Mil caras de Lisboa

Tres horas después de haber ascendido al Alfa Pendular en Faro, arribamos a la flamante Estación de Oriente en Lisboa, y si bien el trayecto había sido muy tranquilo. con un panorama mayormente agreste, en la capital se concentraba todo lo que no habíamos visto en el trayecto desde el sur.

Nuestra visita coincidía con la Semana Santa, lo cual hizo que los alojamiento costasen exponencialmente más, esto motivó que nos alejemos un poco de las zonas céntricas. Metro mediante desembarcamos en freguesía de Alameda, donde nos esperaba Ledi nuestra anfitriona, una brasilera emigrante que hacía lo que podía en su humilde departamento de antaño, para que todos nos sintiéramos cómodos.

Lisboa es una ciudad deslumbrante, dentro del caos que puede representar para un transeúnte recorrerla por sus subidas y bajadas, o sus calles abarrotadas de coches esquivando tranvías y tuks esquivandolos a todos los demás, tiene claramente tanto para entregar que uno puede pasar semanas recorriéndola, y nosotros teníamos que descubrirla en sólo 3 días.

Pero teníamos un as en la manga, ya que contábamos con apoyo local. Esa primera tarde, una vez finalizado el partido de Benfica (junto al Sporting, de los dos equipos más relevantes de la ciudad y del país) frente al Marítimo, se apersonó en la puerta del edificio Antonio, una jóven promesa con mucho camino por recorrer en el mundillo de la tecnología con el que tuve la suerte de trabajar, que se calzó el traje de guía y tomó las riendas de nuestra visita.
Casi sin respirar disparamos en el Punto hasta cercanías de la Plaza de los Restauradores, donde llegamos descendiendo por la Avenida da Libertade, desembocando luego en la Plaza do Rossio, abrirnos paso a la Baixa Pombalina, y toparnos con ese centro comercial a cielo abierto decorado orgullosamente con esa particular Calzada Portuguesaabarrotado de gente, turistas, guiris, y todos aquellos que viven del turismo, carteristas y vendedores de hierbas de dudosa procedencia y legalidad incluidos.

La Baixa toma su nombre por ser el distrito céntrico cercano al río, y su apellido proviene del Marques de Pombal, quién fuera el encargado de reconstruir la ciudad tras el terrible terremoto y posterior maremoto que dejara prácticamente destruida la ciudad. El Marqués, en aquellos años, hablamos del Siglo XVIII, fué un visionario y rediseñó la de manera de proveer accesos amplios al río, las calles de la Baixa son amplias a contrapartida de cualquier barrio céntrico de las clásicas ciudades europeas. No por nada, este señor cuenta con un monumental reconocimiento en una de las zonas más cotizadas de la ciudad.

Recorrimos tanto caminando que no haciamos a tiempo de reconocíamos ya donde estábamos, solo intentábamos seguir el paso agitado de nuestro guía que estaba ansioso por mostrarnos y explicarnos cuanto estuviera a su alcance.

La noche culminó tras una cena en un mínimo pero típico bodegón en alguna calle de Chiado, donde hubo entrada, sopa, plato principal y el postre decidimos tomarlo fuera, y deleitarse con un Pastel de Nata con un rico café.

Si hay algo que he de reconocer de Portugal es que el café ha sido de los más ricos que hemos probado, y si es acompañado por un Pastel de Nata, qué decir? Es el maridaje perfecto para la mañana o la merienda. Se me hace agua a la boca de solo recordarlo. Otro aspecto que puedo destacar, es el afán futbolístico en la calle, cuando había partido, los bares estaban llenos de gente que paraba a seguir atentamente el desarrollo aunque no jugase su equipo, y con ese fanatismo tan latino que no me hizo extrañar nada la lejana tierra de donde vengo.

El día siguiente intentamos infructuosamente subirnos por la mañana a uno de esos tranvías, especialmente el 28, que recorre la ciudad por sus callejuelas pequeñas y lleva de barrio en barrio, pero circulaban abarrotados de turistas, pese a ser un servicio público, cuyo costo no es más que que el del autobús, era realmente incómodo subir en esas condiciones, y pese a que seguimos una de las líneas casi hasta sus inicios, allí el escenario era aún peor, ya que la fila superaba los 100 metros, lo que motivó a salir disparados de la ciudad y escapar hacia Belem, distrito lindante con la ciudad al cual se llega siguiendo el río Tajo, de donde solían partir los exploradores de la era de los descubrimientos, y a ellos se les rinde homenaje en un enorme monumento mirando al río.
Al final se erige también monumental la Torre de Belem, una fortificación de defensa en la desembocadura del río en el Atlántico, constituye junto con el Monasterio de los Jerónimos situado a unos 800 metros, Patrimonio de la Humanidad.

Era de imaginarse que con tanto turista dando vueltas en la ciudad, y estando Belem tan cerca, no sería ajena a ellos, y para ingresar al convento se podían observar colas a pleno sol de una cuadra, la cual por principios, decidimos evitar y concentrarnos en lo importante: debíamos saciar el hambre y recuperar energías. Nos enfocamos pues en econtrar el otro sitio para nada monumental pero famoso por sus pastelitos que le hacen honor al nombre de la ciudad.

