Euskal Herrian: Bilbao

Retomar la escritura con tantas vivencias en el tintero es una tarea bastante compleja, lleva consigo el riesgo inherente de dejar de lado muchas migas del relato que pueden dotar de condimentos necesarios al relato, pero no hubo ocasión para ponerse al día antes, la vorágine me llevó una noche de Barcelona a Bilbao, y casi sin respirar a Alemania, pero esa es otra historia que pronto espero poder compartir.

Lo que hoy me lleva a sentarme aquí delante del teclado, con esta hoja en blanco y el silencio, es el deseo de transmitir detalles de la primera excursión al País Vasco, con precaución de no condicionar el hilo del relato, y el compromiso de no extenderme para el aburrimiento del lector. Es algo que trato pero ya ven, dos párrafos y aún no he comenzado.

El viaje "al extrajero" se podría decir, surgió debido a la presencia de la legendaria banda Kraftwerk en el afamado museo Gughenheim de Bilbao, y como ultimamente me dedico a viajar por experiencias y motivos personales, y no por el hecho de sumar millas, esta era una excelente excusa de irse para las vascongadas y profundizar en aquellas graciosas anécdotas y bellos paisajes de los 8 Apellidos Vascos (ver trailer).
Opciones para llegar había muchas, pero tuve un dejavu de viejas épocas en la tierra madre, donde las horas por la ruta se hacía largas montado de omnibus de larga distancia, moles de dos pisos y excesos de velocidades permanentes cuando cae la noche. 

Partiendo del extremo oriental del país, y llegando a un punto de encuentro en el centro norte. Habrá quién dirá que para este viaje hice escalas internacionales... Punto de encuentro, ya que en la cruzada se sumaba La Maga que tendría un periplo similar, aunque más largo, atravesando Galicia, Asturias, Cantabria y todos sus verdes prados, haciendo orilla entre el mar, los acantilados y la montaña.

Mi trayecto se hizo breve, entre sueños y algunas paradas, llegar a las 7am sin vestigios del sol fué algo inesperado, aún estando con horario de verano, el frío caló hondo, apenas si me animé a andar unas 4 calles y tuve que desarmar la pequeña mochila y ponerme todo el abrigo con el que contaba. Está claro que costó hacer pié, y apenas logré ubicarme marché hacia San Mamés, escasos 100 metros de Termibus, hogar del mítico Athletic Club Bilbao.

El encuentro con el anfitrión estaba pautado para las 11am, quedaban poco más de 3 horas aún por esperar, y el reencuentro con la emisaria desde Galicia, recién a las 20hs, con mucho camino por recorrer aún.

Contaba con un mapa en mano y referencias de una compañera de trabajo oriunda de la ciudad, así que no podía ser de otra manera, comencé a caminar, con la idea de en principio ir encontrando los lugares que deberíamos concurrir en la mañana que partiéramos con el tiempo ajustado, y decidí ir caminando aún estando la ciudad dotada de un fantástico metro que la atraviesa por las profundidades, el Topo como le llaman.

Así, mientras la ciudad comenzaba a despertarse para muchos, y algunos otros terminaban recién su viernes por la noche continuado, mi aventura a pié tomaba impulso. Explorando cada cosa nueva a mi paso, aprendiendo a cargar la Tarjeta Barik (el mejor sistema por lejos, estilo SUBE, magnética y no de papel como las que usamos en Barcelona), descubriendo los baretos que comenzaban a abrir con sus mostradores que rebalsaban de pinxos y más de un valiente que estaba bebiendo su zurito, y nunca pude distinguir si se trataba de un desayuno o de "una última antes de dormir".

Tras cruzar el centro bilbaíno y detenerme a explorar el metro en la Plaza Federico Moyúa, y planificadamente, me drigí hacia la Buenos Aires Kalea, para finalmente encontrarme con la Ría del Nervión, o bien la Ría de Bilbao y contemplar levemente el contraste al comenzar por allí el Casco Viejo de la ciudad.

Pasar por la internamente renovada plaza del mercado que apenas estaba abriendo sus puertas, y a escasos metros encontrar la vieja estación de los Trenes Vascogados, o Euskotren que días posteriores nos llevarían a nuestra siguiente escala, me daba cierta tranquilidad: todo estaba cerca.
Logré detenerme a beber un café reparador, sin dejar de sentir el frío en las manos, el sol brillaba por debajo de las nubes y la bruma, la ciudad creció a la vera de la ría, alargada, en su extensión y su toponía se altera por desniveles elevados de roca y piedra que conforman una especie de acantialado que la protege. Tiene el contraste de una ciudad vieja dotada de un extra radio de modernos edificios y rascacielos, y excelentes servicios de transporte, con mucho aún por crecer, para no ser menos, el metro estaba viendo sus obras de extensión por debajo de la roca en pleno casco viejo, con el fin de conectarlo con el cercano aeropuerto.

