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En una mañana en la que se resolvió si volveríamos, cómo y a dónde, abandonamos Carhué momentáneamente para alejarnos aún más de la urbe capitalina y adentrarnos en lo que sería el paraje más lejano y definitivamente inhóspito de nuestra aventura.

Tomamos la salida hacia el oeste, y emprendimos camino dejando atrás el reflejo de la Laguna, para comenzar a esquivar pozo tras pozo, que nos forzó a disminuir la velocidad al punto de no arriesgarnos a circular más de 40km/h para mantener la integridad, del vehículo y propia. La Ruta Provincial 60 era en ese trayecto era preferible surcarla a través de su banquina.

Se materializaron médanos y Rivera quedó atrás, junto con el límite de la Provincia de Buenos Aires. Entramos en La Pampa, y mágicamente el estado de la ruta cambió por completo, permitiéndonos retomar un ritmo veloz. Estabamos ingresando al desierto, no propiamente por sus dunas movedizas de arena, sino por la ausencia de poblados.
El camino llegó a su bifurcación y doblamos hacia el norte, destino final Parque Luro, los vestigios de una estancia que albergó la burgesía nacional en los tiempos de oro de fines del Siglo XIX y comienzos del Siglo XX, convertido en Reserva Provincial, no califica aún como un Parque Nacional, pero guarda entre sus límites el secreto de ser el punto de entrada al país del Ciervo Colorado, especie introducida, de la cual, se derivaron algunas crías hacia la zona de Bariloche, donde hoy pueden verse algunos especímenes.

Estas tierras formaron parte del premio que recibió uno de los hermanos del entonces comandante de las salvajes Conquistas del Desierto. En este caso Ataliva Roca, no es casualidad que el pueblo más cercano tenga este nombre. Una de sus hijas se casó con Pedro Luro (el mismo que tiene su calle en Mar del Plata) quién decidió crear en el lugar el primer Coto de Caza del país y lo llamo Establecimiento San Huberto en honor al santo europeo protector de los cazadores, para lo cual introdujo especies que aquí no existían, pero la idea era explotar el lugar de esa forma para que sus amigos de la oligarquía europea vinieran a divertirse. Lo cómico es que nunca vivió en el lugar, pero se hizo extender el ferrocarril hasta la estancia a fin de que pudieran llegar sus amigotes fácilmente y a su vez poder sacar madera de los bosques.

Semejantes esfuerzos no fueron gratificados con la benevolencia de la historia, y luego de la Primer Guerra, con una Europa devastada y en crisis, los amigotes dejaron de visitar el lugar y cayó en desgracia. Entre los posteriores dueños del lugar figuran millonarios españoles y miembros de la realeza, que llegan hasta la madre del mismísimo Huberto Robiralta, quién recibe su nombre en honor a esta estancia.
Remotamos el acceso a través de los Caldenes, se materializó ante nosotros el casco de la estancia, el cual tuvimos que rodear para llegar a lo que sería nuestro alojamiento dentro del área de la vieja estancia. Cómo llegamos en una época especial, la época de "brama" del ciervo, nos solicitaron no acampar y no circular por los senderos del parque luego de las 19hs. Debo confesar que en esos momentos nos dió algo de miedo...

Nos recostamos en los bancos de una de las mesas mientras algunos contingentes de niños que estaban de excursión en el lugar correteaban y dirimían sus juegos entre los árboles en el área de servicios. Indagamos cuáles eran nuestras posibilidades, había varios senderos que decidimos recorrer sin apuro.
Pese a la advertencia del horario y el virtual toque de queda, nos quedamos tomando mates detrás de la estancia y en la zona de servicios, cuando a medida que cayó el sol comenzaron las sorpresas. El sol se escondía al frente, generando todos los contrastes posibles de una puesta de sol interminable, y cuando los rayos se entrelazaban con las ramas de los árboles, comenzaron a aparecer todo tipo de criaturas de entre medio de la vegetación, cual Jumanji. Ciervos, Avestruces, Zorros y pájaros de todos los tipos, colores y tamaños, roedores, un zoologico se paseaba delante nuestro, la naturaleza comenzaba su espectáculo que seguiría dando alaridos durante toda la noche alrededor nuestro.
Comprendimos el motivo de las advertencias: el ciervo en su época de celo, brama, dicho de otros modos, grita, y pelea por mantener su harén. Algo parecido a lo que hace un gato, solo que realizado por un ser un poco más grande lo cual lo torna en algo más violento por así decirlo, en medio de la oscuridad. Se los escuchaba por todas partes, incluso tuvimos la sensación de que que estaban al lado de nuestra puerta de noche. Y entre medio de este espectáculo amatorio animal, debimos abandonar la comodidad del hogar para acercarnos a la proveduría a fin de hacernos de un plato de alimento, ya que en la casa no contábamos con suficientes recursos para cocinar, más bien para preparar desayunos. Desde luego también fuimos testigos de las corridas de ciervos y sus bramidos bajo la brillantez de la inmensa luna, que nos indicó el camino y aprendimos de la amplitud térmica en la estepa. De día andaba en cuero, de noche, estaba para lucir un hermoso poncho de lana

