La bravura de las costas catalanas

Esta última semana, Escéptico Observador cumplió seis años, nada más y nada menos, con un conjunto de intensivos posteos casi semanales en un comienzo, pasó casi a un silencio absoluto y posteos esporádicos para resucitar de entre sus cenizas y volver a cobrar vida con el desarraigo, fiel reflejo de que lo que alimenta el alma y fortalece el corazón, es viajar.

Como tanto tiempo ha transcurrido me propuse realizar un rediseño del blog, y poder brindar una apareciencia renovada, pero eso insume tiempo que no he podido disponer para ello, con lo cual el debate entre si seguir redactando las aventuras o postergarlo hasta la renovación hace que se sigan acumulando en el backlog algunos viajes y pierda la cadencia que quisiera darle a los relatos. Es por ello pues que quedará pendiente la renovación visual, y me comprometo a ello, pero seguiré abordando contenido para mantener la vida intacta de mi querido blog.
   
En esta oportunidad tengo para compartir el viaje que hicimos por lo que denominamos Costa Brava, nos juntamos con nuestros compañeros de aventuras y coche alquilado de por medio salimos de Barcelona rumbeando hacia el norte, el objetivo era llegar a las preciosas calas que ofrece Girona en su parte más nórdica.

El día no acompañaba, la verdad que el gris era intenso y la visibilidad escasa, sumado al componente de ser un fin de semana largo, que nos obligó a lidiar con mayor tráfico del esperado, teniendo aún en cuenta que no esperábamos salir de la ciudad por sus accesos rápidos con sus costosos peajes que evitan que se pueda contemplar el panorama, sino más bien seguir las rutas nacionales que bordean literalmente el agua.

Fuimos desandando lentamente el camino que atraviesa los suburbios de la gran ciudad, bordeando la costa, coqueteando con el mar de a ratos, cruzando miradas y sorprendidos con su azul, entristecidos cuando pasaba demasiado tiempo sin ver sus aguas.

Atravesamos el Maresme, para adentrarnos en la zona de Arenys de Mar, Canet del Mar y pasar por Callela, aquella que acogió a Eduardo Galeano mientras redactó su famoso Las Venas Abiertas de Lationamérica en el exilio, y el primer decasnso fué en Blanes, donde estiraríamos las piernas para lo que sería el trayecto más bello y más peligroso de nuestro viaje, atravesar las calas por el acantilado entre Lloret del Mar y Sant Feliu de Guixols.

Hasta Palamós pudimos seguir coquetando con el calmo mar, pero luego los caminos y las prisas nos obligaron a alejarnos de su zona de influencia. Era invierno y la noche nos comenzaba a acechar, el frío se sentía y aún nos quedaban muchos sitios por conocer en el camino. Atravesamos Torrella de Montgri y le dijimos adiós a L'Estartit con su misterioso peñon coronado por un castillo que desconcierta en medio de la planicie. Seguimos de largo hasta L'Escala y sus famosas anchoas, donde decidimos beber un café ya de noche, estabamos a nada, pero en el fondo no quería llegar a destino, quería seguir explorando.

Por la noche, finalmente, no sin perdernos en las callejuelas de Sant Pere Pescador y en la oscuridad de los caminos, llegamos a nuestro alojamiento en la diminuta Vila Sacra, un pequeño paraje lindante con Figueres que fué el que nos cobijó estas 3 noches.
La mañana siguiente amaneció con una espesa bruma que vaticinaba el peor de los climas, no llegabamos a ver el campanario de la ancestral, pero no por ello dejaba de ser pequeña, iglesia que teníamos en frente a nuestra ventana. Por suerte para nosotros a medida que subió el sol, el la bruma se fué disipando y pudimos emprender camino a Cadaqués, la ciudad que albergó a Dalí, no sin antes atravesar nuevamente camino de montaña, precipicios, curvas y contra curvas que nos elevaron y permitieron superar la montaña que esconde semejante tesoro. 

Cadaqués es preciosa, de ensueño, lleva consigo la magia de una ciudad de pescadores inspiradora, recogida sobre una cala del Mediterráneo, con sus blancos destacando sobre el verde oscuro de la vegetación en la montaña, no extraña que hayan decidido a instalarse en este sitio en búsqueda de inspiración.

