Paris, sus monumentos, los milagros y tu luz

Tres semanas han pasado casi de mi último posteo, tres semanas que estuve esperando desde el comienzo de mi aventura, ya que estas tres semanas son las que dejé reservadas para recibir esa compañía que tanto hacia falta durante mi estadía.

Para estos días estaba todo planeado y por ello el cumulo de nervios se hizo sentir, buscando la combinación de todos los factores, una cadena en la cual, cada eslabón dependía del anterior. Primero, fué conseguir el traslado, luego, decidir los lugares, luego, conseguir el transporte conjunto, arriesgarse a la aventura de dejarte navegar por uno de los aeropuertos más grandes del mundo en soledad, conseguir el nexo que me deje en la puerta de arribo...y finalmente, ese sabado 24 de agosto te vi salir por esa puerta, cansada de arrastrar la valija, con mucho agotamiento por el viaje, pero con una sonrisa lagrimosa de oreja a oreja. Salté y me agarré la cabeza en ese lobby, no podía creer, había logrado mi cometido y te había traido hasta la remota Alemania.

El eterno beso del reencuentro se prolongó por horas y horas, desde ese día no nos despegamos más, por las semanas de tu estadía, compartimos cada momento que pudimos, y la falta que hacía, comencé a sentir el sabor de tu compañia, el valor del afecto luego de la eterna soledad de estos meses. Y qué bien se sintió.

Lo primero que se dió fueron nuestros mates con alfajores a orillas del Main, quién lo diría, no es una posta muy romántica, pero es el primer punto que recuerdo de tenerte aqui y poder pasear de tu mano.

Temprana la mañana siguiente comenzaba la aventura conjunta, subirnos al tren rápido que nos depositaría en París, esta mística capital francesa repleta de monumentos, enorme, riquísima de cosas para ver y muy diferente a la Alemania que me había cobijado.

Desde el vamos, hubo que romper la barrera de las escaleras en el metro, tuvimos que manejarnos con la valija por las escaleras sufriendo el peso, sin siquiera haber escaleras mecánicas en la propia estación terminal. Luego enfrentar el famoso metro de París, con sus "olores" que no fueron otros que los mismos olores que uno sufre en Buenos Aires, si, esos buenos aires que se sienten en el transporte público, con algo de condimento veraniego y la falta de desodorante en ciertas ocasiones, mezclada con la pizca de vino que tanto alegra las panzas parisinas.

Situados en la morada, nos decidimos a caminar, y vaya si lo hicimos, de la mano, el tiempo se pasó, como si nunca hubiesemos caminado juntos. Recorrimos desde nuestro hotel, a pie, pasamos por el teatro de la Bastilla, seguimos camino hacia el Centro Pompidou, seguimos nuestro camino hacia la iglesia del jorobado, buscamos a Quasimodo, pero no aparecio, aunque las campanas sonaron, ahi mismo, en Notredame, y terminar la tarde en los Jardines de Luxemburgo descansando con los pies sobre el verde césped, hasta que el personal de seguridad nos invitó a retirarnos por que cerraban el parque.

En nuestra caminata de regreso, vimos por primera vez, allá con el ocaso de fondo, asomar por primera vez, tíidamente, la figurita estrella de la ciudad y nos robó la sonrisa, fué cuando nos dimos cuenta que estabamos en París, y el regreso fué por orillas del Senna, donde vimos los picnics organizados con ricos quesos y fiambres, vinos y milongas tangueras.

Ya repuestos, al día siguiente desayunamos un rico croisant y comenzamos nuevamente una caminata eterna, que nos depositó en la explanada del Louvre, nos deslumbramos con el gigantesco museo, enorme, con sus guardias armados y su extenso e interminable parque que desmboca en Champs Elisees. Repleto de gente, pic nics por doquier, por donde uno levantara la vista veía gente comiendo su baggete, sin embargo, nosotros, sin nuestra bagette improvisamos nuestro pic nic hasta que los regadores automáticos nos hicieron salir corriendo.

Tras deslumbrarnos con la inmensidad del museo, comenzamos la peregrinación a través del Jardín des Tuileries, en dirección al Arco del Triunfo, pero arrivar a él no fué sencillo y nos tomamos nuestro tiempo, nos fuimos deslumbrando con cada monumento que se dejó ver en el camino. Primero pasamos por el Obelisco, descansamos un tiempo en el parque, para permitir a las piernas reponer energías, luego deslumbrarnos con el Petit Palace y el Grand Palace, con la vista de fondo del Hotel de los Inválidos, por el cual no nos despistamos de la ruta original para ver, ya que no estaba en el itinerario para este día.

