Тернополь, un nivel más en el árbol familiar

Llegamos un nivel más lejos, un nivel más profundo en escalando el árbol generacional cuando en ese superpoblado salón del pequeño Ільковичі (Ilkovichy) se gestó un paseo no programado pero que prosperó sin oposición.

Dos días más tarde nos vimos montados en una Ford Tránsit con sus asientos alineados para la ocasión, un comité de 9 personas de diferentes latitudes, pertrechados con productos para amenizar el pesado viaje, y entre ellos la бабa Стефа (abuela Stefa) firmemente sentada en su sitio aguantando los embates del camino. Descendimos en el mapa hacia las profundidades del vecino Тернопільська Oбласть (Oblast de Ternopil).

Estamos hablando del mismo Тернополь (Ternopil) que desde niño oía mencionar en casa, básicamente en aquel entonces se limitaba a un punto en el mapa, la capital de la provincia desde donde se sabía que mi abuela procedía. Tenía un mapa mental de ubicaciones geográficas pero me era imposible relacionar los puntos entre si, todos puntos sueltos y distantes que luego de este viaje lograron conectarse y convertir lo difuso de las historias desperdigadas en un relato valioso de compartir al verse decoradas por la riqueza de quienes lo tuvieron tan cerca.
Desde Сокаль (Sokal) nos esperaban 4 largas horas de camino a pleno sol, y por si es la primera vez que leen mis relatos de Ucrania, los caminos secundarios en este país no son lo que se diga un placer de recorrer, su calzada alienada le da un toque épico y hace que 190kms se conviertan en 4 horas. Esas horas se amenizaron con el paisaje de leves cuchillas en el terreno preludio de los Cárpatos que yacen más abajo en la geografía. Decorado el horizonte por el intenso negro de la tierra fértil, el verde de los campos sembrados, y una suerte de color dorado cuando están bajo la influencia del sol, y cada tanto un sembradío de amapolas daban un tinte rojo emotivo.
Tras un descanso con un pic nic al costado de la ruta, donde la variedad de embutidos y salchichas típicas se abrió sobre un mantel desplegado en la parte trasera de la camioneta cuyas puertas se abrieron como un bar a sus pasajeros, frutas, brebajes sin alcohol y a seguir camino, que aún restaba la mitad, promediaba el día cuando ya las tías de Краматорск (Kramatorsk) comenzaron a reconocer lugares, sus voces, aunque no podía entender demasiado lo que decían, deducía por el cotorreo en la parte trasera de la VAN, indicaban que estábamos llegando, apareció la escuela y aviso mediante, un frenazo sobre la cinta asfáltica.
Los pocos vecinos que se exponían al ppleno sol miraban sorprendidos, una camioneta llena de extraños se detenía sin mediar aviso sobre la calzada que parte al medio el pueblo de Oлесине (Olesine). Andrij pregunta a un transeúnte, decide desviar y tomar un camino transversal de tierra a campo traviesa por entre medio de un sembradío, dejamos atrás las casas y nos incorporamos a un camino de tierra algo más amplio, principal si se quiere, y seguimos un hilo de agua que nos deposita en un caserío a la izquierda, entre medio de los campos, unas 6 u 8 casas, animales sueltos, gallinas, vacas, cabras, ovejas, algunas personas y las tías que ya lloraban de la emoción. Era un hecho, habíamos llegado, el pequeño caserío en el que se habían criado de niñas, Уритва (Uritva).
Se aparcó la camioneta y descendimos todos los aventureros, abrazos, besos, llantos, emoción y sobre todo, mucha gente nueva. Estábamos en medio de una casa de campo, con todas las de la ley, granero, cocina aparte, gallinero, las vacas se guardaban bajo techo, letrina detrás de la casa para extraer abono y niños corriendo como salvajes jugando entre toda la maquinaria agrícola. Imposible no recordar las vacaciones de niño en aquella casa de campo en Monte Cristo.
Al ingresar a la casa la escena era una réplica de la que se vivió unos días antes: un salón con una mesa alargada repleta de comidas y bebidas, bancos y sillas para que todos compartamos la mesa y si lo traslado a nuestro mundo occidental hubiera sido una escena clásica de Los Benvenuto, pero en cirílico.

La oleada de gente no dejaba de llegar, poco a poco comenzamos a situarnos, a reconocer nombres, ponerlos en el árbol y recordar las procedencias. Estábamos visitando la casa de Zenek, otro primo de mi madre, del cual ella tenía recuerdos de haber recibido alguna carta con una foto vestido de militar, y efectivamente, había sido policía, en su época, aún tenía el gorro de recuerdo.

