Expedición Pirineus

Las fechas estaban previstas incluso meses antes, y el itinerario germinó basado en segmentos captados de charlas diversas sobre viajes, pueblos, características de remotos, y no tanto, pueblos de Catalunya.

El disparador fué un regalo, una caja con múltiples destinos que recibí en el trabajo y entre los tantos destinos, estaba esa palabra que me carcomía conocer desde mi primera visita a Barcelona. Y siendo destinos tan distantes, poco conectados, sin ferrocarriles, decidí invertir en realizarlo a mi ritmo, con un coche y nuestra velocidad crucero.

El primer punto era fijo, teníamos ese obsequio que nos permitía tener dónde descansar, pero el segundo fué producto del antojo, pensando en los pueblitos que visitar en el camino. Desconociendo la dimension de las rutas, tracé un circuito con origen y destino similar, partiríamos desde el Aeroport del Prat y ahí regresaríamos, pero claro está no saldríamos volando.

Los momentos de sosobra se vivieron hasta el mismísimo día de la partida, ya que días previos me acerqué ilusamente a la Dirección General de Tráfico (DGT) a efectivizar el canje de mi permiso de conducir argentino, ya que existen convenios que garantizan que quien ha obtenido el registro en un país, puede recibir el del otro. Pero como todo lo referido a burocrácia en Argentina está ligado a un aspecto gris oscuro, esta no fué la excepción. Con todo el trayecto armado y las reservas ya efectuadas, me topé aquel jueves con la cruda realidad: mientras el sistema normal con todos los demás paises funciona de una manera, con Argentina es diferente, porque Argentina hace que sea diferente, algo tan propio, tan nativo nuestro. En resumidas cuentas, salí de la DGT sin comprobante alguno que garantizara que yo pudiera conducir y el estado de cataclísmo se hizo sentir hasta en Buenos Aires donde taladré cuantas orejas de familiares tuve al alcance para desahogar lo ridículo de la situación y pedirle el favor de ir a solicitar allí los papeles que se requerían (*).

Sacamos coraje, inflamos el pecho y el sábado por la mañana nos dirigimos como si nada nos hubiese alterado esa semana, al mostrador en el Aeroport para retirar el coche, casi temblando de los nervios por el temor de no poder efectuar el viaje y no solo eso sino también perder las reservas, intentaba disimular y mostrarme seguro de todo lo que decía. Hasta que llegó el momento del Carnet de Conducir, donde el empleado se percató que era procedente de Argentina y me preguntó si yo vivía acá, mi respuesta inmediata fué que si, y su retruco fué que ese carnet tenía validez solo de seis meses en tierras españolas. Temí que mi coartada se fuera a pique, pero saqué fuerzas, entereza mental para responder con toda seguridad que había estado esa semana averiguando en DGT sobre el tema, tramitando mi canje y que me aseguraron que no era así, que podía conducir sin problemas. Hubo un instante de dudas, a lo cual el empleado respondió que si era así no había problemas, pero que él quería evitar que yo tuviese problemas con la policía por si me paraban. Con esa frase mi coartada revivió de entre las cenizas en las que parecía dilapidarse y se reconstruyó firme y sólida como la habíamos pensado. El problema no era que me alquilen el vehículo o no, sino tener problemas eventualmente con la policía, algo que desde luego no teníamos pensado que fuera a ocurrir.

Atravesamos la puerta giratoria en búsqueda de nuestro coche asignado y celebramos. Incluso analizamos cómo reaccionar si la situación se repetía.

El elegido para acompañarnos en esta aventura era un Skoda Fabia, Fabiancito para nosotros. Pequeño pero rendidor. Con sus lujitos de auto europeo pero sin dejar de ser un ejemplar de baja gama. En él emprendimos camino escapando de Barcelona en sentido Lleida, conduciendo por la mano más a la derecha de la autovía para ir deduciendo los controles y bondades del vehículo.



