Ruta del desierto

Esta es la tercera entrega de Patagoniando, una secuencia de relatos que describe una travesía de 5000 kilómetros por las rutas argentinas en el verano del 2023.
La entrega anterior la encuentran en Bariloche, cuna de leyendas

Recuerdo la mañana soleada mientras sacábamos los últimos pertrechos de la casa para meterlos al baúl del coche estacionado sobre la calle de tierra en la entrada.

Desayunamos en la mesita al aire libre, respirando el aire patagónico bajo los rayos de sol que se colaban entre los árboles por última vez. Luego, el ritual de despedida.

Los 1800 kilómetros de regreso a la Capital amedrentaban en el inconsciente, pero la confianza del equipo de manejo estaba firme. El regreso sería por otra ruta para no repetir paisajes, aunque en tanta vastedad era imposible pretender algo muy diferente, pero estaba sellado que el regreso sería por la tristemente célebre Ruta del Desierto.

El descenso

Se cerró el portón, la llave quedó escondida en algún armario siguiendo las instrucciones de la dueña de la casa que no estaba para despedirnos. Encendimos el auto, hicimos las maniobras para retomar sobre el camino y descender de la ladera por ese camino de tierra que ya habíamos aprendido a controlar el día anterior.

Nada podría salir mal, excepto que entre el lento movimiento y equilibro entre rocas y surcos en el último de los giros de 180 grados en desnivel, el pedal de freno no llegaba al fondo, se trababa a mitad de camino y se encendió un arbolito de navidad de luces en el tablero. 

La pendiente era por suerte mínima y el camino seguía recto, el coche se movía a una velocidad muy lenta pero no respondía a los frenos. Comencé a desesperarme, frené con el de mano y apagué el motor. Volví a encender, las mismas luces, errores ilegibles y el pedal que se trababa a mitad de camino. Repetí el procedimiento una, dos, tres veces hasta que como por arte de magia el pedal fué a fondo sin fuerza alguna, las luces se apagaron y el coche frenó nuevamente de manera normal.

El alma volvió al cuerpo, pero con una exclamación enorme a sabiendas que el tramo para este día sería de nada menos que 1000 kilómetros.

Bajamos al ACA sobre el lago, cargamos combustible, limpiamos los vidrios y nos apostamos a un costado a inflar los neumáticos. Razoné que los frenos se habrían trabado por alguna piedra, que habríamos cruzado de sobra y por eso intenté con agua a presión limpiar las ruedas. Inocente o no, pareció haber funcionado.

El coche volvió a ser el mismo, nosotros poco a poco fuimos ganando confianza nuevamente en él y esta relación nos acompañó hasta llegar a resguardo en casa.

Los confines de la Patagonia

Salimos despacio, tomando temperatura y cuidando el coche así como los semáforos y los radares furtivos de la hambrienta policía rionegrina.

En Dina Huapi vino a mi mente mi amigo Walter, que está allá lejos en las afueras de Stuttgart. Su hermana vive aquí, cómo olvidarlo. En su visita a Argentina compartimos empanadas en su humilde departamento del caótico barrio de Once.

El regreso estaba pautado, tanto como a la ida, en dos tramos de casi igual distancia, promediando los mil kilómetros cada uno.

Al cruzar el Río Limay, ya en la provincia de Neuquén, la ruta 237 se presentó en un perfecto estado siguiendo las caprichosas vueltas entre el río y la barda, con imponentes vistas del valle, que se fueron convirtiendo en miradores de altura a medida que subíamos en el mapa y cobran relevancia en la unión con el Río Traful, cuando el nivel de agua comienza a ensanchar producto del Embalse Alicurá.

El camino se pierde luego barda arriba hasta el descanso y refill tanto de agua para mate como de combustible en Piedra del Aguila. Incluso en el pueblo la radio es imposible de sintonizar, no hay manera, hay que recaer en la música pre grabada.

Seguimos avanzando hasta el siguiente plato fuerte, donde el río se ensancha aún más coloreando el horizonte rojizo con un celeste verdoso enceguecedor. 

Estamos en tierra de gigantes. El enorme Embalse Ramos Mexía contenido por El Chocón alberga en sus laderas un museo de gigantes dinosaurios que poblaron la Patagonia millones de años atrás, y vaya uno a saber todos los que se habrán perdido debajo del agua.

El embalse ofrece un cruce entre provincias, es custodiado por Gendarmería, por ser un bien estratégico aunque esté en vistas privatizarlo por estas épocas en las que escribo. Ya tuve la suerte de estar aquí en otra vida, recuerdo bajar y asomarme por el vertedero aliviador de la represa, y que un gendarme se tire prácticamente corriendo detrás a los gritos para que salgamos de allí.

El color del horizonte en estos parajes es binario: celeste verdoso del agua o un marrón rojizo del terreno. Verde es un lujo por estas latitudes.

Seguimos camino hacia Neuquén, esta vez aprendimos de los errores a la ida, y evitamos todo el tráfico y semáforos de la "multitrocha" desviando por la circunvalación a la altura de Plottier, que esquiva las ciudades del valle circulando barda arriba.

Coqueteando con los ríos y sus valles, seguimos hacia el norte por el valle del Río Neuquén. Es fantástico el efecto del agua en el paisaje, si kilómetros atrás el verde era un lujo, en el valle todo es humedal y verde intenso.  