A lo largo del día fuí notando, como nunca me había pasado, estar en un sitio diferente. No me sentí en España, y no quiero entrar en discusiones si lo es o no lo es, es mi sensación, y eso que quien quiera puede decirme que no vivo en España y entraríamos en ese debate inagotable. Mi sensación se limita a ver cómo se gestionó el crecimiento de esta ciudad, en la cual, claramente, su régimen impositivo diferenciado, y las buenas administraciones, han permitido crecer y dotarla de mucho activo, sumado, desde luego, a una historia de ricas familias y empresas muy pujantes que históricamente fueron instaladas en la región y controladas por empresarios vascos.
Hubo una pequeña siesta una vez ingresado a la habitación que me alojaría por tres noches, y luego emprender el camino hacia las afueras. Sin referencia alguna, afloró mi pasión futbolera, y me alejé hasta la desembocadura de la Ría en Portugalete para visitar el pequeño estadio del equipo de la ciudad, encontrarme con el hermoso puente colgante, uno de los pocos activos en el mundo, que une la ciudad con Las Arenas, costa que visitaríamos al otro día, y encontrar las mansiones que reflejan un pasado resplandeciente de la región, cuyas playas se reconvitieron en una marina, y la vista al norte, quedó tapada por el nuevo puerto de aguas abiertas.
Regresando por la zona industrial, vestigios de siderurgias, poderosas fábricas que abastecieron a toda España con su acero, hoy corroídas y alejadas de la zona urbana que se montó a su alrededor cual caserío rodeaba un castillo. Han quedado a la margen Sestao, sede del Sestao River y ya con algo más de distancia una de otra, pero sin dejar de tener identidad propia pese a estar pegada a Bilbo (si, así se llama Bilbao en euskera), la zona de Barakaldo, donde desde luego, está su equipo homónimo, donde fuí recibido muy amablemente por el responsable del bar del estadio, Rock etat Golek, un personaje pintoresco, rockero como pocos y dicho por él, fanático del club de su barrio, de donde se crió con amigos, y no tanto del fútbol en si. Con él accedí al campo de juego, intercambiamos anécdotas deportivas, comparamos situaciones, me invitaron café y me regalaron pines del Baraka.

Quedó la promesa de enviarle unos stickers del Deportivo Español que están ya listos en un sobre a punto de salir...

Finalmente se acabó el día y de vuelta donde comencé, el punto de encuentro, desde Galicia llegaba el autobús y de él descendía tras once extenuantes horas ella, ansiosa por cruzar una mirada, un abrazo, un beso reponedor y desde luego de comenzar la aventura compartida.
Esa noche hubo recorrida a pierna arrastrada ya, uno por haber caminado tanto durante el día, el otro, por no haberse podido levantar de un asiento en tantas horas, atravesando la vida nocturna del Casco Viejo, alternando pinxos y zuritos de bar en bar, una experiencia divertida, pero que termina siendo agotadora ya que a la hora de hacer la cuenta, es algo complejo encontrar sitios decentes donde no tener que recurrir a este tipo de pseudo comida, sin caer en platos super elaborados que terminen costando carísimos.

Hubo tiempo para uno más, aquel que no debíamos comer, y casualmente no fué en un lugar típico sino comiendo una empanada en un local de un uruguayo, que motivó un duro amanecer al día siguiente, y la visita a la Iglesia de Begoña, punto obligado y alabado por los bilbaínos, se realizó con escala previa en el hospital zonal. Nada grave, pronto se fué recuperando el color, y las ganas de comer retornaron, anhelando txuletones. Eso ya era un síntoma de buena salud.

Por la noche, la cita de honor era en el elegante museo, los creadores de la música electrónica, esa banda de gente mayor, de la cual sólo queda un miembro, hacían un show con su música clásica a esta altura y juegos de luces 3D, ante un auditorio de unas 200 personas, muy paquetas. Algo más para tachar, estos son próceres, y me dí el gusto de poder escucharlos.

Amanece que no es poco! Nos espera un tren, una nueva provincia dentro de este país que vive paralelamente dentro de otro. Algo extraño dicen por estas tierras, el clima está siendo estable y curiosamente bueno, Bilbao nos despide con sol, y éste, será una constante que nos abrigará a lo largo de todos los días de nuestro recorrido por Euskadi haciendolo todo aún más bello.

Zarautz allí vamos. 



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