Paises Bajos, más allá de la ciudad del pecado

Viajar es un placer y la excusa laboral fué perfecta para desencadenar una oportunidad de recorrer nuevas tierras, tras muchos años volver a pisar territorio bajo el nivel del mar, y darme la posibilidad, catalogada de locura por muchos, de evitar la gran ciudad capital, la de todos los vicios, la que todos quieren visitar.


La cita comenzó con un gran evento corporativo en un hotel de 5 estrellas en las costas del mar del norte, en la localidad de Noordwijk, ciudad donde vivió Sigmund Freud y donde yacen los restos de la entrañable María Montessori, o yéndonos a personajes más materiales y recientes, el entrenador Louis Van Gaal tiene residencia o bien el recordado Edwin Van Der Sar debutó defendiendo el arco en el club local que milita en la 3ra división.

Con lujos y atenciones fuera de lo común para lo que suelen ser las escapadas que relato. Vista al mar, a menos de 100 metros de la playa, beach house y la vista entrañable de la puesta de sol con la casi permanente presencia del viento resonante, daba a este hotel que sabe albergar a la selección holandesa de fútbol entre otros famosos, el contraste de la imponente construcción frente al mar con paisaje privilegiado, pero sometido a las inclemencias de un clima que poco ayudan a disfrutar del verano.

Los eventos y reuniones fueron pasando, y se fué dando lugar a las celebraciones, la coronación de unas jornadas de presentación de resultados, balances y proyecciones al próximo año. Comenzamos fuerte, no sin dilaciones de por medio, me atreví a bajar en pantalón corto a la playa donde el fuerte viento hacía que la arena seca levante vuelo y se convierta en agujetas que pinchaban mis piernas, y pese a lo desalentador del panorama, hicimos piña como quién dice entre varios y nos metimos al agua, soportando los primeros minutos de sensación hipotérmica para pasar a la tranquilidad de océano más parecido al que tenía desde la infancia y no a las aburridas aguas del Mediterráneo, aunque ciertamente mucho más frías.

Tras convertirnos en los únicos valientes, salimos airosos, posamos para las fotos, ducha de por medio bajé para seguir la velada hasta la no tan entrada madrugada. Como en muchos países, los horarios difieren del espíritu hispano, y a la 1am ya nos cerraban las puertas para invitarnos a la retirada.

El sábado recobraba libertad, el clima, como cada día de este verano extraño en el norte de Europa, y más en las costas, hacía que el sol brillara por su ausencia y se entremezclara con nubarrones amenazantes que dejaban entreveer algunos chaparrones. La playa estaba preparada de todos modos para recibir visitantes, sin duda los holandeses disfrutan de este sitio y otros como exclusivas playas, que a alguien que viene de (admito que es raro decirlo, pero me estoy atribuyendo la pertenencia ya a la ciudad...después de este tiempo me atrevo a hacerlo) Barcelona, poco tiene de seductor más que para los amantes de los deportes acuáticos.

Callado y sin llamar la atención, atravesé la puerta frontal del lujoso hotel con mi mochila al hombro, con toda mi humildad a cuestas, me alejaba con algo de nostalgia ya que desde luego estar allí es un lujo que difícilmente repetiría por mi cuenta, pero poco a poco inhalando el sentido de la aventura que se iba apoderando de mi, un deja vu, esa sensación de ir sin rumbo, de estar solo, en busca de paisajes, fotos y escenas de la vida en otro lugar remoto.

Caminé unos metros y me detuve en una parada de autobuses, todo debidamente señalizado, con cartelera electrónica de horarios, un padre con sus hijos esperaban allí, consulté si sabían el precio del autobús, pero no lo tenían claro ya que usaban "la SUBE" de estos lados. Me di vuelta y observé alrededor, tras los lugares que tuve que desandar yo solo y siendo mi previo destino Marruecos, estar en Holanda era pan comido, hasta me sentí levemente desilusionado conmigo mismo por sentir tanta emoción por salir sin rumbo a recorrer un sitio tan ordenado.

Pero no dejé que ese mínimo pensamiento desalentador durase más de un minuto en mi cabeza, estaba allí, a punto de volver a emprender un viaje en solitario y trajo a flor de piel aquel momento hace ya dos años donde llegué a las remotas tierras del este, y me enfrenté a todos mis temores para recorrer algo tan distante.

Puntual, subí al autobús, finalmente el precio era de 4 euros, un valor distante de los precios del este, y de los españoles claramente. El primer mundo, el orden, tiene su costo. Tras aproximadamente media hora de viaje recorriendo rutas y caseríos, todo rodeado de canales y bicicendas pobladas de ciclistas y motociclistas, pequeñas huertas con vacas, y campos bajo el nivel del mar sembrados, deslumbrado ante esta explotación del más mínimo espacio de tierra fértil, arribamos a Leiden donde debía tomar un tren, y en el momento decidí que sería hacia La Haya.

Monté en un tren amarillo, como todos los que circulaban, aunque en diferentes velocidades, y me preguntaba cómo era posible que un país tan diminuto pudiera ser tan influyente y tuviese tanta infraestructura superior a la nuestra. No pude evitar sentir rabia, impotencia por lo que nos toca, y cuando hablo "nos" me refiero a mi país que es Argentina, por más que tenga que renegar de muchas cosas en España.
Tan solo unos minutos, menos de media hora, bastaron para que el tren hiciese cabecera Den Haag Centraal, uno de los tantos edificios modernos que contrasta con el tradicional sector céntrico de la antigua ciudad, donde se encuentran los Estados Generales de los Países Bajos, la Corte Suprema y el Consejo de Estado. En la ciudad residen (Palacio Huis ten Bosch) y trabajan (Palacio Noordeinde) los reyes, Guillermo y Máxima. La Haya es también sede de todas las embajadas extranjeras y ministerios gubernamentales del país.