El destino de esta etapa era Andorra, ese pequeño país, principado, o cosa extraña para nosotros los foráneos, que se enclava entre los Pirineos entre España y Francia, donde para los locales es tan común ir de compras e ir a esquiar, así como para muchos, para domiciliar cuentas y esconder dinero sucio. Pero para nosotros no deja de ser algo raro y peculiar.

Claro está que el camino elegido no fué directo, sino no me hubiese sentido a gusto. El camino elegido nació de haber visto en los afiches del FGC publicidades de un tren turístico llamado Tren dels Llacs, el cual hace un circuito entre Lleida y La Pobla de Segur pasando por paisajes muy bellos entre montañas. Dado que los horarios y posibilidades para hacer ese recorrido en tren eran muy molestos, opté por desandar ese camino en coche, y desviarnos del recorrido ideal para subir hacia los Pirineos atravesando esos lagos y montañas.

Atravesamos precipicios, montañas perforadas, curvas y contracurvas, represas y diques conteniendo agua verde, caminos de cornisa, cruzamos pueblitos y paramos en cuanto lugar pintoresco encontramos, comimos en la ruta, disfrutamos de los miradores y trepamos caminos de tierra a pié para intentar llegar a un castillo en una montaña y encontrarnos con una reja que nos impedía el paso. 

Subimos poco a poco a unos 2000 metros sobre el nivel del mar, la cabeza nos hacía algo de presión y no eramos los únicos, el pobre Fabían también sufría, su pequeño motor no lo ayudaba a subir y nos veíamos pisando el acelerador a tope pero su velocidad iba en descenso. Tuvimos que ayudarlo en cuanta ocasión tuvimos a mano, pero no sin pasar algún momento de sosobra, el motor de auto checo no nos falló y rindió de manera espectacular pese al esfuerzo al que lo sometimos.

Luego de unas 4 horas de viaje sin darnos cuenta cruzamos una aduana sin controles y resultó ser que era el ingreso a Andorra, un mundo paralelo. Es como un país superdesarrollado con mucho dinero en medio de las montañas, donde se invierte más en hacer carreteras y especialmente shoppings que en educación creo yo. Es un país libre de impuestos, donde la gente va alocadamente a hacer compras. Es contradictorio semejante hermoso paisaje con sus calles repletas de coches y locales que venden perfumes, ropa de marca y electrónica al mejor estilo Ciudad del Este.

Al entrar al principado perdimos el GPS, no supimos configurarlo y ninguno de los que teníamos a mano parecía funcionar. Dimos vueltas y vueltas por los caminos que se proyectan en la montaña, entre casas, en lo que parece ser una ciudad continua y alargada en el valle. Perdidos y sin entender donde estábamos, tiramos el coche en una estación de servicio y resultó ser que la suerte estaba de nuestro lado, ya que habíamos parado a la vuelta del hotel. Lamentablemente era tal la cantidad de gente que había en todos los rincones, gente que se abarrotaba para hacer compras, que no hubo más remedio que dejar a Fabián en un parking de esos que te arrancan la cabeza.

El paisaje y el entorno es hermoso, pero que quede claro, Andorra la Vella es un shopping a cielo abierto y todo está pensado para vender. No nos sentimos cómodos en la ciudad y eso se notaba en el humor que teníamos. Nos predispuso mal pero solo duró una noche, no sin la sosobra de la cena, en la cual pedimos unas hamburguesas que debimos pedir que nos la traigan de nuevo tres veces debido a que las servían crudas una y otra vez.


Al día siguiente el trayecto sería otra vez extenso y nos esperaban nuevas montañas por cruzar. Lo lógico hubiera sido regresar por el mismo camino y avanzar hacia nuestro destino por territorio español, pero decidimos adentrarnos en Andorra y atravesarla por el norte, de manera de regresar a España por territorio francés, y fué de lo más acertado que pudimos hacer ya que contemplamos las mejores vistas, adentrándonos en los Pirineos y cruzando montañas de más de 2000 metros.

Fabián sufrió no tanto en las subidas, cosa que ya parecíamos tener controlada sino más bien en los descensos que quise improvisar un modo de frenado en una de las bajadas más pronunciadas de todo el trayecto y terminamos detenidos en la pequeña ciudad al pié de la montaña durante una media hora hasta que el motorcito dejó de irradiar "olor a pescado".

