Canibalismo Citadino

Transcurrió el extenso fin de semana en el que por decisión propia permanecí en casa y sirvió para bajar las revoluciones del motor neuronal llevándolo a un nivel de regulación óptimo para la concreción de sus opciones. Bienvenido un fin de semana con estas cualidades, en el cual el único punto opaco y objetable es la derrota del Deportivo Español ennegreciendo aún más su oscuro presente para seguir despilfarrando historia ante humildes equipos eternos del ascenso que realizaron y realizarán eternamente su carrera a pulmón y aún así consiguen resultados loables con el esfuerzo de su gente que empuja sin cesar hacia un objetivo común.

Dejando de lado esto, los días, si bien el clima no ayudó en lo más mínimo para conseguir la deseada visita a SMATA en Cañuelas, el relax necesario se hizo notar, disfrutando del cine, las visitas, la comida y llegar al cierre del último día de carnaval observando una película que desempolvó ese espíritu aventurero, renegado anti sistema que me invade pero que desgraciadamente logro reprimir.

Es un relato sencillo, una locura, esas que tanto tuve en mente desde pequeño, esa idea loca del subirse como polizón al tren de cargas que circulaba por detrás de la casa de mis abuelos en El Palomar y ver hasta donde podría llegar, para de ahí, seguir viaje hacia otro destino impensado. De aquel niño que se escondía al momento de abandonar el campo en El Carmen negado a regresar a la ciudad, o que pensara en conseguir un vehículo y recorrer entero su país para conocer la vida de las personas en otras áreas, poder relatar su vivencia, tener historias para compartir con sus pares y aprender de la experiencia.

Luego un día surgió la posibilidad de cruzar las fronteras e ir donde jamás lo había pensado, el viejo continente abrió la mente y el horizonte se amplió, me generó la posibilidad de conocer más gente y más culturas, pero a su vez me introdujo en el dilema de tener ahora más destinos por conocer, más itinerarios para armar, menos dinero para dispensar e introducirme el temor de no poder cumplir con todo lo propuesto.

Un simple relato recrudeció en la pregunta de por qué el ser se ata a la dependencia, al cemento y a la comodidad de vivir incómodamente apilados, inseguros, donde a cada paso existe una persona sedienta por ocupar el espacio que uno tiene, que uno deja, y que la voracidad de cada día se devora nuestras horas acumulando agotamiento en busca de un destino cada día más dependiente de esa ciudad que nos contiene como un experimento.

A diario se agolpan más y más ratas de laboratorio que buscan el éxito y la felicidad. ¿Cuál es esa felicidad? Pero claro, quién soy yo para juzgar los deseos y los gustos de terceros, la verdad que no comprendo ni siquiera los míos, salvo que estoy convencido de que aqui no hay felicidad para mi. Es cierto, están los míos, y la felicidad, las aventuras, no son completas salvo compartidas, pero que más alivio que la independencia y la habilidad de realizar un trabajo gustoso de saber que las personas que lo reciben lo aprecian y lo necesitan?


Quizás estoy siendo reiterativo, pero todo esto se vio recrudecido por el estruendoso y lamentable accidente de ferrocarriles que se diera en la Estación Once, en la cual se lamentan al menos media centena de víctimas y centenas de heridos, gente que se toma el tren a diario, un servicio paupérrimo, en el cual suben condenados a la incomodidad y en esta ocasión, a morir aplastados por el mal servicio, aplastados por la aglomeración, aplastados por un sistema que se olvida del humilde, porque quién viaja en tren desde el Oeste es humilde, mientras una semana atrás leía las justificaciones sobre la "necesidad de dignificar el salario de los legisladores" que se duplicaron su salario llevándolo a escandalosos $35.000 mensuales (€6000 / U$S 7777) mientras un docente no logra conseguir $3300 como básico mensual.


Me estoy yendo por las ramas...la pregunta central es: ¿existe algo que nos obliga a permanecer atados a este sistema que nos esclaviza a vivir encimados? Ya se, deben ser la moral y las buenas costumbres, lo que dice el manual del "buen ciudadano"...

La película se llama Into The Wild (Hacia Rutas Saljaves). La historia hubiera sido una más, salvo que cuenta la historia verídica de Christopher McCandless, un jóven de una familia "acomodada" y estructurada que luego de graduarse decide dejar todo para irse rumbo a la naturaleza en la búsqueda del verdadero ser, cansado de las mentiras de la estructura familiar.


Por suerte, solo me quedan unos días para emprender una aventura oriental para dopar mi ser con unas pocas horas de enriquecimiento, que espero me permitan seguir unos meses más en la jungla, y no precisamente natural.