Tallinn, orígenes medievales

Visitar Estonia marcó parte de algo que me obsesionó durante años, desde el momento en que leyendo papeles ajados y quebradizos, encontré la partida de nacimiento de mi abuelo materno que citaba haber nacido en Reval, nombre germánico de la ciudad capital del país, que fuera reemplazado luego de la guerra de independencia del país, en 1918, por el nombre de Tallinn.

Luego de un viaje ameno pero duradero en tren, donde cruzamos la frontera rusa saliendo del "frente comunista" (por llamarlo de alguna manera, ya que Rusia hoy tiene menos comunismo que la propia Argentina). Allí subieron inspectores y con una planilla que habían confeccionado los empleados del ferrocarril, pasaron asiento por asiento mirándole la cara a cada uno de los que estaban allí sentados y comparándolos con los nombres y fotografías de los pasaportes. Desde luego el caso nuestro era llamativo, dos argentinos en una frontera terrestre entre una potencia y un pequeño país Báltico no es cosa de todos los días, pero nuevamente, teniendo todo en regla y el pasaporte de nuestra patria nos permitió seguir viaje sin problemas. A los pocos minutos  regresaron las responsables de migraciones, con todo el pilón de pasaportes sellados y nos los devolvieron uno por uno.

Cruzamos el río Narva e ingresamos a Estonia, nuevamente en la Unión Europea. El tren se detuvo una vez más, en esta ocasión se acercaron con otra vestimenta y otra tecnología, todos contaban con lectores magnéticos de pasaportes. Uno a uno se fueron solicitando los pasaportes y al llegar al mío, la empleada de migraciones repite el procedimiento de rutina, lee el nombre completo mencionando a la perfección todos los apellidos, observa la foto y me mira fijo a la cara. En ese momento algo adentro mío reaccionó, un pequeño cosquilleo, una sensación de satisfacción: es la primera vez en vaya uno a saber cuántos años que en Estonia se menciona el apellido Sullain.

El trencito se lanzó a toda velocidad por los renovados rieles estonios, y cumplió su itinerario en tiempo y forma, arribando a Tallinn Baalti Jam casi a las 23hs. En entorno era oscuro, nos lanzamos a la aventura caminando, teníamos el itinerario estudiado, la ciudad no era grande y el hotel distaba a unos 700mts. Nos fuimos adentrando en la fortaleza de la ciudad, cruzando parte del casco viejo, y allí, desde el lado interno del muro encontramos el alojamiento.

Me apresuré a llamar a casa y compartir en unas breves palabras la sensación de estar ahí y la primera impresión que tenía de todo eso: esto es hermoso, merece la pena visitarlo. Dejamos todo donde pudimos y nos lanzamos a recorrer, con una mínima indicación. El ambiente era excelente, con un cielo abierto y estrellado, y el calor, hacían que el sábado a la noche la ciudad tuviera vida propia.

Al día siguiente nos dedicamos a recorrer la pequeña ciudad medieval e indagar un poco sobre su historia. Veníamos de una ciudad de 5 millones de habitantes, y nos metimos en una de apenas 400 mil, realmente era chica a comparación, pero su casco histórico merece la pena, está estrictamente cuidado, y si bien alrededor es un distrito moderno, con grandes oficinas y edificios de última tecnología, la parte histórica se respeta y es donde el turismo es explotado.
Machete de por medio, apenas si logré memorizar algunas palabras, siendo un lugar concurrido por turistas, soprendentemente no hacía falta más que un cordial saludo ("tere") y comenzar a hablar en inglés que por suerte todos nos entendían.

La ciudad surgió como un puerto comercial en la ruta marítima que unía Europa occidental con Rusia y conoció su máximo apogeo como ciudad hanseática en plena Edad Media. Su historia se divide en etapas de dominio danés, períodos alemanes y suecos, hasta la capitulación al Imperio Ruso alrededor del 1700, siendo convertida en una importante ciudad del imperio, debido a su puerto marítimo libre de hielo.
Recién en 1918 logró recuperar su independencia, con ayuda de muchos aliados, entre ellos el ejército Imperial Alemán que ocupó la ciudad en su defensa en plena Primera Guerra Mundial, y desde entonces los estonios entablaron guerra de guerrillas contra los Bolcheviques, pero su independencia duró unos pocos años, ya que en plena escalada de la Segunda Guerra Mundial, volvieron a ser invadidos por el Ejército Soviético, que posteriormente debió retroceder por la avanzada alemana. Es decir que la ciudad volvió a ser dominio alemán en su paso hacia Leningrado. Los alemanes como es sabido, terminaron retrocediendo y abandonaron la ciudad en septiembre de 1944, momento en el que fué reestablecido el gobierno estonio, la bandera nacional volvió a flamear...pero solo por dos días, ya que el Ejército Rojo la volvió a tomar y la mantuvo al país bajo el yugo de Moscú hasta la caída de la URSS en 1991, donde logra su segunda y más prolongada independencia.
Esto justifica el manifiesto temor de los Países Bálticos, miembros (de segunda) de la OTAN que no cuentan con ninguna base militar de esta organización en su territorio, ante las manifestaciones y avances rusos en su deseo de recuperar territorio de la ex URSS.

En el centro histórico de la ciudad se ven monumentos e imágenes de estos períodos, con infografías que hablan de los sucesivos bombardeos. 

Lo que se observa es una ciudad orgullosa de su pasado, que alardea de su independencia pero no deja de tener gran influcencia de todos sus ocupantes previos, ya que entre las cúpulas y fortificaciones, encontramos un mix de cultura ruso ortodoxa, católica, protestante y el idioma surgido de lenguas vikingas.

En el extremo norte de la ciudad, abandonando las murallas y volviendo al siglo XXI, están los puertos de ferrys muy concurridos con destinos a todas las importantes ciudades nórdicas. También hay vestigios de mega fábricas, que evidencian el pasado soviético, donde hoy se desarrollan actividades culturales, y escondidos entre este abandono encontramos bares con el mejor estilo Tacheles en Berlín, con dj's, actividades ecológicas, plástica, comidas orgánicas y por supuesto, cerveza.

A escasos metros, el brutalismo se evidencia en una mega construcción llamada Linnahall. Una sala de deportes, teatro y eventos creada especialmente para los Juegos Olímpicos de 1980 que está en estado de total abandono, pero aún así es frecuentada por muchísima gente y jóvenes, que se detienen ahí a ver las puestas de sol, y desde luego beber, cosa que está prohibido de realizar en la vía pública, pero esta parte de la ciudad parece estar fuera del sistema, y le da ese contraste de "bella y bestia" que atrae tanto, al punto de haber regresado en mi último día de estadía, acompañado, a falta de mate, por una cerveza, a disfrutar de la puesta de sol y agradecer por haber logrado cumplir este primer objetivo.
Construcciones de este estilo se observan en otras partes de la ciudad, con los bloques soviéticos que se han camuflado con pinturas de alegres colores y estructuras metálicas modernas para romper con esa imagen austera. También se encuentra una vieja prisión soviética a escasos metros del centro, y entre otras cosas unos kilómetros se encuentra Paldinski, donde se hallan los restos de la base de entrenamiento de submarinos más grande de la URSS.

El día siguiente la aventura nos acercaba más al Polo Norte ya que embarcamos temprano rumbo a Helsinki en un touch and go para pisar suelo finés. Ese mismo día de recorrida marcó el hito para continuar el viaje en soledad ya en tierras salvajes.

Pueden leer y ver más fotos desde otra perspectiva del viaje en Un Mate en Europa




Fotos de Tallin



Fotos de Helsinki