Málaga: Tapas, sol, mar y montañas

Las miradas al sur se posaron cuando culminó mi etapa de Orígenes en la lejana Ucrania. Lejos, muy lejos de esas tierras eslavas, se encontraba el último punto de mi aventura, y no tenía fecha cierta de concresión, pero sabía que tarde o temprano rumbearía para estos puntos cardinales.

El lugar que tenía que visitar se hallaba algo distante de todos los puntos turísticos y no era accesible fácilmente, implicaba un viaje largo y para aprovechar tantas horas y el esfuerzo, decidí volcarme a recorrer algún que otro destino Andalúz.

Si alguna vez me preguntaban si esperaba visitar Málaga, realmente no hubiese contestado con seguridad, y sincerándome, debo decir que nos decidimos por este destino por un motivo netamente logístico (y económico). Contaba con aeropuerto y los vuelos eran mucho más baratos que a sus ciudades vecinas. Y la elección no resultó desacertada en ningún momento.

Por primera vez en este proyecto, y si recapitulo brevemente mi historial, creo poder decir que por primera vez en la vida, me tocaba volar acompañado. Fué todo un acotencimiento y quedara en la memoria también por la manera en que hubo que correr para alcanzar la puerta a tiempo. Ufff todavía recuerdo los pulmones salíendome por el pecho mientras corría arrastrando la maleta en los pasillos de El Prat.

Y ante semejante preludio, el vuelo hizo su esfuerzo por prolongar un poco más el nerviosismo con algunos sacudones que se podrían considerar estuvieron de más, pero nada que no se calmara con un apretón de manos y una mirada.

En los coletazos del invierno europeo, llegamos a Málaga, llegamos a la Costa del Sol y haciendo honor a su nombre, el astro brillaba y emitía un calor fuera de lugar. Salímos temprano de una Barcelona con 5 grados, y al mediodía malagueño en los termómetros callejeros se llegaban a marcar casi 30.

La primera impresión, más allá del calor, era la gran cantidad de extranjeros que no parecían estar haciendo turismo, sino más bien residiendo. Gente grande, con su bronceado camuflando el paso de los años en la piel y los cabellos que encandilaban con su color blanco. Primer deducción, el clima favorece, el invierno no es crudo, aunque el verano...definitivamente debe ser un infierno que se sofoca en las preciosas playas que las hay a montones a lo largo de la Costa del Sol.

Cómo diría muy vehementemente Raffaella Carrá en su famosa canción, "hay que venir al sur porque en el sur se pasa mejor" muchos guiris lo entienden así y evidentemente lo ponen en práctica. 

Desde luego apenas nos liberamos del equipaje, la obligada recorrida a ver qué nos ofrecía la ciudad. Sabíamos poco mas que era la ciudad natal de Pablo Picasso y que tenía un castillo en lo alto de un cerro en medio de la ciudad, y nos encontramos con mucho más. Que bueno es viajar sin espectativas!

Doblamos la esquina y nos topamos con el primer atractivo, el Mercado de Atarazanas, algo que si bien no resulta una novedad, siempre es llamativo debido a la gran varidedad de sabores y diversidad de productos que allí se encuentran, parecen ser siempre lugares turísticos, pero la realidad es que mientras unos van con su cámara de fotos y se le nota en el brillo de los ojos lo deslumbrados que están, el lugar tiene ritmo propio y las señoras recorren los pasillos con sus carritos haciendo las compras para la semana.

Las calles repletas de naranjos, una característica que se extendió a lo largo de todos los rincones que visitamos en Andalucía. Las callejuelas céntricas de la ciudad eran un hormiguero, y no de turismo netamente. Nos sentamos a tomar el debido bocadillo en un pequeño bar sobre una calle secundaria que ofrecía "los famosos vinos de El Bierzo". Una triste sorpresa fué la cantidad de veces que se acercaron a pedir limosnas, trayendo a la mente que esta región española es una de las que mayor nivel de desempleo tiene lamentablemente.

En Málaga queda en evidencia la sucesión de las diferentes culturas que habitaron la península, encontramos en el centro los restos de un Tetro Romano, y a espaldas del mismo se erigió lo que se denominó la Alcázaba de Málaga, siendo esta la primera vez que nos encontrábamos frente a construcciones del dominio árabe del enorme reino de Al-Andalus, cuando casi la totalidad de la península se encontraba bajo dominio musulmán.

Esta construcción forma parte de un complejo mucho más ampli que se extiende hasta la cima del monte Gibralfaro, donde, por medio de un pasillo amurallado se conectan esta Alcázaba con el Castillo de Gibralfaro, punto elevado para garantizar la defensa de la ciudad, el cual paradójicamente tiene un origen Fenicio, es decir, antes que los romanos!

También hubo tiempo para recorrer el puerto, convertido en un gran centro comercial al aire libre y coronado por la famosa Farola de Málaga. Tuvo evidentemente una gran transformación producto de la gran cantidad de turismo e inversiones extranjeras que hubo en la región, basta con mencionar la adquisición del club de la ciudad, por parte de jeques qataríes.

Por la noche abundó la oferta de tapas, aunque repetimos destino, hay que destacar la gran variedad y la diversidad de precios, mucho más accesibles que los ofrecidos en las grandes capitales. Salvando distancias nos hizo acordar un poco a la variedad gastronómica en Galicia y me refiero a salvar distancias en cuanto a clima y gente. Es evidente que el clima influye en el humor de las personas, más que en el humor, en la forma de ser. No son unos más buenos que otros, sino que esta gente del cálido sur contagia alegría en su cánto, en su forma de hablar y desenvolverse con tal gracia.

La última noche fué coronada con un helado estilo argento con vista al mar. Encontramos una heladería tradicional en plena peatonal principal donde ofrecían tarritos de telgopor por "litro". Es así que compramos como tanto se extraña, uno de un cuarto, y nos fuimos hasta el paseo del puerto llamado Palmeral de las Sorpresas (algo tenebroso el nombre, pero tiene un juego al que no pudimos resistirnos y nos trasladó años atrás a las calles de Postdam) a sumar calorías en la dieta y al menos saciar la gula de helado que me carcome hace meses.

La mañana siguiente habría que disfrutar del desayuno en la terraza y abandonar las barracas para subir al Alsa que nos llevaría a nuestro siguiente punto de contacto con la cultura musulmana de esta región.



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