La inmensidad del desierto

Viajar al desierto era lo desconocido, por el desafío que implicaba hacerlo por nuestros propios medios. Coche mediante, un pequeño Hynundai i10 que retiramos a las 11 de la mañana de un domingo en el Aeropuerto de Fez cuyo estado general dejaba bastante que desear, pero confíabamos, ciegamente ya que otra opción no teníamos, en su mecánica.

Emprendimos el camino con las advertencias de nuestros anfitriones en Fez, que demoraron muchas horas debido a trabajos en la ruta, pero que el camino era bueno y sólido, con ciudades en el medio y servicios disponibles, en contraste con lo que el imaginario de uno lleva a pensar respecto de un potencial viaje adentrándose en un país africano hacia algo tan remoto como el final de la ruta en el desierto mismo.

Nos restaban como mínimo 8 horas de viaje a sabiendas que debíamos evitar la noche, no por las alimañas del camino, sino porque conducir se torna peligroso. La ruta a lo largo del trayecto está en un estado similar, por momentos mejor y por momentos peor, que muchas rutas nacionales o provinciales de Argentina, pero la gente, en general en las ciudades, conduce bastante mal.

Lo primero que vemos a la distancia es la primera cadena montañosa, verde, zigs zags pocos coches por suerte, sin camiones al frente que son el gran escollo y bastante policía, vamos con cautela, sabemos que resta mucho por andar, 450 kilómetros que pueden hacerse eternos.

Llegamos a Ifrane, una ciudad situada en el Atlas Medio que pareciera sacada de cualquier contexto alpino europeo, con construcciones con techos a dos aguas, rios, frondosos bosques y solo basta con buscar en internet para descubrir lo nevada que puede quedar esta ciudad en invierno.

El camino nos saca de la ciudad a través de una reserva de monos de Berbería y nos desviamos sin llegar a tocar Azrou, y desembocar en una zona más árida pero no por eso menos interesante geográficamente. Así como el imaginario hace que uno piense que en el camino escasearían los servicios, también uno se imagina un paisaje liso y aburrido. Todo lo contrario, ya que a lo largo de todo el trayecto debimos atravesar cañadones y cadenas montañosas, valles fértiles y ciudades de diversos tamaños, incluso encontramos aeropuertos, distintos atractivos que a medida que llegábamos nos descubríamos al paso.


El calor se hacía notar, tratábamos de cuidar el vehículo y conservar combustible a expensas de llegar a alguna de las ciudades más distantes con más diversidad de recursos. En medio del camino hubo desde luego escala técnica, como buen samaritano que se detiene en una estación de servicio, sin darme cuenta lo hice cerca de la zona de aire, el empleado se acercó con su paso cansino a medir los neumáticos, primero le dije que no y regresó a su ritmo sin chistar, pero inmediatamente me di cuenta que necesitaría su baño con lo cual le insistí en que viniera de regreso. Hizo lo propio, sin yo poder explicarle cuánto aire ponerle a las cubiertas pero sin a su vez dejar de vigilarlo por historias que oímos al paso de otros turistas en la Medina sobre "sabotajes". Terminó, le entrego su rigurosa propina (nada en Marruecos se hace sin propina) y le pregunto por el baño con mi mas rudimentario acento francés, y atina a hacerme pasar, pero su compañero me indica que vaya al bar del frente, donde había montada una parrilla al mejor estilo Mataderos, de la cual emanaba un rico olor a carnes asadas, la carnicería estaba ahí mismo, con los restos de res, corderos o lo que vaya a ser colgando al aire. Junté coraje y entré a preguntar por el baño haciendo ademanes para explicar que venía desde la estación. Como casi todo los cafés o bares que vimos, la presencia era en su totalidad masculina, las pocas mujeres se escondían en la cocina, lugar al que por error me metí en busca de mi necesitado toilette. La presencia masculina permanente amedrentó a en más de una ocasión durante la estadía a La Maga. que prefirió seguir aguantando un poco más.
Llegamos a Midelt, una de las grandes ciudades del camino y se podría decir que es una de las que marcan una parada, es geográficamente casi la mitad del camino. Pero viendo el tanque de combustible con apenas menos de la mitad, fuimos el todo por el todo sabiendo que la siguiente gran ciudad, Er-Rachidia distaba 150 kms y en el medio había poco y nada. Es una manera de decir, me refiero exclusivamente a servicios, en ya que en le medio había contenidos de todo tipo que daban sabor a la aventura, y sabor le dimos también con el poco alimento que cargamos encima, apenas atinamos a llevar una botella de litro y medio de agua que nos quedó corta por el gran calor y dos bocadios (si, se llaman así en Marruecos no es una falta de ortografía) que calentamos como todo lo que se calienta en una zona desértica: al sol montados sobre el torpedo del coche mientras conducíamos.