Improvisamos un pic nic sobre la costanera, observando las transparentes aguas tentados de un chapuzón veraniego, imposible por el clima, que si bien contabamos con el apaño del sol, el frío del agua era notable.
Nos volvimos a perder por los caminos de la pequeña ciudad, alejándonos de la zona turística bordeamos el agua por senderos de tierra, contemplando peñones y envidiando balcones y ventanales con tremendas vistas. Descubriemos el atelier de Dalí en Portlligat, escondido entre calas posteriores al casco urbano, con calles hoy ya repletas de turistas, y seguimos camino con un clima cambiante y nubes amenazantes, de grises a negras, con viento que penetraba en los huesos, hacia el Cap de Creus, el punto más oriental de la península ibérica, al que se llega atravesando un camino asfaltado en muy mal estado, sin banquinas, con pastizales muy altos, sin señalización, en un paisaje cuasi lunar y cruzando puentes peligrosos y sumamente hermosos, con el mar a ambos lados sacudiendo las rocas, y cientos de vehículos yendo y viniendo ya que por su belleza, es de los lugares más visitados de la región.


El retorno del Cabo no da opción, se debe volver por el mismo camino, y todos los caminos atraviesan Cadaqués en el regreso, pero desviamos para visitar el Port de la Selva, la localidad más al norte del cabo, algo más llana y con un puerto en las aguas del Mediterráneo que pareciera ser a estas alturas, un lago. El regreso a Vila Sacra fué una vez más nocturno, y confiando ciegamente en el GPS que nos llevó por caminos casi a campo traviesa, uno de ellos derivó en un bado que por la oscuridad de la noche no pudimos contemplar, pero para nuestra suerta el río estaba muy bajo y no llegaba al camino.
Un nuevo día, unos nuevos destinos en esta zona repleta de lugares interesantes. Esta vez tocaba visitar una ciudad, Figueres, la ciudad más importante al norte de Girona, siendo la capital de lo que se conoce como Alt Empordá, habiendo sido el lugar de nacimiento de Salvador Dalí, y es por ello que aquí se encuentran el Teatro Museo a su nombre con una apariencia tan peculiar, ideada por él mismo.

Apenas unos 1000 metros saliendo de la ciudad se encuentra el Castillo de San Fernando, monumental fortificación militar del siglo XVIII que constituye el monumento de mayores dimensiones de Catalunya. Desde luego que para visitarlo recomiendan el día entero, y hasta realizan expediciones por sus pasadizos y zonas inundadas subterraneas, para lo cual hay que llevar casco y desde luego son programadas con guías. Como no teníamos tiempo para tanto se nos ocurrió recorrer el perímetro, pero siendo tan pero tan grande, nos demoramos alrededor de 40 minutos en la caminata, habiendo maledido más de una vez la decisión que tomamos por recorrerla...

Superada la fortaleza nos dirigimos a la ciudad costera más amplia de la Costa Brava, la ciudad de Roses, previo alto en un parador de la ruta el cual teníamos ya detectado que preparaban "asado" y por suerte a un precio razonable lo que nos permitió recuperar fuerzas y energías para recorrer con el estómago lleno las hermosas playas, donde pudimos deleitarnos con una espectacular puesta de sol y contrastes de colores mágicos.
  
La Costa Brava recibe su nombre por la expresión de un periodista que a principios del siglo XX se refirió a esta región de esta manera para describir el contraste del paisaje agreste y escarpado que caracteriza la región costera de esta zona, no me caben dudas que el paisaje es abrupto, los acantilados son imponentes y bellos, y que con el tiempo el hombre ha sabido domar de algún modo la bravura de esta región para permitir a muchos de nosotros disfrutarla y poder visitarla sin tener que recurrir a caminos de montaña o excursiones eternas. Sin dudas quedan caminos y recovecos escondidos, que solo los aventureros con espíritu pueden visitar, como los que podrían contemplar aquellos valientes que se sumen al GR92 en alguna de sus etapas. Nosotros apenas desandamos unos metros y nos bastó para convencernos que es un lugar digno de visitar, y añoramos poder hacerlo en verano, aunque nos desanime un poco la vertiginosa cantidad de gente que seguramente se agolpará en el uso de sus cotizadas playas.

No hubo tiempo para más, el regreso lo innovamos sobre la marcha para llevar a nuestros colegas de viaje a conocer otros dos destinos que ya teníamos incorporados, como Besalú y Castellfullit, previo paso por el Banyoles, para así regresar a casa con el medido de aventuras a tope, con tiempo de sobra hasta planificar una siguiente salida.


Las fotos en otro formato AQUI