Cena, bramidos, café, Pick-Up! gentileza de Rodrigo y descanso, quedaban dos días para investigar el luga


Nuestra última mañana, bien temprano comenzó con una expedición de avistamiento de ciervos que nos permitió entender más el fenómeno y cómo pese a la prohibición sigue habiendo grandes depredadores incluso el hombre cazando más de lo que debe, y hasta me hicieron una nota para un programa de la televisión de La Pampa que jamás podremos saber si es que algún día vio la luz

Tres días, dos noches, eran suficientes, y no por hartazgo sino por satisfacción, el lugar nos había llenado y superado expectativas que a decir verdad no las teníamos y eso es lo que más sabor le dió a la aventura: ir a un lugar con el solo hecho de desear conocerlo, sin esperar con qué podríamos encontrarnos.

Nos despedimos, fuimos dejando atrás la casona, repleta de tesoros e historia y desandamos camino. Con el sol en su punto máximo, nos detuvimos en Macachín, era casi Semana Santa, muchos turistas se adentraban en las rutas para arribar apresuradamente a destinos patagónicos. Nosotros, sin apuro, volvíamos a casa, nos restaba volver a atravesar los pozos y llegar a Carhué...todavía quedaban muchos más días e historias por conocer.




El desierto

miércoles, 23 de abril de 2014
Viene de  Confines Bonaerenses y más allá, el desierto (II) En una mañana en la que se resolvió si volveríamos, cómo y a dónde, aban...
Viene de Confines Bonaerenses y más allá, el desierto (I)

Transcurrió el desayuno, fué una mañana fría, no queríamos por muchas razones abandonar ese paisaje con sierras de fondo, pero a su vez queríamos seguir explorando los confines de la provincia. 

Despedida con campanadas, como quitarlas de la cabeza! Nos acompañaron todo el viaje hasta el siguiente destino, tanto que deshaciendo camino de tierra, frenamos en Tornquist para afianzar nuestra relación con las obras de Salamone y allí mismo nos volvimos a encontrar con compañeros de estadía, visitando los laberínticos lagos de la plaza principal. Cuando el sol del mediodía interpuso sus rayos para impedirnos obtener capturas dignas, apuntamos brújula hacia el objetivo final del recorrido.


Conquista del Desierto se llamaron las masacres lideradas por personajes nefastos de la historia argentina glorificados en el billete de mayor circulación de los últimos 20 años, entre tantos otros tantas "glorias" de época "de pleno auge". Aunque no fueron los pioneros en intentar amansar al indio y expandir los latifundios de las familias pudientes de Buenos Aires para que sus ganados pudieran pastar más cómodos.  Previo a eso existió algo más trillado llamado la Zanja de Alsina, que consistió en una serie de zanjones fortificados y fortines que se extendieron desde el sur de Córdoba hasta casi Bahía Blanca, para controlar el "avance del indio" contra la civilización.


Atrevimos cruzar estos límites místicos y circulamos por rutas desiertas, ciegas al rayo del sol, trasvasamos las fronteras hacia tierras salvajes, zona del indio, zona de fortines, repleta de combates entre el hombre blanco y el mapuche guerrero. Nos adentramos en el Partido de Adolfo Alsina y desembocamos en Carhué, su capital administrativa, que naciera en la época de la mal llamada lucha contra los salvajes y cuenta con más bestias salamónicas, calles amplísimas, aguas termales, la Heladería El Hado donde nos empachamos cada noche y  la Laguna de Epecuén, un espejo de agua sin desagote, donde se concentran las mismas propiedades que posee el Mar Muerto de Israel, donde uno se tira y flota, donde no hay vida submarina y aún así ella es la desencadenadora de miles de historias de vida más allá de sus límites.