Desde luego, La Haya es mundialmente conocida por ser la sede de la Corte Internacional de Justicia donde funciona también el Tribunal de Arbitraje Internacional.

Dado que mi tiempo era escaso, y el clima no ayudaba, decidí recorrer a pié el pequeño centro histórico y desplazarme hacia el famoso edificio del Tribunal, conocido como el Palacio de la Paz, y empaparme un poco de su altruista historia y su peculiar modo de construcción y superación pese a las dos tremendas guerras que sobrevivieron al mundo durante su creación y posterior a esta. Lamentablemente por desconocimiento no supe que se podía reservar una visita al Palacio, me quedé con las ganas de ver el Cristo Redentor donación de la Argentina al momento de su creación, y debí conformarme con recorrer el pequeño museo con audioguía, donde se exhibe como un caso ejemplar de arbitraje, con viñetas y todo, el caso de las papeleras entre Argentina y Uruguay.

Tiempo de seguir viaje, un nuevo Sprinter me esperaba en la estación central con destino a la reconstruida y moderna ciudad de Roterdam. Cuna del filósofo humanista Erasmo, y en aspectos más terrenales del Feyenoord y jugadores como Van Bronckhorst y Van Persie, está situada a orillas del río Maas, afluente del Rhin con el Mar del Norte, cuenta con el Europoort, el puerto más grande de Europa y uno de los más grandes del mundo.

Desde luego que su situación privilegiada respecto a la navegación existía ya desde años de su fundación, y su actividad fué un motor para la industria de la región, que la convirtió en uno de los tantos objetos deseados del régimen Nazi, que tomó posesión de la ciudad en Mayo de 1940, tras un bombardeo de grandes dimensiones que convirtió la ciudad en escombros.

La ciudad fué totalmente reconstruida, y eso la convierte nuevamente en una de las más influyentes económicamente en Europa y desde luego una de las más modernas, aunque no por ello de las más grandes.


Mi recorrido podría haber sido directo desde la modernísima estación de tren hasta el recinto donde dormiría, pero fiel a mi estilo decidí dar cuantas vueltas pude por el centro, perderme entre las calles con esa mixtura de edificios añejados de mediados del siglo pasado con complejos edilicios de figuras extrañas y otros que se fundían en las nubes mismas, o la demencial estructura del Roterdam Markt que emula un mercadillo de cualquier pueblo europeo en una escala de otro planeta.

Navegando entre calles, edificios y canales, me topé con el Erasmusbrug y el caudaloso y concurrido río que parte la ciudad en dos, y marca la referencia para todo aquel distraído que se intente perder en la ciudad.


Pocas calles me separaban ya de mi morada, donde opté por tomar una cerveza local y esperar en la barra, para sorprenderme con el inconfundible acento cordobés de uno de los recién arribados que intentaba comunicarse con la recepcionista mitad en cordobés, mitad en inglés con acento cordobés. No pude dejarme estar, invervine y el guaso sonriente como quién no ve un paisano hace meses me suma a la charla con ese inconfundible buen humor mediterráneo (de argentina claro!).

La charla se prolongó horas, un aventurero importante, que pese a las apariencias solo llevaba dos dias en Europa vagando literalmente sin saber donde dormiría al día siguiente pero con un estudiado y soñado plan por delante. Una casualidad su presencia en ese lugar, que llevó a sumar un compañero a la excursión del día sugiente a Kinderdijk, un conglomerado de 19 molinos situados en una zona bajo el nivel del mar que cumplían la función de desagote de las tierras inundables para permitir su cultuvo. Al día de hoy algunos de ellos siguen teniendo este rol, pero desde luego que existe una bomba diesel que hace el trabajo duro, y les deja el rol de patrimonio de la humanidad abierto al público.


Creo que fué el único día de sol intenso, quién imaginaría que tras días de pelea de nubes con el rey sol por ver quién tenía más poder en el reino de los cielos, no me imaginé jamá que el verano se apersonaría de tal manera, y en pleno mediodía nos azotaría con tal vehemencia, que ameritó incluso que rompa todas las ataduras mentales y temores, y ante la imposibilidad de poder cambiarme en medio de tanto turista dando vueltas, y el deseo de refrescarme, opte por tirarme en boxer a un canal de agua en medio de un campo en Holanda al lado de molinos históricos y rodeado de turistas de todas partes del mundo...

Ese salto fué un antes y un después, el primer chapuzón costó, pero no daban ganas de salir! Es un hecho que de haber estado solo no habría cometido esta locura, pero que feliz estoy de haberlo hecho! Quién puede contarlo? Ah si! El cordobés, y desde luego, la familia de holandeses que ya estaba chapoteando y a la cual le preguntamos si podíamos hacerlo y nos abrió las puertas de ese refrescante chapuzón.

Hubo tiempo para una cerveza, arreglar el mundo y la admiración por observar alguien que no sabía donde pararía esa noche, pero ya comenzando a caer el sol no tenía preocupación alguna. Yo, mientras tanto, debía retornar desde otro anden de la estación, silencioso retiro hacia el aeropuerto de Amsterdam, la ciudad del pecado que no he llegado a pisar siquiera, y poner pié en tierra comenzado ya el día siguiente. El corto camino a esta casa...


Debido a la discontinuidad de Picassa Web, invito a que repasen todas las imágenes AQUI.

También los invito a conocer otra visión de un recorrido por Roterdam y La Haya en el blog Un Mate en Europa.