Memoria de Siglos

Érase una vez, allá lejos en el comienzo del año, cuando el frío arreciaba las comarcas pirenaicas, y la amenaza de nevadas ponía en riesgo la transitabilidad de los caminos, los Reyes Magos habían visitado a los niños del mundo cristiano para dejarles enumeración de regalos, y ese listado de regalos era la temática con la que se llenaban horas de radio matinal, mientras escapábamos de la costa y subíamos poco a poco por el mapa, adentrándonos en la provincia de Lleida.
Poco tardaríamos en darnos cuenta que casi nada veríamos de la zona, una niebla espesa bloqueaba la visión a ambos lados de la carretera, tan típica como el frío y las heladas en la zona. De lo poco que llegábamos a distinguir, eran las copas de los arboles y los pastizales congelados.

Un panorama que se repetiría al regreso, y en medio, un aeropuerto. Incoherencias de la evolución. Poco para disfrutar de esta provincia catalana en este viaje.
Entramos en Aragón y el cielo como por arte de magia se despejó, dejó lugar al radiante sol que aún así, no lograba calentar demasiado pero daba otro aspecto al paisaje. Atravesamos bodegas y asequias, desfiladeros escarpados y rutas resbalosas en estado dudoso que rodeaban por las alturas zonas de embalses y pantanos de la época franquista para irrigar los campos de la zona.

En Ainsa el recorrido nos llevaba a seguir el río Ara, primero por unas rectas rodeadas de campos sembrados, que en breve se cinvierten en zig zag de curvas por una ruta sumamente estrecha por la que no cabían dos coches, túneles en la roja perforada y precipicios con el hilo de agua acaudalada corriendo debajo. Al fin llegabamos a lo que pone adrenalina a los viajes y a uno de los hitos del recorrido.
Ahí delante, escondidos a la sombra de un vacío entre montañas se encontraban los restos de Jánovas, una de los tantos pueblitos que fueron forzados a abandonar su histórico recinto, en pos del progreso, en pos de la constucción de una represa, un enésimo pantano, que nunca llegó.
Una empresa privada dueña de la obra que no se hizo, por la cual se determinó muchos años a posteriori, demasiado tarde ya para los vecinos, que era inviable, pero esto en los años de la dictadura franquista no les impidió expropiar casas, dinamitar aquellas que quedaban vacías para que la gente no regrese, desalojar maestros y alumnos de los colegios, arruinar los campos para forzar a la gente a abandonar el pueblo.

Recorrimos sus ruinas, calles y pasillos con el respeto y la admiración que se merece, subimos hasta la iglesia que sigue con su campanario testigo del abasallamiento que sigue en pié. Adentro, solo ruinas.

Encontramos construcciones nuevas y tendido eléctrico, con cierto temor de estar invadiendo propiedad privada, descubrimos para nuestra alegría que el pueblo está siendo reconstruido poco a poco y que los vecinos han rearmado la Casa del Pueblo.

Jánovas es hoy memoria de injusticias y de resistencia de un pueblo que pide reivindicación, y poco a poco, con muy escasa ayuda, están peleando por la restitución.
Seguimos recorriendo kilómetros. Más adelante, desviamos para visitar restos de otra época mucho mejor en la región, vestigios del esplendor de la Estación Internacional Canfranc

Un edificio gigantesco entre montañas que servía de nexo para ferrocarriles de Francia y España que atravesaban la montaña por el túnel de Somport. Actualmente la línea se encuentra cortada por problemas de infraestructura y el circuito se completa con servicios de bus aunque no faltan pedidos e iniciativas de reapertura. Del lujo y esplendor solo le quedan servicios de media distancia que parten desde Zaragoza.

El esplendor del edificio cobra vida cada fin de semana cuando se realiza un espectáculo de luces dentro del recinto. Se pueden realizar visitas guiadas, y para entender el peligro que corre, las mismas se hacen con cascos debido al riesgo de desprendimiento de mampostería.
Esta joya del Pirineo, con aire de epopeya y rodeada de mitos, fué testigo de eventos durante la guerra civil y posterior Segunda Guerra Mundial, se dice que por aquí salía el Wolframio con el cual los ejércitos del Reich protegían sus blindados, y en sentido inverso, toneladas de oro fueron ingresando por este lugar.

Poco tiempo de luz restaba y el desafío de llegar al remoto pueblo de Botaya donde nos esperaban seguía pendiente. Rápidamente desandamos camino cuesta abajo hacia Jaca y seguimos las indicaciones, desviamos hacia el viejo Monasterio de San Juan de la Peña para continuar subiendo en zig zag por la montaña hasta encontrar el remoto desvío y posterior descenso sin protecciones que culmina en el pequeñísimo Botaya. Allí, en la plaza, donde el camino se terminaba, nos esperaba Teresa, uno de los seis habitantes para mostrarnos donde debíamos alojarnos.
No esperábamos mucho más, ni mucho menos tampoco, de un pequeño pueblo escondido de la vista humana, perdido entre sierras y motañas, el cual tenía la gracia de recibir la luz del sol a lo largo del día y hacer puestas eternas. Alrededor de 20 casas, de las cuales había apenas habitadas 4. La gran mayoría en excelente estado. Algún pastor aún se dejaba ver arreando las ovejas, por allí perdido un paisano renegando con sus perros y gatos. En medio, nuestra pequeña habitación con su hogar reluciente, sin señal de teléfono, sin televisor, pero con el detalle de la internet rural gratis accesible en la pequeña plaza principal, ideal para disfrutar del momento.
La mañana siguiente fué algo dura porque no supimos calcular el uso de la leña para el hogar, y se nos apagó durante la noche, hubo que hacer un esfuerzo para salir. El coche estaba con escarcha, era evidente que había helado. La mañana era bastante fría, pero había sol y eso ayudaba a moverse.

