En Montevideo, con libertad, no ofendo ni temo

Nos despedimos tempraneros de Colonia con la promesa de regresar en el transcurso del año, no quedará la incertidumbre de cómo es esta ciudad sin la presencia de turistas que le da tanto movimiento no real.

Agilmente el servicio de Turil partió atravesando los campos ondulados, muy similares al paisaje de Entre Ríos, pero sin la producción manifiesta y desproporcionada de la tierra.

La urbe se hizo esperar. Desandamos los 177kms en poco menos de tres horas, y arribamos al centro económico y demográfico uruguayo. Montevideo es la ciudad capital y más importante del país, concentrando más del 40% de la población uruguaya, aventajando importantemente al resto de las ciudades y el título de esta nota reza la frase del lema que la representa en su escudo.
El origen de su nombre es muy difuso y se presta a confusiones, teniendo hasta ribetes cómicos que se los dejo para que Uds. los profundicen...

La arquitectura nos trajo de regreso a los orígenes porteños. Lo que veíamos era bastante similar a los barrios que frecuentamos, pero con sutiles detalles que marcaban la diferencia, detalles que quizás se vean en calles del conurbano, pero sutilezas como el cableado eléctrico aéreo, muchas casas de estilo propio y algo que pudimos observar en general en la ciudad, es la antigüedad de las construcciones que le da un sabor especial, sumada a la sencillez que se hizo presente en las áreas que pudimos atravesar.

Tres Cruces en construcción, averiguamos cómo, salimos cargados a las calles como un transeúnte más, y nos subimos al bus urbano, un costo de $U19, algo incomparable con los apenas simbólicos $1.25 que se paga por este lado del río. El bus se hizo camino hacia la zona céntrica y llegó a rodear la Plaza Independencia, nuestro destino en este corto trayecto. El casco histórico rememora en nuestras retinas el bajo porteño, es imposible no trazar un parangón con lo conocido. En el centro de la plaza se enaltece la figura de Artigas por sobre el panteón que resguarda sus restos. Los edificios gubernamentales la rodean, las oficinas y la peatonal Sarandí detrás del portón de la Ciudadela indican el acceso a la Ciudad Vieja, y ahí, justo detrás del edificio que catalogamos como el "más feo" de la plaza, se hallaba nuestro hotel, con vista justamente uno de los más lindos: el Teatro Solís.

El petit hostel Splendido nos absorbió en sus laberínticos pasillos, embebiendo su antigüedad contrastada con los moviliarios, sin embargo, la altura de los techos hacía imposible disimular la arquitectura de comienzos del siglo XX. Al fin descansamos, dejando todo y desparramándonos en una cama del año vaya uno a saber cual, muy tranquilos a sabiendas que el almuerzo ya estaba preparado y nos acompañó todo el viaje, solo esperaba ser ingerido.

Tras un breve receso para acomodarnos e incorporar nutrientes que aumenten nuestra barra energética, partimos a conocer lo que más a mano teníamos, la Ciudad Vieja. Un cruce entre el Bajo Porteño y San Telmo fué inevitable en nuestro imaginario, teniendo una gran cercanía al puerto, logra un aspecto por momentos fabril pese a estar repleto de oficinas. En ciertas áreas la desolación se hacía presente y las casas tomadas eran común denominador.

Por momentos nos vimos atrapados en un área que no nos ponía del todo cómodos, trayendo la "sensación" a flor de piel, buscamos escapatoria hacia la famosa Rambla y nos incorporamos a ella casi al límite con la zona portuaria, y los lugareños yacían en ella, ya sea pescando, disfrutando del mate, cerveza o bien practicando deportes.

Avanzando sobre la costanera, nos dimos cuenta que casi todos los edificios linderos eran mayoritariamente viviendas, y cada vez había más y más gente disfrutando de este espacio. La hora ayudaba, era la salida de la oficina ya y sus esclavos asalariados fueron tomando posesión de lo que es de todos: esta interminable Rambla que se proyecta por toda la costa del Río de la Plata.

Es un extremo contraste con "nuestra" Costanera, donde el acceso al río quedó perdido y la ciudad evolucionó dándole la espalda, nos criamos pensando que el río no nos pertenece y es de exclusividad para los barcos, el Buquebús y un tiradero de escombros devenido en Reserva Ecológica, pero en estas costas orientales hemos sido testigos de cómo la gente se baña en el río y lo disfruta teniéndolo a mano, disfruta del verde parque lineal paralelo a la Avenida Costanera, mientras incluso, sentados observando el horizonte acompañados por el infalible mate (argentino en este caso) nos quedamos anonadados por la claridad del agua, al punto tal de ver circular repetidas veces un cardúmen pequeño de peces en las orillas, algo imposible, impensado, algo para lo que no estamos preparados de este lado.

Telefónicamente acordamos cruzarnos con Daniel, un perdido españolista oriental, para intercambiar camisetas: finalmente logré ampliar mi colección y sumar la anhelada camiseta de Central Español, esos colegas hispanos de Montevideo que tanto tiempo esperé visitar, y tan bienvenidos son en el Estadio España.

La noche copó su turno y cerveza de por medio, cenamos en el albergue para encerrarnos en la habitación entre relámpagos y estruendos que hacían temblar las paredes, incluso dispararon las alarmas de algunos coches estancados en las calles. La tormenta nos acompañó todas las horas de sueño, incluso amanecimos con su compañía y permaneció amenazante durante largas horas, chispeando, nos mantuvo cortitos, con temor al chaparrón, de manera que condicionó nuestros planes, limitándonos a recorrer la ciudad, acercamos a la abandonada Terminal Central de Ferrocarriles inexistentes, desde lejos disfrutamos del Palacio Legislativo y disfrutamos de un Döner Kebap que rememoró los tiempos alemanes, y tristemente resignamos la visita al Parque Palermo ya que el clima nos dió garantías, aunque si nos animamos más tarde a ir hasta el Parque Rodó y a sus playas aledañas, pero el viento nos obligó a levantar campamento rápidamente, por lo cual regresamos a las cercanías del hotel y preparamos todo para dejar en condiciones nuestros bártulos con el fin de difrutar la última cena montevideana.