Descenso al Mar Rojo

Jamás imaginaba estar parado frente a ese muro, para el ser humano ajeno a cualquier religión, son solo rocas, enormes y cuadradas, pero al acercarse uno percibe energía, y tiene lógica, las personas se acercan a este sitio sagrado a orar, a llevar sus plegarias, a dejar sus pequeños papiros que amontonan como pueden entre los huecos de las rocas.

En Jerusalén nos trasladamos a los relatos bíblicos a cada vuelta en alguna esquina. La Via Dolorosa, con sus XV estaciones bien marcadas, es de las más transitadas de la ciudad vieja, llevando a los turistas de todo el mundo devenidos en peregrinos desde la Puerta de los Leones hasta la Iglesia del Santo Sepulcro, y es inevitable preguntarse pues, dónde estará el Gólgota, aquel monte donde de la crucifixión, y por qué la peregrinación se hace desde afuera hacia adentro, cuando lógicamente el martirio del pobre revolucionario Jesús fué antes de su entierro. 

Entran aquí en juego las capas de historia de la que hablaba en mi episodio anterior, y hace falta comprender que muchos de los sitios que son considerados sagrados para el cristianismo (y aquí por favor no se me desilusionen) se basan en investigaciones hechas por Helena, la madre del Emperador Constantino, que de algún modo, en lugar de entretenerse con el bordado y la danza como las mujeres de su época, decidió trascender y con un obispo recrear las situaciones de la biblia según lo que ellos interpretaban de las escrituras, y fueron marcando, lo que a su criterio, eran los lugares donde ocurrieron hechos relevantes.

Lo que no quedan dudas es que por donde queramos atender la historia de esta región, y del mundo conocido por esos años, Jerusalén era el centro del universo, y sigue siendo el centro del universo religioso, con el aditivo geopolítico actual.

El halo bíblico no se limita a la muralla y sus alrededores. Siguiendo con mi itinerario planeado con nulo apego a las cuestiones religiosas, me desplacé kilómetros hacia el sur de la nación Judía, adentrándome en las profundidades, literalmente, del territorio.

Abandoné el departamento sigiloso muy temprano, agradecido por la confianza y hospitalidad. En la esquina compré un café con, aunque no lo crean, alfajores de maicena, y pronto me acomodé en el Autobús (Egged) que partió de la Ciudad Santa rumbo oeste, para prontamente virar al sur, dejando a la vista el espejo de agua que conforma el Jordán, aquel donde Jesús fué bautizado, cuando se estanca en un barranco de 400 metros bajo el nivel del mar y da lugar al Mar Muerto, repleto de sus sales minerales y barros curativos, donde se flota eternamente y la gente se abstrae del entorno hostil en el que se haya, escondiéndose en resorts de vaya uno a saber cuantas estrellas.

Imposible no trasladarme a la lejana tierra bonaerense de Carhué y las viejas épocas de gloria y glamour de la Villa del Lago Epecuén (ver Confienes Bonaerenses...), con sus aguas curativas, que durante años hicieron olvidar a generaciones de la existencia de este lejano mar, dotando a nuestros paisanos un lugar donde redimir sus dolencias y malestares, pero quedó sumergida por la codicia y desconocimiento del poder de la naturaleza allá por los 90.

Tras cuatro horas de recorrido, superados algunos controles policiales al ingreso y egreso de Territorios Palestinos, casi arribando al último eslabón del país, mi destino era descender en plena carretera, en una de las últimas "junctions" y mientras el autobús seguía su destino final a la turística Eilat, yo me calzaba la mochila al hombro, y me adentraba en el desierto caminando los pocos kilómetros que restaban hasta la frontera con la vecina Jordania, con destino Aqaba.
El triángulo que conforman Taba (Egipto), Eilat (Israel) y Áqaba (Jordania) es donde se acaban las enemistades entre estos vecinos: todos quieren vivir del turista que viene desde lejos en plan aventurero y desea visitar todos los territorios místicos, pero darse unos días de relax en una zona de playas y sol eterno en las costas del Mar Rojo.

