Guten Rutsch!

Expresión extraña si las hay y hasta rara al pronunciar para un hispanohablante, nueva para nosotros y tardía en expresar. Es una frase que representa el buen augurio de los alemanes para el año entrante, literalmente significa algo así como "buen resbalón al nuevo año" pero cuando se recibe se sobreentiende que el deseo es el de un próspero año entrante.

Finalizaba un agitado 2015 y una casi costumbre a esta altura de recibir el año a la distancia no podía ser menor, una locura que nació de un simple comentario a través de un mensaje de texto terminó haciéndose realidad y el mismísimo 31 de Diciembre por la mañana embarcamos con el sol asomando por el horizonte de Barcelona para perforar la capa de nubes grises y exponernos a la humedad y bruma casi constante de esos días en las afuera de Stuttgart.

El clima alemán definitivamente no es la característica más envidada del país modelo y locomotora de la economía europea, pero pronto todo esto pasa a un segundo plano cuando quien te recibe llevan consigo la sangre caliente y la calidez que brinda un corazón latino.

No llegamos ni a pensar en qué era necesario hacer, cómo podíamos contribuir, pero esa noche ya estaba todo preparado, y el flujo de visitas, de idas y venidas, de charlas en al menos 3 idiomas con una exquisita raclette para cenar, desembocaron en los minutos previos al desenlace del año y el deslizón al siguiente. 

Era indiscutible que si hacía frío, en Alemania se sale igual, y así lo hicimos, emponchados hasta las orejas, nos adentramos en una lomada de Steinenbronn con una vista elevada donde comenzó un extravagante espectáculo de fuegos artificiales que se oían y contemplaban a todo el alrededor, casi como en Argentina pero en una escala monumental, y no por lo buenos o mejores, sino por la cantidad. Quién hubiese dicho que esta sociedad tan ordenada se dedicar a este tipo de cosas y celebraciones, en un entorno tan hostil, y tiene una explicación: les gusta celebrar, y son competitivos, sumado a que este es el único día del año en que el ayuntamiento permite durante una o dos horas el uso de pirotecnia, así es que se desquitan todo el dinero que pueden en esto para mostrar que invierten más que sus vecinos en celebraciones.

La imagen dantesca daba la sensación de una escena de la guerra, a medida que la bruma de la noche fué cayendo, mezclada con el humo de la pólvora. No faltaban los sonidos que simulaban (o serían?) tiros, detrás de los invisibles arboles, destellos que delataban la presencia de vegetación invisible a los ojos en esa oscuridad.

Pasada una hora, se oían algunos estallidos a lo lejos, pero poco ya se vía, la niebla nos había atrapado y nos costaba divisar a un metro delante nuestro, de manera que el descenso y regreso a casa se hizo muy lentamente.

Al día siguiente las nubes no se fueron, y el sol cae muy temprano, pero no nos detuvo ante la propuesta de nuestro anfitrión que nos propuso ir cervezas en mano a conocer los alrededores, a ver el lago de la zona. Rompimos la inercia por la trasnoche, vencimos al frío y adentramos camino hacia el bosque, pisando charcos y esquivando el barro, pero poco a poco la noche nos venció y la niebla nos había ganado la partida desde el principio: llegamos al Sulzbachstausee, pero no lo vimos, era el gris que se mezclaba con todo, y los cisnes que nos gritaban a lo lejos. Sin más, destapamos la cerveza y lo rodeamos a la luz de un teléfono móvil, perdiendo el camino y la sensación de las manos que expuestas al sostener la bebida, dejaban casi de sentirse.

No podíamos quedarnos con esa resignación y nuestros amigos nos invitaron de paseo, un largo paseo, cruce de frontera de por medio. Una vez más la ciudad franco alemana de Straßburg estaba frente a mis ojos, en aquel entonces acompañado por Martín y Hugo (ver mi experiencia anterior en: Straßburg, frontera en el tiempo), esta vez por la Maga, Demian, Cici y con la infaltable lluvia que no nos dejó solos, aunque si nos permitió disfrutar de momentos gratos, incluido un paseo por los canales cosa que antes nos habíamos privado y aprender un poco más de la historia e interacción franco alemana de esta ciudad, netamente de arquitectura alemana, en medio del país galo.

En medio del viaje, otro hito de relevancia, la heroína de la aventura recibía el saludo de todos los rincones por sus tres décadas en este mundo, y sus pómulos reflejaban el calor de su sonrisa con la que enfrentamos el frío en Tübingen, otra pintoresca y pequeña ciudad universitaria repleta de tradiciones alemanas a orillas del Neckar en las afueras del Stuttgart Raum, la cual en su momento no visité. Recorrimos sus calles adoquinadas y coloridas, y nos adentramos en su castillo reconvertido en Universidad para tener las mejores vistas elevadas de la ciudad y disfruta de la puesta de Sol, porque este día, cumpleaños de la Maga, el Sol le regaló su mejor cara.


El brindis de ocasión tuvo lugar como no podía ser de otra manera con cerveza (aunque el pobre Demian no podía beber por ser nuestro conductor autodesignado y se tuvo que conformar con una Mezzo Mix) y una cena en el Schönbuch Bräu, otro lugar que repetíamos desde nuestra primera visita.