De ella provienen las aguas curativas, las leyendas, los mitos, la villas turística, la avaricia, la desesperación, la inundación, el desastre, la belleza que dejó a su paso y las enseñanzas junto a toda la historia que el agua se llevó.


Sobre la Villa Epecuén, lo que el agua se devoró y vomitó convertido en ruinas de un pueblo enmascaradas en sal, me dedicaré en otra pronta ocasión, ya que todo lo que involucra a este lugar es tan poderoso que me genera tanta inquietud por investigarlo como pasión que brota a la hora de contarlo.

Las idas y vueltas a la villa se hicieron casi diarias, tanto caminando como con el vehículo, nuestro fiel compañero adentrándose en la arena y el peligroso fango, circulando entre ruinas. Las sesiones de fotos se hicieron interminables, matinales, a plena luz y hasta nocturnas. La villa tiene ese atractivo, no pudimos desprendernos de ella, nos acompaña hasta el día de hoy.

Las puestas de sol, Tata Inti, a través de la Laguna eran inmensas, jamás vimos un sol tan imponente, nos detuvimos en cada ocasión a despedirnos y agradecerle por tanta bondad, por su mera presencia, por brindarnos calor y luz, y por su imponderable tarea diaria de simplemente ser, estar y facilitarnos la existencia. 



Nuestra estadía en se dividió en dos etapas. Estuvimos ausentes solo 3 días entre una y otra gracias a que el día que partíamos hacia nuestro siguiente destino, aún con ganas de seguir explorando el presente, la fortuna hizo que nos encontráramos en la sucursal del Banco Nación regional a una empleada dispuesta a alquilar su casa a unos desconocidos por unos días durante semana santa, mientras ella estaría de viaje.

Nuestro retorno a Carhué nos permitió no solo conocerlo en profundidad, e intensificar nuestro apego, al punto tal de llegar a actuar como guías turísticos de los transeúntes que paseaban por el pueblo en busca de las ruinas, del cementerio abandonado, de los mejores lugares para comer. También conocimos y alimentamos a Morita y conocer al maquinista Valerio a quién agradezco habernos invitado a tomar mates a su hogar, convite que incluyó tortas caseras junto al relato de sus hazañas al mando de los ferrocarriles pujantes argentinos, en los años de gloria, circulando por las vías Once hacia Santa Rosa y Toay, corriendo trenes desde Rivera hacia el mercado de Hacienda de Mataderos. Y claro que las escuché con los oídos bien abiertos, es historia pura y ferroviaria, el corazón se me salía del pecho por indagar aún más...pero esa mañana lluviosa tocaba partir definitivamente y desandar kilómetros con destino final la barbarie citadina.

Quedó pendiente atender a la oferta de Valerio, quién nos admitió que tarde o temprano, por sus 80 años ya muy bien llevados, vendería su casa. Nosotros le dijimos que nos gustaría comprarla...que se pierde con soñar? Soñar con esas puestas de sol, con esos misterios y sobre todo con esos días imborrables que vivimos, acá nomás, dentro de nuestra Provincia de Buenos Aires.



Aun resta el secreto de esos 3 días de ausencia en Carhué: nuestra visita al mismísimo desierto.
Hacia confines desconocidos nos remontaríamos en nuestro itinerario. Esta vez habíamos decidido apostar a lo remoto, lo ausente, tal vez por lo barato también por qué no, pero sobre todo, con un halo místico que cubría toda la ruta.

Era el primer proyecto de extensa duración que sería encarado con vehículo propio, dada las características de la zona y la cantidad de motivos para recorrer cada rincón remoto.