Luego del chequeo de rutina por las autoridades, y el desembolso pertinente, no olvidar que esta es una frontera de tráfico básicamente turístico, se abrieron las puertas del más allá: allí delante me esperaba otra barrera con otros guardias armados, otra bandera, nuevamente el mundo árabe por delante. Pasos más pasos menos, el ingreso fue sencillo (abajo doy los detalles), una frontera vacía, con los empleados aburridos, y curiosos por saber de donde venía, si era del Barcelona o del Madrid.


Y allí la puerta al arréglese como pueda. En el cruce hice migas con un catalán y una polaca que viajaban en el mismo bus que yo, y sabiendo que deberíamos tomar un taxi obligados, por distancias y por calor, para llegar al centro de la ciudad, existe una mafia de taxistas de frontera con los que negociamos nos llevarían por 10 dinares a los tres, nuestro conductor de turno estaba empecinado en endulzarnos el oído por llevarnos a Petra, lo cual desde luego cuadruplicaba el costo, pero el plan nuestro era ir a la ciudad, yo por un lado porque tenía que pasar allí la noche y ellos porque pensaban hacer la aventura mediante minibus. El precario sistema de transporte de Jordania no cuenta con horarios de autobuses, y es una verdadera lotería, por lo cual los taxistas y coches particulares salvan las papas haciendo su changa, llevando gente, y especialmente turistas. La escena pasó de una cálida bienvenida a una violenta despedida al momento en que entendió que no aceptaríamos el trato, y comenzó a exigirnos más dinero porque según él, habíamos acordado 10 dinares por dos, quería 15 por los tres. Un poco de relaciones internacionales y años de canchas del ascenso lograron desbloquear la situación no sin altercados verbales. Bienvenidos a Jordania.

Mis eventuales compañeros de viaje siguieron su camino, y yo me adentré en la búsqueda de mi hotel, al cual llegué sofocado del calor, 28 grados en invierno, no pude hacer más que darme un baño fresco y descansar unas horas hasta que baje apenas mi nivel de agitación. Lo que vino después fué un sin fin de idas y vueltas por la ciudad, donde uno encuentra un típico mix de mercadillo permanente y desorden típico, con lujo de primer mundo en una zona costera donde muchos hoteles tienen playas privadas.

Mi misión era encontrar el modo de seguir mi viaje al día siguiente, como expliqué, el sistema de transporte jordano es inexistente, sólo existe una empresa formal, llamada JETT la cual tiene página web con horarios, pero en las oficinas con mucha suerte uno consigue encontrar alguien que hable inglés, y los horarios no son de fiar ya que los esquemas varían sin más.
   
Entre adhanes me fuí perdiendo por una calle y otra, comenzando a descubrir que el precio de las cosas era poco literal con el nivel de vida que se veía, un dinar es más costoso que un euro, y las cosas costaban bastante para la humildad que se veía en el ambiente. Siempre con temor a las casas de cambio me ví obligado repetidas veces a recurrir a sus servicios, no pretendan que un país con una economía informal acepte tarjetas de crédito en el mercado de la esquina. Fundamental llevar cambio suelto permanentemente, y asimilar que el costo de las cosas, es 1 "jeidi", Jordan Dinar, como mínimo.

Áqaba es humilde, pero tiene algo que la caracteriza como a todas las ciudades costeras del Mar Rojo, y es la posibilidad de bucear, cosa que muy tontamente no tuve en cuenta y se me escapó de organizarme para hacerlo, pero tiene otra cosa que es invalorable, y son las puestas de sol detrás del Sinaí, y lo que tiene de bueno eso es diario y gratis. Entre las idas y vueltas, descansé horas en la playa, la parte pública y humilde, donde las familias paseaban, donde se sentaban a disfrutar del agua, a chapotear, y a pasear en botecitos por el mar, unos botes techados, coloridos y muy bien sonorizados, que daban una vuelta mínima entre el enorme puerto y el límite, siempre tenso, con aguas israelíes.

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Mientras la vida divergía entre cafés y tes, shishas y paseos en bote, el cielo se iba poniendo rojizo a medida que el sol se iba escondiendo detrás de las cálidas arenas egipcias del Sinaí. Cando los botes se fueron raleando, el silencio se adueñó de la escena, interrumpido por un nuevo adhan, una nueva oración mirando a La Meca, esta vez, la meca quedaba hacia el sur, y más cerca que nunca, a unos kilómetros se haya Arabia Saudia, en la playa, la mayoría ignoraba el llamado, pero algunos pocos extendieron su manta y comenzaron el ritual al aire libre, haciendo sus deberes ante dios.

