Perderse en Fez

Viajar a Marruecos representaba el doble desafío de ingresar al mundo árabe y por primera vez poner pié en África. Ninguna de las dos cuestiones representa gran amenaza, es más bien lo desconocido lo que uno lo atrae pero a la vez le genera ese nerviosismo.

Las referencias del país eran siempre buenas, con ciertas advertencias pero siempre con buenas experiencias finales. Hace exactamente un año me había quedado atragantado el viaje fugaz que tenía planeado por un tema laboral, y esta vez no permitiría que vuelva a ocurrir. Aprovechando el un día festivo, junté coraje, acomodé unos días de vacaciones y se hicieron 5 días, en los que debimos optar por reducir la excursión sólo a dos destinos con contrastes, pero que reflejen algo de la esencia de Marruecos. En primera instancia, llegaríamos a Fez, y luego, lo desconocido, emprender viaje por cuenta propia hacia el desierto en las dunas del Erg Chebbi, la remificación del Sahara casi al límite con Argelia.

Conseguir alojamiento no fué dificil, con el tiempo uno va incoporando que la milenaria ciudad de Fez es un destino turístico por excelencia. El desafío era llegar de noche y saber como movilizarse desde un aeropuerto lejano, adentrarse en los laberintos de la vieja Medina y dar con nuestro hogar. Lamentablemente no había muchas opciones, o nos limitábamos a pelearnos con los taxistas locales por un precio hasta destino sin saber si estos nos pasearían y bien que tan cerca de nuestro destino nos dejarían, o bien la opción segura, algo más costosa, pero más tranquila, era minimizar conflictos y riesgos, acordar que nos esperen allí y nos lleven directamente a destino.

Habiendo acordado esto el nerviosismo no era menor, es la primera vez que incluso antes de abordar el avión le envío mensajes al anfitrión para recodarle que estoy saliendo, que estoy abordando, que no sea cosa que no nos reciba nadie.
Para nuestra sorpresa el arribo fué bajo un diluvio de proporciones, que nos enteramos llevaba ya días largos de clima lluvioso. Corriendo por la pista bajo la lluvia siguiendo a la gente que se adentraba en un pequeño edificio del aeropuerto, la parte más vieja ya que el ala nueva y moderna está aún sin estrenar y en desuso. Allí nos abordó personal de seguridad que nos solicitó pasaportes bajo la lluvia, nos invitó a pasar y a rellenar formularios burocráticos, los cuales como pudimos con bolígrafo que apenas escribía y que de casualidad estaba en nuestra mochila, logramos completarlo. A esto le siguió una extensa cola para el control migratorio, conseguir Dirhams, la moneda local, tratar de ubicarnos en tiempo y espacio, respirar y dar el gran paso que era salir de la "seguridad" que nos brindaba el aeropuerto, superar las decenas de personas que esperaban abarrotadas a la puerta de salida y buscar bajo algunas gotas que aún caían, aquel emisario de nuestro alojamiento que soportase un cartelito con nuestro nombre... y uno diría que esto es tarea sencilla, pero el problema es encontrarlo entre decenas de personas con carteles y con una luz tan escasa como la de la calle Zuviría en Lugano.

De cualquier modo no fue más de un minuto, pero tuve que pedirle a uno por uno que levante su cartel para poder leerlo, fué una situación rara, nunca me habían ido a buscar a un aeropuerto, y de repente estoy en África esperando ser llevado a destino.

Una vez dentro de la camioneta enorme, nos acercamos a la ciudad sintiendo un panorama que no nos era ajeno, no nos parecía para nada algo raro, parecía muchos lugares que conocemos del conurbano bonaerense o por qué no, mismo de muchos lugares de la mismísima Ciudad de Buenos Aires.

Al rodear la muralla de la Medina, el conductor nos comenta que hay un festival de música internacional muy importante llevándose a cabo y que por eso hay tanta gente dando vueltas, algo que nos dimos cuenta que tampoco era motivo exclusivo del festival, porque por las calles y pasadizos de la medina, siempre había gente dando vueltas.

En un acceso oscuro y escondido, digno de una escena de espías o de cualquier secuestro, llegamos a un punto donde ya no se podía avanzar, y nos comenta que allí nos estaban esperando. Salimos del coche y no queda otra opción que confiar porque ya sabes que todo es así, lo leiste en todos lados y hay que dejarse llevar. Se presenta Ousamma, nuestro anfitrión, quién se adentra en las callejuelas y nos pide que lo sigamos, él siempre camina rápido, unos dos o tres pasos por delante, no se detiene a hablarnos demasiado, y cuando llegamos a la casa, ya cambia todo. El Riad es fantástico, tal cual lo esperado, nos presenta a Cecil, su novia francesa, y nos invitan con té.

