Lviv Óblast, tierra madre (I)

Es en esta etapa donde se conjugaría el punto máximo de emociones y ansiedad de todo el proyecto, tanto en su planificación como a lo largo de su definitiva concreción.

Hay tanto para contar sobre lo ocurrido entre mi llegada a Lviv y mi arribo a la siguiente parada programada en Cracovia, que he optado por desglosarlo en varios relatos para poder explayarme y no confundir con un texto extenso.

Planificar un viaje a una región remota en la cual no solo no conoces el idioma sino que quieres encontrarte con gente que es parte de tu familia, pero con la cual apenas has podido comunicarte es un desafío. Si a esto le agregamos el factor de lo desconocido, de no saber cómo reaccionará esta gente, de no tener una idea concreta de cuándo y cómo te encontrarás, ni precisamente dónde irás a verlos, genera aún más incertidumbre y ansiedad.

En este momento del viaje, la planificación quedó a un lado y comienzan a seguirse trazas alternativas que le dieron el mayor y mejor sabor a la experiencia.

Tras 5 horas de circular en el tren Intercity, arribo a Lviv alrededor de las 23hs. La estación, si bien plagada de gente que descendía del ferrocarril, contaba con muchos andenes y trenes aparcados, todo esto bajo una luz tenue que daba un aire lúgubre digno de una escena espías.
Los tranvías ya no paraban y seguían de largo, por lo que no tuve opción más que ir de a pié. Tuve la sensación de trasladarme a los años 50: una ciudad con calles empedradas, plagadas de vías y cables de tranvías, luces amarillentas y pobres que no me permitían distinguir a lo lejos, la ciudad lucía sumamente clásica, la típica capital de Europa occidental en contraste con Kiev en donde se notaba claramente la influencia soviética.

Constituyó históricamente una capital cultural donde se vincularon las culturas ucraniana y polaca, y es por ello que su casco histórico es consdierado Patrimonio de la Humanidad. También es un símbolo de la resistencia ucraniana al comunismo soviético, y donde surgen también movimientos o sentimiendos nacionalistas ucranianos más arraigados, con lo bueno y lo malo que esto implica.

La ciudad está situada en una zona casualmente conocida como Galitzia (y poco tiene que ver con la Galicia de España). Su nombre deriva de León, de allí que en español se la conozca como Leópolis. A lo largo de su historia pasó de mano en mano repetidas veces, formó parte del Reino de Polonia, de la República de Dos Naciones y también formó parte del Imperio Austro-Húngaro, motivo por el cual tuvieron lugar en la ciudad batallas durante la Primera Guerra Mundial, y también fue primeramente ocupada por los Soviéticos en los preludios de la Segunda Guerra Mundial, y luego por la Alemania Nazi, siendo lugar de brutales matanzas y del exterminio de judíos casi en su totalidad, con la colaboración de ultranacionalistas ucranianos (de aquí surge mucha polémica que está muy vigente hoy con las diferencias entre ucrania del este y el resto del país), siendo uno de los pocos sobrevivientes el famoso "cazador de Nazis" Simón Wiesenthal.

Como pude y con mucha suerte encontré el hostel, no sin haber pasado algo de sosobra al estar tocando timbre en otra puerta con el mismo número, pero por suerte quienes me alojarían estaban avisados y me esperaban en la puerta correcta, por lo que me vieron y me rescataron de esa escena. Debo admitir que sudé frío cuando en la oscuridad dos personas se acercaron a mi...y todo terminó con un "...mister Gonzalo? We were waiting for you, please, is in this door" Ufffff que alivio!

En el hostel, muy familiar, la gente estaba algo revolucionada por la presencia de un argentino, alguien que de tan lejos venía a estas latitudes. Debo decir que con toda humildad me ayudaron en todo momento, incluso me prepararon el desayuno que ya no ofrecían, pero como en mi reserva, hecha con tanta antelación estaba pautado, debieron improvisar y creo que fué uno de los mejores que tuve en esa semana.

Los caminos alternativos comenzaron a surcarse cuando al momento de acostarme, reviso mi teléfono y tenía un mensaje de Galina, la prima ucraniana, con quién se suponía que me encontraría recién en tres días. Me proponía irme a buscar al día siguiente (domingo) ya que su madre había venido de Polonia y se tenía que ir el miércoles, y le hacía mucha ilusión verme. 

Desde luego que esto alteraba muchas cosas, entre ellas, mi reserva en el hostel, pero como bien dije, en todo momento la gente del lugar me ayudó, y acordé pagar por esa noche y por dos noches más posteriores al día de mi supuesto regreso a Lviv, tras visitar a la familia. Por supuesto esto finalmente nunca ocurrió, y pagué unas noches de más, pero por todo lo que siguió en la historia, valió la pena y no me arrepiento de haberlo hecho.

Al mediodía siguiente habíamos pautado me pasarían a buscar, ya que ellos no viven en Lviv, sino en una ciudad situada a unos 80kms llamada Sokal.

