Ser humano junto a los míos

Hace exactamente dos semanas, aunque parecieran ya cientos de días, abría mis ojos sobrevolando el espacio aéreo de Marruecos.  En ese instante fué que mi mente se percató de que ya el el terruño quedaba atrás una vez más. El shok fué producto de que mi último recuerdo era haber estado cenando aún estábamos cerca, apenas a unas horitas, en el mismo continente por encima de Brasil.


Fué rápido e indoloro por decirlo de algún modo, fué la primera vez que la despedida no se me hizo angustiante. No hubo que secar lágrimas al doblar por el pasillo siniestro del aerpouerto que te conduce al control de seguridad y te obliga a despedirte de los que te aprecian y te fueron a dar ese último abrazo.

Y si bien curiosamente no aparecieron en ese momento, no quiere decir que no haya habido momentos de angustia durante la estadía, ya que viví la experiencia de esta visita como una montaña rusa emocional, donde la adrenalina me permitió disfrutar de todos y cuada uno de los seres queridos de la mejor manera y los bajones dieron cada vez que me daba cuenta que esa sensación de afecto era limitada, lo cual reforzaba aún más mi idea de querer disfrutar de cada abrazo, cada contacto, cada charla y cada momento con más intensidad.

La estrategia del regreso fué pensada manera de casi no darme tiempo a pensar, y un día después del arribo, con jet lag y todo el mal dormir a cuestas, tocó ir a hacer frente a mis obligaciones laborales, cargado de alfajores Fantoche para deleite de los compañeros que reclamaban su ración.

Allí todos me preguntaban qué tal había estado el viaje, qué cosas había hecho por las pampas y caí a cuenta que me costaba muchísimo describirlas, porque fueron todas experiencias socio emocionales. No hubo escapadas y aventuras por las hermosas montañas del sur, ni por los escarpados y áridos paisajes del norte. No hubo descanso a la sombra mate de por medio en las Sierras de Córdoba, ni playas abarrotadas de gente en la costa bonaerense. Tampoco hubo 1500kms de recorrida a las estepas del sur a ver Pingüinos, ni una escapada fugaz que se me había ocurrido a la Tierra del Fuego por una cuestión de costos exorbitantes. Tampoco hubo ocasión de visitar las verdes cuchillas entrerrianas y ni siquiera me tomé el tiempo de ir al Tigre. Lo más lejos que estuve de la urbe que tanto denosto, fué un fin de semana a 200kms en Chacabuco, corazón agrícola de la Pampa Húmeda, justamente a visitar amigos en un evento social.

Es tan dificil describir mi estadía puesto que he hecho de todo y a la vez no he hecho nada que un tercero vaya a entender por qué me gasto un dineral e invierto semanas de mis vacaciones en simplemente estar en un lugar y ver gente. Pero más que respuesta amerita una repregunta: qué más es la felicidad entonces que estar rodeado de gente querida? Y más felices aún si es disfurtando de la rica comida, tomando unos buenos mates con facturas y consumiendo kilos y kilos de helado que no se consiguen de este otro lado!



Si desde el mismísmo comienzo todo estaba planeado para ser un evento emocional. La ingeniería de la llegada por sorpresa en la noche del cumpleaños de mi madre al mismísmo restaurant donde ella cenaba. Ingeniería a dos orillas, audios actuados, saludos enviados a deshora, mientras el avión desansaba su camino a Reina del Plata. Amigos que se complotaron para irme a buscar y acercarme, mi padre, cómplice, logró mantener la compostura y no dejar escapar ni una pista, hasta que me materialicé ahí en el mismísimo corazón de Mataderos. Mi madre desconcertada sin entender cómo era posible que le hubiese enviado audios por la mañana y hacía unas horas le había llegado una grabación que juraba era desde la mismísima Barcelona donde le decía que ibamos al cine y le enviabamos saludos.

Al día siguiente hubo tiempo de visitar las instalaciones y piscina del Centro Galicia para tener una rememoranza de la época dorada perdida del Deportivo Español. Hubo tiempo también de cervezas, reuniones con amigos y asados medidos para poder darle a mi organismo un tiempo prudente de adaptación. Hubo charlas, hubo bebés y críos pendientes de conocer fruto de los prolíferos amigos que se encargaron de reproducir la especie a mansalva en este corto período (Yoel, Lucía, Matías y Ramiro). Hubo tiempo de visitar casas renovadas, y de jugar al fútbol con escenas de pugilato mediante que derivaron en no jugar al fútbol nunca más en la estadía. Tuve oportunidad de ver amigos que no veía desde hacía muchos años.

También, cabe destacar la celebración de cumpleaños que se extendió por casi tres semanas. Comenzó la noche previa con saludos entrados ya en fecha, siguió el mismo día con cenas familiares, continuó con amigos el fin de semana y se extendió a Sant Boi dos semanas más tarde.

Comencé de a poco sin quehaceres y con el advenimiento de la fecha de partida era un sin parar de idas y vueltas. De cada experiencia se aprende algo y espero de una vez por todas procesar para la próxima cuando quiera que sea ese factor de ansiedad sobre las ganas de poder estar ahí y verte con tal y cual, y que los que están ahí siguen naturalmente inmersos en su día a día y no lo comprenden ni dimensionas la desesperación que genera cuando uno dice "acordemos un día porque se pasa volando" y se van dejando pasar los días "total te quedás un mes" y la última semana todos cayendo a cuenta de "cómo que ya te vas? vamos a vernos!".


Por desgracia no pudimos hacer pileta en casa de la tía por el clima y luego ya con la soga al cuello por esa fatídica lesión que arruinó cena y cumpleaños. Tampoco, muy a mi pesar, pude ver un solo partido oficial del Deportivo Español, tantos discusiones desde la lejanía, tanta mala sangre e intercambio de opiniones con los amigos del club para llegar y terminar apenas viendo unos amistosos sin siquiera usar sus propias camisetas. Al menos pude visitar las instalaciones, y como digo, ver a la gente que es lo importante, pero  de haber comenzado todo en tiempo y forma, al menos hubiese visto unos 3 partidos, pero si me sirve de consuelo aún hoy el fútbol argentino sigue inmerso en la incertidumbre y se sigue superando a si mismo en los papelones, sigue sin comenzar, con lo cual, creo que ya estaba dictaminado de antemano que esos partidos no serían para mi.

También tuve ocasión de degustar la vorágine y manoseo de los trámites en el centro, y bastó con uno o dos días de papeleos para que sintiera el agotamiento de la ciudad. Buenos Aires tiene esa fantástica cualidad de ser una hermosa ciudad para estar de vacaciones. Vivir en ese contexto de ciudad sólo cuesta vida, sumado a lo alejado y olvidado de los barrios donde me muevo, Lugano y Mataderos distan bastante de lo turístico y de vanguardia, pero tiene esa contraparte buena de tener a los tuyos cerca...

Como corolario puedo decir que disfruté como nunca mi estadía, la que cuando preguntan la describiré como sin nada especial para destacar más que haberme dado el tiempo para tener contacto con tanta gente que quiero y tengo lejos.




Ver todas las fotos AQUI