Aufwiedersehen

Así se cerraba el círculo, arribando a la misma puerta que me vió llegar a suelo español, esta vez, para despedirme de él. En el acceso a El Prat despedí a Diego quién amablemente dejó sus quehaceres en la Paola para acercarme al aeropuerto y en un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida quedó sellada mi visita. Minutos atrás me había despedido de la prima, unas horas antes de Juan, y varios días atrás, de toda la familia en Ponferrada. Adiós al suelo aurirojo que late dentro de mí.

El pequeño vuelo de cabotaje surcó el Mediterráneo por la costa azul, adentrándose en territorio del norte italiano y desviándose por tierras helvéticas para sobrevolar los Alpes y darme el grato regalo de poder observar la inmensidad de sus valles y montañas sin la perturbación de una sola nube. Lo consideré un presente de despedida que me brindaba el continente, una vista inigualable que jamás pensé llegar a ver.

El piloto anunció el próximo arribo a destino, Stuttgart se ubicaba a 20 minutos, y yo podía distinguir desde los cielos las ciudades limítrofes germanas: sobrevolando el Bodensee distinguí Lindau, Friedrichshafen y más allá la austríaca Bregenz y poco a poco las nubes me hicieron entrar en clima.

En el aeropuerto pacientemente esperaba Leo, como devolución de gentilezas, aquel compatriota que mes atrás ayudara en su complicado arribo al viejo continente y contribuyera a su traslado por la ciudad a fin de conseguir alcanzar el contingente aventurero que lo esperaba acompañado de Martín.

El aire era conocido, el idioma volvía a resultar extraño, pero nuevamente estaba en Ludwigstrasse, ya sin ese sentido de pertenencia ni preocupación por el desorden.

Todo fué bastante rápido, no hubo demasiado preludio, en el atardecer nos dirigimos a Vapiano donde estaba prevista la cena de despedida, allí se agolparon Renata, Cecilia, Martín, Leo, Walter, Karin y Fabiancito, a todos tuve el honor de despedirlos, y todos se tomaron la molestia de acercarse a saludarme, de alterar su rutina para fundirse en un cálido abrazo. Pizza y cerveza fué el menú, y charla de por medio las horas pasaron, hasta que llegó el momento del adiós.

Los más decididos seguimos viaje hacia el Cannstatter Wasen, otro de los Volksfest de la ciudad, según se dice, el segundo en importancia luego del Oktoberfest de München. Pese al frío que se hacía sentir, la cerveza circuló entre nosotros, y era evidente que entre los demás visitantes había corrido durante horas: ninguno podía caminar derecho y las ulular de las ambulancias era incesante y ensordecedor.

Nos abstrajimos de los vestidos tiroleses y de las borracheras ajenas, nos concentramos en las anécdotas personales, en compartir el momento y brindar. Los autitos chocadores fueron de la partida, así como también algunos juegos que sacudieron las ideas y nos hicieron tambalear más que la propia cerveza.

Como todo en estas tierras, la fiesta terminó temprano, siendo sábado, a las 24hs el recinto dió por culminada la jornada e invitó a todos los jóvenes a darse fuga como podían hacia la estación de tren, quedando en evidencia todas las miserias de una sociedad civilizada: su kriptonita es la cerveza.

A fuerza de empujones subimos al tren, y viajamos agarrados unos de otros, mientras los colegas lugareños subian a los portaequipajes para descansar sus cuerpos saturados de lúpulo. En este contexto, ya con el vagón algo más calmado habiendo superado la Hauptbahnhof, me despedí de Walter, a quien espero pronto ver por mis tierras y con gusto poder retribuirle aunque sea en un pequeño porcentaje todos los favores y alegrías compartidas, y también de Ceci, una compatriota que se incorporó a esta aventura poco tiempo antes de mi partida con quién logramos entendernos casi inmediatamente.

El domingo amaneció tranquilo, y como si fuese a propósito, Stuttgart me despidió con un día fenomenal, como para que no me lleve esa imágen de nubes intermitentes y lluvias repentinas. El nerviosismo por mi viaje era imposible de evitar, pero mas las tuve que ingeniar para acumular todas mis posesiones en las valijas, aún cuando éstas pesaban una inmensidad.

