Visca Barcelona


Se aproximaba el mediodía y ahí estabamos en la silenciosa y casi vacía estación de ferrocarril en Ponferrada, luego de despedirme de todos y cada uno de mis familiares y amigos, me fundí en un abrazo eterno con Amparo, y ella permaneció hasta que el Alvia rompio la inercia y comenzó a alejarme lentamente de El Bierzo.

Atrás quedaban los paisajes y montañas que mi abuela supo visualizar durante su juventud en su tierra natal, y me hallaba siguiendo sus propios pasos, rumbo a la capital catalana, donde fuera a dar en busca de mayores oportunidades allá lejos y hace tiempo en una postergada y destruida España, donde se dieron cita tantos otros españoles, y alli se diera el destino para que hoy pueda estar escribiendo estas líneas.

Tras las nueve interminables horas, Sants Estació ya no me parecía tan compleja como aquella primera vez, y el metro era conocido. Línea 5 hasta Sant Ildefons, solo restaron unos segundos para ubicarme y desembocar en la Paola, ahí en la Plaza del Pilar.

Barcelona me recibió con algunos compromisos administrativos, esos que casi hacen vale el minimo porcentaje que había dejado a la opción de cambiar mi decisión. Entre estos trámites, una vez liberado de las prendas formales, pude tomarme el trabajo de caminar por sus calles durante horas y recorrer aquella cuenta pendiente: el Parq Güell.

Desde su irregular superficie, además de deslumbrarme con la inquietante arquitectura de Gaudí, pude hacerme paso entre las grandes masas de turistas y desde la altura disfrutar del paisaje único barcelonés que ni el gris del día pudo opacar. Saborear ese contraste de cerros y mar todo en un mismo plato, es un manjar irresistible.

Ese contraste cobró vida días más tarde cuando, luego de iniciado el paseo a los pies de la Plaça Espanya, me fuí adentrando en la altura de Montjuic, paseando por sus jardines, deslumbrado por la vista hacia la ciudad, disfrutando de la Villa Olímpica y su estadio que albergara los partidos del Espanyol de Barcelona, para llegar a la cima y contemplar desde el castillo la agitada vida portuaria de la ciudad custodiada por la pasividad inamovible del Mar Mediterráneo, cómplice de su funcionamiento.

Este ir y venir en la ciudad tuve la dicha de poder compartirlo en parte con amigos compatriotas como Javier, quien se tomó el fin de semana para acercarse desde Madrid y el aventurero Rodrigo, quién llegó desde Oldemburg con Marce en una visita fugaz que duró poco más de un día y medio. Con tan poco tiempo, los chicos dedicaron la mayor parte de su tiempo a conocer los secretos turísticos de tan maravillosa ciudad, pero no faltó excusa para reunirse y disfrutar de la caida del sol y el nacimiento de la reina de la noche en el horizonte, ella, redonda, se hizo dueña de los cielos y solo se vió perturbada por los fuegos artificiales que con motivo de La Mercè se dieron cita a orillas del océano.

La festividad nos encontró a nosotros en la ciudad, y gracias a ella pudimos disfrutar de un sin fin de espectáculos y tradiciones, asi como acceso 24hs todo el fin de semana largo al transporte público. Claro, pues en Barcelona, había sido fin de semana largo debido a la fiesta, no así en Cornellá, ni tampoco en los demás barrios. Intenté imaginarme un feriado en Capital pero que la vida en el Conurbano continúe...

El agotamiento de los compañeros se hizo sentir por la noche, y temprano decidieron descansar, unos por cansansio puro, otros porque regresaban temprano por la mañana y solo el destino sabrá cuándo los volveré a ver. Por mi parte, me dispuse a seguir la noche, me llené de coraje para circular por las vacías calles céntricas en horas de la madrugada y tomar un metro, tenía curiosidad de un espectáculo que se mencionaba, quedaba lejos, pero aún así, mi deseo de música electrónica fué más fuerte y no me falló la corazonada. En El Maresme, Surgeon Dj hizo de las suyas y me permitió quitar las penas con melodias de bajos y juegos de luces.

