Haciendo un ejercicio de memoria, apelo a uno de los mapas que nos suele guiar en los trayectos y veo que la ruta más corta para nuestro objetivo era volver sobre nuestros pasos y simplemente descender por el Río Limay. Me doy cuenta que ese recorrido, por más corto que aparente, no estuvo jamás en nuestra consideración, ya que implicaba perderse los gigantes lagos patagónicos que forman las épicas postales de Bariloche y Villa La Angostura, coronando el tan famoso Circuito de los 7 lagos.
Los hitos del camino
Pero primero, la tierra y el ripio. Hubo que desandar ese malogrado y en refacción camino provincial desde Villa Traful donde pasamos la noche, hasta la Ruta 40.
En el corto trayecto entre el empalme y la próxima ciudad existe un punto en el mapa llamaba mi atención en el que decidimos frenar al costado de la ruta para atender a la curiosidad.
Apenas a escasos metros, accesible a pié aunque rodeado por una serie de alambrados rotos y vetustos, maderas y tablas haciendo un vano esfuerzos por reforzar el perímetro que una y otra vez ha sido claramente violado a pesar de los alarmantes carteles que repiten que se trata de una propiedad privada y que existe seguridad y perros en el lugar, perros que jamás hemos visto ni oído, sentimos el frio recorriendo el cuerpo al contemplar el esqueleto de lo que fuera la Estancia Inalco.
La historia oficial es que él no salió de Berlín, creer o reventar, cientos de teorías conspirativas muy arraigadas citan que fué en esta estancia fué la residencia donde uno de los más nefastos personajes de la historia mundial encontrara refugio tras supuestamente huir desde su Alemania natal en ruinas tras haber consumado una de las mayores barbaries humanitarias de las que se tenga registro en el mundo.
A unos pocos kilómetros por delante, el primero de los miradores en el recorrido en un mirador que nos permitió entender la dimensión e inmensidad de los paisajes donde nos encontramos previo al ingreso a la famosísima Villa La Angostura con sus coquetas e imponentes mansiones,
Aquí, el temor ante la ausencia de combustible nos hizo meternos en el ACA local con la suerte de ser los últimos antes del cierre por descarga de un camión cisterna. Los únicos entre un incontable grupo de vehículos chilenos que por esas épocas preferían cruzar Los Andes para abastecerse de este lado beneficiados por el cambio tan favorable. A estas alturas parecerá una historia de ficción en el contexto tan cambiante.
Con la panza del vehículo lleno, quedaba llenar la nuestra, y decidimos llevarlo a cabo la exclusiva Bahía Manzano, recostados sobre las playas del lago y almorzar unos bocadillos al sol para contrarrestar el frío viento.
El reloj marcaba el mediodía, y aún más de medio camino por recorrer. Apuramos el paso hacia Bariloche con el enorme lago Nahuel Huapi siempre a nuestro lado, seguramente custodiados de reojo por ese mítico ser que los argentinos bautizamos Nahuelito.El plan de viaje nos regresaría a la ciudad más poblada de la Patagonia en unos días, por lo que evitamos detenernos mas que en uno de sus miradores al acceso y nos escapamos por sus caminos de circunvalación para seguir rumbo al sur.
Era evidente el aumento del caudal de vehículos y transporte en las complicadas carreteras. Aquí se conjugan un crecimiento exponencial de la población a lo largo de los años con la ausencia de obras de infraestructura y un paisaje que, aunque bellísimo, representa un desafío para la ingeniería vial. El camino se comenzaría a tornar más pesado y cargado.Con el Lago Gutiérrez asomando a la derecha de la ruta, me fué imposible no traer a la memoria a mi doctor de familia quién en su consultorio del Barrio Piedrabuena, tuviera siempre postales del emprendimiento en el que se había embarcado con sus socios apostando, tal vez, al refugio del retiro. Allí esa Casa del Lago salió de la foto para apersonarse físicamente ante mis ojos.
Un poco más abajo, Lago Mascardi y el Lago Guillelmo abren paso nuevamente a la montaña y los zigzags. Una mezcla de agotamiento, ansiedad por llegar y presionados por el intenso tráfico me invitaron a conducir a más velocidad con una "liebre" por delante, conocedora del camino que advertía de los vaivenes del camino y sirviera de guía.
En la última parte del trazado desaparecieron de la vista los lagos. Todo se convirtió en subidas y bajadas con el sol habiendo quebrado ya la pulseada, calentando recorstado al horizonte, pudimos finalmente aparcar en la bulliciosa Plaza del Bolsón con su feria artesanal interminable y ese espíritu que tanto la caracteriza, nos decantamos por dar una vuelta disfrutando de un helado de la a estas alturas famosa Jauja abarrotada de gente esperando degustar los sabores helados patagónicos.
