Bled, la isla eslovena

El sábado fué otro día de un sol brillante, esos que se aprovechan y exprimen hasta que se esconde, como si se acabara el mundo. Nos sumamos a locales y algunas manadas de turistas que se agolpaban en la pequeñísima estación de buses para el traslado al famoso lago de Bled. Por la errónea información de parte de la gente del hostel, involuntaria, acudimos esperando sacar el pasaje en el bus, y ahí nos topamos que no se podía. Nos mandaron no muy amablemente a comprarlos a la boletería, donde el zasca fué mayor ya que la señora optó por meternos en dos buses más adelante (es decir, dos horas más tarde) porque "ya estaba lleno" el siguiente intermedio.

Frustrante es quedarte haciendo tiempo, y ver que cuando te subís con el bondi lleno, da la vuelta a la esquina y empieza a parar lógicamente a más gente en otras paradas y no solo que suben, sino que también el chofer les vende el boleto. Una rabia de no creer, pero un ejemplo de cuando antes decía que el país está "aprendiendo a vivir" del turismo. Algunos, tal vez todavía no comenzaron.

Dejando este percance de lado, el viaje a Bled es un poco tedioso, seguramente con los años alguna empresa se dedicará a explotarlo de otra manera, pero se viaja en un bus de servicio regular, algo caro para la región. Demora hora y veinte en llegar, atravesando diferentes pueblos que al menos permiten disfrutar del paisaje, pero el ritmo es preocupantemente lento, o será que estaba impaciente.

Lo bueno es que al llegar a destino, se caminan escasos metros y uno ya está ahí, contemplando el pequeño lago con sus 6kms de diámetro, coronado con la única isla del país. Si, leyeron bien, la única!
Y como es la única, no escatimaron en hacerla bella, en que tenga encanto, y atraiga a las masas con el simple deseo de verla, contemplarla y por qué no visitar la iglesia que en ella se encuentra, a la cual se llega en bote.

El agua era un espejo, y tentaba a caminar sobre ella hasta la misma isla. Producto de la espera y el sol, el hambre se hizo presente y otra vez estuvimos faltos de astucia, debimos habernos llevado algo, ya que este lugar es particularmente turístico, y hay opciones pero desde luego no las más baratas. Resignamos el bolsillo, y sin haber pagado extraordinariamente caro, nos dimos el gusto de sentarnos en la terraza del Café Vila Preseren, del hotel de similar nombre, con vistas al lago, muy paquete todo! Nos sentíamos de otra clase. Y ya que los eslovenos tienen mucha variedad de tardas, degustamos la muy famosa Kremna Rezina, orgullo local.
Recuperadas las energías, nos sumamos al incesante ir y venir de personas que gastaban el asfalto de la costanera, del camino circular alrededor del lago y también gastamos la iglesia de tantas fotos que le sacamos. Cuando bajó el sol, un último esfuerzo nos llevó al Castillo de Bled, una fortificación en altura, sobre el vértice de una roca cuyo valor histórico es dudoso, ya que dentro tiene un museo que deja mucho que desear, es explotado mediante oferta gastronómica para los miles de chinos que se agolpan en esas terrazas, y para el resto de los mortales, es el mejor lugar para tener una vista única del lago y la isla.
Agradezco a Juan(chi) que insistió en subir, aún cuando yo ya lo había sacado de mi mente, y me invitó a entrar pese al costo elevado de la entrada, que con el paso de las semanas entendí un poco más su motivación, cuando desde el lejano José Marmol me llegó una captura de una añeja foto tomada por el padre desde ese mismo sitio.

No duró mucho la estadía en las alturas, un tanto por la ausencia de luz, pero mas porque teníamos los horarios de buses contados, y ahí nuevamente el periplo: si llegar a Bled fué una odisea, la frutilla del postre fué regresar a la ciudad, ya que al querer subir al bus encontramos decenas de personas esperando, y como llegamos muy justos el chofer avisó que debía salir sin poder subirnos a todos, el bus estaba esta vez si, realmente completo. Hubimos de quedarnos esperando una hora a la intemperie con otras almas en pena, sin mucho que hacer, resignados a descansar aunque sea la vista en el trayecto, para recuperar fuerzas. Había que salir!

Pero sobre todo había que cenar, y teníamos en vista ya nuestro sitio, la intención era repetir la comida eslovena que nos sirvieron en Druga Violina, un pequeño restaurant del otro lado del río en el casco histórico, con precios muy accesibles y comida local, típica que habíamos probado la primera noche y nos había gustado, pero como todo en este día se retrasó tanto, nos apersonamos alrededor de las 23 al restaurant, como un campeón me metí adentro enfilando a una mesa, y una de las empleadas cortó la ilusión en seguida diciéndome que sólo servían bebidas ya. Frustración! Es un sábado, no me pueden cerrar la cocina tan "temprano" (costumbres latinas que uno tiene incorporadas claro) Lo triste fué ver que alrededores no había muchas más opciones, estábamos en las mismas, y debimos caer en el viejo y querido salvador payaso de las hamburguesas para menguar el hambre y suprimir el riesgo de una noche más sin cenar.

Lo que pasó después fué el periplo de una noche en la que se salió, recorriendo bares entre la espesa niebla. Los detalles de la vida nocturna de Ljubljana los dejo en una sección más abajo.

Culminada la salida, era momento de despedirnos también de esta aventura por la ciudad de los dragones.


Ver el album completo AQUI

La noche de Ljubljana

No es habitual esta sección, ya que no suelo hacer uso de la noche en mis recorridas, son más bien para conocer paisajes y costumbres, pero esta ocasión hubo lugar a salidas, y quería dedicarle una sección apartada del clásico.