La Mercè culminó al día siguiente, y no sin esfuerzo a la hora de levantarme, me encontré con Javier para poder contemplar los últimos vestigios de esta festividad, y el esfuerzo valió la pena. Las proyecciones sobre la fachada del ayuntamiento fueron deslumbrantes, y el show de fuegos artificiales combinados con los juegos de luces y agua de la Font de Montjuic cerraron un fin de semana muy arriba de lo esperado.


Los días subsiguies el debate siguió su curso. La decisión estaba tomada, pero aún asi mi mente siguió buscando argumentos, explicaciones. Me costaba dormirme de noche, pasé horas viendo pasar el tiempo sin que el sueño llegue, sería esa sensación del pronto regreso al hogar, o quizás el nerviosismo de haber encontrado finalmente él lugar, en Barcelona encontré mucho de lo que busco en una ciudad, sabiendo que no me gustan las ciudades, eso es valiosísímo.

La realidad del país llamó a la puerta y se hizo sentir en la visita, tanto durante mi estadía berciana, donde me puse al tanto de los reclamos del sector minero y fuí testigo de bloqueos de rutas e incluso de vías, como para darme cuenta que no tenemos nada que envidiar. Esta vez, fué el turno de la Huelga General convocada por los sindicatos para el 29 de Septiembre, con mucha prensa, ésta era, si mal no entendí, la 5ta huelga general en la historia de España tras la restauración de la democracia, imagino que por eso tanta prensa. La sensación que me llevé es la misma que tiene un ciudadano común sin gremio que lo defienda en Argentina: fué una huelga más bien sindical que general. "En todos lados se cuecen habas"

Mis días se debatieron entre las horas y horas de charlas y ayuda en la granja, donde aprendiera los quehaceres del mundo de la hostelería así como disfrutar de la compañía y ricas comidas de Mary, llevandome un vagaje de conocimientos dignos de ser colocados en un currículo: aprendí a hacer café, servirlo, levantar mesas, prepar las mesas, memoricé la ubicación de casi todos los artículos en la granja, era capaz de atender a las personas casi por mi cuenta, y tenía el placer de hacerlo y sentir esa cuota de pertenencia cuando uno tiene un negocio propio y desea con toda el alma que funcione, aprendí el esfuerzo que implica también eso, y de paso, salí del esquema de escritorio en el cual me había desenvuelto durante los últimos años.

Pero mi espíritu aventurero quería más, y fué así como a tan solo un día de abandonar estas latitudes, me dirigí hacia Monsterrat, un reducto en medio de la montaña a tan solo una hora de la ciudad, parque natural y área protegida donde yace un monasterio repleto de historia.

Lo curioso del caso es que sin saber nada del lugar, creía que ésta era la única atracción, y pensaba recorrerlo en solo unas horas. La dicha hizo que me atreviera a curiosear más allá de lo turísticamente visible, y encontrara los senderos que me llevaron a la cima del cerro Sant Jeroni a 1236msnm y gozar de un bocadillo especialmente armado para la ocasión al pié del precipicio. Lo que comenzó siendo una visita de rutina, terminó siendo una aventura entre la vegetación y las rocas que me entretuviera en ese lugar por más de 7hs hasta que decidí emprender el regreso. Subí al vagón de los Ferrocarriles Catalanes que me depositara en casa deshecho pero feliz.

El inevitable paso del tiempo hizo que llegara la noche previa a la partida, donde en la cena sellamos con un brindis el deseo del regreso pronto, donde el cansancio del día laboral se hacía sentir, pero más fuerte fué el cariño y las sensaciones de saber que esa era una despedida, pero en el fondo sabíamos todos que era un hasta pronto.

Las lágrimas fueron inocultables esta vez, y la granja se llenó de emoción al día siguiente ante el abrazo de despedida. El aeropuerto esperaba, Stuttgart estába a la vuelta de la esquina, y ya desde el fondo del pasillo se sentía como se preparaba el asado hogareño de bienvenida.
Fotos de Barcelona

Fotos de Montserrat

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