Recorrimos una vez más el camino por San Juan de la Peña, se nos ocurrió intentar asomarnos al monasterio incrustado en roca, y nos topamos no solo con que había que pagar, sino que allí hacía más frío que en cualquier otro sitio alrededor. Decidimos seguir el plan original y continuar camino.

Escó, otro remoto pueblo abandonado a la vera de un pantano que nunca llegó a crecer lo necesario, también sigue esperando su reivindicación.
Trepamos por sus escombros, por entre sus casas de piedra derruidas que intentan mantener la fachada, llegamos a lo alto del campanario que sigue erguido, testigo del desarraigo, del olvido, reclamando justicia por su pueblo.
La historia se repite, existe un grupo de vecinos que reclama por la restitución histórica, una pequeña casa habitada en el centro del pueblo y algunos galpones un poco más alejados con actividad son los vestigios de habitantes que hay en este silencio. Por supuesto, algún que otro turista curioso que se atreve a aparcar el coche en el camino de acceso cortado por las rocas y subir andando la ladera escarpada en la que se asientan los restos.

Algún día se dijo que el Embalse de Yesa duplicaría su capacidad, y si bien se ve que están en obras, el destino sumerjido de Escó parece algo lejano.
No han sido los únicos púeblos víctimas del progreso, Tiermas, otro de los pueblos saqueados, aún estando en altura, sus casas están abandonadas, pero curiosamente su camino de acceso está asfaltado a nuevo, aunque una barricada nos impidió el acceso. 

En este pueblo, lindero al embalse, en los meses donde la escases de agua en la región hace que el nivel baje, quedan a la vista sus termas y baños de aguas y barros con propiedades a los que algunos turistas intrépidos y lugareños conocedores se atreven a bajar para disfrutarlas aún en secreto.

Ante el panorama de inaccesibilidad al este recinto abandonado, hubo que improvisar y decidimos incursionar en el Reino de Navarra para visitar el Castillo de Javier. A decir verdad, nos pareció muy bonito todo, pero demasiado armado para el turismo. Pronto emprendimos la retirada y nos apostamos hasta el ataredecer en Jaca, donde nos aprovisionamos de alimentos calientes, guiso de ciervo, hubo compras en el supermercado para llevar al pueblo y repostamos combustible para el resto del viaje.
Por la noche ya más adiestrados con la gestión del fuego, nos encargamos del hogar como si fuera nuestro. Ardió con fuerza durante toda la noche nos mantuvo abrigados, por la mañana bastó con alimentarlo con algunas ramas para que salir de la cama no sea tan doloroso.

La Jacetania amanecía ya sin helada, pero no por eso menos fría. El sol nos acompañó una mañana más, recorrimos el pueblito una última vez para sacar algunas fotos, quedarnos con algunas imágenes y emprender ya el regreso por un camino diferente, descendiendo en el mapa por caminos internos hacia el Pantano de la Peña.

Al llegar al embalse, nos dió curiosidad un pueblo por su nombre, el pueblo se llama Triste, y contemplando las vistas que tenía, decidimos contrastar el nombre con el contexto. Bajamos hasta las aguas, y esto es con lo que nos encontramos:
Comprendí aquellas palabras de mi padre, transmitidas por mi abuelo, que comentaba en su momento le había tocado hacer "la mili" en Huesca, y siempre mencionaba el intenso frío que allí pasó.
Si se sigue bajando se encuentra uno con el motivo de nombre del embalse al alcanzar las Peñas de Riglos un lugar fascinante para los amantes de la escalada, para ir dejando atrás las zonas escarpadas y penetrar en las planicies desérticas de Huesca y Zaragoza, donde con las montañas de fondo como testigo se alza a unos 1000 metros de altura sobre un risco con vista a toda la comarca, el Castillo de Loarreuno de los castillos románicos mejor conservados de Europa.
Uno puede pasarse una tarde completa contemplando las vistas, sumado a los senderos eternos que se pueden realizar por la zona. El castillo tiene magia, no solo por su estado de conservación sino por su locación, es inigualable y es parte del secreto por el cual se ha logrado conservar fuera del alcance de los asedios de aquellas épocas.

Hubo tiempo para comer aquí, buscando la comodidad en unas mesas dispuestas para los visitantes y caminantes, sin sacarnos el abrigo, recogiendonos del viento y protegidos por el sol, desenfundamos una empanada gallega que habiamos comprado para la ocasión y la disfrutamos al aire libre.

Una aventura de pocos días, con muchos pequeños lugares, con grandes historias y reivindicaciones pendientes.

El fin de semana posterior, la nieve llegó al Pirineo, y gran parte de los caminos que transitamos se bloquearon por su acumulación. Tuvimos la bendición del clima para dejarnos disfrutar de tan hermosos paisajes.


Todas las fotos AQUI