Nuestro almuerzo, merienda, refuerzo, como quieran llamarlo fué en la casa tradicional Pasteis de Belem, fundada en 1837, de donde surgen los Pastelitos de Belem, una variedad de pasteles de nata, con una receta tradicional, que los hace sutilmente diferentes. Cómo puedo describir semejante sabor? No hay forma, han de visitar este sitio, es un imprescindible. Y desde luego que el lugar estaba explotado de gente, pero la mayoría quería comprar y seguir de largo, nuestro plan era otro, queríamos entrar y descansar, y dentro, es un laberinto de pasillos y salones que se abren uno detrás de otro alrededor de la cocina. Tarde o temprano uno se sienta y tiene tiempo para disfrutar, a un precio razonable.
Con energías renovadas, regresamos cayendo ya el sol, hacia Lisboa, pero decidimos intentarlo una vez más con el tranvía, esta vez desde el otro extremo, subimos hasta el Jardim da Estela, y cuando digo subimos es literal, la ciudad está circundada por 7 colinas, lo que hace que se tengan vistas geniales desde muchas perspectivas, pero requiere cierto estado físico para transitarla.

Con algo de paciencia, y suerte, tuvimos éxito, si bien no pudimos sentarnos ambos, realizamos el trayecto desde el parque hasta Portas do Sol, un mirador hacia el Tajo en el otro extremo de la ciudad, y si, en otra colina, a escasos metros del Castelo do São Jorge.

Nos tomamos el tiempo de reposar en cada sitio donde las vistas resultaran inspiradoras y reparadoras. Contemplamos lo que se podía, siempre rodeados de gente, y seguimos, siempre por más. Estábamos recorriendo de día parte de lo que habíamos visto en una ráfaga la noche anterior, por eso descendimos poco a poco hacia la Baixa, y topamos con el extravagante mirador de Santa Justa, un aparatoso edificio metálico que no es más que un elevador con vistas de la ciudad, como si faltaran ya sitios naturales donde poder verla.

Culminamos el recorrido en las escalinatas de la Plaza do Comercio a orillas del río, contemplando cómo el sol se iba a lo lejos a surcar esas 5 horas de diferencia e iluminar a los parientes en la patria.
Finalmente el domingo de Pascua llegó, y con él nuestra última jornada en Lisboa, que no sería menos intensa. Tocaba reencontrarse con Antonio, tomamos el Ferry y cruzamos hacia Jingal, al otro lado del río, el lado B de la ciudad, donde hoy por hoy también comienza a haber vestigios de explotación turística, pero donde escencialmente quedan ruinas de un pasado diferente, industrial, pesquero.

Confiados por la presencia de un personaje local y con la seguridad que eso nos brindaba, desandamos pasillos que en soledad no hubiésemos atrevido, tuvimos que meternos por casas derrumbadas, galpones con techos a medias, cruzar rejas por pequeños huecos y caminar entre la maleza, toparnos con pescadores en medio de las ruinas y pisar cientos de miles de trozos de vidrios en lo que fuera una mansión de una de las personas más ricas de Lisboa en el siglo pasado, hoy convertido en ruinas, a la sombra del imponente Ponte 25 de Abril, una réplica del Golden Gate, que permite a vehículos y ferrocarriles conectar las dos Lisboas.

Con el puente como testigo y arrullados por el constante zumbido producto del roce de los neumáticos de vehículos contra la superficie metálica de la calzada del puente, seguimos camino, subiendo, por calles de tierra en las que algunos transeúntes se atrevían a refugiarse del intenso sol y preparar unas barbacoas alejados de todo en terreno inexplorado.

Poco después, y no sin esfuerzo físico en el ascenso, estábamos viendo el puente desde arriba, desde el mirador del Santuario Nacional de Cristo Rei, una réplica elevada en las alturas de una base de cemento, del Cristo Redendor.
La tarde avanzó y el recorrido nos alejó aún más de la urbe, adentrándonos en la Costa de Caparica, y una vez más estar sufriendo la ausencia de ropas adecuadas para la ocasión. El clima era ideal, y disfrutamos de una tarde de sol y volver a mojar los piés en el océano, un poco más arriba en el mapa.

Caparica se erige sobre un yacimiento de fósiles marinos, y en apariencia luce muy similar a muchas localidades costeras bonaerenses, con su rambla elevada y sus chiringuitos para comer y beber, donde hicimos honor a los licuados y las torradas. También degustamos por primera vez en años un helado en cucurucho, y, para completar el combo de regreso a los 90, nos metimos en la máquina del tiempo dentro de una sala de video juegos, una sala con arcades que nos trasladó en el tiempo a la niñez o adolescencia y no pudimos resistir la tentación de disputar una carrera en el Daytona USA donde, el de la generación más nueva que nunca había jugado, nos derrotó en un claro ejemplo de suerte de principiantes.
Con una demostración de espectacular gestión del tiempo de parte de nuestro anfitrión y guía, la tarde tuvo su broche de oro observando una interminable puesta de sol, primero escabulléndonos en el Convento dos Capuchinos donde hay un pequeño mirador en memoria de Pablo Neruda, y luego yendo al mirador de acceso público con unas no menos envidiables vistas de toda la costa con el poniente sol, dándonos un corolario de lujo para la visita que queda en la memoria como una de las más intensas y ricas en sabores y conocimiento, confirmando que no hay nada como recorrer un sitio que con una buena compañía local.
Antes de abordar el ferry de las 20:30hs nos despedimos de Antonio con un abrazo, y un hasta pronto en Barcelona. Minutos después desembarcamos en la ciudad y volvimos a subir hasta la Plaza de Luis Camões en el Barrio Alto, hacernos de una ración para llevar de pastelitos de nata en la Manteigaria Camoes, subir unas cuadras más hasta el Mirador de São Pedro de Alcãntara y cerrar nuestra estadía brindando con Ginja (guindado) uno de los licores tradicionales de la zona a la luz de la luna.

Por la mañana siguiente, sigilosos, partiríamos desde Oriente con destino Oporto, la segunda ciudad en importancia del país.

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