Así fué como alrededor de las 17 llegamos a la gran ciudad de Er-Rachidia, lo que fué bastión de la Legión Extranjera francesa, con su propio aeropuerto, gran extensión y hasta su propia medina, y metimos trompa en la primer estación de servicio que vimos, teniendo muchas opciones por delante, caímos en una Shell a razón de 10,33 Dh el litro de combustible. Dimos aviso a Mohammed, nuestro siguiente anfitrión bereber, que en unas dos horas estimábamos llegar. Restaba poco, pero aún quedaba tiempo toparnos con el tesoro escondido del Valle del Ziz, oasis verde y fértil en medio de un cañón montañoso con muy poco que envidiarle al del Colorado, al cual la ruta nos descendió y lo zurcamos hacia Erfoud, y tras pasar por la ciudad de Risani, bastión comercial rodeado de Ksares, se abrió el desierto por delante, con el Erg Chebbi y las dunas de fondo.

A las 18:30hs arribamos, menos de lo esperado, un viaje fascinante, con bellezas a cada paso, deslumbrados y cansados, pero no por eso menos entusiasmados, preguntamos por Mohammed en el kiosco tal cual sus indicaciones y se apareció en su túnica a los cinco minutos invitándonos a entrar a la casa, a acomodarnos y recomendando ir a ver la puesta de sol a las dunas.
Volvimos a oscuras, divisando en la lejanía las pantallas de teléfonos móviles que iluminaban la cara de los muchos niños que por allí se dispersaban a disfrutar del fresco. Si hay algo característico del trayecto es que observamos gran cantidad de niños por doquier, en bicicletas, por la ruta o por las calles, y desde luego mayoría de hombres. En cualquier parte del camino había personas en la ruta, ya sea pastando cabras u ovejas, o bien esperando algo, alguien, tal vez uno de esos Mercedes Benz viejos que operan como grand taxis en medio de un clima hostil en lo que puede parecer a muchos la nada misma. Desde luego, todas estas personas, siempre aparecen bien cubiertas, con una o dos camperas, con capuchas, en principio pensamos que era por cubrirse del sol, buen punto, claro está, pero también, porque esta gente está acostumbrada a convivir con temperaturas de 50 grados en verano, y una temperatura de 20 es, claramente, frío.

Al llegar a casa, Mohammed nos hizo extensiva la invitación a visitar la casa de su familia y tomar el "whisky bereber": nos sentamos en su mesa a beber te verde con galletas caseras, charlar de la vida, indagar costumbres, vivencias, diferencias idiomáticas y aprender cosas del islam que tan lejano nos resulta, mientras de fondo interrumpía la llamada de la Mezquita, para lo que sería el último rezo del día.

La noche nos vió tirados en el techo de la casa, o lo que proyecta ser una terraza, intentando ver las estrellas que poco llegamos a divisar producto del sueño que nos vencía dado el intenso día. Descanso que encaramos ya bajo techo, profundamente, y se vió interrumpido por el Adhan convocando al rezo previo al amanecer. Intensa sensación oír estos albores comprendiendo levemente su significado, esto que tan lejano vemos desde Occidente se convierte en algo naturalmente comparable al día a día en nuestras tierras y costumbres. 
La siguiente mañána, tras el desayuno atinamos a salir de paseo por el oasis o "el jardín" del pueblo como nos lo describieron. Siguiendo la canaleta de irrigación que hace factibles algunas explotaciones mínimas agrícolas, y sobre todo sirve para que muchos niños chapoteen y jueguen con sapos que buscan alivio a los rayos del sol. Intenso sol, blanquecino y enceguecedor, nos forzaba a refugiarnos debajo de cuanta hoja de palmera encontremos.

