Kiev, viaje a tierras salvajes

Llegar a Ucrania no fue mentalmente fácil, fue un proceso que maduró y se masticó durante todo el transcurso de la planificación. Primero que nada por la distancia que uno siente de estos lugares y especialmente por todos los sucesos que se dieron desde la "revolución" que tuviera lugar a partir de diciembre 2013 con epicentro en su ciudad capital, que desencadenó la salida de su presidente Viktor Yanukovich, enfrentamientos con muchos muertos, y luego desatara una crisis separatista en los territorios del Este del país, ligados histórica y culturalmente a Rusia.

En mi cabeza surgieron varios planes alternativos producto de estos hechos, tener una guerra civil no declarada a tan pocos kilómetros de donde me iba a encontrar realmente era algo que no pretendía para mi aventura, pero en ese ida y vuelta de indecisión, finalmente me volqué por mantener el plan firme como en sus comienzos y seguir con la idea original.

Me embarqué por primera vez en un pequeño avión Bombardier de Estonian Air y luego de hora y media aterrizamos en Boryspil, el aeropuerto internacional de Kiev, distante de la ciudad aproximadamente lo mismo que Ezeiza de Buenos Aires.
El trámite migratorio fué extremadamente rápido, me dieron la bienvenida con mi pasaporte argentino sin preugntar demasiado. Esperaba luego poder contar con una oficina que me guiara hacia donde dirigirme, sabía que debía tomar el Sky Bus con destino a Kharkivs'ka, pero al salir me encontré con un lobby muy pequeño, donde fuí abordado por taxistas, a los cuales a todos les dije que no, y al salir comencé a caminar de un lado a otro por la acera, ya que lo único que veía era un micro, y un señor gritando algo como dándo a entender que ese bus iba a Kiev. Desconfiado por naturaleza, mi instinto argentino me hizo no querer acercarme al señor, fuí a un policía y le pregunté como pude por el servicio a Kiev, me dijo que lo tomaba ahí afuera, donde justamente estaba el señor gritando y convocando pasajeros, pero su bus no tenía la insignia de Sky Bus en ningún lado.

Me negué a abordarlo y estaba disupuesto a tomarme un shuttle hacia otra parte del aeropuerto, hasta que me crucé con dos empleadas de una aerolínea, que hablaban inglés y me dieron unas pautas, ellas me dijeron que ese era el bus que yo buscaba, de todos modos seguí esperando y a los minutos llegó otro bus que se detuvo en el mismo lugar, el mismo señor lo publicitaba y este si tenía la insignia que yo buscaba. Cuando me decidí a entrar, el "vendedor" hizo gestos cómicos como dando a entender "yo te dije que tenías que tomarlo" y yo me reí de la situación, y por adentro mío pensaba "vos lo habrás dicho pero yo no te entendía un pomo".

Este proceso de arribo a tierras salvajes era lo que más nervioso me ponía en todo el viaje, en mi cabeza estaba latente el sentido de que a unos cientos de kilómetros de ahí había una guerra, pero me sorprendía ver que en ningún lado parecía haber indicios de nada diferente en la ciudad.
Cuando arribamos a la estación de metro, podía optar por seguir hacia el centro o bajarme y tomar el subte, decidí por lo segundo, y al bajar me encontré con una especie de mercado callejero, sin nada que envidiarle a los alrededores de las estaciones de Retiro u Once, donde no se veía indicio alguno del metro, salvo la gente bajando por unas escaleras, lo cual me pareció raro dado que estabamos muy lejos del centro, imaginé que a esa distancia el metro no sería subterráneo. Por las dudas puse en práctica una frase que aprendí y fué muy útil a lo largo del viaje: "donde fueres, has lo que vieres" por lo que seguí a las personas con bolsos que bajaron del bus y luego de atravesar un túnel con locales sin luz, encontré las boleterías, y para mi sorpresa solo costó 2 UAH (a razón de menos de 10 céntimos de euro).

Nuevamente el metro me trajo de vuelta a casa, salvo por las estaciones enormes, los vagones eran iguales a los de Buenos Aires. La salvedad fué que al momento de cruzar el río Dniper, la formación sale al aire y cruza por un puente paralelo al puente vehicular, desde donde uno ya puede apreciar la enorme ciudad capital.

Otro periplo se dió al salir a la superficie, ya que las indicaciones decían que la estación de metro estaba en la puerta del hostel, pero yo en lugar de salir y dirigirme a la primer puerta, doblé y lo busqué por otro lado. Empece a desesperarme al ver que donde tocaba timbre nada pasaba, pregunté a la gente en la calle, todos me decían que esa era la dirección. Claro, eran todos esos bloques gigantes y la esquina tenía varias puertas, una de cada lado y dos al medio, junto con locales comerciales. No había indicación alguna, hasta que mi cabeza me iluminó, y recordé que había otro hostel de la misma cadena a solo 3 cuadras, así que caminé hasta ahí y muy preocupados por que llegue a destino me indicaron todo, me dieron un teléfono donde llamar y me pidieron que avise cuando ingrese.