Luego con Leo optamos por salir a caminar, una última recorrida, para desembocar en el Schloss Garten, donde fuimos testigos de los inicios de la obra Stuttgart XXI tan controversial en la ciudad, motivo por el cual se situaron varias decenas de policías para evitar permitirle a la gente confrontar con los trabajadores, dado que los ciudadanos que se oponian a esta obra decidieron tomar literalmente los arboles y partes del parque que se verán afectados a la misma y acampar en estos lugares, tal cual lo vieramos en nuestras tierras.

Lo llamativo ver la organización de los protestantes, desde el vamos ninguno estaba golpeando a los policías ni escupiéndolos, simplemente observaban y muchos manifestaban su bronca con presentaciones musicales a base de una prolija partitura.

La cerveza no se hizo desear, y luego de una breve despedida con Martín, sumamos a mi ex compañero de cuarto para salir a tener una cena "muy típica": un Dönner Kebap, y cerrar la estadía con un último brindis con cerveza local. Adiós Stuttgart! Había que madrugar, pero no me preocupaba, sabía que de todas formas me iba a tener que levantar.

El móvil encendío sus luces a las 4:45am, un breve café no pareció ser suficiente, pero debía serlo, no tenía lugar para dilaciones. Cerré las maletas, mi colega se despertó de su descansar, dió un salto decidido a acompañarme, se abrigó y emprendimos camino escaleras abajo rumbo a Schwabstrasse, en pocos minutos llegaría el S3 que me depostiaba en el aeropuerto, era el último vuelo desde aquí.

"Bitte, vorsicht bei die Einfaht" era la señal, presioné el botón, y haciendo fuerza arrastré mis maletas al interior, un abrazo de despedida en la línea de las puertas evitando que éstas se cierren fué el último contacto antes de cruzar Universität, Vahingen, Rohr, y finalizar en Flughafen.

Las colas eran enormes, y era comprensible, un lunes por la mañana todos regresan a su actividad laboral. Con nerviosismo despaché mis maletas rogando no tener problemas con la franquicia, y la gracia divina quiso que la empleada no chequeara mis 3kgs de exceso. Un peso menos de encima, o mejor dicho, 44kgs menos de encima. El camino estaba libre.

Llegó el momento de abordar el pájaro metálico que me sacaría de la ciudad, caminando por la manga hice mis arengas, mis ojos lagrimearon, era una despedida y como tal, no me agradaba. Pese a mis reniegues, estaba agradecido de aquella ciudad. Desde el cielo pude ver el manto de neblina cubriendo las imperfecciones del terreno, y el amanecer en el horizonte hacía mella en mis poco descansados ojos. El tremendo Frankfurt estaba debajo junto a las casi dos horas de espera.

Una vez en la puerta, el 747 yacía estacionado, pude reconocer a los compatriotas por su tono de voz, y ya comenzar a preguntarme si hacía lo correcto, nunca pude explicar lo chocante que me resulta oír el argentino y sus expresiones, más aún cuando hacía tanto tiempo no escuchaba uno. Diooooos, trágame tierra! Paciencia! Paciencia!

Me adentré en la máquina gigantezca y dejé atrás el suelo alemán, el suelo europeo para tras un agotador vuelo de 12 horas y 50 minutos, el pañuelo que es este mundo me permitía pisar Sudamérica, Argentina, casa, una vez más y recibir el cálido abrazo de los seres queridos que ansiaban verme.
El cansancio no me permitió distinguir demasiado, solo me di cuenta que estaba todo igual o todo casi igual, yo al menos, no era el mismo y horas más tarde, habiendo amanecido esa mañana en Stuttgart, Alemania, estaba recostándome en mi cama en Villa Lugano, Buenos Aires, Argentina para despertarme al día siguiente y preguntarme si todo lo que había vivido no había sido simplemente un sueño.

Fotos de la despedida y el Wasen

Fotos del último día


Y desde luego, aquí podrán disfrutar de los videos testimoniales.

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