No se podía hacer más, con el sol a pleno ardor, el refugio obligado es la casa. Para nada descabellado, hacer un paralelismo con las tardes de siesta del norte argentino, ya que poco pudimos hacer más que rendirnos al sueño.

No teníamos planeado una excursión, debido al escaso tiempo y a que nos parecía algo netamente turístico y armado para extranjeros de lejanas tierras, pero no teníamos muchas más opciones, el desierto vive de mañana o de noche, y decidimos emprender la aventura, con poco de impredecible a decir verdad, de pasar la noche en medio de las dunas, previa caminata en camellos que salen en hilera de todas las latitudes en torno a las dunas, y cuando baja el sol se pierden en ellas, para terminar en algún campamento recóndito a la vista.

Arenas rojas, suaves, que invitan a recostarse, saltar, rodar y dejarse caer, son tan cómodas cuando no están hirviendo al sol, que ya se esconde en el horizonte, la duna más alta por delante nos lo hace perder de vista. En el cielo se divisan algunas nubes, y tememos con razón, por las estrellas que finalmente no pudimos disfrutar.
Escondido el sol, surge la convocatoria al te, éramos los únicos hispano hablantes junto con los "regidores" que se encargaban de atendernos en el campamento, el resto, alemanes, franceses y una pareja de jóvenes thailadeses. Nos sentimos raros en ese entorno, no estamos acostumbrados a convivir en modo turista aunque a veces no queda opción, pero a su vez a gusto cuando charlando con los bereber y enterarse ellos que eramos argentinos, nos preguntaron si conocíamos a Aniko Villalba, y otro blogger compatriota más (que lamentablemente no recuerdo el nombre).

Aniko casualmente es una de las personas cuyos relatos de viajes seguimos, a través de los cuales nos permitió conocer el destino. En la charla nos enteramos que estuvo en el campamento con ellos durante tres días y que había escrito sobre ellos. Efectivamente, aquí está el link, Said que allí aparece, fué quién nos guió en el camino de ida con los camellos, y su hermano, otro de los encargados de que disfrutemos la velada.

Antes de dormir nos dejamos caer sobre el vértice de una de las dunas, para ser precisos, destruimos esa perfecta línea que se traza en el quiebre de una ladera con otra, aspirando que a la mañana siguiente lo encontraríamos otra vez perfecto. Ilusos.

No queríamos que termine, tras perder la dirección en nuestra caminata nocturna, decidimos apostarnos ahí como desde un mirador mientras todos caían rendidos a descansar. Fuimos los últimos, esperando un guiño de las estrellas que no asomaban, las pequeñas nubes complicaban la visión, nos deimos conformar con la luna que no es poco. Aún cuando de madrugada, divisando nuestros oídos a lo lejos el Adhan matinal desde la villa, osamos asomarnos y contemplar el firmamento que lucía con otra disposición pero poca visibilidad. No quedó más que retornar a la tienda a dormir, quedaban pocas horas y el descanso era necesario, el día venidero sería largo y lo sabíamos.

Con el sol nos despertaron a voces: "buenos días, amanecer" intentando convocarnos a salir a las dunas y disfrutar del amanecer alrededor de las 6:30 am, lamentablemente solo se veía la claridad pero no el sol. Poco a poco comenzaron a emerger de entre las dunas nuevamente las hileras de camellos de todos los rincones: el desierto se despierta y cobra vida.
Poco antes de las 8 estábamos desayunando con Mohammed y sus nuevos huéspedes, nos dimos una ducha, hubo tiempo para los saludos, y las fotos, imposible irse sin un poco de pan y suficiente agua para emprender el camino de regreso, teníamos un vuelo que tomar a las 21 en Fez. Desandamos el camino ya conociendo lo que nos esperaba, tomamos el tiempo de detenernos a sacar algunas fotos y vistas, hubo que parar a comprar alimento y hasta retrasos debido a la policía que nos paró simplemente para pedir papeles (pero bien que nos pusimos nerviosos) y camiones abarrotados de carga. El viaje se extendió unas 8hs, agotados llegamos al aeropuerto donde todavía restaba esperar. Finalmente, de madrugada española estábamos en casa.

Despertarse en el desierto e irse a dormir en Barcelona en un mismo día, ni nosotros lo podemos creer aún.

Las fotos en otro formato AQUI