Trenes, fiordos y castillos

La última etapa de este viaje fugaz por una sección del vasto territorio escocés la dedicamos a hacer y deshacer kilómetros, teníamos una meta que perseguir con horario de caducidad, y el resto fué improvisación.

Amanecimos temprano en Glencoe, luego de un breve desayuno con la excusa de ingerir algo caliente, ya que el estómago aún estaba bastante ocupado por la pesada cena, emprendimos el camino por entre el bosquecito de alrededor del hospedaje con el sol detrás nuestro.

Cruzamos la bahía por el ferroso puente Ballachulish y superamos el Loch Leven y continuamos por esa estrecha carretera que bailaba coquetando con las costas del Loch Linnhe en dirección norte, donde a lo lejos se podía ir divisando cómo descendían de las nubes las laderas del orgulloso Ben Nevis, el punto más alto del país, guardián de Forth Williams, una de las ciudades más grandes de la región oeste.

Pronto desviamos hacia el aún más lejano oeste, nuestra meta como dije anteriormente tenía cita y horario, pero viajábamos holgados de tiempo. La carretera estaba vacía, solitaria, acompañados de un brillante e inusual sol por estos lados, que pese a todo su esfuerzo no lograba levantar la temperatura del alrededor, pero jugó su papel de relevancia a la hora de llegar a nuestro destino y permitirnos esperar a la intemperie por el evento que nos daría cita.
El viaducto de Glenfinnan forma parte de una de las imágenes más representativas del famoso Hogwarts Express en la película Harry Potter. Este tren conforma uno de los considerados recorridos más hermosos del Reino Unido. Servicio prestado por la West Highlands Line, sirve desde Glasgow a ciudades más remotas como Oban o Mallaig, y además de un servicio regular, cuenta con un tren tradicional a vapor denominado El Jacobite en honor a los Jacobitas que residían y resistieron en la zona por donde se traslada.

Desde luego viajar en el mismísimo tren es toda una experiencia, tirado por una locomotora a vapor y atravesando estos hermosos paisajes no tiene desperidicio, pero dicen que una de las mejores manera de ver al Jacovite y alusionar a su doble Hogwarts Express es observarlo desde afuera, y en Glenfinnan es el punto perfecto.

El horario de paso eran las 10:45 y la ladera de la colina con vistas al viaducto se va llenando poco a poco de gente mientras se aproxima la hora, hay todo tipo de cámaras, trípodes, equipos de grabación. Se oye a lo lejos el traqueteo y miramos atentos al otro extremo, los pertrechos se ponen a punto, y pronto se oye un pitido inconfundible de locomotora a vapor, ahi levantamos la vista, buscamos en el cielo alguna nube adicional que esté siendo generada detrás de las pequeñas laderas del otro extremo invisible de la vía, hasta que se materializa, lentamente desde el otro extremo, sin humo, el recorrido tiene pendiente a favor, por lo que el maquinista deja ir con la inercia la maquina, se adentra en el puente de piedra, y se acerca a la mitad a una velocidad realmente lenta, y es ese momento donde se le da rienda suelta al motor, y uno de los fundamentos de la revolución industrial hace su magia, comienza a hacer uso de esos caballos vapor, y la humareda poco a poco se hace ver por su chimenea.
Llega un punto donde el tren cubre la totalidad del viaducto con su extensión, y ese es el momento culmine donde la locomotora pasa por delante de los espectadores con todo su decoración a base de humo a cuestas. El maquinista, consciente de que estuvimos esperando durante bastante rato, saluda a la multitud para darle un toque de gracia a la escena. Solo faltó que la "grada" aplauda el espectáculo al terminar la intervención de su actor principal.

En el descenso hubo tiempo para ver al actor secundario atravesar el viaducto, el pequeño tren regular de dos vagones cruzaba con algo de vergüenza sabiendo que él era solo un complemento a los ojos de los golosos turistas.

A partir de ese momento todo fué improvisación, fue tomar el mapa y elegir por donde ir. 

En primera instancia avanzamos ruta arriba hasta los confines de la isla mayor, hasta Mallaig, donde se puede cruzar en ferry a la magnífica isla de Skye que quedará para un próximo viaje, habernos cruzado hubiera sido muy pretencioso. Pero en este extremo tuvimos la oportunidad de subirnos al Jacobite que llegaba plagado de turistas. Si, el mismo que vimos pasar por el viaducto, unas horas después llegó a destino.
Poco para hacer aquí para nosotros, pero al menos nos sirvió para contemplar una ceremonia de casamiento local decorada con los sonidos de la gaita en la despedida de los novios hacia el mar.

