La escala de Milán

No, no es un error, es un juego de palabras y refleja casi a la perfección el motivo de mi visita a una de las capitales de la moda. 

Llegué a Milán como punto de paso para el objetivo de mi viaje que era ni más ni menos que conocer Lugano (ver Villa Lugano), pero estando ahí desde luego aproveché para recorrerlo, pese a que casi lo consideró un "destino colateral".

Esta enorme ciudad del norte de Italia dicen que dista enormemente de las costumbres del sur, a las cuales estamos más familiarizados en nuestra patria debido a la gran cantidad de inmigrantes napolitanos que desembarcaron en las costas argentinas, allá cuando el país tenía fama de patear el suelo y sacar oro y los inmigrantes azorados se agolpaban en búsqueda de una nueva vida, más tranquila, alejada de las vicisitudes de las constantes guerras.

Esas diferencias se destacan no solo en los usos y costumbres sino en algo tan básico y crudo como la economía. El rico norte, contra el pobre sur.

Pero mi sensación en mi visita a esta rica ciudad de Lombardía es que pese a lo ridículo que me sentía deambulando por las calles muy fuera de la moda, observando como a mi alrededor muchos italianos e italianas, pese al calor agobiante, lucían perfectamente tuneados a la moda, pese al glamour que se observaba en los personajes locales, en una ciudad que respira moda, debo decir que me sentía en un ambiente que resultaba muy familiar.

Tras deambular por Milano - Centrale, una de las terminales de ferrocarril más grandes de Europa, me hice camino por la Via Vittor Pisani, desandando el ardiente asfalto. Pese a ser apenas principios de Junio, el calor se hizo sentir con fuerza. Atravesé la Piazza de la Repubblica y doble hacia el Giardini Indro Montanelli en búsqueda de un poco de sombra en mi camino. Al final del camino se podía observar la muralla de la ciudad antigua, del casco de Milán, al cual ingresé esquivando las vías del tranvía por la Porta Nuova.
Había que seguir adelante. Y eso hice, faltaban aún calles por cubrir pero sin darme cuenta, estaba cruzando por el Teatro alla Scala, tal cual, la mismísma Scalla de Milán que a simple vista no llama la atención, y no tenía tiempo ni ganas de dedicarle tiempo en esta instancia. Cruzando en diagonal por su pequeña plaza donde se luce un monumento a Leonardo Da Vinci se accede a uno de los pasillos del shopping "a cielo abierto" más caro del mundo, el famoso Duomo de Milan, donde marcas como Prada, Bulgari, Louis Vuitton y algunas de las más caras del mundo lucen en sus vitrinas las prendas más costosas.

Atravesando el pasillo principal del Duomo se desemboca en la plaza homónima, donde es imposible no deslumbrarse con la Catedral de Milán que se alza destiiando picos y puntas, arcos y simbología, en arquitectura gótica radiante, cuya primera piedra fué puesta allá por el año 1300 y pico, y se terminó a mediados del 1800, siendo reformada en 1960. Y muchos nos quejamos de lo que demoró la catedral de La Plata en terminarse.

Casi sin darme cuenta me había cruzado en la caminata de mi llegada, las principales atracciones de la ciudad.
El arribo a mi alojamiento fué de lo mejor que me pudo pasar, aire acondicionado, una cerveza en mi honor y un plato de pasta. Mejor no podía ser. Realmente el alojamiento era costoso en relación a lo que uno espera pagar cuando hace un viaje de fin de semana con este plan, pero está en relación a la ciudad. Resulta ser uno de los mejores hostels en los que me alojé, por lejos, charlando con los encargados me enteré que quién lo maneja es un brasilero muy fanático de Argentina, el tipo disfrutaba de viajar por el mundo y montó esta cadena, que cuenta con 4 hostels, 3 en milán y uno en Birmania. Si, del otro lado del mundo.

A la sagrada hora del vermouth, se habilitaba una especie de bar, donde había para picar, casi que cenar diría yo, y se llenaba de glamorosa gente de la ciudad. Contaba con dos plantas destinadas a esto y en la parte superior no se escuchaba absolutamente nada, realmente lo disfruté, y no me arrepiento de que costara mucho más caro que algún otro hostel en el que me haya alojado.
Ese primer día donde repasé brevemente los mismos atractivos a la pasada, pero me dirigí al encanto que faltaba conocer en la ciudad y es punto obligado de visita. El enorme Parco Sempione lo corona el famoso Castillo de Sforzesco. Una joya en Europa, en medio de la ciudad con sus imponentes murallas, el clásico foso y el puente para acceder a él, es un clásico del imaginario de un castillo. Es imponente. Desde luego alberga un museo de arte, pero el acceso a los diferentes parques interiores es gratuito, y desde luego, escondido en la sombra de los árboles de sus jardines, en búsqueda de un poco de aire, de frescura y comodidad que me encontré en uno de los bancos nunca mejor ubicados sobre el cual pude recuperar energías siesta mediante. A esta altura es prácticamente un clásico de mis escapadas citadinas, no falta nunca el descanso en el parque.

Luego de mi pausa en la ciudad para visitar "mi barrio", por la noche, con el cansancio a cuestas, decidí vestido con chanclas y contrastando con el glamour de toda la gente que me rodeaba, posicionarme en primera fila para ver un evento deportivo imperdible, la final de la Champions League que disputaban justamente un equipo italiano, la Juventus de Turín, contra el Barcelona. Y si bien había mucho glamour en la gente, se acababa todo a la hora del partido, muchos de ellos deseaban que el rival de los equipos de la ciudad (Inter o Milan) perdiese, pero había quienes alentaban a la Juve. Yo era el unico sospechoso de ser hincha del Barcelona, aunque definitivamente no lo soy, era solo el deseo de ver triunfar a Messi y medio que ante las jugadas del enano tenía que contener un poco la emoción, si bien no creo que reaccionaran mal los muchachos, la sangre, la tanada, les brotaba a flor de piel con el fútbol.
Lamentablemente no pude visitar el estadio de San Ciro, el domingo estaba muy cansado y me dediqué a recorrer la ciudad nuevamente, con mayor detenimiento. No tuve suerte de encontrar ninguno de los tours que se suponían salían por la mañana de la Piazza del Douomo, por lo que tuve que hacer las veces de mi propio guía turístico y guiarme un poco por instinto a la hora de decidir hacia donde ir.

Milán es una ciudad enorme, repleta de consumo, y no es un destino barato. Tengo el placer de poder contarlo y que sea una anécdota más que engrose mi bitácora, pero me sirvió de lección para decidirme a no hacer nunca más turismo citadino en verano, porque por momentos me sentía casi como caminando por el pleno centro de Buenos Aires con 36 grados. Por otra parte alimentó mi deseo de conocer otras partes de Italia, más allá de los atractivos clásicos que hay, que definitivamente tengo en vista conocer, el hecho de haber tenido esa sensación tan familiar, sentirlo tan parecido a casa, por usos y costumbres, que tengo la necesidad de conocer el sur.
Y desde luego, sirvió para reafirmar una teoría, no hay con qué darle a los helados italianos. Lamentablemente no tienen sambayón ni dulce de leche, pero son espectaculares!

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