotel de Renfe se estaciona, llega con adelanto, tuvimos que apresurarnos para subir. A pocos minutos del inicio del día siguiente, Orígenes llega a su fin, aunque algo en mi interior me dice que habrá algunos apéndices de estas crónicas.

Con la satisfacción de haber cumplido cada estancia del itinerario, con serenidad de haber sabido esperar para actuar a tiempo, y con sobre todo la satisfacción de haber cumplido, de haber llenado ese casillero, de haber honrado de alguna manera a aquellos que tuvieron que dejar todo por irse a tierras tan lejanas y desconocidas, por temor, siguiendo promesas de un futuro mejor.

Gracias. A ellos que ya no están, y a los que hoy están y me ayudaron directa o indirectamente. 


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