Kiev me dió la sensación de ser una ciudad desordenada y algo más humilde que las demás que venía recorriendo, pero aún así no tenía mucho que envidiarle a Buenos Aires como capital de un país. Calles abarrotadas de coches, bocinazos, aceleradas y algo desprolija en algunas zonas, producto de falta de mantenimiento y de los sucesos que indudablemente afectaban al país en los últimos meses. Y aún así no dejó de deslumbrarme con la sencillez de la gente y de lo que se veía.
Algo que me llamó mucho la atención fueron la gran cantidad de túneles para circular debajo de las calles, en los cruces, existe una red enorme que se interconectan y hasta puedes perderte y no saber donde estás saliendo, pero dentro hay supermercados, negocios, shoppings, de todo y muy bien instalados. Mientras tanto, en la superficie se ubican gran cantidad de carritos de ventas de cosas, que van desde una mesita con un barril donde te sirven квас (kvas, cerveza dulce), hasta coches cafetería movibles y venta de comida y bebida.

La ciudad es grande, está habitada por casi 3 millones de habitantes, otro gran parecido a nuestro Buenos Aires, ciudad con la que está hermanada. De todos modos me dispuse a recorrerla y casi sin quererlo el primer día la había atravesado de punta a punta.

Es una de las más antiguas de Europa del Este y una de los más importantes asentamientos para el desarrollo de la civilización eslava de la región. Fué una ciudad amurallada, que era considerada una de las más grandes del mundo hasta que sufrió la invasión y destrucción de las ordas Mongolas, que luego fué pasando de manos de imperio en imperio, convirtiéndose en un gran centro religioso atrayente de peregrinos.
Mi recorrida se inició en las  Золоті ворота (Puertas Doradas) que son el vestigio de la antigua muralla que rodaba a la ciudad. Desde luego la ciudad tiene atractivos culturales de índole religioso, mi recorrida siguió visitando Собор Святої Софії (Catedral de Santa Sofía) considerada Patrimonio de la HumanidadDesde este complejo se puede ver el Михайлівський золотоверхий монастир (Monstarerio de San Miguel de las Cúpulas Doradas) donde se conjugan dos iglesias muy grandes en tan solo 3 cuadras.
La siguiente escala fue desembocar en Майдан Незалежності (Plaza de la Independencia), que fué el epicentro de las manifestaciones y la revolución iniciada en diciembre de 2013, y sin dudas sentí una energía especial ya que por momentos me costaba creer estar ahí donde aún había vestigios de lo sucedido meses atrás. Hechos que seguía casi a diario en mi preocupación sobre si viajar o no a este destino. Recién se estaban iniciando trabajos de limpieza profundos, había aún barricadas y carpas con gente resistiendo, así como muchos memoriales por los caídos.

Como no podía quedarme ahí, por el intenso calor, busqué refugio en lo que en el mapa parecía ser un parque enorme arbolado, donde me encontré con el viejo estadio Lobanovsky del Dynamo de Kiev, y alardeando de mi condición de argentino futbolero ante un cuidador, quise ingresar a sacar unas fotos, me dejó pasar y luego cuando me iba muy amablemente le dejé un escudito de Español para que recuerde, pero no conforme me garroneó "un dolar para el café". Como dije hace unos párrafos, Kiev tiene muchas cosas de Buenos Aires.

Seguí recorriendo la arboleda y encontré la Верховна Рада України (Rada Suprema, o Parlamento Ucraniano) con una protesta frente a ella, calle cortada de por medio y policías custodiando la situación mientras dormían una siesta en la sombra de la arboleda.
Fui acercándome a los alrededores de Печерська лавра (Pecherska Lavra, Monasterio de las Cuevas), otro gran complejo religioso que es Patrimonio de la Humanidad y es considerado de visita obligada. Ya en mi regreso de un larguísimo y productivo día, me detuve a prestar atención al Monumento a las víctimas del Голодомор (Holodomor) también llamado Genocidio Ucraniano.

Mientras todo esto ocurría, en el este del país se sucedían combates entre el ejército ucraniano y milicias separatistas y vaya uno a saber qué cosa más, y en la ciudad por dentro algo me chocaba de esta situación, ya que sabiendo que eso ocurría en una parte del país, el ritmo de vida en la urbe era como si nada ocurriera. Lo único que se podía ver era algunos gestos de nacionalismo idiota, como autos ploteados con la bandera ucraniana y muchas banderitas flameando en las calles, gente con camisetas ucranianas, otras tantas con escudo de Ucrania, y las noticias desinformando: hacía unos días veía la televisión Rusa donde solo se bombardeaba de noticias sobre Ucrania, y ahora veía como sólo se hablaba de terroristas y de éxitos en el frente del este.

Mis siguientes días los dediqué entre periplos idiomáticos como por ejemplo querer comprar un alicate y no tener la más mínima idea de dónde comprarlo ni como pedirlo, a trámites burocráticos mezclados con paseos, repetidas visitas a la Plaza de la Independencia (Maidán), repito que para mi era muy intenso estar ahí por todo lo que había visto en las noticias sobre los sucesos que allí se daban y varias horas de reposo y observación a lo que ocurría en los alrededores en el Parque Tarasa Schevschenko, donde se podría decir que encontré mi lugar y donde pasé las últimas horas, a la espera de que llegara el momento de acercarme definitivamente a tierra madre.