Con el paso de los días, charlando con ellos entederíamos mejor la situación de su apuro y su lejanía al llevarnos: los marroquíes no pueden guiar gente dentro de la Medina, esa labor es exclusiva de los guías oficiales, y si algún policía (incluso de civil) los ve, puede detenerlos y hacerles pasar la noche en la comisaría, aún cuando Ousamma fuera nuestro anfitrión, no puede hacerlo, por no ser guía oficial, paradójicamente su mujer, francesa, si, dado que no es marroquí y sobre los extranjeros no pesa esa "prohibición".

Otra curiosidad de la burocracia es que mientras bebíamos el té y nos poníamos al tanto de dónde estábamos y qué podíamos hacer, nos comentaban de la casa y de su historia, Cecil llenaba papeles por duplicado. Nos indicaron que cada noche que nos alojáramos allí ellos debían llevar un papel a la policía con nuestros datos para que se certifique que estábamos allí, y mensualmente debían llevar el cuaderno donde volcaban los datos, para que la policía lo corrobore.

Era de noche, estaba fresco, era todo desconocido, y nosotros teníamos hambre, curiosidad y ganas de salir. Nos dieron una breve indicación, la calle principal no estaba nada lejos, por lo que el acceso al pasillo que llevaba al pasillo de la casa (si, el pasillo del pasillo dije) era ubicable fácilmente, siempre que caminásemos por la calle principal, que no era otra cosa que otro pasillo un poco más ancho con más movimiento. No nos amedrentó esto, salimos, llegamos a la "principal" y rumbeamos para donde supuestamente era el festival.
Alguna vez me describieron la Medina de Fez como "una villa" y me sugirieron, para evitar el shock, olvidarme que conozco una villa, y hacer de cuenta que estoy en un lugar totalmente nuevo. A decir verdad es un poco intimidante ser consciente de que todos saben que no eres de ahí, que se te nota, se te huele a la legua, y que hay mucho movimiento constante y venta de todo a toda hora, la gente se te acerca y te ofrece cosas, algunos buscan ventajearte, otros venderte, ofrecerse sus servicios de guía aunque sea ilegal, aprovechan esa situación, y hay que usar el sentido común.

Siguiendo las indicaciones de nuestros "guías" que no estaban con nosotros, seguimos por esta calle, no sin antes hacer un paneo visual de cuál era el pasillo por el cual debíamos doblar para encontrar nuestra casa. Seguimos subiendo, en sentido a la famosa Puerta Azul (Bab Boujloud) aunque no tuviéramos ni idea de qué era la Puerta Azul. 

Lo primero que va uno a notar en las callejuelas de Fez son los gatos, muchos gatos, gatos por doquier, Fez es un infierno (o paraíso) de gatos de todos los tamaños y colores. Los hay por cada rincón. 

Oíamos música a lo lejos, pero había tanto por mirar alrededor que poco sentido le prestábamos a eso. Pasamos kioskos, carnicerías, pollerías con gallinas para elegir, puestos de venta de hierbas, teléfonos, almacenes, bares e incluso una parte oscura con puestos de verduras, los cuales una vez que los superamos llegamos a ver a la distancia el escenario que se situaba en la plaza, muchísima seguridad de todos los colores, por lo que vimos luces y nos acercamos, ahí divisamos unas 500 personas bailando al ritmo de un artista árabe que luego nos enteramos era Khalid Ali Orchestra.
Los niños posando para la foto
La escena para nosotros era inimaginable, estábamos en medio de un recital en Fez, y alrededor nuestro muchas familias, y muchos grupos de chicos, algunas chicas, pero mayoritariamente hombres, bailando entre ellos, saliendo en manadas de un lado hacia el otro, caminando casi que de la mano. Observábamos los gestos, los saludos, cómo saludaban a los mayores, y de fondo un ritmo musical que por momentos resultaba corrosivo, pero no dejaba de sonarnos familiar: era casi cumbia, con sonido arabesco, pero mucho de cumbia.

