Ljubljana, la vía eslovena

La vía eslovena es una frase que se oyó bastante durante la escalada de tensión en los meses de septiembre y octubre de 2017 cuando se debatía en cada rincón de España sobre la posibilidad de secesión de Catalunya, como un modelo a seguir de país que auto proclamó y logró su independencia.

Y es mera coincidencia que mientras Eslovenia aparecía en el mapa de los noticieros de la península, yo me dirigiera hacia este pequeño país balcánico, miembro de la ex Yugoslavia estallada en pedazos una década después de la muerte del Mariscal Tito, aquel personaje con tanta cintura política capaz de mantener bajo una misma bandera regiones con culturas y religiones tan diversas, y coquetear con Moscú y Occidente al mismo tiempo durante tantos años. 

Eslovenia surgió como un impulso de contribuir con el deseo de Juan(chi) un amigo de la patria que llegaría de visita familiar y en el que latía el deseo de conocer la tierra de los orígenes, pero necesitaba ese compañero de viaje. Y claro, si se trata de orígenes, de historia familiar, de ancestros, de árbol genealógico, desde luego que no me puedo contener. (Ver Secuencia Origenes).
En este periplo hubo una escala previa de apenas una noche, más bien, unas horas, en los alrededores de Múnich, más precisamente en el recóndigo Dießen am Amersee, un pequeño poblado donde Juan visitaría parte del legado familiar emigrado por las lejanas tierras bávaras.

El compañero de viaje, o sea, yo, abandonó su puesto de trabajo temprano ese día, embarcó un avión, aterrizó en Múnich, se subió al S-Bahn y luego de tres combinaciones diferentes en dos Regional Bahn llegó en el minuto exacto a la oscura y fría por esas horas estación de Dießen. Puntualidad alemana claro, y allí me estaban esperando, con la cena, baviera a todo trapo: Kartoffelsalat, Wießwurst y un barrilcito de Paulaner. Me trataron como un rey.

La parte dura vendría la mañana siguiente, ya que la combinatoria de trenes nos exigía partir muy temprano. Allí fué cuando la princesa de la casa rompió en llanto desgarrador porque no quería que el padrino se le fuera. Todavía oigo esos alaridos, y a su vez me río con el posterior enojo con su padre por habernos llevado a la estación.
Haciendo alusión al título, el trayecto era en su totalidad a través de vías férreas. Desandamos el trayecto coqueteando con los Alpes hasta llegar a Austria, donde descendimos en Villach unas 4 horas después y trasbordar, de algún modo, al pasado: el tren que nos esperaba distaba de la elegancia de los ferrocarriles austriacos y alemanes, más bien coqueteaba con el street art que había hecho mella en el exterior de sus vagones. Por dentro, estos consistían en compartimentos de 6 personas, el polvo se notaba en el aire producto de las ventanas abiertas. Aún así, mantenían su elegancia de años, pero eran trenes conservados, con su estirpe y ni el orgullo de seguir rodando.

Apenas hora y media nos bastó para cruzar los Alpes a través de un túnel eterno atravesando sus entrañas, perdernos por extensos campos sembrados, ver algún que otro ciervo saltando entre ellos y llegar a la capital del país, Ljubljana. Si, ya se que es complicado, pero no volverse locos, se pronuncia "liubliana", y dicen que viene del verbo ruso любовь.

Cuando decía el viaje al pasado, es porque siempre que se cruza lo que alguna vez se conoció como la Cortina de Hierro, se evidencia en todo sitio el efecto de algún modo relegado de la infraestructura, y esto no quiere decir el no desarrollo de los países, sino simplemente está la influencia soviética, y en este caso particular, una guerra devastadora que por suerte para Eslovenia, le tocó de costado.
Estación pequeña, con mucho tráfico, y trenes vetustos circulando como servicios de pasajeros urbanos dignos de fotografiar, frente a la estación, pequeña estación de buses, y pequeñas calles hasta llegar al río... por si no lo notaron, Ljubljana, con apenas 280 mil habitantes, es una capital pequeña, pero potente

Al recorrer sus calles uno se entremezcla con el escenario de lo moderno, lo clásico con esas casonas y edificios de la época imperial tal vez, y la intervención soviética. Pero aún así, la ciudad es muy pintoresca, con el río Ljubljanica zigzagueando coquetamente la colina desde la que observa el Ljibljanski grad (castillo) emblemático.
En el corto trayecto del casco histórico, el río es atravesado por varios puentes, uno de ellos cuenta por tres ya que se lo conoce como el triple puente y desemboca en la Plaza de la Iglesia de la Anunciación, punto de confluencia de las margenes de la ciudad, y centro neurálgico del paseo por el casco histórico donde también desembocan las peatonales comerciales.

Sin embargo, unas centenas de metros más alejado de este punto peatonal, existe el que a mi criterio es el más emblemático puente de la ciudad, por el que circulan vehículos y peatones incansablemente. El Puente de los Dragones, que decoran sus extremos con su mirada fija en el transeúnte. Son el símbolo de la ciudad, y la leyenda dice que cada vez que una virgen cruce el puente, los dragones escupen fuego. Desde luego, basándonos en la leyenda, no hay vírgenes en Ljubljana.

Durante nuestra estadía en la ciudad tuvimos la gracia y el beneplácito del sol, dejando de lado el frío nocturno, y la espesa niebla que se posaba sobre nosotros durante toda la mañana, una vez que se dispersaba las bondades de la ciudad quedaban a la intemperie.
Recorrimos de arriba abajo una ciudad con ánimos de cambio, que como dije anteriormente sufrió los vaivenes de un turbulento siglo XX bajo diferentes mantos: Lo inició siendo parte de un imperio que se desmembró tras la Gran Guerra, formó parte de un reinado heterogéneo de Serbios, Croatas y Eslovenos posteriormente ocupado por la Alemania Nazi y la Italia Fascista, para re instaurarse como la República Socialista de Eslovenia miembro de la Yugoslavia en la pos guerra y permanecer unidos hasta estallar la sanguinaria Guerra de los Balcanes que sin más, tuvo su inicio en la mismísima Ljubljana, al ser Eslovenia el primer país de la ex Yugoslavia en querer ser independiente, y sufrir un episodio bélico conocido como Guerra de los 10 días, donde los Serbios intentaron volver todo atrás, pero terminaron cediendo a las peticiones eslovenas para centrarse en las masacres a cometer en otra región que quería independizarse: Croacia, Kosovo y Bosnia.

En un país que está aprendiendo a ser modelo, y que está recibiendo con beneplácito la llegada de turistas, y aprendiendo a vivir con ello y de ello, orgullosamente de su pequeñez y aceptando la sencillez que ello les permite.

Dejo para el próximo capítulo la gastronomía, el auge bohemio de la ciudad, la noche y la escapada al más exquisito de los paisajes Eslovenos en Bled.
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