Aún así hubo una parada más antes de llegar al arco, y fué en la confitería Laduree, donde nos dimos el gusto de tomar unos refrescantes jugos de frutas con una de sus deliciosas tartas dulces (si cuento el precio, pierde la gracia!).

Y finalmente, el Arco del Triunfo con sus 12 avenidas que en él desembocan, y su consecuente caos vehicular, pero su inocultable belleza nos hizo perder los ojos buscando los detalles, observando su enormidad, y para soprendernos aún más, subimos a él, a su terraza, donde, una vez más volvimos a ver ya con mayor claridad esa figurita estrella de la ciudad, así como tuvimos la primera vista casi completa de la ciudad, con el contraste climático en cada extremo del horizonte.

Paris es enorme, y la cantidad de gente que atrae es desconcertante, en todos lados el lugar está repleto de turistas, le da un doble efecto, confirma el deslumbramiento que genera en la gente y a su vez, resulta a veces un estorbo para cada lugar que uno intente visitar. El arco no fué una excepción, pero podrán imarginarse que no fué el mayor atractivo.

El último día completo que pasaríamos en la ciudad lo reservamos para lo que tan lejos nos quedaba, y a su vez, lo que todos quieren ver. Primero, optamos por tomar una bicicleta de las que el sistema Velib pone a disposición del usuario, el gps mental nos jugó una mala pasada y nos fuimos hacia las afueras de la ciudad. Luego nos perdimos en el centro y el sistema de bicicletas nos jugó la pasadita de lo dificil que es encontrar un lugar libre para conseguir retornarla, de esta manera, uno se convierte en rehén, y le siguen facturando de la tarjeta de crédito.

Tras la desesperación, reinó la calma, y el Hotel de los Inválidos fué el destino, otra de los inmenos palacios monumentales que tiene la ciudad, lugar donde descansan los restos de Napoleón. El sol hacía estragos y buscamos refugiarnos de él, en los balcones y pasillos del palacete, tuvimos un breve almuerzo y seguimos el camino hacia el destino final del día, y podríamos decir del tour parisino, aquel punto que no podíamos dejar de visitar pero aún asi dejamos para lo último.

La estrella de la ciudad nos aguardó hasta el último momento, allí estaba, imponente, repleta de gente, deslumbrante, la Torre Eiffel nos enamoro vaya uno a saber por qué, evidentemente efecto que tiene sobre todos los visitantes, dado que el parque delante de ella estaba repleto, y otros miles trataban de subir a su estructura.

La subida fué una decisión para ponernos en forma (¿?), y la escalera fué el camino elegido, para tomarnos un descanso en su primer piso, y llegar al segundo para reposar con la vista durante una larga hora que se extendió casi al doble.

A decir verdad, la torre es más hermosa cuando uno la ve desde lejos, desde abajo, no hace falta estar cerca de la base, cuanto más lejos se esté, mejor, ya que estando ahi dentro uno se da cuenta que es una estructura de acero, que tiembla y se mueve, no tiene mucha gracia por cierto, salvo la vista, o los 10€ que cobran por una copa de champagne en la cima, que por supuesto, no llegamos a visitar.

Tan enamorados quedamos de su estructura, que decidimos sumarnos a la masa de gente que armó sus picnics en su parque, pic nics bastante afrancesados, con quesos y vinos, nada de cervezas, aunque algunas había, y los proveedores eran unos señores que se paseaban por ahí con baldes vendiendo alcohol y cigarros, entre la gente, y cuando veían un policía salían a correr cual ratas (estarían haciendo algo ilegal?).

Nuestro pic nic se limitó a comer unos sandwiches con una infaltable coca cola, y lo más destacable fué el postre: un danette de 500g que encontramos en el supermercado francés por excelencia. Mientras disfrutabamos de la extraña pero deliciosa combinación, la torre cobró vida y nos despidió con sus show de luces que sellamos con un beso a su sombra.

Partimos, nos fuimos debajo de ella, esta torre que tiene vida continuamente, en el centro de su base, abrazados, te percataste de la falta de tus anteojos, y ante el mal momento, decidimos volver, casi sin esperanzas, al punto lejano del parque donde habiamos estado sentados, tristes, era algo que empañaba el hermoso momento, miramos alrededor y no hallamos nada, comenzaste a sacar todo de la mochila, pero no aparecían, hasta que un milagro hizo que viera el resplandor de su armazón entre el césped, lo levante decidido a verlos hechos añicos y ahí estaban, enteros, esperando ser rescatados. Un milagro en esta noche parisina, un milagro que se selló con otro interminable abrazo donde te vi sonriente, vi tus pómulos estallar de emoción, y tus ojos brillar...

En ese momento, tu luz opacó cada monumento de la ciudad, y estabas solo vos.

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