Reivindicación

Dudé si utilizar el término, como si escribir una nota a lo largo de todo un año pueda considerarse una reivindicación. Estuve a punto de ponerle vergüenza, la vergüenza con la que regresa alguien dolido que quiere seguir esmerándose por progresar, no me sale ahora el nombre de ese tipo de vergüenza.

Tendré millones de excusas y hace un esfuerzo enorme por tratar de no recordar los motivos que me llevaron a suspender la redacción esmerada de mi compañero de viaje, e intentaré reivindicarme dando libertad a mi deseo de volver a escribir, un deseo que da vueltas en mi cabeza, en mi corazón hace bastante, pero es un deseo postergado, de esas cosas que increíblemente el ser humano posterga, sabiendo que le hacen bien.

Y no es lo único con lo que sucede, eso es lo peor. Eso es lo que definitivamente si me da vergüenza.

Esbocé hace unos meses un atisbo de retomar esta actividad y en un rapto de inspiración dejé galopar mis dedos sobre el teclado, arrasando con las letras que había en él, ya no me siento tan seguro de lo que decía, pero hablaba algo así de mis ganas de reinventarme, de mi reconciliación con la profesión con la que tuve un gran distanciamiento durante años hasta que llegué a aceptarla y me fuí enamorando poco a poco, y algunas cosas más seguramente, solo me acuerdo de eso. Lo tengo acá, en el escritorio virtual, pero no lo quiero releer, porque siempre fué así, siempre que escribí, las cosas brotaron y ahí quedaron, por algo no lo publiqué y estoy aquí, a dos semanas de que termine el año dejando el único registro de Esceptico Observador.

Vergüenza que no haya otro año con tan pocas entradas, y no que no hayan ocurrido cosas este año, ni que no haya habido viajes. Perfecto, no salí del país, pero pude recorrer lugares insospechados y conocer paisajes increíbles, que víctimas de mi falta de práctica quedaron ahí en la gatera como si nunca los hubiese pisado, o al menos, no los plasmé en este registro de desenfado con el mundo.

Y si, se termina el año y las reflexiones...

Fue duro, parece que hubiese sido ayer, lo tengo tan reciente, ese golpazo, ese sacudón, ese temblor, ese nerviosismo, no podía controlar las manos, no sabía bien que hacía, solo sentí a mis amigos quejarse, y en mi desesperación no entendía lo que hacía, les pedí quedarse ahí dentro por las dudas, hasta que llegaron a socorrernos. Por suerte nosotros, adelante estabamos enteros, ellos, también, pero les dolía, nosotros solo estabamos aturdidos.


Así arrancamos mis 30, si señores, mis 30 me recibieron con un golpazo en la culata, un sacudón que me dijo "flaco, despertate que se te pasa la vida!" y me dejó con la cintura y el cuello duro durante meses. Parece que fué ayer, y todavía hoy sigo yendo a rehabilitación, los días que el suministro eléctrico me lo permite.

Parece increíble que uno de los sucesos que me llevar a dejar de escribir, seguido por este otro suceso de bienvenida (y qué bienvenida!) de esta nueva déjada en mi vida, hubiesen estado planeados. Sin el primero, de haberse dado el segundo, nos hubiesemos quedado sin conocer lugares mágicos como Azul, Saldungaray, Sierra de la Ventana, Torquinst, la estancia Funke, GuaminíCarhué, la emergida Epecuén, pasar noches en Parque Luro soportando los ciervos en celo, volver a Carhué y Epecuen a conocer a Morita y a Valerio el Ferroviario y deslumbrarnos todo el trayecto con las bestiales obras de Salamone. También visité a Alfo en Carlos Paz y fuimos a cargarnos de energía a Capilla del Monte investigando la terapia del canto de Alberto Kuselman aunque sea unas horitas.


Un año en el que, créase o no, aprendí a nadar, y no vamos a entrar en detalles de por qué recién a esta edad, semejante pavote, aprendiendo a nadar, los que me conocen, lo sabrán, los que no, pueden preguntarme. No los quiero aburrir, pero considero esto un verdadero logro, no saben la cantidad de años que esto figuró en la lista de cosas para hacer, fué mi mayor y más larga capacitación del año, y la gratitud de saber que me cuesta mucho, pero lo disfruto tremendamente y no quiero dejar de hacerlo.


Asimismo, siguiendo los consejos y las charlas de un amigo que me hice en estos últimos tiempos, incursioné en la práctica del Zazen y si bien falta ejercitarla mucho más, la filosofía japonesa me ha dado una nueva perspectiva de por qué y cómo, de ver, de sentir y sobre todo de pensar, o mejor dicho, de no pensar.

Como mencioné anteriormente, me volví a enamorar de mi profesión, le di una chance, nos volvimos a conocer y la acepté como era; en definitiva eso es el amor no? Aprendí a quererla, a embellecerla, a profundizarla, a derivar de ella en lo mejor y también me di otro lujo que fué capacitarme, una vez más, no entiendo por qué lo postergué tanto, en algo que sabía que me gustaba, pero siempre lo dejaba para después. Malditas metodologías ágiles, scrum y la mar en coche que los he dejado tan de lado y tanto me interesan. En definitiva, intentar laburar bien!

Si ya se, qué tiene que ver eso con escribir. Poco y nada, solo que me di cuenta que vale la pena también expresar las experiencias, desahogarse con ellas, y seguramente, o al menos es la intención, me permitiré darle a Escéptico Observador alguna mirada más profesional. Para nada Nerd, simplemente, desde mi escéptica y observadora postura del modo en que hacemos las cosas.

Avisado esto doy el puntapié inicial y concluyo que la vida es un proceso orgánico donde planificamos o intentamos hacerlo, aunque cualquier proyecto de hippie de turno me diga que no, ejecutamos y analizamos los resultados para perfeccionarnos y reinventarnos.

Pues aquí esta el resultado reinventado luego de la ejecución de más de un año de pensamientos sin escritura. Solo espero que no vuelva a suceder, y tengo fe de que así sea, el año próximo, estará repleto de aventuras que espero convertir en crónicas de amor y desenfado con el sistema.