En búsqueda de la nieve perdida

Cuando años atrás tuve mi primera incursión europea, recuerdo que el invierno había sido gélido, la nieve se amontonaba en las calles y en muchas ciudades se habían quedado sin sal para limpiarlas. Había sido apenas unos días después de mi cumpleaños de aquel entonces, contrastando con el intenso calor y la celebración en la terraza de casa. Tengo las imágenes muy frescas, repaso las fotos casi mentalmente, una con cada uno de mis amigos, estaban todos, incluso los que se alejaron y los que la vida arrebató, todas en ese banquito de terraza hecho por mi abuelo que tantos cumpleaños de la familia soportó, y acogió tantos ocasos invernales mateando siguiendo los rayos del sol.

Recuerdo llegar a Alemania y la persona que habían designado para acompañarme a realizar trámites, me comentaba que esos días eran los carnavales y que los de Köln eran muy famosos. En ese momento mi mente no logró cuadrar la imagen de la nieve por doquier y la gente con poca ropa bailando, sacudiendo las caderas y los niños echándose agua unos a otros, los malditos mocosos tirando bombitas a los colectivos y cuando no el boludo que te riega por solo andar por la calle en una guerra de agua. Se perdió mucho eso, lo se, pero como que había una regla implícita que valía todo no? Las chicas tenían pánico de salir y que las empapen en la calle por solo pasar caminando.

La cuestión es que mi cabeza no concebía una celebración de tal magnitud en un contexto tan frío que no convida para nada a salir al aire libre. Y no solo eso, sino que menos imaginaba un cumpleaños todos encerrados apachurrados con apenas unos valientes que vencidos por el placebo nicotínico se verían obligados a afrontar la temperatura exterior.

Este año, durante la semana de mi cumpleaños, previa al carnaval del 2015, un frente frío procedente del norte se apoderó de la península y pareciera haber tocado su pico máximo el sábado de la potencial celebración. Aquí no había forma de salir a la terraza a celebrar, no estaban tampoco los amigos con los que repetir esa mágica velada que tengo en la memoria, y no había chance alguna de hacer ese asado que era mi ilusión. El frío se sentía en los huesos, y si bien improvisamos la jornada y pude disfrutar del afecto que la maga brindó con sus agasajos culinarios, faltó ese brindis y esos abrazos con los amigos de siempre, que a la distancia hicieron llegar su afecto.
Las imágenes de la nieve haciendo estragos en diferentes lados de la península colmaban los flashes de noticias. En los alrededores de Barcelona incluso nevó, y muchos se ilusionaron con repetir la imagen de la Ciudad Condal blanca. Pero no llegó a tanto, disipó pronto, apenas un agua nieve molesta por las mañanas que solo incrementaba la sensación gélida.

Entonces, como la nieve no llegó a nosotros, decidimos ir nosotros en su búsqueda. Una semana después de lo que considero hasta hoy el día más frío de mi estadía, emprendimos viaje ferroviario hacia Ribes del Freser, un enclave Pre-Pirineico en la provincia de Girona, que es el punto de paso para acceder a diferentes areas de ski, entre ellos el Vall de Nuria, o siguiendo unos kilómetros más, se accede a La Molina.

Lo que la mayoría de la gente hace es ir hasta Ribes en el coche y subir al Vall de Nuria en el tren de cremallera turístico para deleitarse con las vistas, pero como tal el servicio es costoso y en invierno hay que estar definitivamente preparado porque detrás de las montañas, penetrando en el valle, la nieve se acumula de a montones. una muestra de esto nos daban los picos de la montaña que amancieron con nieve acumulada.
Hicimos base en una pensión muy antigua en el pueblo, y ese día sobró para recorrerlo de arriba abajo, sometidos incluso a la garúa casi permanente que nos acompaño desde la media tarde. Pero esto no hizo que la gente se amedrentara y salieron de procesión a celebrar los Carnestoltes. La celebración fué pequeña, acorde al pueblo, y con poco exhibicionismo, lo cual uno consideraría algo coherente con los 4 grados que hacía esa tarde noche, pero no se da así en otros sitios, como por ejemplo en Sitges, donde las celebraciones son consideradas de interés turístico a nivel nacional, y es allí donde se despliega todo el "glamour" y descontrol. Es lo que nuestro Gualeguaychú a Barcelona, y aún trato de imaginarme si realmente es mejor celebrar este "descontrol" con tanto frío o el calor se presta mucho más para cualquier tipo de evento al aire libre. Me inclino por lo segundo. Creo que el Hemisferio Sur gana una vez más!
Tal y como imaginé, la nieve esa noche no bajó a la ciudad, quedó en los cerros, por lo que optamos por seguir "subiendo" en el mapa, y directamente nos fuimos Francia. Bueno, sólo unos metros dentro de Francia, pero efectivamente estivimos ahí. Llegamos en el tren de trocha ibérica hasta el final de sus vías en Latour de Querol, un pequeño poblado donde hay un intercambiador ferroviario de triple trocha y salen trenes que incluso van a París.

Fué allí, en el pequeño caserío, casi en medio del campo, donde la nieve se nos presentó, y si bien faltó verla generarse, verla acumularse, vimos el efecto de su acumulación y disfrutamos del paisaje encantador con  los Pirineos de fondo y vistas inigualables desde las alturas de Puigcerdá, capital de Cerdanya, la ciudad de los ascensores.
En ella no solo nos deslumbró la puesta de sol a lo lejos y sus vistas desde las alturas, sino el pequeño lago que tiene la ciudad en su parque, totalmente congelado contrastando con el colorido de las casonas que rodeaban la zona.

Emprendimos el pesado camino de regreso completos y satisfechos por finalmente haber tenido ocasión de disfrutar de alguna forma de la nieve, por una aventura de esas fuera de programa, por investigar el lado B de los lugares, con inolvidables imagenes, colores y aromas... que nos acompañaron todo el viaje a casa.



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