El siguiente criterio que utilizamos para seleccionar nuestro recorrido fué el de seguir la ruta de los castillos, o al menos de los que pudieramos encontrar de camino hacia donde nos dirigíamos a pasar esa noche, es por eso que teníamos que deshacer gran parte del camino hasta aquí, y en el descenso volver a contemplar el Ben Nevis, pero seguir costa abajo del fiordo Linnhe hasta el primero de los castillos que perseguimos: Castle Stalker, ubicado en un banco de arenas en medio de un islote, de esos que se accede por la zona pantanosa cuando baja la marea, y si bien no nos atrevimos, debimos recorrer parte de ella para poder capturarlo lo mejor posible, peleando con el viento helado que soplaba desde el mar.
Unas cuantas millas más abajo, luego de retomar el rumbo hacia el interior, por un recorrido que desearía volver a recorrer sin dudas con más tiempo y algo más de luz, la noche y las nubes comenzaban a abrazarnos llegando a Loch Awe, impidiendo la visibilidad del monte Ben Cruachan, allí donde yace una de las represas más elevadas del país, que toma agua cada noche del lago, y la vuelve a impulsar por tuberías montaña abajo para generación.

Cientos de leyendas se asientan sobre las cumbres de este munro, considerada sagrada ya que ella los relatos celtas sitúan la residencia de Cailleach, una deidad un tanto confusa según la etnia a la cual se le pregunte.

Custodio de estas tierras, permanece en pié el Castillo de Kilchurn al cual también se accede desviándose del camino y adentrándose en las costas empantanadas del lago, pisoteando charcos y el fango producto de la incansable e intermitente lluvia característica, y debido a que solía yacer en una pequeña isla que quedó unida al territorio luego de alterar el nivel de agua del lago. Es una de las estructuras más fotografiadas, y perteneció al Clan Campbell, quienes eran los guardianes de las West Highlands, y desde luego fué testigo de cesiones de posesión debido a casamientos, batallas y alzamientos.
A solo dos minutos, nos esperaba nuestra morada, en Dalmally, una pequeña estación de tren victoriana situada sobre uno de los ramales activos del West Highland Line que cubre el trayecto Glasgow - Oban. En ella, Liz y Graham residen y mantienen 4 habitaciones a las cuales se accede directamente desde el andén. Forman parte del programa Adopt a Station de la empresa nacional de ferrocarriles, que busca fomentar el uso productivo de los bienes ferroviarios y mantener vivas las estaciones tanto para proyectos (talleres, startups, etc) como meramente embellecimiento. Hay hasta competencias entre estaciones y la que nos alojaba resultó tercera.

Me crucé con esta gema perdida de casualidad y la sumé a nuestro itinerario sin siquiera saber qué había cerca, solo sentí que era imposible no darnos la ocasión de descansar allí, al lado de algo que me genera tanta devoción como los trenes, en un entorno fenomenal y llevado adelante por dos personas que dedican a su proyecto con gran devoción. Recomiendo sobradamente la visita a  la Dalmally Railway Station, se puede llegar muy fácilmente, desde luego, en tren!
Última cena en Escocia a la vera del Loch Awe bajo la sombra del místico Ben Cruachan, rodeados de espíritus nocturnos que sobrevolaban silenciosos el lago, y arroparon al descanso, con algún tren fuera de servicio que atravesó las vías por la noche incluso, el descanso fué completo, pero más lo fué el desayuno de la mano de los anfitriones, que hasta nos habían recibido con botellas de vino y regalos por un aniversario celebrado en sus tierras.

Emprender el regreso hacia las ciudades es duro, y el camino lo hizo aún más pesado. Todo lo que no llovió en días previos, se descargó esa última mañana en nuestro camino. Teníamos la intención de disfrutar de las vistas del segundo lago más grande, el Loch Lomond, corazón del Parque Nacional homónimo, pero para nuestro desasosiego, las nubes tenían decididas posarse sobre él y arroparlo celosamente impidiendo que disfrutáramos de sus paisajes.
La imposibilidad de hacer paradas intermedias hizo que nos sobrase tiempo para alguna visita que resultó en una grata sorpresa en Glasgow y la dejaré para otro relato, pero también inconscientemente parecía que no queríamos irnos porque de retorno al aeropuerto nos perdimos en el camino y recorrimos unos cuantos kilómetros más por un desvío mal elegido.

Escocia nos despidió llorando, no creo que seamos los únicos a los que despide así, me quedo con la satisfacción de que nos sonrió bastante más que a muchos, y de que estoy seguro la separación no será permanente, ya que tengo expectativas de poder seguirla recorriendo, por sus costumbres, por su buena cerveza, porque hemos de probar su whisky, por el buen humor de la gente que el pone mucha onda a pesar de convivir con un clima hostil para la mayoría de los que no estamos acostumbrados, y desde luego por sus paisajes, que aún queda mucho por ver.
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