Pero la zozobra sufrida poco tiempo antes nos había dejado sin el vehículo originalmente destinado a tal fin. Ante tal situación tuvimos la bendición y aprobación para utilizar otro medio de transporte el cual infundadamente temíamos de su respuesta, más que nada por lo desconocido de su comportamiento en trayectos extensos.
Y no nos defraudó. Se comportó como todo un señor, dehaciendo kilómetros a lo largo y ancho de la llanura, remontando los zizagueantes caminos entre las sierras, exponiéndose a desbalanceados caminos de tierra y surcando la ruta en peor estado que jamás hayamos visto (Provincial 60 entre Carhué y Rivera), superando el polvo, la tierra, la arena y las pinchaduras, él siempre firme, haciéndose valer para que vayamos tomando confianza mutua para superar la inseguridad que nos había dejado el triste incidente.

Estudiamos meticulosamente la ruta a tomar de manera de explotar cada ciudad en el camino. Partimos entrada la mañana de un día viernes, lluvioso, el destino final de esta primer etapa era un paraje a espaldas del cordón montañoso de Sierra de la Ventana.

Cada hito del viaje constaba de una serie de paradas en lugares previamente identificados para deslumbrarnos con las obras magistrales y plagadas de misticismo del Ingeniero Francisco Salamone que nos deslumbrarían incluso en el trayecto de regreso.

AzulPringlesy Saldungaray conformaron las paradas estratégicas dedicadas a tal fin, también tuvimos un breve paso por Villa Fortabat en la visita al curioso Club Loma Negra, capricho mío. También recorrimos Pigüé.

Tal era el estupor y a la vez esplendor que nos generaban estas obras que la demora se hizo notoria y nos tomamos unas 12 horas en recorrer tan solo 650 kilómetros.
Desprendernos de cada una de esas bestias de hormigón nos costaba, no podíamos dejar de contemplar la enormidad de cada obra. El último eslabón en el cementerio de Saldungaray se hizo eterno. 

Luego comenzó el camino entre cerros y quebradas, que aunque muchos no lo creen, existen en nuestra provincia, contemplamos el punto más alto de la región, el Cerro Tres Picos que nos observaba con sus más de 1200 metros que soñabamos con remontar y jamás llegamos ni a la mitad.

Con el sol de frente encontramos nuestro desvío: un camino vecinal de tierra que pudimos que surcar a una velocidad no superior a 30kms/h. Nos tomó más de media hora hacer los 20 kilómetros hasta nuestro destino final, la noche se adueñó del paisaje, ya eran pasadas las ocho de la noche y encontramos la estancia alemana que nos iba a albergar. Nos esperaban con la comida y los brazos abiertos.
La Estancia Funke fué nuestro lugar de descanso durante esa primera semana. Y valla que descanso, tanto que nos buscábamos cosas para hacer. Nos malcriaron de maneras impensadas, despreocupados de todo, solo teníamos que cumplir los horarios, nos esperaban los desayunos temprano por la mañana, los almuerzos, las meriendas y las cenas, previa campanada de aviso, donde todos se acercaban al salón comedor en el casco de la estancia para charlar, y reencontrarse luego de aventurear por las hectáreas de descanso a merced.

Estábamos rodeados de gente mucho más grande que nosotros, muchos podrían ser nuestros padres, la gran mayoría, nuestros abuelos. Poco importó, nos sentimos tan a gusto que colaborábamos voluntariamente en tareas, jugabamos con ellos a los bolos rusos, los observábamos jugar al cricket, las damas, leer, tomar brandy y cantar y bailar música folklórica alemana. Comidas hasta el hartazgo, palladas, asado de despedida.

La estancia nos permitió darnos el lujo de descansar en medio de un paraíso natural, donde cada mañana, recorríamos los frutales y cada tarde nos acercábamos al codo del arrollo, y arrojando migas del pan que nos guardábamos del desayuno o almuerzo, observábamos anonadados como los peces tímidamente se acercaban y daban un espectáculo peleándose por ese alimento tan precario pero que con tanto afecto les brindábamos.

Intentamos como dije antes subir al cerro, pero la escalada era larga y sin demarcar, desistimos y decidimos subir al cerro que hacía honor a la estancia, de menor envergadura y la mitad de altura. El Cerro Funke, lamentablemente no encontramos nunca la cima, pero al menos almorzamos con una de las mejores vistas que podríamos haber tenido. Para qué ir más alto, si después de todo, desde ese punto bastaba para admirar la inmensidad.

Cielos estrellados. Lectura. Fotografía. Renovación.