La joda se terminó pronto, a las 12 nos mandaron a todos para casa, y en el camino de vuelta no íbamos a improvisar, desde luego volvimos por donde vinimos, con menos negocios, pero con alguno para comprar comida preparada en la calle, unos bocadios de omelette (obviamente lo entendimos después ya que en ese momento solo supimos que esos cocinaban y les pedimos comida). La preparación de salubridad dudosa y con la nula pulcritud que le daba el sabor necesario imagino yo, nos costó apenas 21 Dh, algo así como dos euros, entre dos bocadillos y un agua de litro y medio, que terminamos de comer en casa, creo que ni pensamos en el modo en que lo preparaban, y en como con la misma mano que levantaban la comida o las papas fritas, era la misma con la que tomaban el dinero que les dábamos...mi pensamiento fué "esta Medina existe hace miles de años, por algo debe ser..."
El backstage
Al día siguiente Ousamma nos preparó el desayuno que de solo recordarlo me da hambre y se me hace agua a la boca. Era muy sencillo, panes típicos del lugar, mermeladas, frutas, yogurt, y elegimos desde luego, café para arrancar con energías. Pero el pan era tan rico, no puedo evitar la sensación de saborearlo aún cuando ya no estoy ahí. Comimos tanto que no podíamos arrancar, subimos a la planta alta donde tienen una terraza con vista envidiable a toda la Medina, recién casi llegando al mediodía pudimos emprender la marcha.

Era viernes, día sagrado para los musulmanes, por lo que el movimiento era menor, por consejo de nuestros anfitriones, el recorrido se centró en la "parte nueva" de la Medina, el Barrio Judío y el Palacio Real. En el camino debimos superar las miles de invitaciones a comprar lo que sea, nuestros propios temores, cruzarnos con peleas de mujeres con hombres policía mediante, ferias, el tránsito, cruzar por cualquier lado, y desde luego el ofrecimiento "desinteresado" de llevarnos de un lado a otro por varias personas, a las cuales muy amablemente debimos decirles que no repetidas veces hasta que comprendieron y se fueron. Es un punto negativo de las visitas a Marruecos, especialmente a Fez y Marrakech según me comentaron, todo el mundo quiere llevarte, y todo el mundo quiere su propina desde luego. El problema no es la propina que se puede acordar previamente, sino que muchas veces por seguirlos, en su guia desinteresada, te terminan llevando al negocio de su amigo o al taller de otro que les da comisión por tus ventas, desviándote de tu trayecto. Otros muchas veces escuchamos que nos han dicho al paso instrucciones erróneas, como por ejemplo "la sinagoga está a la izquierda" mientras pasábamos caminando, cuando nosotros sabíamos que era a la derecha, o incluso algún mal intencionado en la estación de buses por la que pasamos de casualidad, nos dijo "no vayan para ahí que es peligroso" cuando queríamos cruzar la calle para volver a la Medina (de la cual habíamos salido).
Este primer día de caminata nos dejamos llevar, no nos perdimos pero siempre por lo general tomábamos puntos de referencia para eventualmente volver, es algo intimidante ir por algunos pasillos y ver gente que se asoma, te ve y se vuelve a meter, es que hay que juntar coraje muchas veces, no lo puedo negar, somos sudamericanos y venimos con la inseguridad en la piel. Como punto a favor debo decir que en la Medina hay cámaras y hay policías de civil en muchos puntos, pero así como vimos esto, también vimos gente aspirando pegamento de lo lindo en varios sitios.

La caminata nos agotó, tanto como el factor "venta de todo lo que sea posible vender" y el ofrecimiento permanente en la calle de cosas, productos y hasta "porro y cosas buenas". El cansancio nos depositó en un café, uno de los pocos donde antes de entrar vimos una pareja, porque en general, todos los lugares públicos son exclusividad de los hombres, sentados todos mirando hacia afuera o hacia la televisión, otra cosa intimidante, no dan ganas de acercarse a pedir nada. Pero es algo que hay que superar, y mandarse, dejarse un poco llevar con sentido común.

Pero el día nos dejaría disfrutar de la puesta de sol allá arriba, en la montaña que rodea a la Medina, donde se ubica una de las fortificaciones de defensa, y uno de los cementerios, o de los tantos cementerios. Para lograrlo debimos salir de la Medina, lo cual representó superar algunos miedos, ya que el ambiente cambia, y la ciudad cobra vida de otra manera, uno se da cuenta que la Medina dentro de sus pasadizos sigue siendo un lugar seguro y se siente algo raro fuera de ella. De todos modos la vista valía la pena, y no eramos los únicos que disfrutábamos de ella, muchos lugareños y visitantes del propio país estaban allí asentados.
Mientras descansábamos unos minutos en la ladera, sobre una de las lápidas de la Necrópolis Merinida, un hombre vestido en su túnica blanca, en un look muy árabe, se nos acercó creo yo que muy de curioso, porque en el fondo lo son, les encanta saber de donde viene uno y sacarle charla, algunos por simple curiosidad, otros desde luego para tratar de vender algo, de allí que nos dijeran "Argentinos son buena gente" o "Maradona buena gente" o "El Che" y por último "Messi, buena gente" (en ese orden). Este hombre, llamado Abderramán no fué menos pero encaró por el lado del francés, luego atinó a ver si eramos españoles y desde luego nosotros lo corregimos, allí fué que sacó a relucir todo su español, con un acento muy sudamericano, se puso contento de que seamos argentinos y nos comenzó a dar una cátedra de literatura sudamericana, citando a Borges, a Cortázar y orgulloso de ser hispanista, nos quedamos charlando con él casi una hora, esperaba unos alumnos para darles clases de francés, y rezaba por poder visitar sudamérica alguna vez, ya que aprendió español por su cuenta, quería poder seguir leyendo mucho tiempo más y poder visitar esa tierra de tantos autores tan ricos. Ante nuestra sorpresa no quedó más alternativa que felicitarlo y decirle que él estaba más ilustrado en estas artes que nosotros mismos. 

