La Pampa: rumbo al lejano oeste

Las últimas vacaciones de las que tengo recuerdo en Argentina datan del verano previo a emigrar, nos fuimos a las hermosas Sierras de Córdoba. Recuerdo deslumbrarme por las luces en el cielo de Capilla del Monte y de San Marcos Sierras, recorrer la muy helvética villa de La Cumbrecita y de haber casi destruido un neumático en el tal vez único pozo existente en el camino de regreso. Pasar por una muy teutónica Villa General Belgrano y que nos aprieten los muy apurados conductores locales conocedores de los caminos ávidos de alardear su habilidad en rutas de montaña.

Estoy retrocediendo casi diez años en el tiempo, lo suficiente para que las memorias sean difusas y para darle combustible a una ansiedad que se incendia en la previa a un épico recorrido patagónico que fué maridando en la imaginación a lo largo del año.  Es uno de esos viajes que para la gran mayoría de los argentinos, de ocurrir, sucede una una vez en la vida, y para otro tan amplio porcentaje, tal vez nunca llegan a conocer tan lejano territorio.


Esta es la primer entrega de Patagoniando, una secuencia de relatos que describe una travesía de 5000 kilómetros por las rutas argentinas en el verano del 2023..

Los preparativos

Ya han quedado atrás las decenas de horas de viaje desde Berlín, las celebraciones de fin de año, el estado somnoliento por las pocas horas de sueño debido al cambio horario y el trabajo a deshora, se mezclan con el húmedo y agobiante calor del verano porteño. 

Sentados bebiendo tereré frente a una hoja en blanco y el desafío de planear lo que será una expedición a la lejana, hermosa y siempre temeraria región patagónica.

El común de la gente no suele levantarse cada temporada diciendo "listo, nos vamos a recorrer 2000 kms para comenzar nuestras vacaciones...". El debate de si realizar el viaje en avión o coche, la voz de los amigos que te sugieren que no pierdas tiempo viajando y que mejor disfrutes allá. Ninguna de las opciones es mala.

La necesidad de recorrer la inmensidad del basto territorio argentino para contrastarlo con la de algún modo monotonía que estamos encontrando en el turismo que tenemos cercano en las ordenadas tierras europeas fue más fuerte: las familias dieron el visto bueno y contamos con vehículos para emprender el viaje.

El desafío era el de poner a prueba nuestra resiliencia, necesaria para soportar el extenso viaje con la la visión de que cada kilómetro formase parte de las vacaciones.

Cuento con bastantes recorridos hechos en la extensa Patagonia Argentina (vale la pena hacer esta distinción porque también existe una hermosa y extensa Patagonia Chilena). Entre tantas oportunidades, puede acompañar a mis padres en gran parte del recorrido con vehículo, la parte tal vez más hostil.

 

El Recorrido

La semilla del viaje que llevaba creciendo casi un año nunca tuvo un itinerario definido. Fue mutando a lo largo de los meses alimentada por el intenso calor del verano porteño y por la urgente necesidad de desconectarme, pero sobre por la necesidad de aprovechar esta oportunidad, tal vez única, fueron forjando una forma para el recorrido en el mapa y los puntos difusos, fueron adquiriendo nombres.

El sueño de llegar a al fin del mundo, Tierra del Fuego, debió ser postergado en favor de un viaje más realista de modo de poder poder compartir con familia y amigos en el tiempo libre de la estadía.

Enfocamos en el Lejano Oeste, atravesando las extensas y despobladas ondulaciones de La Pampa con sus interminable desierto para llegar a la Cordillera de Los Andes Patagónicos y bajar hasta lo que sería el punto más austral del recorrido en Lago Puelo

En el medio, demasiadas referencias y bellezas por descubrir. Quedó la difícil tarea de decidir cuáles serían los lugares donde dormir y marcar otros puntos de interés que decidimos visitar, dejando margen libre a la improvisación y asumiendo resignar otros tantos.

El largo camino hasta el primer punto de interés donde haríamos base consistía en nada más y nada menos que la extrema distancia de 1400 kms, algo que se aleja muchísimo de los máximos trayectos que alguna vez habíamos conducido cualquiera de los viajes por las tierras Europeas. 

Hasta el momento, la mayor aventura de un tirón en un viaje había sido hasta el momento en Marruecos desde Fez a Hassilabied en donde recorrimos unos 450kms de un tirón, por lo que se asumió que para llegar a tan distante punto patagónico, habríamos de descansar promediando el trayecto. 

Allí, en medio del desierto patagónico, debajo de las estrellas decidimos parar "a la intemperie".

