Córdoba, corazón de al-Ándalus

Casi que se puede trazar un parangón con la provincia homónima del otro lado del Atlántico. Mediterránea, con casco histórico milenario, repleto de estructuras sociales históricas, con edificios monumentales y belleza singular, a falta de montañas y de mares, la ciudad (y capital de provincia de similar nombre) andaluza de Córdoba se consagró milenios atrás como la Capital del Emirato Independiente y Califato Omeya de Occidente durante la conquista árabe del territorio español que llegó a poblar casi la totalidad de la península.

El arribo a la ciudad tuvo lugar a través de su terminal de ómnibus, lindante con la estación soterrada del ferrocarril, a cuyos laterales se podían vislumbrar obras de excavación de ruinas históricas, con el afán de seguir descubriendo los misterios ocultos bajo el suelo de la ciudad.
Descendimos por los parques encerrados entre las avenidas De Cervantes y De Los Mozárabes casi conformando un bulevar gigantesco. Atravesamos aceras regadas de naranjas que contrastaban con el gris del cemento y de los viejos baldozones. Sabíamos que detrás de los edificios se escondía parte del patrimonio de la humanidad, pero por el momento, a la vista, nada resultaba descollante.

El sentido de la orientación me falló, me jugó una de esas malas pasadas por confiarme de mi generalmente buena ubicación, pero esta vez, la poca perpendicularidad de las calles hizo que en lugar de acercarme al lugar de alojamiento, nos desviáramos, para ingresar a través de un murallón a lo que se convertía poco a poco en camino dificil de trasitar para los rodamientos de la única maleta que nos acompañaba. Sin darnos cuenta nos adentramos en el Casco Histórico de Córdoba, uno de las áreas protegidas más grandes de Europa.
El paisaje era típico de una aldea "colonial" de nuestros pagos, y tiene totalmente sentido, en los momentos en que la colonia se forjaba en las pampas, las capitales en la Península Ibérica se dirimían entre las cortes de las ciudades del sur español. Sevilla, Cádiz, Granada, entre otras tenían las voces cantantes en el desarrollo del reino en donde nunca se ponía el sol.

Por los callejones empedrados, saliendo de cada rincón, se venían oleadas de turistas, gran parte de ellos de diferentes regiones de España y de Andalucía particularmente. No era casualidad, acabábamos de llegar ni más ni menos que el Día de Andalucía, día de fiesta para toda la Comunidad Autónoma, con feriado largo incluido para sus habitantes.

Los rodamientos de la maleta fueron superando la dificultosa circulación no sin llamar la atención con su ruido, y con todo a cuestas, recorrimos los alrededores de dos de los puntos mas destacados de esta ciudad: el Alcázar de los Reyes Cristianos y por supuesto, la inigualable Catedral Mezquita de Córdoba.

Nos acomodamos en nuestro albergue, una casa antiquísima llevada por sus dueños, donde pasaríamos algunas situaciones inverosímiles sin riesgo para nuestra salud ni integridad, pero sin dudas fueron divertidas. Descansaríamos a menos de 100 metros de la mezquita. Pero el hambre se hacía sentir, por lo que nos dirigimos por sugerencia del locatario, a través del Puente Romano al otro lado del Río Guadalquivir donde pese a estar algo alejados, los bares, comederos, comedores y todo tipo de lugar para ingerir alimento estaba colapsado, pero aún así, un poco fuera del alcance de los rayos del sol que se necesitaban por el fresquito que se notaba a la sombra, logramos acomodarnos y disfrutar de varias tapas y desde luego, comer las más deliciosas olivas que hayamos probado.
La noche tiene su encanto, es por eso que hubo que recorrer esos laberintos empedrados para contrastar la vista, y no nos rendimos al frío. Repetimos itinerario, desde el otro lado del Puente Romano se podía contemplar la belleza nocturna de la ciudad.

