Las viandas preparadas que con tanto apremio cocinamos en la casa de la maestra chubutense que jamás conoceremos estaban listas y en la mañana siguiente, sin margen de titubeos, había que apresurarse para desandar los 100 kilómetros que nos separaban del ingreso al Parque Nacional Nahuel Huapi por Villa Mascardi con el horario límite de las 11 de la mañana.
De algún modo, comenzamos el regreso, pero aún faltaba bastante para el final del viaje.
Pampa Linda
Tras andar casi dos horas llegamos al portal de acceso. El apuro es debido a temas organizativos, muchos vehículos de aventureros y otros tantos minibuses turísticos entran por este acceso y se ponen límites de horarios.
Los esperan paisajes deslumbrantes rodeando al Lago Mascardi conjuntamente con un laberinto de senderos que se abren a la inmensidad de la montaña. Aunque en en general el plato fuerte para los visitantes es el Ventisquero Negro con las vistas al imponente Cerro Tronador.
Los coches no tienen permitido ir mas allá de Pampa Linda, un prado entre la montaña al que se accede por un duro camino de tierra en un estado bastante irregular que hace sufrir al vehículo y a sus ocupantes. Allí encontramos el puesto de Gendarmería, junto a una enorme y tradicional hostería y literalmente la playa de estacionamiento al aire libre más hermosa del mundo.
A pleno sol, pero con el frío a flor de piel en la sombra, descansamos unos minutos a orillas del Río Manso para sacarnos el malestar de estar en el coche tanto rato, nos alimentarnos y juntamos fuerzas que iban a ser necesarias para lo que nos esperaba.
Apuramos a poner unos parasoles para apaciguar los rayos de sol, y el coche se cerró dejando prácticamente todas nuestras pertenencias en la naturaleza misma.
Emprendimos viaje hacia la inmensidad de la montaña llevando con nosotros apenas dos pequeñas mochilas y lo que necesitaríamos por los próximos dos días.
El ascenso
Dejando atrás el estacionamiento con las vistas más hermosas del mundo, los carteles de bienvenida con indicaciones de cómo comportarse en la montaña ya son una sombra en el camino.
Linderos a unos alambrados, el camino zigzagueaba a través del prado. El punto fuerte es el cruce del río con un renovado puente colgante, donde aparece una placa conmemorativa de una persona cuya vida se perdió en ese cruce cuando lamentablemente no había otra opción que cruzar por el lecho del tramposo río manso de aguas manantiales.
Pronto los árboles se tornaron más frondosos, altos y las primeras subidas comenzaron a aparecer. Dos bastones de ramas improvisados que armamos días previos a los cuales les pusimos cinta intentando armar una especie de agarradera un poco más amena serían nuestros aliados.
El primer esfuerzo nos dió la pauta de que tendríamos que tomarnos nuestro tiempo para el ascenso. Un zigzag con pendiente casi permanente que se sentía fuerte en las piernas, faltaba el aire y por momentos el calor hicieron que el camino sea cansador, pero recompensados con fantásticas vistas.
Destacaba en todo momento el Tronador, testigo del ascenso. Vimos como su deshielo daba agua al Río Manso y su nieve eterna brillaba al rayo vivo del sol.
Después de tanto ascenso y que las piernas pidan un respiro, repentinamente se llega a un punto donde el camino se pone literalmente llano, y lleva al senderista por un bosque interminable y verde que se hace eterno, el contraste por el cansancio acumulado daría la sensación de no llegar nunca, pero a su vez no querer salir de ese hermoso lugar.
En el camino cruzamos muchas personas en la misma situación, algunos más preparados, otros más improvisados, la montaña en verano da lugar a muchos que se lanzan a la aventura sin equipo, nosotros seguramente caemos en esa categoría, falta de calzado adecuado como mínimo hizo que todo se hiciera más complejo.
Pero en esta última parte del trayecto nos llamó la atención una familia con niños desandando estos caminos, los niños corriendo y saltando entre los árboles, iban lento, sin apuro, como en casa. Sin saberlo, sería nuestro primer contacto con Atahualpa y Thais, con su madre Melody y su papá Lucas.




