De allí descendían muchos de los demás presentes, una vida intensa de campo los había curtido al sol, uno de los hijos de Zenek había vivido en Londres y esbozaba palabras en inglés, posteriormente llegó el joven Руслан (Ruslan), un muchacho de unos 26 años, que estaría en el árbol genealógico al nivel de Vanessa, o sea, tercer nivel pero con veintitantos, que hablaba inglés, muy amablemente se ofreció a traducir, y su madre Надя (Nadia) que posteriormente nos invitaría a dormir a su casa en la ciudad vecina de Козова (Kosova).
El espíritu de alegría se respiraba, estaba en cada rincón, la emoción de toda esa gente de volverse a encontrar era visible en sus caras, en cada mueca, en cada abrazo, sumado a esto la increíble materialización de esa remota posibilidad de una visita desde Argentina era excusa perfecta para ser mencionada en cada brindis. Y como saben, en estos lugares, se brinda y mucho.
Superada la sobremesa, se armó una excursión casi obligada en estos parajes, las visitas reglamentarias a dar respetos a los seres queridos que descansan del otro lado de este mundo. Montados en un Lada, uno de los "fierros" clásicos de la era soviética que aguanta firme los embates del campo, superamos escollos de tierra y visitamos el primero de ellos, más tarde haríamos lo propio para dar respetos en otro de los cementerios donde yace el bisabuelo en algún rincón irreconocible.
Cuando el sol se ponía por el horizonte, y se iba a iluminar la tarde de nuestra lejana tierra, nosotros nos adentramos en el caserío, visitamos a una vecina que se alegró como todos de ver al familión desde tan lejos, y recordaba las historias que sus padres le contaron sobre la pequeña Kсенія (Ksenia), esa niña que con tan solo 16 años fue arrastrada de su hogar por gente servicial al tentáculo del poder de turno que se adueñaba de Europa a mediados del siglo XX y fué arrancada del seno de su hogar para trabajar forzadamente vaya uno a saber en qué condiciones.

Las historias que contaba, y que íbamos traduciendo como podíamos, coincidían con las historias que yacían en la mente de mi madre, las que le contó la misma Kсенія en la remota Argentina.
Todo se cerró cuando con sus indicaciones fuimos a parar al sitio donde alguna vez estuvo su casa, con el riacho que pasaba de frente, y donde su madre siempre la espera con la esperanza que regrese. Allí, hoy, no queda más que tierra negra y fértil, y el recuerdo de los moradores de que en aquel entonces, una chiquilla fué llevada a la rastra y nunca regresó. Por ese triste suceso, nosotros aparecimos en el otro lado del mundo. Y el círculo de algún modo se cerró en ese abrazo que nos dimos en ese preciso lugar, donde solo nos quedaba imaginarla, con el sol fundiéndose en el horizonte detrás de un montículo de tierra sembrada. De ese campo simbólico recogimos un manojo de tierra, unas flores, cosas materiales, que no se comparan para nada con la sensación de haber llegado ahí.

Horas después nos vimos en Ценів (Tseniv)un poblado agrícola, bien se podría decir en medio de la nada si se quiere, pero creo que ellos lo tienen todo. Yace en medio de un paisaje único donde hubimos de rendir respetos a más parientes, con vistas del poniente dorado y su iglesia de madera, colorida de 300 años ya. De los tantos que nos encontramos, quienes de allí provienen, y ya no habitan, solo mencionaban extrañar las bondades de la granja, la leche de su vaca, la que los acompañó toda la niñez y la simpleza de su gente.

Agradezco al sol por esa puesta interminable, un final de día que creo lo alargó y se hizo eterno en un propio deseo de que lo disfrutemos por completo, yo creo que en el fondo lo disfrutaba tanto él como nosotros y otros tantos desde el más allá que lo habrán convencido de que haga más duradera la jornada épica, pero finalmente cedió y la noche se apoderó del campo, hubo más brindis y más comida, pero los cuerpos cedieron a desgano al cansancio. Allí fué que nos trasladamos aún más abajo hacia Козова donde nos Nadia nos abrió las puertas de su hogar para que descansemos más cómodamente, una sencilla casa de una docente que tiene su supermercado en el fondo: una huerta y animales para consumo propio, y la incontrastable realidad de Ucrania donde con su sueldo no le alcanza para pagar los servicios, mientras que su marido hace lo malabares para traer algo de dinero extra trabajando los 6 meses al año que tienen permitidos los ucranianos dentro de la UE, y un hijo que viviendo en la capital de la provincia con su título universitario se reconvirtió en programador y diseñador web junto a su pareja para tener más proyección que lo independice de una profesión de turismo que tal vez no le alcanza.

Por si no lo dije, seguimos comiendo y bebiendo hasta la madrugada, incluso en la casa que se suponía iríamos a dormir, y luego por su fuera poco, a la mañana, tras el café con leche recién ordeñada, casi sin darme cuenta tenía un plato de arroz estilo uzbeco que la dueña de casa orgullosamente preparó para nosotros, y vaya plataco que no pude terminar ni la mitad. Nos preparaba para otro día largo.
Tocó el momento de las despedidas, ya las tías de Kramatorks quedarían en el camino, y nosotros volveríamos a Sokal con la baba Stefa, Andrij, Roman y Halina, otras 4 horas con parada y pic nic en un acondicionado sitio en la carretera, mantenido diría yo por los vecinos con el afan de que los transeúntes tengan un lugar donde descansar antes de seguir camino.

Volvíamos con el estómago lleno, y la mochila repleta de anécdotas inolvidables. Seguramente se pierdan detalles, pero las sensaciones no te las quita nadie y por eso escribo esto que seguramente tenga poco de interesante para quien busca viajes de aventuras, pero si para mantener en la memora siempre fresca y la tente, lo que el poder de la voluntad puede.

Hace unos diez o quince años se me prendó la llama de esta patriada épica, y hace 4 años me animé a llevarla a cabo. Poco después, logré que mi madre se suba al barco, o al avión mejor dicho, y lo que alguna vez planeamos, viajé imaginariamente desde el salón de mi casa con un enciclopedia y un mapa de Europa en la mano, pudo ser, solo por el mero deseo y la voluntad de salir adelante.


La mente, atrae situaciones. Nunca dejen de visualizar dónde quieren llegar.


Más fotos pueden verse AQUI y AQUI también