Córdoba es la viva imagen de la diversidad cultural que se debatió en estas tierras hace dos milenios. Encontramos ruinas romanas tan firmes como el reconstruido puente coronado con su "arco del triunfo" formaba parte de la Vía Augusta que cruzaba desde Cádiz hasta Roma. En la parte céntrica se encontraron ruinas del Teatro Romano, que florecieron en medio de las obras de reforma del Ayuntamiento.

Posteriormente la península fué invadida por los Visigodos que prevaleció en la península desde el siglo V hasta finales del siglo VIII, donde finalmente casi la totalidad capituló al dominio musulmán, y fué allí donde floreció la sociedad, la religión y la arquitectura. No por nada se la conoce como la Ciudad de las 4 Culturas 
Ingresar en la  Mezquita Catedral representa una experiencia única para quien no haya tenido aún contacto con el mundo musulmán. Lo primero que se siente es un enorme frío, y deslumbra la cantidad de columnas y arcos uno encima del otro que se pierden en el horizonte. Esta obra nace de una capilla que tuvo lugar en época visigoda, luego de la conquista de los musulmanes, se dice que éstos permitían a todos los habitantes del reino libertad de culto, con lo cual no prohibieron que allí se realizaran las tertulias religiosas, pero el Califa decidió ampliarla para así tener su templo de adoración a Alá. Con el paso de los años, decidieron ampliar aún más la Mezquita, y compraron la parte existente, de manera que aquellos que allí realizaban su culto pudieron trasladarse a otro sector de la ciudad con la importante suma que recibieron en compensación.

Se construyó en varias etapas, siendo 3 las de mayor intervención arquitectónica, las cuales se pueden observar notablemente en la calidad de sus materiales y terminaciones. Por otra parte, la Mezquita de Córdoba se dice que es la única en el mundo que su mihrab no apunta a La Meca.

Lo curioso de esta belleza arquitectónica fué que luego de la reconquista, la ciudad se tuvo que cristianizar, y como no podía ser de otro modo, había que meter la pata de Cristo para enterrar el pasado "repleto de pecados" y acercar al "verdadero dios" a los habitantes. Por eso, se decidió convertir la Mezquita en una Catedal, pero como no se concebía adorar a un dios en un lugar impuro, se decidió "purificarlo". Es por ello, que se decidieron a quitar unas cientos de columnas y arcos del medio de la obra original y erigir ahí un templo cristiano con todas las de la ley, contrastando su brillo y color con la oscuridad reinante en el alrededor. Se plagó todos los alrededores de capillas y simbología alterando la estructura original.

Dicen que un emperador de aquel entonces que se acercó a dar el visto bueno a la obra terminada expresó su desagrado diciendo "...han destruido algo único en el mundo para construir algo que ya existe en otras partes...".

Claro que no se acaba ahí la historia de Córdoba, hay duendes escondidos en sus pasadizos, historias de amor y desenfado que se discurren en sus jardines, aquellos que son incluso catalogados y premiados en el concurso anual que se hace para evaluarlos. El flamenco también tiene su influencia, se oyen los zapatos y las cajas, el lamento del cante a lo lejos. También hay vestigios de las corridas de toros, en lo que hoy se conoce como Plaza de la Corredera.
Con la grata sorpresa de toparnos con un enclave con muchísimo más para conocer de lo que imaginábamos. Empachados de tanto para ver, de tanta historia, de tapas, de flamenquín y salmorejo,  con la cuenta pendiente de rabo de toro que quedara por probar, amanecimos un lunes, desandamos los caminos empedrados ya vacíos de turistas, contemplamos la salida del sol y sus rayos toparse con la mole milenaria que se situaba a la vuelta, recorrimos sus laterales, giramos para despedirnos y fundirnos en un abrazo. 

Mochilas al hombro, maleta en una mano, ya no se en la de quién, probablemente la mía, entrelazamos los dedos de la mano libre y caminamos hacia la plaza principal, en el Fénix Café teníamos un desayuno pendiente, el último antes de partir a la última escala de este viaje, y de Orígenes.

O pueden ver las fotos en otro formato aquí