A la luna de Valencia

Así reza el dicho popular, de diversos orígenes, se remonta a los tiempos donde aún existía muralla en la ciudad del Turia, y ante el toque de queda a las 22, los pórticos se cerraban y aquellos que no habían logrado ingresar aún, quedaban a la suerte fuera de la ciudad, bajo la luna de Valencia.

Desde luego que no es la única versión del relato, pero es la más adoptada y la que decidimos "comprar" ya que aplica a nuestra morada en este viaje repentino, que permaneció en el baúl de los planes de viajes durante más de un año, fué condimentado y alimentado durante los meses previos fruto de uno de esos locos visionarios que apelan al sentimiento inalienable que tienen unos pocos y locos por esa utopía de abrazarse en un abrazo de gol del resurgimiento. Si, lo se, algo críptico, pero si me conocen, creo que puede entenderse por donde va la cosa.

Y de la mañana a la noche, llegué a casa con la idea de concretar el viaje, con tan solo 3 dias de antelación, todo cuadró y emprendimos viaje, con la particularidad de por mera casualidad coincidir con tantos amigos al mismo tiempo en el mismo destino sin premeditación. 

El viaje desde Barcelona se hace rápido a través de la Autopista del Mediterráneo, una panacea en la cual se evita el martirio de la ruta nacional, una hermosa ruta en buen estado pero con la herética velocidad máxima de 80 km/h en gran parte de su trayecto. Desde luego que optar por la Autopista tiene un coste elevado, de hecho, el cálculo íntegro de coste de peaje hasta Valencia desde las capitales autonómicas es aún más caro que el propio costo del combustible. Una verdadera locura que simplemente me lleva a recomendar a todo aquel viajero que desee realizar el trayecto, a optar o bien por el tren o incluso con autobús, ya que hay muy buenos precios si se adquieren con tiempo.
Claro que nosotros ya venimos muy mal acostumbrados a andar a nuestro ritmo y meter desvíos en el camino que lleven a esos recónditos lugares con vistas de ensueño, en esta ocasión debido a lo intenso de los días y la duración del trayecto, debimos aferrarnos un poco al GPS y sus indicaciones para mantener un buen ritmo, y dejar a nuestra pasajera invitada a horario en su destino. Si, fué mi primer bla bla viaje como anfitriones y sinceramente valió la pena.

Mediodía en Valencia se asoma al fin, Mestalla se erige entre los edificios en pleno acceso a la ciudad, mientras nos dirigimos a repartir los pasajeros, cada uno se hospedó en una punta diferente de la ciudad. Nosotros a pasitos del Parc Marxalenes, a priori uno de los barrios para nada turísticos en una ciudad que poco a poco comienza a sufrir los efectos contradictorios del auge del turismo en un país donde las olas de turistas batieron records este año.
A escasas 3 cuadras de donde nos hospedamos se halla el paseo fluvial o bien como dicen allí por custmbre "el río de la ciudad". Curiosamente, la capital del Turia no tiene Turia hace años, luego de una tremenda riada que afectó a gran parte de la ciudad, hace ya más de 50 años, se decidió llevar a cabo obras hidráulicas de envergadura que desviaron el cauce para evitar futuros problemas. Desde ese entonces, el cauce del río coquetea con la ciudad sin agua en él, pero muy bien aprovechado para actividades recreativas y como pulmón. Lo que alguna vez fué un río caudaloso que amenazaba silencioso con una riada destructora, hoy es un paseo verde de varios kilómetros de extensión donde se encuentran desde campos de todos los deportes, hasta se construyó la emblemática y megalómana Ciudad de las Artes y las Ciencias, un emblema moderno de la ciudad.

Valencia es, detrás de Madrid y Barcelona, la tercera ciudad en cantidad de habitantes de España, y se nota, tanto en la extensión de los traslados, como en la voracidad de su tráfico, pero tiene la bondad de ser una ciudad llana, que es ideal para recorrerla en bicicleta, tanto internamente como desplazarse por la costa hacia parajes vecinos a deleitarse con alguna comida, o simplemente con las vistas desde otra perspetiva. 

Como ciudad de relevancia, está en proceso de renovación en ciertas zonas tradicionales, por citar casos, antiguos barrios pesqueros, se ven hoy sometidos a la rezonificación y el auge del turismo, ya que bordean un amplio paseo costero que me trajo a la mente Playa Grande tal vez, pero con la salvedad que aquí no hay edificios gigantes en la costa, sino barrios bajos, con algún hotel perdido.
Es incesante el ir y venir de transeúntes por la costanera, ciclistas, patinetas, rollers, y simples curiosos, Valencia invita a recorrerla, y así lo entienden claramente la enorme cantidad de holandeses, rusos y alemanes que cruzamos por sus calles.

