Infierno en Roma

Superada la distribución y empaquetamiento de bienes personales, el cierre de la estadía casi permanente en la ciudad del caballito concluyó por la mañana de un viernes, donde me dispuse a volar con destino cierto pero de incierto itinerario.

Así fué que Roma se vió desde las alturas, allí tan cercana al mar, el clima sumamente caluroso me impidió evitar el sudor en mi frente, sino hasta luego de recuperado el equipaje y una vez reposando sobre el tren, mi transporte predilecto y tan bien ponderado en este viejo continente, el cual me depositaría aún más en el centro de este infierno que era el cemento de la ciudad.

Deposité mis pertenencias en el hostel, el cual para mi desgracia no resultó refugio alguno al intenso calor de las afueras, pero el menos ya sin la carga sobre mi espalda pude esperar a que baje el sol y dirigirme a un breve reconocimiento del lugar, sacar la intriga de la ciudad imperial y confirmar una vez más que la sangre latina se siente y se ve en las calles, de aquel Buenos Aires a Roma hay solo un océano de distancia que no se nota para nada en cada esquina. Si alguna vez me dió la sensación de que Madrid se parecía a aquella ciudad capitalina de Sudamérica por su arquitectura y su apariencia, debo decir que Roma era lo más semejante debido a su desorden que nosotros sentimos tan propiamente argentino.

Aún asi, la ciudad tiene su luz, como toda capital, tiene su gigantezca historia, es un núcleo arqueológico delicioso, donde se encuentran la monumentalidad de aquel enorme imperio y la belleza de las obras de arte y la imponencia de la religión visible en cada capilla e iglesia dispersas a lo largo y ancho de la de su geografía.

El destino quiso que compartiera habitación con un compatriota, con el cual la primera noche salimos a buscar algo de refresco hacia Campo Di Fiori, zona de bares por excelencia y caminaramos entre la marea humana por las callejuelas de la zona. La latinidad se hacía sentir en cada esquina, que puedo decir, no se si será el clima, o la sangre, pero la gente es distinta.

El día siguiente, con un calor aún más intenso, dispuso que este colega partiera siguiendo su itinerario y el destino quiso que a los pocos minutos cruzara caminos con otros dos compatriotas quienes en conjunto compartían viaje pese a sus diferentes identidades futbolísticas: los crucé en la esquina del hostel con camisetas de Colón y Unión, y seguimos camino hacia el gigante dormido de Roma, el Coliseo.

Antes de arribar a él, pasamos por el Foro Romano y Palatino, hoy en ruinas, pero se puede vislumbrar en ellas la inmensidad y diversidad de obras del imperio, desde donde se regía la vida política y social del mismo. Lamentablemente el calor hizo tanta mella en mi ser que no llegué a disfrutarlo en todo su esplendor, las audioguías eran un consuelo para comprender la historia de cada piedra o columna que podía cruzar, pero no me permitían combatir el sol que me azotaba con toda furia.

El siguiente paso, dirigirnos al Coliseo, símbolo por excelencia de la ciudad, allí yace dormido, testigo del despampanante circo romano, entretenia a la plebe, como hoy entretienen tantas otras cosas para evitarles pensar en lo realmente importante. Hoy deja ver sus entrañas, su backstage debajo del escenario de las grandes puestas en escena. Sus paredes derrumbadas en parte no impiden imaginar las gradas repletas de gente, unas 70.000 personas podían darse cita en él para contemplar durante días, sin ir más lejos la celebración de su inauguración se llevó a cabo durante 100 días en la época del emperador Tito.



Por la noche, como si mi cuerpo no acusara cansancio, me decidí a caminar hacia la Fontana di Trevi, seguir las calles interiores hacia el Panteón para llegar luego a la Plaza Navona, y culminar por repetir gran parte del recorrido realizado la noche anterior, esta vez en solitario y sin la compañía de una bebida refrescante, sino más bien deleitándome con los ricos helados italianos.


El día domingo nos hizo madrugar, era el día elegido para ir a ese otro país, el que da albergue al Vaticano, con la suerte de que al ser el último domingo del mes, el acceso a su museo era gratuito, por tanto la cantidad de gente que había para acceder era enorme, pero valió la pena la espera. La joya de la corona es sin duda la Capilla Sixtina, pero para llegar a ella tuvimos que hacer el recorrido en su totalidad por el interior del museo, deleitándonos con salas saturadas con pinturas de reconocidos pintores que realzan la arquitectura del lugar y cobran vida cuando uno las observa. Es la primera vez que tengo oportunidad de ver semejantes obras y puedo decir gustoso que resulté gratamente sorprendido y me significaron un placer enorme de contemplar.
 
Si aún sin llegar a la Capilla estaba así de sorprendido, en el momento de ingresar a la misma se pierde total objetividad respecto a lo sagrado del lugar, para pasar al asombro y la incredulidad ante lo que uno está observando. El lugar prontamente pasa a ser increible. Uno se encuentra rodeado de pinturas con un efecto estupefaciente que dan la sensación de salir de las paredes o bien, incrustarse en ellas. No hay centimetro alguno en esta capilla que no merezca ser observado. Cada pequeño cuadro tiene su significado y es imposible de describir en una breve reseña de esta aventura.

Como contrapartida, debo decir que la sensación de imponencia de "la creación del hombre" es contradictoria, uno se imagina una imagen gigantezca, pero no es más que un cuadro más de la capilla que la decora entre tanto arte. Lo que si resulta realmente imponente por sus dimensiones y cantidad de personajes es la pintura del "juicio final" que se observa en la parte posterior a lo que sería el altar y cubre la totalidad de esta pared. Al respecto puedo decir: vale la pena!

Pero la visita a la Santa Sede no culmina en su museo, por supuesto que había que acceder a la Plaza San Pedro, y a la Basílica de San Pedro, recinto del Vaticano por excelencia, desde donde se brindan las misas papales y donde descansan los restos de todos los papas previos, entre ellos el muy recordado Juan Pablo II quien recibe cientos de visitantes diarios los cuales rezan delante de donde descansan sus restos y aún le piden cosas.

Desde luego que se destaca también la tumba donde supuestamente descansan los restos de San Pedro, quien fuera considerado el primer papa y también fuera encarcelado en Jerusalem motivo por el cual, en otra iglesia que visitamos pudimos contemplar las Cadenas de San Pedro junto con la escultura del Moisés de Miguel Ángel.

Al día siguiente, fué de tema libre, caminamos y paseamos por diversos barrios conociendo nuevos monumentos y zonas pintorescas como ser la Plaza Venecia, Plaza del Popolo, la Plaza España, la Via Condotti donde yacen los locales de las marcas más famosas y donde más de una presidente se muere por despuntar el vicio, y la Via Beneto.

Los dias pasaron amenos, pensé llegar a un lugar y tener que explorarlo solitario y la realidad me dejó cruzarme con colegas que se convirtieron en una buena excusa para compartir las caminatas y algunos mates también.

La última noche en Roma fué para acercarme al coliseo y disfrutarlo iluminado, e intentar comunicarme con mi padre para saludarlo por su cumpleaños, pero choqué una vez más con la impericia de mi operadora telefónica de Argentina que me impidió realizar llamadas pese a que me enviaba mensajes invitándome a hacerlo y "no dejar de estar comunicado" en ninguna parte del mundo.

Superado lo que comenzó como un infierno, culminó como un oasis, la ciudad valió la pena, y ya me esperan en Madrid, con una hora de retraso, pero que importa ya, no hay horario y quienes esperan, son amigos.

 

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