El otro gran desafío fue tener que enfrentarse a los efectos del desbarajuste económico con tipos de cambio monetario camuflados en impuestos y dudosas señales que llegaban desde el anecdotario de mis contactos, abriendo la puerta a proceder como en los viejos tiempos, tal cual aquellas épocas donde las plataformas de reservas eran limitadas o inexistentes, tocó ponerse en contacto con diferentes personas e ir coordinando una por una los potenciales alojamientos, agotador pero rendidor, pero efectivo y, desde ya, sin facturas de por medio.

Todo gracias a la siempre bienvenida referencia de un amigo: Javi me pasó las personas particulares con las que su cuñada había hablado hacía unas semanas para conseguir un alojamiento, Andrea pasó el teléfono de Hugo que tenía unas casas donde se había alojado hacía unos años, Gustavo dió algunos tips de recorrido aventurero y nos prestó una carpa para descansar debajo de las estrellas, la suerte de conocer a Yiyi nos abrió la curiosidad de visitar un refugio de montaña que era organizado por su hermano.

  

El Viaje

Es viernes, son las 6:00 am en Buenos Aires, 10am en Berlin. Me conecto a la reunión de 15 minutos que tenemos cada mañana con mis compañeros de equipo. No es raro que esté en modo remoto, todos lo están, incluso los que están en la misma ciudad. Hace frío por esos lados, nadie quiere salir de su casa.

La contrapartida del otro lado del mundo es en Villa Lugano, hace un calor tremendo y solo quiero salir de casa a disfrutar del fresco del amanecer mientras los pájaros cantan y el sol no termina de despegar para convertir todo lo que toca en un infierno. El verano porteño viene golpeando duro. La sequía es tremenda.

No es un día más, es el último y todos lo saben. Mañana parto de vacaciones a mi ansiado viaje patagónico.

Una reunión de una hora, para conjuntamente diagramar la secuencia del proyecto en el que trabajamos, los bloques, las líneas, las flechas, se extiende y consume toda la tarde. No veo la hora de terminar. Alguien llega a sugerir que sigamos un rato más, el silencio es atronador. Yo me aventuro y sin dudar, aviso que no puedo.

Los preparativos están aún por hacerse, tengo calor y sueño y los bolsos a medio armar. Hay un poco desperdigado por todos lados. En la semana la llevé a mi madre al supermercado, ese día ella tenía descuento por jubilada más otro descuento "por comunidad" y otro por la tarjeta del banco, un combo que resultaba en un descuento acumulado exhorbitante, pero que nunca alcanza en una Argentina de precios extravagantes también. Las compras quedaron en su casa.

En Logroño tengo ropa y mochilas. Maga tiene heladera, la carpa de Gus, el colchón inflable y los bártulos de camping más otras cosas que siempre se necesitan en Roque Saenz Peña.

A la noche recogimos todo, casa por casa, despedimos a los que teníamos cerca con un abrazo como si nos fuéramos de regreso a Berlín. Mochilas y cajas en el baúl y la recomendación de "...cuídense mucho, vayan con cuidado" un latiguillo que se desprende de cada conversación en Argentina y con los miedos e inseguridades de cada día. Esta vez vino con un par de apéndices por parte de mi viejo: "...no hagan locuras en la ruta, está lleno de pelotudos..." y otra del estilo "...no lo fuercen al coche, 100, 120, dependen de los fierros y va a hacer mucho calor, no lo caguen a palos..."

La noche promete ser larga y me caigo de sueño. Para la cena nos esperan unas empanadas caseras. El aire acondicionado no parece poder aplacar el sol del día pese que son las 22, adentro es sofocante hasta con el aire acondicionado encendido. Días después, nos enteraríamos que estaba configurado en modo incorrecto y por eso más bien enfriar, calentaba.

Bajamos cosas, subimos por más cosas. Llenamos el baúl y también el asiento trasero con alguna mochila a la que se le tuvo que poner el cinturón de seguridad para que coche no chille pensando que había una persona sentada.

Imposible decirle que no al helado de postre antes de desplomarme en la cama y sentir que me despertaban a la otra mañana como si apenas hubieran pasado una o dos horas. Dormí casi 8, un lujo para mis últimas semanas, pero aún así siento que me estalla la cabeza y que el descanso no fué suficiente considerando el día largo que nos espera.

El sol está allá arriba haciendo lo suyo, prendiendo fuego todo lo que toca. Es mucho más tarde de lo que hubiera imaginado, prefería salir antes pero eligieron dejarme dormir considerando mi aspecto agotado de los últimos días.

Nos despedimos en la puerta, el coche cargado. Arrancamos hacia la General Paz y apenas 2 cuadras duró el entusiasmo, decidimos volver por un par de almohadas que nos tiraron desde la ventana.

Finalmente, emprendemos viaje. El día promete ser abrumador, largo y caluroso.

