Confines Bonaerenses y más allá, el desierto (I)

Hacia confines desconocidos nos remontaríamos en nuestro itinerario. Esta vez habíamos decidido apostar a lo remoto, lo ausente, tal vez por lo barato también por qué no, pero sobre todo, con un halo místico que cubría toda la ruta.

Era el primer proyecto de extensa duración que sería encarado con vehículo propio, dada las características de la zona y la cantidad de motivos para recorrer cada rincón remoto.

Pero la zozobra sufrida poco tiempo antes nos había dejado sin el vehículo originalmente destinado a tal fin. Ante tal situación tuvimos la bendición y aprobación para utilizar otro medio de transporte el cual infundadamente temíamos de su respuesta, más que nada por lo desconocido de su comportamiento en trayectos extensos.
Y no nos defraudó. Se comportó como todo un señor, dehaciendo kilómetros a lo largo y ancho de la llanura, remontando los zizagueantes caminos entre las sierras, exponiéndose a desbalanceados caminos de tierra y surcando la ruta en peor estado que jamás hayamos visto (Provincial 60 entre Carhué y Rivera), superando el polvo, la tierra, la arena y las pinchaduras, él siempre firme, haciéndose valer para que vayamos tomando confianza mutua para superar la inseguridad que nos había dejado el triste incidente.

Estudiamos meticulosamente la ruta a tomar de manera de explotar cada ciudad en el camino. Partimos entrada la mañana de un día viernes, lluvioso, el destino final de esta primer etapa era un paraje a espaldas del cordón montañoso de Sierra de la Ventana.

Cada hito del viaje constaba de una serie de paradas en lugares previamente identificados para deslumbrarnos con las obras magistrales y plagadas de misticismo del Ingeniero Francisco Salamone que nos deslumbrarían incluso en el trayecto de regreso.

AzulPringlesy Saldungaray conformaron las paradas estratégicas dedicadas a tal fin, también tuvimos un breve paso por Villa Fortabat en la visita al curioso Club Loma Negra, capricho mío. También recorrimos Pigüé.

Tal era el estupor y a la vez esplendor que nos generaban estas obras que la demora se hizo notoria y nos tomamos unas 12 horas en recorrer tan solo 650 kilómetros.
Desprendernos de cada una de esas bestias de hormigón nos costaba, no podíamos dejar de contemplar la enormidad de cada obra. El último eslabón en el cementerio de Saldungaray se hizo eterno. 

Luego comenzó el camino entre cerros y quebradas, que aunque muchos no lo creen, existen en nuestra provincia, contemplamos el punto más alto de la región, el Cerro Tres Picos que nos observaba con sus más de 1200 metros que soñabamos con remontar y jamás llegamos ni a la mitad.

Con el sol de frente encontramos nuestro desvío: un camino vecinal de tierra que pudimos que surcar a una velocidad no superior a 30kms/h. Nos tomó más de media hora hacer los 20 kilómetros hasta nuestro destino final, la noche se adueñó del paisaje, ya eran pasadas las ocho de la noche y encontramos la estancia alemana que nos iba a albergar. Nos esperaban con la comida y los brazos abiertos.
La Estancia Funke fué nuestro lugar de descanso durante esa primera semana. Y valla que descanso, tanto que nos buscábamos cosas para hacer. Nos malcriaron de maneras impensadas, despreocupados de todo, solo teníamos que cumplir los horarios, nos esperaban los desayunos temprano por la mañana, los almuerzos, las meriendas y las cenas, previa campanada de aviso, donde todos se acercaban al salón comedor en el casco de la estancia para charlar, y reencontrarse luego de aventurear por las hectáreas de descanso a merced.

Estábamos rodeados de gente mucho más grande que nosotros, muchos podrían ser nuestros padres, la gran mayoría, nuestros abuelos. Poco importó, nos sentimos tan a gusto que colaborábamos voluntariamente en tareas, jugabamos con ellos a los bolos rusos, los observábamos jugar al cricket, las damas, leer, tomar brandy y cantar y bailar música folklórica alemana. Comidas hasta el hartazgo, palladas, asado de despedida.

La estancia nos permitió darnos el lujo de descansar en medio de un paraíso natural, donde cada mañana, recorríamos los frutales y cada tarde nos acercábamos al codo del arrollo, y arrojando migas del pan que nos guardábamos del desayuno o almuerzo, observábamos anonadados como los peces tímidamente se acercaban y daban un espectáculo peleándose por ese alimento tan precario pero que con tanto afecto les brindábamos.

Intentamos como dije antes subir al cerro, pero la escalada era larga y sin demarcar, desistimos y decidimos subir al cerro que hacía honor a la estancia, de menor envergadura y la mitad de altura. El Cerro Funke, lamentablemente no encontramos nunca la cima, pero al menos almorzamos con una de las mejores vistas que podríamos haber tenido. Para qué ir más alto, si después de todo, desde ese punto bastaba para admirar la inmensidad.

Cielos estrellados. Lectura. Fotografía. Renovación.