Sus orígenes se remotan claramente a la época de los romanos quienes montaron aquí una ciudad como motivo de su política de colonización de la península. Posteriormente recibió la influencia árabe durante tantos años y su posterior españolización por llamarlo de algún modo. De estos procesos fueron testigo gran parte de las paredes de la ciudad vieja, que era aquella que residía dentro de las paredes de la muralla. 

Calles angostas y laberínticas esconden sin fin de iglesias y recintos para saciar la sed y el hambre de los turistas y transeúntes. En el barrio de El Carmen lo que en los años 80 era zona de punkies y jonkies en busca de sustancias hoy es de los barrios más cotizados a la hora de buscar vida nocturna, y comercios durante el día.
El éxtasis de la ciudad tiene lugar durante Las Fallas, la fiesta que más arraigada tienen los locales y ha trascendido fronteras convirtiéndose en un festival internacional al ser declaradas Patrimonio de la Humanidad, que dura una semana y en donde no cabe un alfiler en las calles.

La celebración acapara la ciudad entera, es en honor a San José, patrón de los carpinteros, y por ello se construyen cientos de estructuras de madera, que son presentadas en las calles, cada zona, cada barrio con sus falleros tradicionales, bailan, beben y celebran hasta culminar con la quema de las fallas. Está claro que en los Països Catalans todo lo pirotécnico acarrea el entusiasmo de la gente.

Algún día habrá que probar la experiencia, por lo pronto nos conformamos con atravesar algunos de los lugares donde las más imponentes fallas son colocadas, o donde trascurren eventos de relevancia durante las fallas.
Pero no todo es ciudad, contando con un medio de transporte propio nos pudimos alejar unos pocos kilómetros hacia La Albufera, uno de los lagos más grandes de España que conforma el primer parque de la Comunidad Autonómica de Valencia y da lugar a un entorno de húmedo y canalizado propicio para el cultivo del arroz, que da lugar a las tantas variedades de platos típicos en estas regiones.

Y cómo trasladarse al corazón de los arrozales si no es para deleitarse con una paella típica entre las callejuelas y los canales de El Palmar, y brindar por la memoria de todos estos años acompañándonos.

El efecto inmediato de tanto manjar fué suplido con una breve siesta en las playas linderas, y despedir el mediterráneo con un último chapuzón por este verano.
El fútbol también estuvo presente, como dije al comienzo, aquellos que me conocen habrán sabido interpretar el mensaje críptico, pero parte de mi objetivo con este viaje era entrevistarme con el mítico Manolo el del Bombo, un personaje singular, muy abierto y accesible en su bar ubicado frente a Mestalla, es ese personaje pintoresco estilo "El Tula" que con su bombo y trajes típicos acompaña a la selección española en todos sus estratos a lo largo y ancho del mundo.

Él es el hincha inequívoco y número uno de la Selección, por lo que fuí a coronarlo como el representante de la hinchada del Deportivo Español en la Península, porque, no por nada jugamos "...con casacas rojas sobre el corazón, como en España los llevan los de nuestra selección..."

Valencia, con su llanura, sus enormes calles, tránsito voraz y sus trapitos o limpiavidrios, tiene un aire muy a Buenos Aires, incluso más que el que identifico en Madrid, es una ciudad pujante en movimiento, tiene barrio y tiene modernidad, tiene arquitectura que bien podría mezclarse con algunas zonas de la Reina del Plata.

Tiene riqueza cultural, historia, sobre todo tiene mar y playas, tiene su atractivo, pero le falta ese no se qué, tal vez sean las montañas, quién sabe. Pero no queda ninguna duda que de sabores y buen vivir, lo tiene claro.
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En el camino de regreso, no pudimos ser menos, y como si no hubiéramos tenido suficiente paella el día anterior, decidimos parar a contrastar los sabores de los arrozales del Delta del Ebro

Siguiendo las instrucciones de un compañero, nos perdimos entre el dorado de los campos de arroz en plena faena de trilla, hasta el Poble Nou del Delta, más precisamente en Lo Patí de Agusti, donde debimos de esperar un buen rato por nuestra improvisación al llegar, pero pudimos validar el sabor de unas paellas a la brasa haciendo honor al horario de comida típico de la península, a las 4 de la tarde!

La conclusión? No hay mejor ni peor, son arroces y formas de hacerlos diferentes, destaco el arroz negro del delta, pero que importa, si por el don de sibarita no me caracterizo, quedó claro que en este viaje no nos contuvimos de estos placeres, que después de todo, hay que dárselos en vida.