El camino se desarrolla por terreno conocido: la amplia General Paz, el amplio y rápido Acceso Oeste, pasamos ya dos peajes hasta que comienza la duda del desvío correcto y preguntamos al no siempre sabio GPS que nos indica la salida para tomar la Ruta Nacional 5.  A los pocos kilómetros, la amplitud de los caminos desaparece y se convierte en un vertiginoso camino de tan solo una mano por sentido, que será nuestro horizonte por las próximas 12 horas.

A medida que nos alejamos de la ciudad, el tránsito se transforma. Abundan los camiones y se intercalan con algunos coches que parecen ir de vacaciones al sur, algunos cargan trailers con kayaks, otros los llevan en el techo.

Rozando el mediodía paramos en Pehuajó a sacar unas fotos a la "nueva Manuelita", la que conocimos en el 2013 ya no está más, se la llevó un temporal, e hicieron otra que luce más moderna pero con menos magia. No somos los únicos, hay varias personas en el lugar. 

En algún punto los campos alrededor se tornan amarillentos, la tierra parece no ser apta para cultivo, más bien para ganado. Kilómetros más adelante paramos en Trenque Lauquen cargar combustible, tal vez la última ciudad al oeste en Buenos Aires, ya donde los pueblos empiezan a escasear y se distancian mucho más unos de otros. 

Cruzamos los límites de la provincia hacia La Pampa donde decidimos parar a la sombra de unos altos eucalyptus a la vera de la ruta en un muy descuidado lugar de descanso para viajantes donde desplegamos nuestro mantel, las empanadas y la fruta para almorzar. El calor es adormecedor y el andar se torna agotador.

Ya sobre la Ruta 35 rumbeando hacia el sur, donde los caminos se pierden en largas ondulaciones sobre salinas blancas, el coche marca 42 grados de temperatura. La ausencia de tráfico es tentadora para apretar el acelerador, pero el sentido común nos hace mantener la cordura, queremos llegar pero necesitamos el coche entero.

Lihué Calel

El punto de inflexión del viaje es General Acha en La Pampa. Suele considerarse el último lugar de descanso en un trayecto razonable, más allá, hay que optar por la famosa Ruta del Desierto o bien desviar hacia el suroeste y atravesar las pampas no tan húmedas por la Ruta Nacional 152 que se ofrece en un calamitoso estado.

Esta opción es casi tan desértica como la famosa ruta, pero a promediando los 100 kilómetros se encuentra el Parque Nacional Lihué Calel, reconocible en la llanura por su la serranía que le da nombre (sierra de la vida en idioma mapuche).

Estimo que en el abrupto pero corto ascenso en el desnivel que se eleva el camino, la ruta mostraba su peor estado, con sugerencias de desvios para camiones a fin de poder salvar la altura por aledaños senderos de tierra.

A la sombra existe un viejo parador abandonado y algunas antenas de radio. El portal de acceso al parque es humilde y se puede pasar por alto fácilmente. La intendencia del parque se esconde unos 3 kilómetros hacia el interior, donde sin ruido ni señales de teléfono que interfieran en la naturaleza, entre arboles bajos y  alguna maquinaria vial que ayuda a mantener como se puede el camino, se encuentra la recepción con un pequeño museo e información sobre rutas para recorrer.

Entre sombra de caldenes y rodeado de viscacheras, se ofrecen las instalaciones para acampar, con comodidades básicas como baños y agua caliente, parrillas y algún que otro enchufe perdido en la recepción que están disponibles día y noche.

Lo más sorprendente, además de la tranquilidad y silencio del lugar, es que el estado de las instalaciones es excelente y la posibilidad de acampar ha sido gratuita.

No sin enredos y olvidos, trasladamos las cosas que necesitábamos del auto, armamos la carpa, dejamos los bártulos listos para cenar y dimos unas vueltas en los alrededores aprovechando la luz natural.  

Pronto llamaron la atención los curiosos gallitos copetones que decoran el logo del parque y que corrían por todo alrededor. A medida que bajaba el sol, comenzaron a aparecer grupos de martinetas y cuando la oscuridad era más notoria, las viscachas salieron a merodear.

Por la noche, sin nubes, todas las miradas se las lleva el estrellado cielo nocturno, que sin contaminación lumínica en los alrededores, deja todo su explendor a la vista y con suerte y atención, algunas estrellas fugaces se dejarán ver pasar.

La amplitud térmica fué notoria. Hubo que dormir vestidos y hasta con  abrigo. A la mañana, se pudo salir a caminar y disfrutar del amanecer, aprovechando la fresca mañana antes que el sol raje la tierra.

No hubo tiempo para mucho más que apostarnos en la ladera de la sierra de la vida, que le da nombre al lugar, calendar agua uno de los dos únicos enchufes habilitados en la recepción y abandonar este lugar repleto de senderos y secretos por descubrir para alguna próxima ocasión.

Por delante, nos esperaba un soleado día y cientos de kilómetros para recorrer hasta nuestro próximo destino.



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