Ільковичі, donde se cruzaron los mundos

Antes de seguir leyendo, he de decir que este es un relato de una vivencia personal, familiar, creo que como anécdota de viaje tiene poco valor para los que buscan aventuras en Ucrania, pero es parte de mi último viaje a estas tierras y he decidido comentarlo, porque merece la pena recordarse aún cuando muchos detalles queden fuera del texto, aspiro a acercarlo a los que no pudieron estar allí con nosotros.

Superado el nerviosismo del primer día, las diferencias idiomáticas se hicieron al un lado con la ayuda de la magia de la tecnología, del idioma universal de gestos y del rescate de los más profundos recuerdos del polaco de la mente de la madre que me parió que solía hablar en este idioma con sus padres allá lejos y hace tiempo, nos esperaba el día D como quién diría, o tal vez otro día D más de todos los que tuvimos, el primero acaba de concluir.
Amanecimos en Sokal (Сокаль) y los preparativos, entre momentos de silencio donde se hacía tal vez complicado entender el detalle de lo que estábamos por hacer, solo tenía algo en claro, lo que tendríamos por delante era tal vez el momento más emotivo de la aventura.
Montamos el coche Chery de Vasilij, el mismo en el que me habían llevado y traído años atrás, y comenzamos a esquivar pozos y cráteres de la carretera. Por si no lo dije aún, es una de las características principales de los caminos en Ucrania, una "denominación de origen" si quieren. Entre zigzag dejamos atrás los edificios y adentramos en el prado hasta llegar a la vecina villa de Ilkovichy (Ільковичі), una pequeña villa a las afueras de la ciudad, rodeada de campos fértiles regados por las aguas del rio Bug, donde los vecinos recorren sus callejuelas en idas y vueltas a los plantíos, y donde las gallinas, ganzos y perros son transeúntes testigos de lo que acontece.
Nada nuevo para mi, estuve en este sitio hace 4 años, solo que con menos audiencia: descendimos al frente de la casita de la бабa (abuela) Stefania y el malón de gente salió a recibirnos, entre llantos, manos alzadas y sonrisas, un cóctel emotivo sin precedentes.

Parecía que todos querían ser testigos del cruce de mundos, los de allí abajo, tan lejanos, desde literalmente el culo del mundo, Argentina una tierra prometida a mediados del siglo XX donde fué a parar Ксенія, esa que en El Palomar todos conocían por Elena, pero que siempre para nosotros los nietos argentinos era la abuela Ale, un lío de nombres solo posible gracias a la magia de la trasliteración y el humor de los empleados del Hotel de Inmigrantes donde se recibían a todos los paisanos que buscaban un futuro promisorio en el sur del mundo, la tierra fértil de Perón y Evita, esa que se pateaba el suelo y florecía la fortuna frente a una devastada Europa de post guerra.
   
Al encuentro se habían citado de todas las latitudes, nadie quiso perdérselo, vinieron primas desde Kramatorsk, el otro extremo de Ucrania, desde la profundidad de la zonas de conflicto separatista pro Ruso, les importó poco y aprovecharon para juntarse y visitar a la parentela con la excusa de la visita de la prima argentina. Vino Halina y Roman desde Bilgoraj, Polonia, dos viejos conocidos para mi. Por supuesto se sumó toda la parentela de Sokal con Andrej, Tania y su pequeño David, su hermano Ostav con su pareja, todos reunidos en el salón de la que personita que teniamos en común: Stefania, esa viejita petisita, arrugada, vestida tan sencillamente con su pañuelo cubriendo su cabello y con una energía envidiable a sus 80 y largos años.

Eramos todos tan diferentes y tan similares a la vez, nos fundimos en abrazos, nos llenaron de besos, no podían creer que estemos allí, nos tocaban para ver si eramos reales, nos volvían a abrazar y no dejaban de citar frases de emoción que dificilmente pueda recordar, aquí no valía demasiado el polaco, el inglés estaba de adorno y mis años de alemán sirvieron para comunicarme apenas con la bella Vanesa que a sus 11 años es la que más idiomas en común conmigo tiene. En el este de Ucrania es o bien ucraniano o ruso, pero no fue impedimento, no faltaron motivos de diversión y silencios tratando de procesar información y esfuerzos para hacernos entender, transmitir las emociones acompañadas de gestos.
Como en toda reunión familiar, las señales de afecto abundan, pero también las comidas y particularmente en los países del este siempre vienen regadas de variedad de opciones de bebida de alta graduación alcohólica. A diferencia de los occidentales, en estos lados, en la mesa siempre hay bebidas de alta graduación, y se acompaña de bocados de alimento, lo cual hace que el ritmo de beber sea pausado, y se extienda durante largas horas lo cual hace que el efecto termine siendo un poco menos brutal sobre el organismo y me atrevo a decir que el hígado lo agradece de algún modo. Mientras que por occidente lo que hacemos es beber con una copita de vino y pegárnosla fuerte al salir con un cóctel o tomando un "chupito" tras otro sin comida de por medio, desde luego la reacción en el segundo caso es mucho más violenta al organismo. Vamos, que tomamos bebidas de alta graduación cuando lo que buscamos es literalmente alcoholizarnos...

Me había desacostumbrado a esto y es casi imposible seguir el ritmo a Roman que cada quince minutos o menos consigue una excusa válida para brindar, pero mantuve mi paso, pude resistir, flaqueando en algunos brindis estirando el pequeño vasito lo más que pudiera.

La jornada se extendió hasta altas horas de la tarde, entramos de día y nos fumos de noche, pasaron por allí repetidos platos y manjares, brindis tras brindis acompañados de cantos típicos a los cuales debimos responder con alguna canción argentina que entonamos con mucha deficiencia, pero a estas alturas qué importaba, nadie nos entendía, ellos solo querían oír el castellano, que los sonaba tan particular, tan diferente, y mucho más afable que el inglés según nos decían.

Este cóctel fué maserando una idea algo alocada entre los participantes, y que no teníamos en mente los visitantes: a alguien se le ocurrió proponer de visitar a la familia de la provincia de al lado, lo que surgió como una idea loca se terminó tomando en serio y a los pocos se materializó en un viaje relámpago a las profundidades de Тернопіль (Ternopil) a visitar "el origen".
   

Más fotos AQUI y también AQUI