Di unas vueltitas por la apacible barriada, y a la hora pautada, ubiqué un punto estratégico de la plaza de en frente, que era paso obligado de todos los vehículos que desembocaran en la calle del hostel. Ahí sentadito como un niño ansioso, me quedé esperando, y dándome cuenta que estaba esperando a gente desconocida, para subirme a un coche con ellos, y dirigirme a un lugar desconocido en medio de Ucrania...
Cada coche que pasaba acaparaba mis miradas, me estiraba a ver si veía a esa persona que conocía de haber intercambiado alguna videollamada y ver algunas fotos. Hasta que se materializó unos 10 coches después, ahí llegaron Vasilij conduciendo su Chery y en el asiento de acompañante Galina. Cruzamos miradas y nos reconocimos inmediatamente, detuvieron el vehículo, salieron, me acerqué y nos fundimos en un abrazo como si fuese que nos conociéramos de toda la vida. Tan intenso que hizo que todos mis dudas y pensamientos desaparecieran inmediatamente.

Sentía que generaciones nos abrazaban, sentí a mis abuelos unidos en ese abrazo, sentí a mi madre, a mi familia abrazándonos, sentí cariño y afecto, sentí que se cerraba un circulo de años y años. Sentí con toda la energía del mundo que estaba logrando lo que me había propuesto!

Recogí mis cosas y monté en ese coche con "desconocidos".  Antes de partir, les pedí que vayamos a la estación de tren, ya que yo quería comprar mis pasajes a Polonia. Me ayudaron con el trámite, con las traducciones y al momento de pagar, un choque con la precariedad ucraniana hizo que no pudiera abonar con tarjeta, y el choque con la precariedad argentina hizo que no pudiera tener el efectivo para pagar, con lo que para mi vergüenza, Vasilij y Galina sacaron los 800Uah y pagaron en efectivo el pasaje.
De allí salimos de viaje hacia Sokal, su ciudad, en un periplo en el cual pasamos de circular en una ruta como cualquiera de las nacionales en Argentina, que luego se convirtió poco a poco en lo que sería un provincial de las nuestras y terminó mutando en un camino vecinal donde el asfalto se mezclaba con todo tipo de pozos y nos demoramos una hora en hacer sólo 20kms. Todo esto acompañado de mi progresivo cambio de cara de sorpresa por el tremendo deterioro de una ruta tan transitada, a lo cual se reían y me dijeron "Fin de la civilización".

Durante todo el trayecto, como a lo largo de los días siguientes, hicimos lo que pudimos para comunicarnos, y poco a poco nos fuimos poniendo cómodos, explotando los estudios de idiomas que Vasilij tenía guardados en algún rincón de su cabeza, el pobre hizo un gran esfuerzo para ayudar a que nos entendiéramos todos. Google hizo lo suyo, y un mix de palabras aprendidas en ruso, algo de polaco, un mix de alemán y el lenguaje universal de señas, que se combinaron con la presencia en días posteriores de Katia, una vecina de Sokal que nos hizo de intérprete y echó luz sobre muchas de nuestros diálogos y formó parte de muchas salidas que tuvimos en conjunto.
Para seguir condimentando la aventura, el destino final era un bloque de edificios soviéticos, con un aspecto exterior dejado y su fecha de inauguración estampada en números enormes en los laterales, donde se podía leer claramente 1980. Nuevamente cierto temor se apoderó de mi al preguntarme a mi mismo dónde me estaba metiendo, pero seguí el instinto que era el que me había guiado hasta ese punto, y atravesé el portal, unas puertas vaivén de madera, muy venidas a menos, que siempre permanecen abiertas. Nos adentramos en las escaleras casi tenebrosas, en cada piso se situaban tres puertas, y en el tercero de frente fué donde golpearon, allí se asomó una señora regordeta, rubia, desenfrenada por verme la cara, por abrazarme y saludarme, apretarme entre sus brazos, pellizscarme y llenarme de besos y alabanzas. Era Hanna ("Halinka"), la prima hermana de mi mamá, a quién se le escapaban lágrimas de la emoción, y entre sus palabras logré distinguir que hacía alución a mi parecido con el hermano fallecido Orest, y con sus hijos Andrij y Ostav.
Tras de la bienvenida, nos esperaba una comida "ligerita" casera a la ucraniana, y por a tarde nos fuimos de pick-nik a la casa de los padres de Vasilij, en una campiña a las afueras del pueblo, con su huerta, donde abundaron los deleites caseros, las bromas, la parrilla ucraniana, y desde luego las preguntas sobre el por qué de mi visita a Ucrania, a lo cual, como pude y con paciencia, puse todo mi empeño en explicarles: el motivo de mi visita a su país era ni más ni menos que encontrarlos, conocerlos y compartir ese momento con ellos.

Mi visita a Ucrania estaba siendo lo que yo esperaba, estaba logrando mi objetivo y aún faltaban más sensaciones por compartir.

AQUI un video impactante de la ruta entre Liviv y Chervonograd