Barda del Medio fué el punto de re ingreso a Río Negro, para seguir rumbo norte a través de la Ruta Nacional 151 que se proyectó hacia el desierto por una ruta de intenso tráfico relativamente intenso y un asfalto calamitoso.

Las ondulaciones del terreno con el asfalto en el que resaltan profundos surcos producto de camiones con exceso de carga que circulan impunemente por las invisibles rutas del interior, nos daba terror tanto para entrar a un desnivel ascendente y que literalmente el coche se clave en el medio debido a la profundidad de la huella, así como para hacer maniobras de sobrepaso que obligaban a sacar el coche de la huella en velocidad poniendo en riesgo la integridad de todos.

El lamentable estado de la ruta y el incipiente atardecer que se ponía en el horizonte nos hizo temer del potencial estado de la ruta del desierto que nos esperaba por delante. Por ello, al llegar a Colonia 25 de Mayo ya en La Pampa, decidimos cargar combustible y hacer noche junto al Río Colorado, mirando la Patagonia desde en frente.

En un modesto paraje tuvimos que escoger entre el Motel del ACA y alguna de las dos hosterías que había al alcance y todo se resolvió en una charla de mostrador al momento de pagar el combustible, donde el empleado de la estación de servicio nos hizo una contraoferta que no se podía rechazar para alojarnos en el motel y recibió su merecida propina por ello.

Noche repleta de mosquitos al lado del Río, cena mirando una pequeña represa que conectaba las provincias y un el tráfico incesante de camiones con curiosos decorados de luces que se perdían en el desierto, tanto para un lado, como para el otro. Lo importante era descansar.

El desierto y mas allá la inundación

Por la mañana temprano amanecimos con el sol del otro lado, la Patagonia lucía diferente, rosada, lejana. Desayunamos en la estación de servicio y arrancamos. Un par de kilómetros más adelante estaba el desvío, dejamos la catastrófica calzada de la Ruta 151 para doblar por la Ruta Provincial 20, popularmente conocida como Ruta del Desierto.

Se abrió ante nosotros un amplio camino en perfecto estado en el cual pudimos circular sin problemas ni mayores inconvenientes salvo por el hecho que teníamos el sol creciendo desde el Este hacia donde nos dirigíamos.

La ruta es prácticamente una recta de 280 kilómetros, desde el cruce hasta el paraje La Reforma donde apenas se desvía hacia el norte para desembocar en Chacharramendi. En todo el trayecto no hay servicios más que algunas fuentes de agua e incluso improvisados paradores donde la sombra es inexistente, seguidos de muchos carteles recordando lo peligroso que quedarse dormido al volante y recordando que es mejor parar, ya sea explícitamente o bien con "monumentos" de coches destruidos por accidentes en el camino para llamar la atención.

Para nuestra sorpresa, nuestros temores tras la experiencia del día anterior desaparecieron y pudimos hacer este trayecto en perfectas condiciones y rápidamente llegamos al límite oeste de la Provincia de Buenos Aires, tras superar General Acha y toparnos nuevamente con las apuradas obras del Gasoducto Nestor Kirchner rebautizado Perito Moreno para extraer las riquezas naturales de Vaca Muerta, que desencadenaron una horda de obras en esta zona, entre ellos, el acondicionamiento de las rutas para facilitar el transporte del material de la obra principal.

En el trayecto decidimos optar por ingresar a Buenos Aires atravesando una zona que le representó un hito para nuestras aventuras, y dado que las rutas están en muy buen estado a comparación de lo que eran hacía 10 años, visitamos uno de nuestros lugares en el mundo, Carhué. 

El intenso sol y calor pesaban junto a las horas de manejo. La plaza central estaba desolada, comimos allí bajo la gigante torre del ayuntamiento, genialidad de Francisco Salamone, nos deleitamos con un El Hado y si bien el tiempo y los kilómetros apremiaban, desandamos un poco de tierra y piedras para no perder la costumbre hasta las Ruinas de Villa Epecuén que para nuestra sorpresa, por suerte para su cuidado, pero para desgracia por nuestra corta visita, están ahora cerradas al público y se requiere una entrada.

Claramente la laguna está ciclo bajante, ese mismo proceso que hace cosa de 40 años hizo que el humano altere el ciclo natural en búsqueda de mantener su voraz apetito económico llevando a la posterior destrucción de la ciudad que permaneció más de 20 años bajo el agua.

Si bien no pudimos entrar, fué grato poder visitar y sacar algunas fotos, recordar esas lindas vacaciones de una década atrás, y seguir viaje, atravesando todas las encadenadas hasta Bolivar.

El periplo de estos últimos casi 1000 kilómetros culminó bañado en una intensa tormenta que nos alcanzó en plena ruta 205, un territorio conocido pero cargado de tráfico en un domingo de verano con miles de citadinos que regresaban de haber buscado un refugio al calor en algún camping o country de zona sur. 

Con la intensa lluvia se lavó la tierra que cubría el coche desde nuestro primer destino en Villa Pehuenia 15 días atrás. Pero no se llevó, sino más bien decoró nuestros recuerdos de esta aventura Patagónica que concluye tras unos 5000 kilómetros recorridos.


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