Aprovechamos a reponer algunas provisiones para comer en el camino, y contemplar la larga cola de vehículos franceses que esperaban durante horas para ingresar a Andorra para hacer compras.

Nuestro camino siguió adelante penetrando territorio francés y visitando la campiña en lugares conocidos, La Tour de Carol y Puigcerdá, parajes que habíamos visitado en invierno pasado y volvimos a subir y atravesar Colles, curvas y contra curvas en el camino de cornisa que forma la N-260 y nos comunicaba con Ribes de Freser, donde nos detuvimos un momento al sol en el parking municipal a orillas del cremallera y disfrutamos de nuestro almuerzo.

Aún restaba más camino por recorrer, y las montañas seguían estando al frente, por lo que apuramos el paso y avanzamos hacia la Zona Volcánica de La Garrotxa, donde pasaríamos la noche no sin visitar en la previa la maravillosa Castellfullit de la Roca. Caida ya la noche, nos perdimos entre los caminos en búsqueda de la masía donde nos alojaríamos, en el remoto y pequeño Sadernes (en la casa de Susana y Toño, justo detrás del Camping), donde llegamos a las 18, pero la noche hacía mella entre las montañas que favorecían a la oscuridad.

El restaurant de la zona estaba cerrado, pero Toño nos hizo los arreglos para que en el buffet del Camping nos esperen con un gran bocata de pan de pagés, el cual optamos que sea de butifarra blanca uno, negra el otro, y cerveza. Estabamos cenando a las 18:30hs junto a la gente del camping que se armó una mesa a todo trapo y cenaban al mejor estilo "los Benvenuto".

Ducha mediante, nos sentamos a leer mensajes y pispear libros, disfrutamos de alguna copita y comimos nueces todo al abrigo del hogar a leña, el mismo que nos daría cobijo a la mañana siguiente cuando ante la dureza del clima que nos despedía a pura agua, nos dispusimos a desayunar fuera pero debimos cancelar y refugiarnos en el hogar para no aguar la comida más importante del día.

De todos modos la partida no fué inmediata, ya que nos enroscamos en una charla interminables sobre la vida y las viscitudes de la Masía, sobre Catalunya y España, sobre Argentina, costumbres y diretes con nuestros anfitriones en la cual podría decirse que solo faltaba el mate y era como estar en casa. Casi que nos sentimos como cuando visitamos a la familia de Monte Cristo.
Al partir la lluvia se sentía con más fuerza, y en el camino de salida nos detuvimos a fotografiar una postal clásica de La Garrotxa, el Puente Medieval de Llierca, nos atrevimos a cruzar entre su empedrado desparejo de cientos de años y toparnos con indicaciones de los cientos de senderos que por allí se pueden realizar, pero la lluvia era tan intensa que nos forzó a refugiarnos rápidamente en el coche y emprender viaje a Besalú, otra joyita medieval que para no alargar aún más el relato, dejaré que se disfrute solo mediante fotos, y regresar a casa obviamente no sin antes volver a pasar por Castellfulit y tratar de captar postales de este lugar digno de una historia de J.R.R.Tolkien el cual como un imán nos llevaría a visitarlo incluso en otras ocasiones...



Las fotos en otra disposición AQUI

(*) Los argentinos para obtener el Canje del registro de conducir, debemos iniciar el trámite en DGT, luego ir al consulado y acercar nosotros un papel que nos emite la oficina donde nos expidieron por primera vez el registro. Es decir, tuve que pedirle a mi madre que vaya a Av. Roca a pedir este papel, luego tuvo que ir a legalizarlo en Cancillería y luego enviarmelo, una vez que llegó, lo tuve que llevar al Consulado Argentino en Barcelona y pagarles 30 euros por haberles hecho yo el trabajo, y ellos simplemente remitir la información que yo me encargué de conseguir a la DGT, para así poder continuar el trámite sino el expediente se muere. Por si no me creen, aquí está la información en la mismísima página del Consulado