Zarautz, Getaria y Zumaia: sol, mar y montañas

Un desayuno con los bártulos a mano, mochilas y bolsas a un costado, abrigos en las sillas, un breve repaso por la variedad de periódicos locales y marchar rapidito una vez más a través del casco viejo que comienza a dar vestigios de inicio de semana laboral.

Allí al fondo, escapandole casi a la ciudad, escondidos en un rincón junto al río, se encuentra la terminal de tranvías y el pintoresco edificio de los Ferrocarriles Vascongados, vestigios de la vieja administración post estatuto de Autonomía del País Vasco firmado una vez finalizada la dictadura de "El Caudillo".

Allí una vez más utilizamos la salvadora Barik que nos dejaron Xavi y Meli en su visita, tarjeta de transporte más parecida al sistema SUBE, magnética y no descartable, que permite adquirir billetes a mejor precio, incluso, como en este caso, de media distancia. Detrás de los molinetes en el coqueto edificio, esperaban una mixtura de trenes de trocha angosta, similares al FEVE, que supimos tomar en Ferrol hace un tiempo, pero con una marcada diferencia: el material rodante era notablemente más moderno. No hubo más que acomodarse, apachurrarse un poco del frío que entraba en cada parada y disfrutar del trayecto con día increiblemente soleado.

Tres horas atravesando montañas, túneles, prados verdes, un paisaje muy extranjero. Atrás quedaron Amorebieta Etxano, Durango, abandonamos la provincia de Vizcaya y penetramos en Guipúzcoa, pasamos por Eibar, Elgoibar y la resignación de visitar las costas del norte Vizcaíno. Atravesamos un paisaje atípico a lo que nos acostumbramos debajo de la zona de lluvias en la Península. Con construcciones distantes del estilo típico hispano, mencionamos más de una vez que era asombroso el parecido de los pueblos y sus arquitecturas a paisajes alemanes.


Una villa costera, con cierto aire de exclusividad, Zarautz, con sus casonas y apartametos de baja altura y grandes balcones con vistas a una línea recta de playa con arenas rojizas de poco más de dos kms de extensión, situada entre dos espigones naturales, verdes oscuros, celosos guardianes de la bahía.

El día era perfecto, por lo que no hubo más que titubeos a la hora de elegir qué comer, eso es algo que no se puede evitar, tanto el comer, como el dilema de cuánto está uno dispuesto a invertir en ello, ya sea, monetariamente como en tiempo, y esto último no era algo de lo que dispusiéramos en abundancia en la estadía por la zona. Por ello, vimos el primer autobús y nos subimos, el destino distaba apenas unos 3km por una de las que se considera las rutas más bonitas del mundo (y cortas por cierto). Menos de cinco minutos a la parada...pero los 1.70 que costaba el servicio urbano valían cada céntimo, aunque reconozco que se puede hacer caminando, si la temperatura es la adecuada desde ya.

(Recomiendo ampliamente ver este video para comprender la magnitud del recorrido)

Rozando el agua, por debajo de la montaña, recorrido por peregrinos en su camino del norte se abre a lo lejos esa pequeña península con el montículo y su faro, y el puerto de pescadores que dan a la villa la vida que de no ser por el turismo, no mantendría. Getaria, la ciudad natal de Juan Sebastián Elcano, primer hombre en dar la vuelta al mundo en barco, y testigo de escenas de la afamada 8 Apellidos Vascos, de allí salía el Koldo con su barco a la pesca de los atunes gigantes.



El pueblito es pequeño con una gran historia que data de varios cientos de años, con monumentos en su casco y su alrededor. Desde luego que su estrella no solo es el Monte de San Antón, sino su iglesia milenaria de San Salvador, de pasado románico e inquisidor, sino también estrellas Michelín en algún restaurante de los que se sitúan sobre la ruta.

Claro está que la estrella Michelin nos quedaba grande, y optamos por bener unos suritos en el bodegón más tradicional ubicado en frente, preparar unos buenos bocatas y seguir camino, disfrutar de las vistas desde el monumento a los ilustres navegantes, y contemplar a los cientos de niños que se trasladaban en autobuses urbanos desde los centros escolares a sus casas perdidas entre los relieves de la montaña, aunque hubo aquellos que prefirieron quedarse practicando Pelota Vasca, el deporte universal vasco, en el infaltable frontón del pueblo.


Debimos seguir el recorrido en el otro extremo de la hermosa ruta costera, la ciudad de Zumaia, otro pequeño puerto de pescadores con el río Urola que la parte en dos y su modernos casco histórico no ausente de iglesias, que pronto dejamos atrás para dirigirnos apresurados temiendo la caída del sol hacia otra de las locaciones de la película, la Ermita de San Telmo situada en lo alto de la playa de Itzurun, un punto de referencia en lo que aprendimos se denomina la ruta del Flysch: esta palabra nueva para nosotros representa, dicho de modo vulgar, afloramientos de estratos que surgieron del choque de las placas terrestres, y en esta zona se elevan en modo vertical dotándo al lugar de un paisaje único y de gran valor para el estudio geológico de la formación de los continentes.

Creo que pocas veces me ha costado tanto describir en palabras un lugar, no hay forma de transmitir la belleza de esta puesta de sol, la playa a un lado, las rocas con su forma tanparticular, los acantilados tan vertiales y la ermita, el sol radiante enceguecedor, el peligro de caminar por el borde del precipicio y lo tentador de querer recorrerlo todo, de ver qué hay más allá. La Ermita da el retoque que corona un paisaje natural, cual agradecimiento del hombre a la creación.



Pasamos horas deslumbrados, aceptamos hasta quedar un poco ciegos por el reflejo de la puesta de sol, pusimos un poco la integridad en riesgo pero estuvimos en ese vértice, contemplando el horizonte y las olas acaricar esos verticales estratos una y otra vez. Contemplamos sorprendidos como las parejas vestidas de novios se rotaban en la playa haciendo sus álbumes de boda, arruinando esos blancos vestidos ya sea en la arena o mismo en las aguas.

Cuando el sol fué cediendo su sitio al frío de la oscuridad que ganaba terreno, debimos huir en búsqueda de transporte que nos dejara nuevamente en la casi a esta altura lejana Zarautz, lejana tras todo lo que habíamos visto. Apenas 20 minutos en tren nos separaban.

Por la noche hicimos honor a las copas que nos dieron suficiente coraje, y abandonamos el abrigo del bar para recorrer casi de punta a punta el paseo de la playa, y llegar al palacete de principios del siglo XX donde "un tal" Karlos Arguiñano tiene su restaurant y hotel. Temimos quedar perplejos por los precios pero a decir verdad no nos pareció una locura, y el sitio, pese a ser lunes por la noche, tenía mucha afluencia.

No hubo tiempo para mucho más que descansar, el cuerpo lo pedía, había sido un día intenso y sobre todo, que el frío hace consumir muchas energías. Procesando las imágenes y luego de un baño reparador, el merecido descanso. 

El día siguiente, Donostia nos esperaba.





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