Cumplir años a dos orillas

Volver a casa es un decir, lo bueno de viajar es que uno puede identificarse con cada lado en el que habitó, si bien mi rutina vida diaria dista muchísimo de la itinerancia con la que se puede uno deleitar en escritos, fotos y relatos de tantas personas que se animaron a dejarlo todo por viajar, o viven de ello- Yo humildemente puedo decir que "vuelvo a casa" en unos pocos lados, y la pregunta que me hago siempre es cómo defino cual es mi casa.

Toca recorrer con nostalgia las calles que me vieron crecer, y algunos recónditos lugares de la ciudad y conurbano que nunca había pisado, pero que desafié por encontrarme con esos amigos que añoraba ver.

Recorro una esquina que supo ser un restaurant que visitaba con mi madre de niño, convertido en una especie de antro digital donde la gente se pierde jugando sin hablar entre ellos. La esquina donde vivía José y Josefa ya no tiene la misma fisonomía, los viejitos hacía tiempo que no estaban, pero ahora la casa tiene otros dueños con una estructura que le hizo perder la escencia. En frente, Moisés y María ya habían abandonado el vecindario tiempo atrás y por razones de seguridad, los nuevos vecinos también debieron cambiarle la fisonomía a su hogar, decidieron subir sus paredes dos o tres metros en pos de intentar sentirse más seguros. A la vuelta, la casa de Doña Mecha, que ostentaba la selva gigantesca en su fondo de terreno de unos 50 metros, fué consumida por el abandono pese a haber sido comprada por nadie sabe quién. 

Y en el pasaje...todo cambió, pero algunas cosas persisten.

La casa donde me crié de niño, un poco también a dos orillas, ya que por momentos pasaba por Zuviría, pero era en Logroño donde se jugaba al fútbol, tanto como en Málaga, o donde jugabamos a las escondidas y la mancha. En Zuviría faltaba siempre gente, una calle transitada, apagada, por eso el pasaje era mejor.

Allí está la casita de la abuela, un poco más blanca por producto del gran trabajo de pintura de Luis, un trabajador amigo ya de la casa. Eso está igual, está el pasillo, las macetas rejuvenecidas por La Maga, la terraza también con trabajos de mantenimiento que la dejaron sin filtrados, y la parrilla que resiste la tempestad. También está Elvira! Cómo venir acá y que no esté ella, ya mayor, ya viejita, con la Currina, esa gata puro pelo que llegó un dia para recostarse en el lienzo de mi abuela, acompañarla en su lecho de muerte y seguir con nosotros hasta hoy, ya con menos dientes y flaquita, pero con todo el cariño para dar.

Esta la siento mi casa, pero no me identifico con nada de lo que hay alrededor, me entristeció llegar y ver el barrio tan venido a menos, tan apagado, tanto in civismo institucionalizado, donde lo anormal ganó la pulseada y se convierte en algo típico de cada día, que le da su sabor al Buenos Aires olvidado, en este, el último barrio de la ciudad.

El pasaje está cambiado, ya no hay niños que juegen al fútbol (por suerte porque de viejo que estoy me molestaban ya a la hora de la siesta), en cambio están algunos de siempre, o los hijos de los de siempre, que ya están crecidos, ya estamos, me incluyo, yo soy uno de los hijos de los de siempre, uno de los nietos incluso, de los de siempre. Pero está raro...todo. Ya cuesta circular, en lugar de esquivar niños jugando hay que esquivar coches, y los jóvenes de antes ahora pasan sus días escuchando música fuerte mientras lavan sus bólidos orgullosos.

Yo soy un hijo del pasaje, aunque más bien un nieto, y un posterior habitante. Lo veo todo tan viejo y distante, tan abandonado pero no deja de ser mío, mi lugar, y tengo esa sensación de desencanto al saber que es temporal por elección.
Este Lugano queda tan lejos de todo, del progreso, de la ciudad, de Barcelona, pero aún asi, la tierra te tira dicen, y mierda que tira si en en cada rincón tengo un recuerdo, pero no sabes lo difícil que es aceptar que se puede estar mejor en otro sitio donde no tenés ni historia, ni arraigo y te vas echando de algún modo raíces para aferrarte a algo que te permita convertirlo en tu casa.

Y hoy, justamente hoy, es mi cumpleaños, y decidimos darle el uso a la parrilla de la terraza que armó el abuelo al mejor estilo barbacoa, pequeñita, de altura fija, mucho más práctica para las barbacoas estilo español que para un asado argentino, pero que hace unos años decidí revivir y hoy le di nuevamente su intermitente vida, limpiando las cenizas vestigio del último asado en mi anterior visita.

Abajo esperaba la familia, los de todos los días, y soy así de nostálgico, un personaje que le gusta la historia y se aferra a no desconocer el origen, porque el origen y la historia es lo que hace del mundo lo que es hoy.

Un cumpleaños de antología, lejos de todo, cerca de todos. A dos orillas, a miles de kilómetros, entre dos aguas. Un cumpleaños con calor, después de dos muy fríos. Un cumpleaños con abrazos de todos, y el abrazo por venir.

Vaya esfuerzo, vaya golpes al corazón y cayos que uno se hace por mantenerse firme en la decisión de salir del cascarón, por asomar la cabeza un poco y querer ver algo más allá, ver cómo se hace, como se vive en otro lado.

No estamos atados a nada, pero de todo lo que hemos pasado, tenemos la mejor base para progresar...depende de cada uno de nosotros el camino!

Tal vez sea un romántico (o un pelot...) que se apega a la historia para recorrerla, que se emociona con recuerdos, con lugares, olores y sabores. Tal vez me pierda y me estruje las lágrimas cuando me invade el pensamiento de que esta puede ser una vez en muchas más que no se repitan. 

Por todo esto es mi anhelo tener el coraje a la hora de tomar decisiones, ser fuerte para enfocar mi libido en las cosas que me realizan, y sobre todo, seguir viajando y compartiendo esta experiencia de vida, que es lo que me llena.


Felices treinta y tantos...