Viernes, día de cuscus, no fué la excepción, aunque si bien pecamos de ir a un restaurant que se puede considerar turístico, la verdad que los precios y las raciones son tan abundantes que no hacen mella. Pedimos también tajín de carne y dátiles, todo acompañado de te de menta. Riquísima cena por apenas 100Dh en la Puerta Azul.

Y aún habiendo recorrido tanto, quedaba por recorrer mucho más. La Medina de Fez es la más grande del mundo, con unas 300 hectáreas de extensión, y un movimiento de gente constante y permanente. Es la segunda ciudad en dimensión del país.
El sábado faltaba recorrer las curtiembres, que a nuestro pesar las de la Cooperativa y más antiguas están cerradas para renovación y llevan meses en estado inoperativo por lo que nos limitamos a ver algunas a la vuelta de casa, donde se especializaban en tres colores, blanco, amarillo y marrón, tanto de cuero de oveja como de cabra. La verdad que el trabajador que nos dió la guía puso todo su empeño pero no hablaba español, y solo francés, costó muchísimo entenderlo pero le puso ganas.

De ahí a perdernos hasta llegar a Bab Rcif, otra puerta en el otro extremo de la ciudad, con su mercado también, sus cientos de mercados a decir verdad, con otras especialidades pero su incansable movimiento. 

El día estaba hecho un fuego, y apenas si conseguimos algo de sombra para comer un nuevo bocadillo en unas gradas de la plaza donde observábamos a los niños jugar al deporte universal, fútbol.

En nuestro recorrido del día llegamos al Barrio Andaluz, algo alejado y poco visitado, un poco más tenebroso y tal vez no tan acostumbrado a ver turistas, aunque no faltó quién nos ofrezca sus servicios. Fué un día de mezquitas también, ya que pasamos por varias de ellas, y lo intentamos en la principal de la Medina, la cual la encontramos casi sin saber que era la puerta y me metí a su patio para curiosear, e inmediatamente fuí abordado por una persona que me preguntó si era musulmán, y me invitó a retirarme señalándome un cartel en la puerta en francés que indicaba que la entrada estaba prohibida para no musulmanes, para lo que aduje mi nulo conocimiento del idioma (aunque desde luego era claro lo que decía).

Lamentablemente, las mezquitas del país no es posible visitarlas si no sos musulmán, a excepción de la más grande de todas que está en Casablanca. Donde si pudimos ingresar fué en una de las escuelas coránicas, de las 10 que hay en la zona, fuimos a la más antigua.
Las 5 veces al día fuimos testigos del llamado a la oración, y tuvo un efecto impactante, sumado a que en la Medina hay decenas de ellas, desde la más grande a la más pequeña, cada una va llamando a sus fieles a la oración, y aprendimos que el llamado no está grabado, sino que es una persona que lo recita cada vez. No se cómo describirlo, pero el llamado tuvo un efecto acústico, emotivo tal vez, importante. 

El día se nos consumió una vez más, esta vez desde la terraza de la casa vimos caer el sol, con la montaña de fondo y los llamados de las mezquitas a lo lejos. Fez tiene encanto, tiene misterio y tiene mucha historia. Requiere de cada uno animarse a seguir su propia aventura. Siguiendo un poco los consejos de una viajera del mundo, Aniko Villalba cuyo blog recomiendo ampliamente, nos dejamos perder en la medina y fuimos eligiendo la aventura a nuestro propio paso. Superamos escollos, enfrentamos miedos y algunos otros nos amedrentaron tanto que decidimos volver por donde vinimos, pero la sensación que nos queda es de una gran satisfacción.


Desde luego las fotos en otro formato AQUI