La casa perdida
Aún nos quedaban unos cortos kilómetros para cruzar el mítica Paralelo 42 Sur (vera también Comarca Andina del Paralelo 42) esa imaginaria línea que cruza el globo y marca el límite entre la provincia de Chubut de la de Río Negro, así como una serie de aspectos administrativos e impositivos.
Apenas debajo, la mucho más humilde villa del Lago Puelo se abría a nuestros ojos con su pequeña plaza y su también presente feria de artesanos.
Ya en destino, nos dirigimos a la casa de la prima de Maga, Gabriela cuyo vecino Hugo era quien nos alojaría en una casa contigua, sin embargo hubo algunos contratiempos. Hugo, un personaje peculiar, vino a buscarnos y explicarnos que tuvo una confusión, por lo que la casa que nos había ofrecido no estaba disponible. Pero como alternativa, nos llevó a la casa de su cuñada, una docente local que había salido con su familia de vacaciones ese fin de semana.
De repente teníamos una casa con todas las comodidades para nosotros. Lo primero que no pude dejar de comprar fueron los cerramientos y el aislamiento térmico. En una zona de inviernos tan hostiles, no solo donde paramos, que por cierto era una casa sencilla pero hermosa con un deck al patio y un ventanal gigante para disfrutar de las vistas al verde parque, carecían de vidriados herméticos. Mismo en verano, la casa contaba con una estufa que estaba constantemente en piloto y más de una vez recuerdo haberla encendido por las mañanas.
Una vez acomodados fuimos a visitar a Nilda, la madre de Gabriela que había sufrido un accidente y estaba con una pierna enyesada. Ella, tanto como Gabriela se mudaron desde la bulliciosa y siempre agobiante Buenos Aires. En el primer caso, en búsqueda de tranquilidad y otro ritmo de vida, en el segundo, para acercarse a su hija y sus nietos.
En la charla aprendimos sobre las vivencias en tan distantes latitudes y cómo lo idílico del paisaje, contrasta muchas veces con la ausencia de infraestructura ante incidentes climáticos. Así como también los momentos de tensión que les tocó vivir al poco tiempo de mudarse cuando incendios iniciados intencionalmente comenzaron a arrasar el monte amenazando el sueño y el esfuerzo de toda su vida.
Distantes, asumiendo riesgos, exponiéndose a los intensos inviernos y a los riegosos incendios, accidentales y no tanto. Aún así, eligen estar allí, lejos del bullicio de la urbe bonaerense.
Días de playa
Si hablamos de Lago Puelo, no solo hablamos del lago en si, sino del Parque Nacional que lo rodea y la infinidad de opciones de trekking así como de aventuras que se abren a nuestros ojos dentro de sus limites.
Estuvimos muy tentados de optar por alguna excursión en Kayak hacia los confines del país y cruzar a Chile a pié continuando nuestra excursión a pié, pero no recuerdo con claridad a estas alturas qué motivó desistir de la aventura. Si mi memoria no me falla, por un lado fué la dispersión en los precios de lo que averiguábamos y la diferencia en la duración así como el esfuerzo y el poco tiempo para recuperarnos sabiendo que teníamos unos días de trekking de montaña por delante.
Optamos por lo cercano y lo familiar, nos quedamos en el lago, tomando mates con La Prima y saltando al agua pese a las nubes amenazantes, que no impedían que el sol queme.
En las playas del lago tuve un dejavú de mis viejas visitas, decenas de jóvenes acercándose a ofrecer sus productos, entre ellos nunca faltaba el pan relleno, algo que me alimentó en mis viajes de juventud por estas latitudes. Recuerdo haber guiado a mis padres en su visita, darle indicaciones de cómo moverse y subir al mirador del lago. Eramos tan jóvenes! (nostalgia acaba de aparecer en la sala)
Teniendo la casa a nuestra disposición, aprovechamos nuevamente la ocasión para cocinar, habiendo productos locales todo representaba una gran oportunidad de abastecer al organismo con sabores argentinos. Milanesas, empanadas y tartas no faltaron.
Al siguiente día nos decantamos por explorar las orillas de otro de mis conocidos, el Lago Epuyen. Visitando Puerto Patriada cubría yo un pendiente de hacía una quincena de años. Ahora solo quedan apenas unas cuantas caminatas para sentirme satisfecho con lo conseguido.
En esta zona balnearia se respiraba ambiente de playa. La gente haciendo sus picnics, asados, kayaks con un sol radiante, pero viento frío.
Miles de personas disfrutando de un día de verano. Miles de personas debiendo circular por uno de los caminos más duros que nos tocó en el trayecto, el acceso, muy transitado, estaba bastante en mal estado para un vehículo de las características con el que contábamos.
Cuando regresamos, decidimos seguir de largo a El Bolsón una vez más y visitar el río Azul, tanto desde las alturas como desde sus propias aguas.
De algún modo se podría decir que en estas latitudes, teniendo tanto por hacer, descansamos, y juntamos fuerzas para lo que teníamos por delante...
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