Caída la noche, aceptando la incertidumbre de mi traslado al día siguiente hacia Wadi Musa y las inmediaciones de Petra, recorrí la zona de bares mas "occidentales" con pantallas gigantes y gran cantidad de mesas, con muy pocas ocupadas, en partes proporcionales, hombres o bien familias o grupos de turistas. Eran las 19 o 20, hacía calor, apetecía una cervecita, pero en las mesas sólo se veían cafés. Mi decisión era evitar la occidentalidad diaria, me adentré en un sitio más local, enfrenté la barrera idiomática y cené un sencillo pero delicioso plato de humus, falafel con un te de menta. Por primera vez, me sirvieron agua envasada en lo que parecía un vaso de yogur.

El día siguiente Petra era el destino, pero el modo de llegar, era un interrogante.


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Mis Sugerencias

- Viajar en bus es sumamente accesible, cruzar desde Jerusalén hasta Eilat me costó apenas 16 euros, en comparación con un café con facturas que me costó 5.

- Si bien se puede sacar boleto en el bus, este trayectos es recomendable reservarlo con antelación o tener los pasajes unos días antes, es muy demandado por ser Eilat la ciudad de veraneo por excelencia.

- Cada parada está debidamente indicada y a medida que el bus avanza en su trayecto, se van avisando las paradas. El sistema funciona igual que en bus urbano, uno pica el timbre y espera que pare.

- Si tienen oportunidad de recorrer en coche propio, las paradas obligadas son Masada, el Mar Muerto desde luego y visitar Jardín Botánico de Ein Gedi

- El sistema de transporte jordano no existe, está basado en minibuses sin horario aparente, aunque desde luego los locales tienen una idea de los horarios que hacen, taxis y gente que lleva gente. El "hacer dedo" está instaurado.

- Importante tener dinero suelto, entender las monedas es un desafío. Tener en cuenta que, es un país curiosamente caro.

La frontera

Sobre los cruces de frontera hay cientos de versiones y blogs, de todos los que encontré recomiendo el post de Joan en Against the Compass.
Hay que tener muy en cuenta que cada cruce tiene sus propias reglas, algunos requieren visa previa, otros cobran simplemente al entrar, otros no cobran. El detalle está en el post, pero aquí comparto mi experiencia.

Yo decidí cruzar por el Wadi Araba Border el cual no requiere visado previo para ingresar a Jordania.

Al llegar al control fronterizo israelí, debí superar unos controles y preguntas de rutina, y el muy importante paso de pagar 125 scheckel como tasa de salida. En el lugar ofrecen cambiarte Dinares, es necesario ya que del otro lado lo tendrán que hacer de todos modos, pero mi experiencia dice que ha sido la peor tasa de cambio de toda mi estadía. No se cómo será del lado jordano ya que hay una pequeña casa de cambio, pero al menos del lado israelí se abusaron. Si se puede traer dinero jordano de otro lado, mejor.
Luego se hacen caminando los 200 metros de "no mens land" hasta la garita del país vecino. Al no tener Jordan Pass, debí llenar unos papeles que en el momento me sellaron y me sugirieron los presente en las oficinas de Petra para que los sellen de nuevo, y lo conserve hasta mi salida.

En los papeles está explicado los costos y normativas en caso de no pasar 3 noches en el país, pero cito casi textual lo que decía en el último punto "este detalle es aplicable al paso Wadi Araba, en caso de cruzar por otro paso, las normativas vigentes en ese paso son aplicables". Con esto, recalco que cada paso fronterizo es un mundo.

En mi caso lo importante es que no tuve que pagar nada para ingresar, ni superar cuestionarios y nada extraño, incluso no me revisaron nada, solo escanearon a desgano la mochila por un detector de metales.

Para ingresar a Jordania existe lo que se llama Jordan Pass, ique básicamente es un papel que uno paga por adelantado en internet y lo imprime, y hace las veces de visa, entrada a Petra y a casi la totalidad de lugares históricos. Mi experiencia es que si ingresan por Wadi Araba, donde no es necesario visado previo, y, muy importante, sólo piensan visitar Petra, el pase no es necesario, pero si piensan al menos visitar un sitio más, definitivamente el Jordan Pass les rendirá mucho más.