Confines Bonaerenses y más allá, el desierto (II)

Viene de Confines Bonaerenses y más allá, el desierto (I)

Transcurrió el desayuno, fué una mañana fría, no queríamos por muchas razones abandonar ese paisaje con sierras de fondo, pero a su vez queríamos seguir explorando los confines de la provincia. 

Despedida con campanadas, como quitarlas de la cabeza! Nos acompañaron todo el viaje hasta el siguiente destino, tanto que deshaciendo camino de tierra, frenamos en Tornquist para afianzar nuestra relación con las obras de Salamone y allí mismo nos volvimos a encontrar con compañeros de estadía, visitando los laberínticos lagos de la plaza principal. Cuando el sol del mediodía interpuso sus rayos para impedirnos obtener capturas dignas, apuntamos brújula hacia el objetivo final del recorrido.


Conquista del Desierto se llamaron las masacres lideradas por personajes nefastos de la historia argentina glorificados en el billete de mayor circulación de los últimos 20 años, entre tantos otros tantas "glorias" de época "de pleno auge". Aunque no fueron los pioneros en intentar amansar al indio y expandir los latifundios de las familias pudientes de Buenos Aires para que sus ganados pudieran pastar más cómodos.  Previo a eso existió algo más trillado llamado la Zanja de Alsina, que consistió en una serie de zanjones fortificados y fortines que se extendieron desde el sur de Córdoba hasta casi Bahía Blanca, para controlar el "avance del indio" contra la civilización.


Atrevimos cruzar estos límites místicos y circulamos por rutas desiertas, ciegas al rayo del sol, trasvasamos las fronteras hacia tierras salvajes, zona del indio, zona de fortines, repleta de combates entre el hombre blanco y el mapuche guerrero. Nos adentramos en el Partido de Adolfo Alsina y desembocamos en Carhué, su capital administrativa, que naciera en la época de la mal llamada lucha contra los salvajes y cuenta con más bestias salamónicas, calles amplísimas, aguas termales, la Heladería El Hado donde nos empachamos cada noche y  la Laguna de Epecuén, un espejo de agua sin desagote, donde se concentran las mismas propiedades que posee el Mar Muerto de Israel, donde uno se tira y flota, donde no hay vida submarina y aún así ella es la desencadenadora de miles de historias de vida más allá de sus límites.

De ella provienen las aguas curativas, las leyendas, los mitos, la villas turística, la avaricia, la desesperación, la inundación, el desastre, la belleza que dejó a su paso y las enseñanzas junto a toda la historia que el agua se llevó.


Sobre la Villa Epecuén, lo que el agua se devoró y vomitó convertido en ruinas de un pueblo enmascaradas en sal, me dedicaré en otra pronta ocasión, ya que todo lo que involucra a este lugar es tan poderoso que me genera tanta inquietud por investigarlo como pasión que brota a la hora de contarlo.

Las idas y vueltas a la villa se hicieron casi diarias, tanto caminando como con el vehículo, nuestro fiel compañero adentrándose en la arena y el peligroso fango, circulando entre ruinas. Las sesiones de fotos se hicieron interminables, matinales, a plena luz y hasta nocturnas. La villa tiene ese atractivo, no pudimos desprendernos de ella, nos acompaña hasta el día de hoy.

Las puestas de sol, Tata Inti, a través de la Laguna eran inmensas, jamás vimos un sol tan imponente, nos detuvimos en cada ocasión a despedirnos y agradecerle por tanta bondad, por su mera presencia, por brindarnos calor y luz, y por su imponderable tarea diaria de simplemente ser, estar y facilitarnos la existencia. 



Nuestra estadía en se dividió en dos etapas. Estuvimos ausentes solo 3 días entre una y otra gracias a que el día que partíamos hacia nuestro siguiente destino, aún con ganas de seguir explorando el presente, la fortuna hizo que nos encontráramos en la sucursal del Banco Nación regional a una empleada dispuesta a alquilar su casa a unos desconocidos por unos días durante semana santa, mientras ella estaría de viaje.

Nuestro retorno a Carhué nos permitió no solo conocerlo en profundidad, e intensificar nuestro apego, al punto tal de llegar a actuar como guías turísticos de los transeúntes que paseaban por el pueblo en busca de las ruinas, del cementerio abandonado, de los mejores lugares para comer. También conocimos y alimentamos a Morita y conocer al maquinista Valerio a quién agradezco habernos invitado a tomar mates a su hogar, convite que incluyó tortas caseras junto al relato de sus hazañas al mando de los ferrocarriles pujantes argentinos, en los años de gloria, circulando por las vías Once hacia Santa Rosa y Toay, corriendo trenes desde Rivera hacia el mercado de Hacienda de Mataderos. Y claro que las escuché con los oídos bien abiertos, es historia pura y ferroviaria, el corazón se me salía del pecho por indagar aún más...pero esa mañana lluviosa tocaba partir definitivamente y desandar kilómetros con destino final la barbarie citadina.

Quedó pendiente atender a la oferta de Valerio, quién nos admitió que tarde o temprano, por sus 80 años ya muy bien llevados, vendería su casa. Nosotros le dijimos que nos gustaría comprarla...que se pierde con soñar? Soñar con esas puestas de sol, con esos misterios y sobre todo con esos días imborrables que vivimos, acá nomás, dentro de nuestra Provincia de Buenos Aires.



Aun resta el secreto de esos 3 días de ausencia en Carhué: nuestra visita al mismísimo desierto.