En estos pocos días casi que el descanso se limitó al nocturno, aunque considerando que la noche caía alrededor de las 18, se podría decir que las noches era bien largas. Lo importante era aprovechar la luz del día y eso tratábamos de hacer, por ello el lunes, ni lerdos ni perezosos, nos fuimos hasta Ludwigsburg a visitar el segundo palacio más grande de Europa detrás del de Versalles. Esta también sería mi segunda visita, a diferencia de la primera, esta vez tuve la suerte de tener un guía que hablase en inglés, pero la desgracia de no poder tomar fotos cosa que sí nos permitieron en aquella ocasión (ver fotos de aquel entonces aquí). Para Cici fué la enésima, ya casi una guía más del palacio, parada casi obligada para cada nuevo visitante en Steinenbronn.


Para esos días se pronosticaba nieve en toda la comarca, y cada mañana levantábamos la persiana ilusionados con que nos pudiera regalar ese espectáculo, pero curiosamente, el clima seguía frluctuando entre encapotado y soleado, con mucho frío pero sin registros de nieve en nuestra morada. El martes, contra todos los pronósticos, amaneció radiante, y este era el día en el que se concretaría el regalo de cumpleaños que tenía planeado para la Maga, y también un anhelo que no había podido cumplir yo para cerrar un ciclo.

Temprano nos acercaron a la estación de S-Bahn en Leinfelden, y ahí comenzó todo el flashback, los sonidos colores y olores, me trasladaban casi 6 años atrás. Primero vino el aviso en la estación de Rohr, luego seguía Vahingen, Osterfeld, Universität y la imposible de (pronunciar y) olvidar Schwabstraße. Ahí descendimos, los audios del S-Bahn ya me habían trasladado, estaba regresando a lo que había sido mi casa, descendimos y nos subimos por calle, desandamos las 2 cuadras que separaban mi departamento de la estación y ahí estaba, el famoso portal de Luwdigstraße, tan tétrico y triste como fué siempre, pero que yo necesitaba verlo, para sacarme esa espina, esa sensación inexplicable que me carcomía por volver, ahí estaba y volvieron a mi miles de recuerdos y experiencias en la piel.

Frente al edificio el viejo Opel Kadet que estaba aparcado en el mismo lugar, mientras recorríamos la calle sacando fotos a lo inexplicable, sale un chico de unos veintipico de años, rubio, cabello corto, podría ser cualquiera, pero era yo, me vi reflejado saliendo de esa casa enfrentando el gris de la calle y el frío, me sonreí, me bastaba con esta imagen para sellarlo, y dejarlo con una constructiva experiencia al fin.

Fueron 10 minutos solamente, bastaron. Retornamos sobre nuestros pasos y compramos nuestro bretzel con café que terminamos tomando en el parque del Feuersee, sacando la misma foto que mi madre tiene el fondo de pantalla, esta vez sin nieve, la misma pose, al lado del mismo cartel que indica que no se alimente a los patos, todo está igual, menos blanco, igual de gris, y yo con menos cabello y más arrugas.

Desandamos la Königstraße, fotografíamos el sol en Schloßpark, y nos adentramos en la Hauptbahnhof en obra contínua desde hace casi 5 años por el proyecto Stuttgart XXI. Nos subimos a un tren regional, y los kilómetros hacia la ciudad de nacimiento de Albert Einstein se iban reduciendo. En el trayecto, decenas de pueblitos, prados, ríos, vistas...y nieve! Esta vez se dió, y apareció la nieve que regó los campos y las calles durante la noche, yacía ahí, enceguecedora por el sol, pero dando el espectáculo que anhelábamos ver.

El destino fué desde antes del viaje, Ulm, y no tanto por el genio de la física, ni por su gigantesca cúpula de iglesia, la más alta del mundo que esta vez pude contemplar de día y en esplendor, sino por algo totalmente alternativo, casi oculto y escondido del centro de la ciudad.

Visitamos los últimos vestigios de la Bauhaus en Alemania, mi regalo hacia la cumpleañera consistía en llevarla a aquel centro del mundo del diseño, donde se gestaron ideas innovadoras y conceptos que la han formado como profesional. Visitamos la Hochschulle für Gestaltung (Escuela Superior de Diseño) creada por Max Bill, Inge Aicher-Scholl y Otl Aicher, en cortas palabras, la meca del diseño moderno, de los conceptos de las buenas formas y donde un argentino fué director y mentor, Tomás Maldonado.

Pateando bloques de nieve, cantando bajo el frío y sobre todo sonriendo, fué nuestra última aventura en Alemania por esta ocasión, un destino que no cualquiera eligiría, pero que tanto significa para ambos.

Un preludio de un año que nadie sabe como será, pero que el deslizón inicial dejará una mella inolvidable. Agradecidos a nuestros amigos que dejaron todo por atendernos y hospedarnos, por brindarse como lo hicieron, y triste por no haber podido ver a todos quién hubiese querido, pero seguro que no faltará ocasión.

El día de Reyes, inicio de las festividades de Carnaval en Steinenbronn, nos despedimos casi con el sol cayendo, con bastante frío y el cielo gris, para llegar una hora y media después a Barcelona con el sol aún en el horizonte, el cielo despejado y una temperatura que invitaba a quitarse el abrigo y pasear en camiseta. Contrastes.






Y las fotos en otro formato AQUÍ