Underground

Como mencioné en el capítulo anterior, la capital Eslovena tiene su lado cool, hippie o reaccionario si se quiere. En este sentido, Berlín siempre es una referencia y nos dijeron que en una remota parte de la ciudad, existía un sitio con cierto aire berlinés de nombre imposible de memorizar.

Teníamos dos noches y decidimos el viernes probar por este lado oscuro de la ciudad donde mientras caminábamos nos brotaba el reflejo del nerviosismo con el que uno pasea por calles oscuras por la patria cuando nos cruzamos algún personaje extraño, pero por suerte solo basta con hacerse el distraído o apurar el paso.

Allí del otro lado, escondido entre una serie de museos y ministerios montados en edificios modernos, existe una barrera donde se apaga aún más la luz, donde se extinguen las reglas. Se baja un escalón, se entra al callejón, y uno se traslada al sitio con el espíritu más parecido que encontré hasta ahora a la desaparecida Casa Tacheles de Berlín: el under se apersona y te da una bofetada. Donde cuela la tenue luz, la gente va llegando, poco a poco, se materializan, uno no sabe de donde salen, y como no sabemos las reglas de juego esperamos que algo suceda, algo magnífico por lo que todos están ahí reunidos, pero se escurren las horas, cada vez hay más gente, alguna pelea por allí, producto de las borracheras, y alguna puerta que se abre lo que implica la liberación del grifo de cerveza, al menos para nosotros que sin estar preparados no traíamos nada encima, la gente se traía las cosas de casa, nosotros ilusos, pensábamos poder cenar algo. Imposible.
Una foto resultado prestada que refleja lo que menciono. Más imágenes AQUI
El entramado nocturno fué dejando lugar a cientos de personas bajo el rocío y el frío que parecían no sentir, detrás de las puertas que se entreabrían había algunas luces, se oían bandas, son improvisados bares, poco más arriba, algunas ventanas también dejaban entrever siluetas humanas. El lugar cobra vida, se transforma, sin ley, cruzan coches en medio, y deben esperar que la gente abra paso, o que el loquito que trajo una impresora robot que la usa para grafitar el suelo, deba cortar su inspiración para dejar circular algún despistado, que se atreve a pasar por esos 200 metros de calle.

El sitio se llama Metelkova y surge producto de la toma e intervención de un viejo regimiento del ejército del Imperio Austro Húngaro del siglo XIX. Dentro del recinto si se le puede llamar así, está el Hostel Celica, famoso por funcionar dentro de lo que fuera una prisión.

Nos quedamos lo suficiente como para darnos cuenta que nos faltaba que nos faltaba conocer un poco las reglas tácitas del lugar, sumado que al otro día lo que teníamos en mente en principio demandaba cierta capacidad de madrugar.

Noches de clubs

El sábado fué un dia extenso, luego del regreso de Bled, habíamos hecho los deberes y teníamos los bares marcados en el mapa, aunque claro, de noche, con frío y en un mapa en papel que llevaba ya tres días sufriendo el plegado y desplegado, cada marca se hacía difusa. 
Empezamos tanteando para donde iba la gente, el centro es pequeño, y había algunas mareas humanas que iban de lado a lado, un grupo de turistas haciendo el pub crawl, no nos sumamos a esa, y cuando la niebla se comenzaba a hacerse más fuerte, y desde luego, "nos hicimos grandes", inflamos el pecho y encaramos a la puerta del Jet Bar, que habíamos cruzado unas 10 veces de camino al hostel esos días, durante el día pintaba para otra cosa, pero de noche estaba transformado: había dj y conglomerado de gente, entre la que se destacaban algunas señoritas de rasgos muy bonitos (eslavas) rodeadas de corpulentos hombres con caras dignas de haber peleado en la guerra. 

Primera etapa superada, el señor con cara de malo de la puerta, nos dejó pasar, no hubo que pagar, y adentro estaba "la fiesta" no sin apretujones para todo, desde sacar una cerveza hasta ir al baño, digno de mis épocas de adolescencia y las salidas a (un minuto de silencio por favor) Flores.

La música extraña, rara, atípica para nuestros oídos, era una mezcla de sonido árabe, con reggaeton, pop y electro que por momentos era divertido, pero lo curioso era que la gente se sabía los temas, y los cantaba dando voces, parados en las sillas, dando vueltas en pequeña pista que no tenía más de 20 metros cuadrados.

Empujones por todos lados, alguna pelea y borrachines, gorilas sacando gente, y cervezas van y vienen. Era como en casa, de algún modo no? Lo único raro, a decir verdad, fue la música, no pasaron un tema internacional. Atípico.

Tras un buen rato, decidimos no quedarnos con solo lo visto, y fuimos a probar suerte en otro lado. Ya teníamos visto de antes un sitio donde la gente subía por un ascensor externo. A estas horas, y entre la bruma, solo quedaba en la puerta el señor cara de malo que nos palpó para ver si llevábamos armas (hacía años que no pasaba por esa situación), y las chicas que cobraban entrada.

Luego nos invitaron a pasar al ascensor, que nos depositaría en la sexta planta del edificio, donde comprendimos la razón del nombre, Top Six. Un edificio vidriado, en medio de la ciudad, un club a todo trapo, donde había gogós para deleite de damas y caballeros. Por ese entonces, quedaba poca gente, algunos locales y parte del grupo del pub crawl que cruzamos antes. La música, más conocida, internacionalmente al menos, y al final le pusieron onda con la electrónica.

Cuando nos dimos cuenta, o mejor dicho, cuando las piernas me lo dijeron, eran ya más de las 4am, agotados, despedimos la noche entre niebla, y bultos de gente que se distinguían a lo lejos, que regresaban de una noche de diversión y nosotros, culminábamos una excursión de día completo.